Corona de humo 40 El silencio también mata
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40 El silencio también mata

No todos los v erdugos empuñan un arma; algunos solo se quedan callados.

LUCIEN

Mi comandante llega corriendo unos minutos después. Aplaudo su maldita eficiencia. Siempre está para mí cuando más lo necesito.

—Majestad —Pasa junto a Rhodes—. Alteza.

—¿Dime que no se ve tan mal?

—He visto heridas peores en batalla. Algo tan mínimo no acabará con usted.

Sonríe y se arremanga la camisa. Su presencia me llena de tranquilidad. Vuelvo a recargarme por completo en el respaldo de la silla. Lo escucho desinfectarse las manos.

—Alteza, perdóneme si lo lastimo. Prometo ser lo más rápido que me sea posible.

—Solo hazlo —bufo—. Ya quiero acabar con esto. Mi lugar está al lado de Lili.

—Lucien, iré a redactar una carta al resto de mi personal. Los traeré aquí, y espero puedas entender los motivos.

Afirmó. Rhodes se encamina; dadas las circunstancias, quizá requiera tener a los Eldenhart como aliados. No me seguiré negando.

Casi una hora después, siento la última puntada ajustándome la piel.

¡Se acabó! Respiro.

—Necesita mantenerse recostado, Alteza. Las heridas son profundas. Si se mueve demasiado, podrían abrirse. En unos días caminará con menos incomodidad.

—¿Días? ¿De verdad crees que aguantaré un minuto más aquí?

—Yo lo haría, Alteza. La seguridad de Mar depende de usted; tiene que recuperarse. El Rey ya debe estar gestando su próximo ataque. Descanse, es necesario. Confíe en nosotros.

Lo miró fijamente. El semblante decaído y los ojos enrojecidos. ¡Soy un imbécil! El joven en la horca era su hermano y ahora… está muerto.

Aunque Lilibeth intentó salvarlo, el verdugo acabó rebanándole la garganta apenas se deshizo de ella. Nunca lo ubiqué entre la muchedumbre, mas estoy seguro de que estuvo ahí: en primera fila, contemplándolo todo.

—Cai, de verdad lo siento.

—Lo sé, Alteza.

—¿Te arrepientes de algo?

—Soy un guerrero; no hay cabida en mí para arrepentimiento. Juré lealtad a usted y a su corona. Si yo los traicionara, merecería el mismo destino.

—Ya no estás más ante el futuro Rey.

—Sin importar lo que pase, para mí siempre será el Rey legítimo de Endellion. No hay nadie que lo merezca más. Y si tenemos que luchar por la causa, lo haremos.

Aprieto su hombro.

—Gracias.

—Ahora descanse. ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

—Eso debería preguntarlo yo. Cai, viste morir a tu hermano, presenciaste la tortura y humillación pública de tu hermana. ¿Hay algo que pueda hacer yo por ti?

—A decir verdad, sí… Quisiera que me concediera permiso para salir de Endellion.

Será poco tiempo, lo prometo. Necesito llevar el cuerpo de mi hermano a nuestro hogar y buscar a mis padres para darles la noticia.

Su última carta fue enviada desde una provincia en Linden. Volveré tan rápido como me sea posible.

—Cuenta con ello.

—Se lo agradezco.

—Cai…

Me pierdo en el crepitar de las llamas en la chimenea. El fuego no me calienta, me observa. Como si supiera algo que yo no.

Todo esto es un mal sueño y, sin embargo, el aire aún huele a sangre. A la nuestra, pero también a la de mi tío. ¿Y si ella…?

No, no puede ser. Lilibeth es incapaz. No con esa espada ridícula. No con esos ojos que tiemblan cada vez que alguien levanta la voz.

Pero entonces recuerdo su rostro cuando la detuvieron. No estaba asustada, no lloró ni pidió ayuda. Estaba serena, como si hubiera hecho lo que debía.

¿Y si no fue torpeza? ¿Y si esa calma no era resignación, sino justicia cumplida? Ella estaba allí, con la espada en la mano. La herida era limpia. Precisa, como si el golpe hubiera sido ejecutado con intención. Mi padre no dudó. ¿Y si todo este tiempo supo más que yo?

Siento un nudo en el pecho. No por ira, no por traición. De algo peor. De posibilidad. Y si lo hizo…

—¿Alteza?

Regreso de mis pensamientos, y una oleada fría me invade.

—Estuviste ahí, mucho más cerca que cualquiera. ¿Por qué Lilibeth arriesgaría su vida por una causa perdida?

—Porque es muy terca. Disfruta ponerse en peligro, Alteza.

—No —Sonrío ante su afirmación—. Se movió sobre esa tarima como una combatiente. No hubo un solo paso en falso. Admito que tuve mis reservas sobre lo que pasó esa noche y quién con total exactitud mató a Vlad. ¿Crees que ella…?

—¿Me pregunta si sus capacidades son suficientes como para manipular una espada?

—¿Te pregunto si existe aunque sea la más mínima posibilidad de que lo haya hecho?

—Ya la vio lanzar el hacha. Herida, sin fuerzas. Con los ojos de una multitud encima y acertar de manera precisa el tiro. ¿Dígame usted si la cree con la suficiente capacidad de haber matado a Vlad ella sola?

—Existe una duda plausible.

Exhaló. Y quizá ahí tenga mi respuesta.

—¿Algo de lo que yo pueda decir cambiará su destino?

—En lo absoluto. Si alguien merecía esa venganza era ella. No perderá mi apoyo. Pero, por mi corona y por nuestra amistad, te pido que me lo digas.

—A mi juicio, la herida que cobró la vida de Vlad es mucho más que un simple accidente.

Él era muy alto para su pequeña contrincante.

Si los hechos fueran como ella lo plantea, la espada entrando en el cuerpo de su tío habría seguido una trayectoria horizontal y ascendente.

Tomando en cuenta que Mar estuviera de pie sosteniendo el arma en sus manos.

Mi comandante es observador. Ha llegado a la misma conclusión que yo.

—No fue un accidente. La versión de Arlo es tan contradictoria como la de ella. Hay una testigo; solo su hermana puede aclarar tantas dudas.

—Hablaré con Daphne, mi hermana no puede seguir en silencio. Ya me ha contado cómo llegó Vlad a esa habitación; ahora exigiré saber quién acabó con su vida.

—¿De verdad aún no lo sabe?

—Necesito confirmarlo más allá de mis pensamientos.

—Arlo, sí pudo haber contribuido a la causa. Lo cual no dudaría. Pero se necesitaba a alguien con la suficiente habilidad para lograr herir a Vlad de esa manera.

—¿Y ella es tan hábil?

—Mar, es mucho más que una campesina. Su sangre es la de una Woodrow, pero su espíritu fue forjado por un Callahan.

Entrenada por el mismísimo Beirne, mi padre.

El mejor guerrero que ha pisado estas tierras.

Ella combatió contra él y contra mí desde que apenas caminaba.

Es tan digna de llamarse guerrera como cualquiera de nosotros.

—Yo la vi en el campo de entrenamiento. No logró asestar ni un solo golpe.

Algo dentro de mí se aferra a la más mínima posibilidad. Después de todo, bajé tanto la guardia: dormí al lado de alguien que bien podría haberme matado.

Me rehúso a creer que he sido tan imbécil y descuidado.

—El oponente era yo. Por favor, déme algo de crédito.

Es mi deber ser el mejor. La tengo estudiada.

Mar, es muy buena en distancias cortas, batalla cuerpo a cuerpo.

Es pequeña, rápida y lo usa a su favor, más que como una desventaja.

Si logra entrar en tu espacio vital es probable que acabe contigo.

Por eso no permití siquiera que se me acercara.

¡Solo me estaba defendiendo! Y ella se dejó hacer con más de una derrota no porque fuera incapaz de encararme, sino porque habría hecho cualquier cosa por permanecer más tiempo en el campo de batalla.

—Caiseth…

Masajeó mi entrecejo, lleno de frustración. Algo como esto debía decírmelo.

—Es débil —Me aferro—. En más de una ocasión tuve que ayudarla a cargar las charolas del almuerzo para que no terminara todo por los suelos.

—Me sorprende, Alteza —ironiza.

Mi comandante sonríe y es una bofetada a mi dignidad.

¡Maldita Lilibeth!

—Dígame ahora, ¿aún sigue creyendo con fidelidad absoluta en la duda plausible?

—Estoy seguro de que ella pudo haberlo matado.

No tengo mucho más que defender. Ahora solo resta desvelar por qué no lo admitió, al menos ante mí.

—Bueno, yo también lo creo. Y me habría encantado verlo a usted con esas charolas en sus manos.

No resisto más la burla. De no tratarse de él ya lo estaría condenando. Respiro. Eso me gano por imbécil.

—¿Puedo retirarme?

—Un par de cosas, comandante.

Aún hay algo que me intriga más que nunca.

—¿Crees que mis nudos son tan fuertes como los del verdugo?

Duda un poco, yo también. Necesito respuestas.

—No he sido contenido por usted y, a decir verdad, nunca me ha torturado un verdugo. Pero no se ofenda, los de este último deben ser insuperables.

—Ella no escapó de mí cuando la até. Dos días, Caiseth. Ese fue el tiempo que tardaron en rescatarla. ¿Por qué no luchó?

Recuerdo el momento cada vez con mayor amargura.

—¿De verdad necesita que se lo diga?

Afirmo. Y no por desconocer la respuesta, sino por lo aterradoras que pudieran ser las consecuencias.

—Por lo que despertó en ella, Alteza. Su fe en usted debió ser tan grande como para quedarse ahí, esperándolo. Ahora que se atreve a decírmelo, le aseguro que no hay más motivo que el amor que le tuvo. No debería siquiera preguntárselo. Ella es así, y usted tendría que saberlo.

Comienzo a sentir que me está regañando. En contra de lo que siempre he sido, no me molesta. Quiero escucharlo; necesito hacerlo.

—Rescató a mi hermano, aun sabiendo que la había traicionado. No lo dejó morir solo, se quedó con él hasta el final. No porque creyera que podía salvarlo…, sino para que, al menos, muriera en paz entre sus brazos. Usó su último aliento en él, consciente del precio que pagaría.

Lo sigo con la vista por toda la habitación. Sé que, cuando el comandante se pasea de esa manera, es porque quiere decir más de lo que realmente expresa.

—Esa es Mar. La que ama con el alma, la que da todo incluso cuando ya no queda nada. Ha perdido tanto que lo poco que le queda lo defiende con la vida. ¿De verdad cree que lo dejaría a usted tan fácil?

Se ha dado cuenta de mi escrutinio; me da la espalda.