Corona de humo 41 El precio de callar
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41 El precio de callar

Porque el amor que n o se nombra termina llamándose derrota.

VERENA

Los lamentos hasta afuera de los calabozos me estremecen. Quisiera poder detener su sufrimiento. Si tan solo hubiera sido más valiente, pero creo que todos en ese balcón fuimos paralizados por el miedo.

La sangre, las llagas que exponen hasta los huesos, la forma en que temblaba ante el dolor. No pude soportarlo. Solo un poco de aire fresco ha logrado contenerme. Maldigo ser tan débil; ella me necesita ahí dentro.

Hayes corre de un lado a otro, trayendo toda el agua limpia que le es posible.

El resto de los guardias también han mostrado empatía al dejarnos trabajar.

La orden directa del rey fue para que los sanadores reales no intervinieran.

Y no estamos yendo en su contra, por lo que han permitido el libre tránsito de mi personal.

Respiro la última bocanada de aire antes de incorporarme; debo volver.

Mar sigue llorando y aún no llevan ni la mitad de las suturas. Su espalda está en carne viva, pero al menos el sangrado se ha vuelto menos profuso. —¡Soportaré! —me mentalizo a mí misma para no desmayarme.

—¿En qué puedo ayudar?

Me acerco a ellas tratando de reflejar una calma que no tengo.

—Por ahora estamos bien, Majestad.

—¿Matrona, por qué no la ha sedado un poco?

Limpio el rostro de Mar, empapado en lágrimas y sudor. Busco entre las cosas de la matrona aquel frasco oscuro que la vi sacar en la habitación de mi hermano.

—No puedo —me detiene—. Mi preparación es muy fuerte, no es lo más conveniente en su estado.

—¿Qué estado? —La voz se me escapa sin permiso.

Tiemblo ante la posible respuesta. «¡Por favor, no!» —suplican mis pensamientos.

—Ella está en cinta, Majestad —susurra bajito, cual si entendiera que este debe ser un secreto de Estado.

Me tambaleo ante tal afirmación. La peor de todas. Contemplo a Mar, sintiéndome miserable enseguida. Una noticia así debiera colmarme de alegría, pero no lo hace. No cuando sé lo que significa.

—¿Está segura?

—Majestad, es mi trabajo. Que la muerte reclame mi alma si acaso me equivoco.

—¿Mar, cómo? —Me arrodillo frente a ella y la hago que me mire a los ojos—. Perdón, si sé cómo. ¿Por qué? —Me siento abrumada.

—Porque si no se toman las debidas precauciones, estas cosas pasan entre dos personas que se miran como ellos lo hacen, Majestad —agrega la matrona.

Mar ni siquiera responde.

Se ha apoyado en mi hombro para resistir la tortura de esa aguja que se desliza por su carne, mientras intentan acomodarla en su lugar. No puedo estar molesta, no con ella. Ni siquiera al sentir que el alma se me escapa de esta tierra.

¿Cómo carajos el idiota de Lucien cometió un error así?

—¿Lo sabías?

Claro que sí. Y yo debí darme cuenta también. No estaba enferma. Desde que la obligaron a volver al palacio, no se sentía bien. Náuseas, mareos, el antojo incontrolable por las cerezas… ¡Soy una tonta! Debí advertírselo. Ella lo preguntó tantas veces; era mi deber responder a sus dudas.

—Soy tan responsable de que esto pasara.

Debí protegerla. Arrancársela de las manos a mi hermano.

—Mi madre…

Se detiene con cada sutura. Quizá debiera permitirle un momento de paz. No puedo. Quiero respuestas, las necesito.

—Tuvo siete hijas.

La siento apretar mi ropa, está sufriendo.

—Yo solía asistirla, al menos con las tres últimas. Sí me di cuenta. Lo supe desde el primer día.

Froto sus brazos para calmarla un poco. No es su culpa. Ese idiota tenía que cuidarla. Mar, siempre se mostró como una mujer inexperta. Era su responsabilidad evitarlo. Suya y del maldito sanador.

—Iba a decírtelo, lo juro, una vez que le diera la noticia a Lucien.

—¡Imposible! ¿De verdad piensas que mi hermano lo aceptaría?

Llora en silencio, el dolor en su espalda ahora es lo de menos. Y siento ser tan cruel con ella.

—¿Sabes lo que pasa en este reino cuando algo así sucede?

Niega. No tendría por qué saberlo; no es algo que gritemos por las calles. Lo resolvemos entre las paredes de este palacio.

—Seré muy clara porque no hay muchas opciones. O muere la criatura o mueren los dos.

—Es su hijo, creí que al tratarse de mí sería diferente. La idea de una familia a su lado me ilusionaba, porque sentía que él me amaba.

—No. Mi hermano es incapaz de amar. Era tu luz la que lo hacía brillar diferente, pero tarde o temprano él terminaría por extinguirla también. Debiste huir cuando aún era tiempo.

—Ahora lo sé, me lo ha dejado claro. Esperaba que lo que sentía por él lograra cambiarlo, aunque fuese un poco.

—Hay personas que no cambian y no lo harán jamás.

—Yo sí lo hice, ya cambié. Me iré de aquí y esta vez nada va a detenerme.

—¿De cuánto tiempo está, matrona?

—A mi tacto, catorce a dieciséis semanas, Majestad.

—¡Carajo, Mar! —Necesito sentarme.

—Sería peligroso para ella intentar revertirlo a estas alturas.

—Tan peligroso como traer a este heredero al mundo.

—¿Qué ha dicho, Majestad?

Esa voz grave desde las sombras se nos clava como cuchillas. Ninguna de las tres reacciona. Hemos sido descubiertas. Por el único hombre incapaz de guardar el secreto.

Caiseth no estaba ahí para escuchar, pero lo hizo. Cada palabra, fría y seca, con una verdad dolorosamente cierta. Y yo que no noté su presencia. Un grave error. Suelto a Mar para salir tras él.

—¡Comandante, alto! —grito.

Debo detenerlo. Ese hombre lleva la muerte en sus manos y es capaz de sepultarnos a todos.

—Por favor…

Nada. Caiseth sigue su camino. Nos estamos acercando a la entrada trasera y un miedo atroz me consume.

—¡Comandante! ¡Es una orden! Soy una Reina, ¿me entiende?

Su educación es innegable. Forzado por su honorabilidad, por fin se detiene. Lo alcanzó, sofocada.

Luce desesperado; espero que no sea por contárselo a Lucien. Se lleva las manos al rostro.

—¡Comandante, míreme!

Sus ojos se clavan en los míos. Me atrevo a romper el protocolo; lo toco. Aprieto sus brazos en un intento de calmarlo.

—Conozco tu gran lealtad hacia mi hermano, pero si abres la boca vas a condenarlo. Si la noticia llega a oídos de mi padre, harás que Lucien lo pierda todo.

—Mar, espera un hijo, uno del futuro Rey. Merece saberlo. Por ella, por él, por la criatura.

—Lo que vas a hacer no tiene vuelta atrás. Por favor, detente. Sé que solo piensas en mi hermano. Pero yo te lo pido, por ella.

—Le juré lealtad absoluta. No puedo ocultarle algo que cambiará su vida.

—Lo destruirías. Mi padre ya amenazó con despojarlo de su corona.

¿Sabes lo que hará cuando se entere de esto?

Terminará por reafirmar su decisión. Lucien estará acabado, Mar y su bebé a seis metros bajo tierra.

Caiseth, conoces las reglas. Sé que todo aquí está mal, pero lo resolveremos.

Te juro que lo haremos. Nadie tiene que salir lastimado.

—Lo siento, Majestad. No puedo hacerlo.

—¡Te lo suplico! Si la delatas… morirá.

El comandante mira mi mano, que aún aprieta su brazo. Duda. Sí, por mínima que sea.

—Cai… «Me atrevo a tutear. A cruzar lo íntimo e inapropiado.» He visto a mi hermano hacerlo y el cambio que eso provoca en el comandante. —Sé lo que sientes por ella.

Me mira confundido, como alguien que ha sido descubierto. No perderé la ventaja.

—Sé que te lo has callado, por tu hermano y por el mío.

—Majestad, esto va más allá de mis propios sentimientos. No valen ante el deber.

¿Acaso lo está reconociendo? Por primera vez desde que lo conozco, siento pena por él. No por el guerrero, no por el comandante. Por el hombre. Caiseth ha sido el sostén detrás de mi hermano. El que está, el que se queda, el que da fuerza. ¿Pero quién lo sostiene a él?

Toma mi mano con delicadeza y la aparta, rompiendo nuestro contacto. Sin embargo, no se marcha. Sigue ahí, de pie. Aunque no me mire. ¿Así que es cierto?

—Admiro tu gran lealtad al poder. Pero sé que también puedes serle fiel a tu corazón, Cai…

—¡Comandante! Por favor, Majestad.

—Comandante —concedo—. Nunca se ha creído un héroe, pero siempre termina actuando como uno. Por eso todos lo admiran y respetan tanto.

—Me pide que vaya en contra de mi honestidad, y no puedo.

—Hablas de honestidad… ¿Y te mientes a ti mismo? ¿Acaso Lucien es más importante que tú? ¿En verdad, mi hermano es más valioso para ti que la mujer que amas?

—¡Majestad! Esto no tiene nada que ver conmigo.

—Tiene todo que ver contigo. Con lo que quieres, con lo que sientes. Caiseth, ¿eres capaz de sacrificarla a ella por tu lealtad?

No responde. No da tiempo. Un gran número de elementos comienzan a movilizarse; los vemos correr hacia la parte norte del castillo. ¿Y si mi padre ya lo sabe? «¡No!» Los guardias correrían por ella.

—¿Soldado, qué está sucediendo? —cuestionó al siguiente uniformado que pasa por nuestro lado.

Ni siquiera me mira. Odio que en este lugar una mujer, ni siendo una Reina, genere el más mínimo respeto.

—¿Soldado, no escuchó? —Caiseth lo hace detenerse con su severo tono autoritario.

—Perdón, comandante —formaliza—. La princesa Daphne saltó de la torre norte.

«¿Qué fue lo que dijo?» Un escalofrío me recorre el cuerpo.

—¿Puede repetirlo, soldado? —insisto.

Ahora es Caiseth quien me toma del brazo.

—La princesa se arrojó de lo alto de la torre del conocimiento, Su Majestad. Los sanadores ya están en el lugar. Debo notificar al Rey —Continúa su camino hacia el interior del castillo.

Apenas puedo respirar. La torre del conocimiento representa una caída de al menos diez metros —¡Mi hermana no puede hacernos esto!— Las piernas me fallan.

—No me deje caer, comandante.

—No lo haré, Majestad.

Siento sus brazos alzándome. Ya no me encuentro aquí…