42 La princesa que prefirió el cielo
Se arro jó al abismo. El mismo donde yo la dejé sola.
LUCIEN
Abro los ojos sobresaltado. Un espasmo de dolor me cala la médula. Entré en profundo sueño, olvidándome del daño en mi espalda, y traté de girarme como si nada pasase.
—Tranquilo.
—¿Sigues aquí?
—¿Adónde se supone que iría? Es mi deber estar a tu lado, Lucien. Hasta que la muerte nos separe, juramos.
La contempló. Parece tan segura, concentrada en el bordado, como si nada aquí hubiera pasado.
—¿Aun si se te va de las manos el título de reina?
—Tú vas a ser el próximo rey. No sacrificamos tanto para terminar sin nada.
—Por supuesto que yo voy a ser rey. Pero me separaré de ti.
—El dolor no te deja pensar.
Su calma tampoco. Ensarta la aguja con suavidad en el lienzo y tensa el hilo.
—Lo digo muy en serio.
—El consejo no lo permitirá. Nuestra unión es benéfica para ambas naciones.
—Entonces, apenas llegue al trono, promulgaré una nueva ley. Una en la que Endellion pueda tener dos reinas. Y me casaré con ella.
—Deja de decir estupideces, ¿quieres?
—Vete entonces si tanto te hieren. Concédeme la separación. Diremos que no consumamos el matrimonio y cualquier otro hombre te tomará encantado.
—Lucien, te amo. No hay nada que no haría por ti. Estás obsesionado con esa mujer, pero pasará. Apenas llegue el primer hijo, sé que te centrarás únicamente en nuestra familia.
—¡Qué consuelo! No volveré a tocarte.
—¿Por qué eres así? ¿Recuerdas cuánto sufrió tu madre por el maltrato de tu padre?
Debieras honrarla siendo diferente, pero no.
Actúas igual a él; restregándome a tu amante en las narices.
Ninguna corte va a permitir la disolución de nuestro matrimonio, no para subir al trono a alguien del pueblo.
Tarde o temprano vas a cansarte de ella y seré lo único que te quede.
—Deja de engañarte. Nada va a cambiar entre nosotros, por mucho que lo implores. Es ella a quien amo.
—¡La amas! —se burla—. Desprecias, lastimas, humillas… ¿Y aun así te atreves a decir que es amor? No fuiste ni capaz de protegerla. ¡La ofreciste a tu padre! Por conservarla. Así que no, Lucien, tú no sabes lo que es amar. Y quizá soy afortunada, porque confundes infierno con paraíso.
Se levanta furiosa y lanza el bordado en el sofá.
—Siento pena por ti, pero más por ella. Yo tengo un título, la gente me reverencia a mi paso, me respeta por mi linaje. Con suerte, algún día se arrodillarán ante su reina. Pero a ella, sin importar lo mucho que hagas y todas esas leyes que proclames, siempre será conocida como tu vulgar amante.
—No voy a permitirte que…
—¿Qué te diga la verdad? —interrumpe—. Solo conoces el amor a ti mismo.
Eres incapaz de sentir algo bueno y real por nadie más.
La vida se encargará de quitártela porque no hay forma en que la merezcas.
No eres digno de tener a ninguna de las dos.
Así que hagamos de esta vida un infierno, porque no te daré tu libertad.
Es nuestro deber, nacimos para cumplir las obligaciones de sangre.
Si tanto quieres ser rey de Endellion, empieza por afrontar tu destino; conmigo.
—No vengas llorando después. Te aseguro que puedo amar, y mi futura reina me corresponde de la manera más pura. Va a perdonarme. Enmendaré cada uno de los errores que la han lastimado. Y si tengo que acusarte de traición para librarme de ti, lo haré.
—¿Acaso viste su mirada? ¿Lo que provocaste con tu desprecio? Susurró que te amaba y la repudiaste. Mientras ella era castigada sádicamente por ese amor. Te aseguro que esa fue tu última herida. Y debió dolerle mucho más que cualquier latigazo.
Abre la puerta. Hace bien, más le vale largarse de aquí; ponerse a salvo. Ojalá no tuviera que volver a verla.
«¡Maldita la hora en que la hice mi esposa!»
—La pueblerina pagó su castigo y tú comenzarás con el tuyo también. Suerte con eso. Veamos quién llora primero.
—Te lo advertí…
Cada paso hacia ella me recuerda la condena. La física, pero también la del alma. Sus palabras me desgarran como una daga y las punzadas de dolor en mi espalda se me clavan como hierros calientes.
Ella ni se inmuta, se yergue, como si pudiera contra mí.
Me detengo.
Los guardias corren por el pasillo. Se dirigen a los aposentos del rey y tocan la puerta con desesperación. Dejamos de discutir enseguida. Busco mi espada.
Ni siquiera la he empuñado cuando escucho el grito desesperado de mi padre. Palidezco. No es por furia, sino por dolor. Hago a un lado a Cressida para poder salir. Una larga fila de guardias me recibe con la cabeza inclinada.
—Su Alteza.
La voz del comandante me arranca del presente. Mi padre está desplomado frente a sus aposentos, gritando, golpeando el suelo como un hombre que ha perdido todo.
—¡Habla, carajo!
Es algo malo; lo veo en su mirada. En esa forma de temblar solo un segundo antes de hablar.
Sé que voy a odiar lo que viene.
—La princesa Daphne…
—¡Mi hija no puede estar muerta! —grita mi padre, como si negarlo fuera a resucitarla.
El mundo se parte bajo mis pies. Mi estómago se hunde, las piernas apenas me sostienen.
—Se arrojó de la torre del conocimiento.
—¡Los sanadores! ¡Despiértenlos a todos!
Esa es la torre más alta. Nadie sobrevive a una caída de ahí. Mi cabeza me dice que es imposible, pero se aferra como un idiota a la posibilidad de un milagro.
—Alteza… —dice Cai, con voz contenida—. Ya están allí. No había nada que pudieran hacer.
—¡Cállate!
Me encamino con desesperación hacia el lugar. No siento el cuerpo, ni aire, ni dolor. Solo el impulso. Mi hermana me necesita.
Hago a un lado a todos los guardias, ignorando cualquier advertencia. Me paralizo por unos segundos ante la escena.
—¿Qué hacen ahí parados? —grito—. ¡Muévanse, maldita sea!
—Su Alteza —Un sanador se interpone, nervioso—. No debe estar aquí.
—¡Tú no vas a decirme dónde puedo o no estar! —Empujo con rabia. No hay espacio para protocolos. ¡No ahora!
Ella está ahí, tirada en medio de un gran charco rojo y oscuro. Su posición antinatural aniquila cualquier duda, pero no voy a rendirme.
Caigo de rodillas junto a ella.
—Por favor, Daphne, no me hagas esto —susurro, acercándola a mi pecho.
Su cabeza encaja justo donde solía dormirse cuando era niña, cuando tenía miedo de otros monstruos y corría a mis brazos para que la protegiera.
—Duerme… descansa. Yo estaré aquí cuando despiertes —beso su frente y la abrazo con fuerza.
La acuno en mis brazos.
—Ya estoy aquí… contigo.
El tiempo se alarga. El frío se instala y ella no despierta.
Todos guardan silencio, nadie se atreve a mover ni un músculo.
Los guardias custodian el cadáver de una princesa. Yo cuido a mi hermana.
El calor de su cuerpo se ha ido. Y con él, algo dentro de mí también.
—Alteza. —Cai se arrodilla junto a nosotros.
No sé cuánto tiempo ha pasado ni me importa. Mis lágrimas se secaron hace rato.
—Deje que me encargue.
—No, está asustada, despertará. —Lo detengo con la voz rota—. Y yo estaré aquí.
—Lucien, mírame. No voy a dejarte. ¿Me oyes? —Aprieta mi hombro. Su voz es baja, firme.
Lo miro. Pero lo único que quiero es una respuesta imposible.
—Dime que pude evitarlo…
—Hay decisiones que cambian todo. Y otras que no. Culparte no va a traerla de vuelta. La princesa se ha ido.
Siento la rabia creciente en mi estómago. ¡Mi padre es tan responsable como yo! Su decisión de enviarla a Ashford a cumplir su deber la ha orillado a esto. Ella lo advirtió tantas veces; prefería la muerte.
¿Dónde estaba yo? ¿Por qué no la escuché?
—Lucien. —Cai insiste, vuelve a extender los brazos; suave, paciente. Pide permiso.
—Lo haré yo —respondo endurecido.
Nadie va a tocarla. Así reviente cada sutura en mi espalda. Mi hermana menor ha muerto. Y solo Verena o yo tenemos derecho de llevarla al descanso.
Vivíamos rodeados de gente y aun así este palacio era un infierno solitario. Desde que madre se fue, solo quedamos nosotros tres.
¿En qué momento todo cambió? ¿Cuándo mis hermanas comenzaron a odiarme tanto? Eran mi vida y no supe protegerlas, ni a ellas ni a mi corona. Pero lo haré, voy a corregir este error. Y si alguien más tiene que morir para conseguirlo, no dudaré en usar mis propias manos.