43 El valor que me faltaba
Te amaré con cada pedazo, pero mi lugar ya no está a tu lado.
MARLOWE
Han pasado algunas lunas desde la muerte de Daphne. No me permitieron despedirla, y duele. Por séptima vez la historia se repite. Es una maldición de pérdidas.
Y yo aquí. Volviéndome loca entre piedra y acero. Acechada por la culpa, el remordimiento y el odio creciente. Hay tanto que pude —no— que debí hacer. Entonces, tal vez, ella aún seguiría con vida.
Me aferro a mis piernas, cansada y sin más lágrimas. Necesito salir de este reino de muerte, debo alejarme de todos para no causar más daño.
Una sombra oscurece la poca luz que llega a la celda. Me sobresalto al reconocerlo. ¡Él!… Pero llega tarde.
Es el demonio, y yo ya no quiero quemarme más en su infierno.
—¡Lili!
No voy a mirarlo, no debo.
Estoy dolida por su ausencia, por su desprecio; enojada porque podía habernos salvado a todos y no lo hizo.
No quiso hacerlo.
Entra a la celda sin importarle mi indiferencia. Extiende su mano. Puedo verla, casi sentirla.
—Lilibeth. —Insiste.
—Marlowe, mi nombre es…
No da tiempo; de un movimiento, me atrae hacia su pecho y se funde conmigo en un abrazo que me desarma.
Aquí están de nuevo, mis lágrimas desbordadas. Esas que creía extintas, pero que encuentra con tanta facilidad.
Él odia los abrazos… yo lo odio a él. Y aun así, aquí estamos. No se quita, no me aparta. Me permite quedarme en ese lugar al que quise llamar hogar.
Su respiración se tranquiliza, mis lágrimas cesan. Acaricia mi cabello, y yo me pierdo en el calor que emana su piel a través de la camisa de seda negra que lleva puesta. Lo que me recuerda que estamos de luto.
Me aparto. Muchas cosas murieron esa noche. Mis sentimientos enterrados junto con la princesa. Y no puedo olvidarlo.
—Lili, por favor.
—No, Alteza. Ya no .
Nuestros ojos por fin se cruzan. Los suyos aman. Los míos… odian.
—Perdón.
Me paralizo. Incrédula. Sorda, tal vez.
¿Lucien Fitzgerald está pidiendo perdón? Sus pulgares limpian mis lágrimas. Dudo, y no debo hacerlo. Acaricio mi vientre.
¿Y si se lo digo?
¡No!
—De verdad lo siento.
Sus labios buscan los míos con dulzura, con esa necesidad que le conozco, pero que yo ya no siento.
Me alejo.
—Voy a enmendar cada error.
—Es tarde.
—No… no lo es. Lili, lucharé por mi derecho de nacimiento. Pelearé por ti.
Dudo de nuevo. ¿Y si solo por una vez lo está intentando…?
Busca mi mano y la lleva hasta su pecho. Puedo sentir el tamborileo de su corazón. Esa piel desnuda que me provocaba tanto.
—Cuando sea Rey, mataré a todo aquel que se atreva a llamarte «mi amante». Ordenaré que te den el mismo trato que a la Reina. Nada va a faltarte, porque yo te procuraré las mejores cosas, todos los lujos. Sin importar nada.
—Espera. —Lo detengo—. ¿Lucharás por tu corona? ¿Por un reinado junto a Cressida? Perdóname, no estoy entendiendo. —Retrocedo agobiada, molesta, dolida—. ¿Qué se supone seré yo? ¿La amante del Rey con un nuevo adjetivo, más afable?
—Suena horrible, lo sé, pero no será así. Lo prometo. Te daré un título. Tendrás una casa y una vida independiente a palacio, donde solo seremos tú y yo.
—Ya.
Me cruzo de brazos, indignada y resignada en partes iguales. Ya ni siquiera quiero llorar.
—Lili, por favor, entiéndeme. Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Deseo tanto estar contigo, pero debo cumplir mi deber real.
—¡Cúmplelo y ya! Conviértete en el mejor Rey que haya tenido esta nación. Ella estará a tu lado, tu Reina. No me necesitas.
—Por supuesto que sí. No concibo un espacio donde no estés a mi lado.
—¡Quiero irme de aquí!
—Lilibeth, no.
—Ya no soy prisionera, cumplí mi condena. Libérame ahora mismo —ordeno.
—¡No! Eres mía, me perteneces.
Me atrae hacia él con desesperación. Sus labios me buscan, pero ya no me encuentran.
—Lilibeth, no vas a irte de aquí. No vas a abandonarme.
Sus dedos comienzan a enterrarse en mi espalda. Duele. Siento cada herida doblegarse ante su fuerza.
—Lucien, me haces daño. —Ahogo mis lágrimas.
—Tú me lastimas mucho más. Incluso he pedido perdón.
—Merecía que lo hicieras.
—Nací para ser tu maldito Rey. Yo no me disculpo.
—¡Lucien, basta! —me quejo, las lágrimas brotan solas.
Por fin me suelta.
—¡Lilibeth, te amo!
Lo dice sin más. Las punzadas en mi espalda desaparecen de golpe, ante la sorpresa.
Reacciono.
—Es tarde.
El dolor sigue ahí, la herida que más duele esta vez la llevo por dentro.
—¿Qué cambió?
Sus ojos se oscurecen. El semblante frío que ha adquirido congela hasta el más mínimo rincón. Siento la helada pared en mi espalda. No tengo adónde ir. Y, sí, vuelvo a tenerle miedo.
—¿Dime qué es lo que pasó para que dejaras de amarme así de fácil?
—¿Así de fácil? —grito ante la burla.
—No me alces la voz. —Su mano rodea mi cuello—. O, tal vez, ese amor que decías tenerme solo era una más de tus mentiras.
Ni siquiera lo pienso. Mi mano encuentra su mejilla con fuerza. El sonido de aquel golpe seco se queda como un eco.
—Sigues sin darte cuenta —jactó con obviedad.
Me suelta, furioso. Yo me aparto lo más posible. Lo amo demasiado, no hay duda de ello. Pero sé que, a su lado, tanta crueldad suya terminará por destruirme.
—Yo cambié, eso es lo que pasó. Y tú fuiste la causa. ¿Necesitas que te recuerde cada vez que me lastimaste? Y no hablo solo del dolor físico; no. Porque tú no conoces los límites. Es como si al hacer daño transfirieras tus propio dolor.
—Tú me amas —interrumpe frustrado.
Con toda esa energía que lo invade cuando lo confrontan, escuchando la verdad de otros labios y negándose a sí mismo a aceptar que ha perdido.
—Ya no, Lucien.
—Te prohíbo dejar de hacerlo, tú no puedes sentir otra cosa por mí que no sea amor.
—¿Me prohíbes?
—Sí. Estás mintiendo.
Me acorrala con sus brazos contra la pared.
—Tienes miedo, puedo sentirlo.
Sí, estoy temblando. Pero no voy a admitirlo. Lo contemplo con la frialdad exacta con la que él lo hace de vuelta.
—Quieres causarme el mismo daño, que yo te he hecho con palabras. No vas a lograrlo, no conseguirás engañarme. Eres predecible, Lilibeth. Yo aún sigo siendo todo en tu vida.
—No. Renunciaste a serlo en el momento en que me dejaste morir atada en esa habitación.
—Pudiste liberarte.
—Pero decidí no hacerlo. Quise quedarme porque te necesitaba. Humillándome a mí misma más allá de lo permisible. Supliqué por tus migajas, porque no me echaras así de tu lado. Y no sabes cuánto me arrepiento.
Duele conocer el instante exacto en que todo se rompió, el momento en que la llama se apagó, consumiendo este amor hasta las cenizas.
—Lili, por favor. Para. No me digas esas cosas… Estoy aquí. Denigrándome ante ti.
—¿Denigrándote? ¿Así es como te hace sentir amarme?
—Eres una plebeya y yo el príncipe heredero. Nada cambiará esa gran diferencia. Te advertí que sufrirías a mi lado.
—Tienes razón. —Ya no queda nada para mí en este reino.
—Aun con advertencias no pude evitar enamorarme.
Acepto mi culpa, pero ahora soy yo la que no se arrastrará más ante ti.
¿Esperaba cada uno de tus golpes? Sí. ¿Han sido tan duros como anunciaste que serían?
También. Pero no los merecía. Por eso me voy, y no vas a impedirlo.
—Claro que lo haré.
—Entonces yo lucharé cada día hasta conseguirlo. Tan importante es para ti tu corona como ahora lo es para mí la libertad.
—Vas a volver a amarme. ¡Es una orden!
—¿Obligarme, ese es tu brillante plan?
—Encontraré la forma. Mientras tanto vas a quedarte aquí —Sale de la celda y la cierra con llave.
—Lucien, por favor, déjame ir.
Conozco sus modos. No lo resisto, sucumbo ante la ansiedad y la desesperación de saberme aquí contra mi voluntad, encerrada y sin posibilidad alguna. Me sudan las manos, el aire me falta.
—No puedo, no hay nada que desee más.
—¿Tu corona, no dices?
—No es lo mismo.
—Lucien, yo y tu reinado no somos compatibles. Debes elegir.
—¿Elegir? Soy Lucien Fitzgerald. Tu futuro rey. Yo no elijo. Puedo tener todo cuanto me plazca, incluso a ti. Y si tiene que ser a la fuerza… Que así sea.
—No me obligues a odiarte.
—Ódiame si eso te hace sentir mejor. Mientras sigas siendo mía, lo que sientas ya no me importa.
—¡Jódete, Lucien! —Golpeo la reja.
—Y tú lo harás conmigo, mi dulce Lilibeth —Acomoda su ropa con una calma envanecida—. Muéstrame tus habilidades. Si de verdad eres tan excepcional como se dice, no te será difícil escapar. Vamos, ¿quieres ser libre? Consíguelo.
Sonríe como si acabara de ganar la partida de su vida. Mi desprecio hacia él crece como espuma con cada palabra. El muy infeliz se aleja complacido.
El deseo de venganza se anida en mis manos una vez más. Pero jamás lo había sentido con tanta fuerza.
Me mira como si lo supiera. Haber arrancado la vida al hombre que destruyó a mis hermanas ya no es más una carga. Ahora soy yo la que quemaría el reino.
—¡Voy a escapar, Lucien! ¡Te lo juro!
—Ya quiero verlo…