Corona de humo 40 El silencio también mata #2
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40 El silencio también mata #2

—Podría haberla hecho pedazos y con una disculpa de corazón, se lo habría perdonado todo —exhala—.

Pero usted no tiene corazón. Y ella no es alguien a quien se deba subestimar.

No es tonta, por más que usted se burlara de sus sentimientos.

Es inocente, sí… pero detrás de esa dulzura hay una guerrera.

Una que eligió quedarse. Que aguantó el dolor solo por la esperanza de verlo dar un paso atrás, de escucharlo aceptar, de una buena vez, que la amaba tanto como ella a usted.

Se atreve a cruzar su vista con la mía. Lo que encuentro no me gusta. Es la mirada del desprecio. ¿A mí? No puede, no él.

—Soporta golpes y da más oportunidades de las que debería. Pero cuando abre los ojos no hay manera de volver a cerrárselos. Si ha decidido irse, esta vez no existirán nudos que la detengan.

—¡Basta!

—Alteza. Ella, al igual que yo, cree en el poder de la familia. No hay nada más importante que nuestros seres amados. Y para Mar, usted ya formaba parte de esa lista.

—Hablas en un tiempo que ya no existe, cual si yo no siguiera aquí.

—Oh, claro que usted sigue aquí. Quizá sea ella la que ya se ha ido.

Ni siquiera respiro; solo aprieto los puños. Odio cada maldita palabra que ha salido de su boca. Esa mirada llena de coraje contenido. Pienso en ella, odiándome porque yo así lo quise. La orillé a despreciarme. Y ahora que lo hace… no lo acepto.

No va a dejarme. No puede. No quiero .

—Cállate, Caiseth —escupo.

Como si no escucharlo fuera a detenerla. A regresarme lo que teníamos.

—Muy bien.

Se hace un silencio tan profundo como doloroso. Solo miro a mi comandante tomar un vaso y llenarlo con licor. Se acuclilla frente a mí.

—Lucien, bébelo —Lo pone en mi mano—. No va a quitarte el dolor, pero hará que te relajes. Estás sobrepasando demasiado.

Pese a sus reproches, sigue procurando mi bienestar. Pocos como él.

—¿Por qué, Cai?

Me mira, confundido. Como si no entendiera —o no quisiera entender—. Pero lo sabe. Él también la ama. Duele abrir los ojos a lo evidente.

¡Maldita sea, comandante!

—Si ella es tan importante para ti —y lo digo ya sin ninguna duda—, ¿por qué no la apartaste de un monstruo como yo?

Se pone de pie, con un suspiro que sabe a resignación. Camina hasta el borde de la habitación, quizá esperando encontrar las palabras entre las sombras.

—No eres un monstruo. He estado contigo desde que éramos niños.

Mi padre te entrenó. He sangrado a tu lado más veces de las que podría contar.

Te he visto partirte por dentro y seguir en pie.

Desde que tu madre murió, esa armadura no se te cae ni cuando duermes, pero yo sé lo que hay debajo.

Y siempre quise que algo bueno te pasara. Algo como amar y ser amado.

—Tienes demasiada fe en mí y terminarás decepcionado. La he herido más de lo que soportarías escuchar. Si supieras todo lo que le he hecho, me odiarías y la sacarías de aquí en este mismo instante.

—Sé que lo haría. Ahora soy yo el que te pide que no sigas. No quiero escucharlo. No después de ver lo que has llegado a sentir por ella.

—¿Fui tan estúpidamente obvio? —lo digo con una media sonrisa quebrada—. Si me lo confirmas… juro que renuncio al trono. Sería algo inadmisible.

—No digas tonterías. Deja de tratar lo que sientes como si fuera una condena. No lo es. Admite, al menos una vez en tu vida, que es lo mejor que te ha pasado. Solo eso podría salvarlos.

—No me escucharás decirlo jamás.

—No hace falta. Y si quieres sentirte realmente patético, te aviso que las mariposas en tu estómago se oían en los nueve reinos.

Siento el calor subirme al rostro ante la burla. Me hierve la sangre.

—Detente antes de que te corte la lengua. Mientes.

—Sabes que no —responde, sonriendo como si el mundo no ardiera ante tal declaración—. El gran monstruo ponía cara de idiota cada vez que pensaba en ella.

—Caiseth, te lo advierto.

—¡Oh, vamos! Si después de esto insistes en esconderte detrás de esa armadura… Prométeme algo: dejarás que me la lleve muy lejos de ti y no intentarás recuperarla.

Levanto la mirada; suena interesante. Asiento, dándole permiso para seguir.

—¿Recuerdas cuánto maldecías al volver de batalla?

Preferías mil veces la guerra que el tedio del palacio.

Odiabas la rutina: los bailes, los cumplidos fingidos.

Pero las últimas cruzadas fueron distintas…

Te ponías colérico. Querías que acabaran rápido.

Apresurabas el combate. ¿Y sabes cuándo volvías a sonreír?

Hace una pausa cruel y certera.

—Cuando divisabas las tierras de Endellion en el horizonte. Te juro por los cielos que acelerabas el paso solo para llegar. Y no era porque extrañaras los banquetes reales. Lucien, era por ella.

Sus palabras duelen, porque son verdad. La única verdad que me quema.

—Tus ojos gritaban lo que tu boca no se atreve.

Brillaban como los de un hombre que finalmente recordaba dónde estaba su hogar.

Date cuenta: ya no importa con cuántas te hayas acostado, sino con cuál de ellas quieres despertar el resto de tus días.

Y eso, para alguien que no suele compartir su cama, debiera serlo todo.

¡Por mi madre!

Es ella; su imagen se cuela sin permiso. Con los mechones empapados pegados al rostro, las mejillas sonrojadas, los labios hinchados de tanto comernos. Y sus ojos, tan jodidamente dulces. Curiosos, mirándome con esa fascinación, como si yo fuera algo digno.

—¿Y bien? —pregunta con una ceja alzada—. ¿Vas a decírselo… o vas a dejar que se la devuelva a mis padres?

—Desaparezca de mí vista, comandante.

Como si no supiera que si la alejas de mí es porque la quieres para ti. Bebo el último trago. Amargo como esta realidad.

Debí sacarla de mi cama y también de mi memoria.

Y a Cai, se le acabaron los minutos de amistad. Necesito que cierre su bocota y sea, una vez más, solo mi comandante.

—¿Qué es lo otro que quería pedirme, Alteza?

—Que te asegures de que esté bien. Eres el único hombre en quien confiaría algo tan mío; al único que le permitiría estar cerca de ella —Aun sabiendo la verdad.

—Sí, Alteza.

Apenas pueda sostenerme, iré con ella. Voy a disculparme. Me han humillado lo suficiente y aun así, no quiero perderla.

Ella lo merece. Por quedarse y atreverse a amarme a pesar de todo.

No hay nada en este maldito mundo que no haría por su perdón. Lucharé por la corona que me pertenece y quiero que ella esté a mi lado cuando la pongan sobre mi cabeza.

Cierro los ojos; mi cuerpo se ha rendido. Las punzadas de dolor han disminuido. Siguen siendo insoportables al movimiento, pero al menos ahora creo que podré intentar descansar la mente unos minutos.

—Parece un buen hombre…

¡Al parecer no!

Bufo frustrado. Cressida ha regresado con una taza en las manos. Huele a valeriana; me la ofrece.

—Deberías irte con él si tanto te agrada.

Comentan las damas de la corte que es bastante apuesto y, supongo que, muy buen amante.

Me harías un gran favor. Aunque, pensándolo bien, no le desearía tal suplicio a mi comandante.

Con completa honestidad, serías una desgracia para él y, de verdad, lo estimo.

—Lucien, ya no más. Perdóname.

—¿Perdonarte? Nos condenaste a todos.

—No pensé que Arvo nos traicionaría. Las cosas se salieron de control. No era mi intención llegar a tanto.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque la amas. No haces más que restregármelo en la cara y duele.

Ella también parece frustrada; siento pena. Vino aquí esperando lo mejor de mí. Y yo hoy la desprecio más que nunca.

—¿Qué habrías hecho tú si encontraras a la mujer que amas en la cama con otro hombre? Uno por el que ella sí guarda sentimientos.

No respondo; es innecesario. Enfurezco solo de pensarlo.

—¿Lo ves? Tú y yo no somos muy distintos.

No te pido que me perdones ahora si no puedes, pero al menos trata de entender mis motivos.

Tú también habrías matado por ella… y ya todo el reino lo sabe.

—Deja la taza donde pueda alcanzarla—. Vamos, no deseo importunar, solo quería asegurarme de que estabas mejor. Descansa.

Es justo lo que trataba de hacer.