Corona de humo 39 Mi mitad del infierno
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39 Mi mitad del infierno

No soporté verla arder, y aun así la arrojé al fuego.

LUCIEN

Debíamos detener esto de alguna manera. Verena fue la primera en ofrecerse a compartir la pena. Ella, la mayor de nosotros. La que, sin darse cuenta, tomó el lugar de mamá. La que espera un hijo. ¡No podía permitirlo! Y, por supuesto, Rhodes tampoco lo habría hecho.

El infierno se desató frente a nuestros ojos desde el momento en que exhibieron su frágil cuerpo ante todos. Ninguno merecía posar los ojos sobre su inmaculada piel. Nadie en este maldito reino vale ni una sola gota de su sangre.

—Sus Majestades, Altezas.

El verdugo está aquí, nos reverencia. Llega hasta mí con cuerdas.

—No es necesario.

No van a amarrarme. Soy el amo, no el perro. Resistiré. No les permito ni tocarme. Yo mismo me quito la camisa de seda negra y la dejo a un lado. Me arrodillo, tragándome el orgullo y con la dignidad intacta.

Mis hermanas se echan a mis brazos, desconsoladas. —¡Basta, por favor!

Es denigrante. Las obligo a alejarse.

—Estoy listo —anunció.

Recargo los brazos sobre la baranda y la miro ahí abajo.

Sus ojos me suplican, me quiebran. Ella no habría resistido un solo latigazo más, y aun así está pidiéndome que no lo haga.

Seguiría ardiendo con tal de evitarme a mí cruzar el fuego.

Pero entonces, allí, cuando nuestros ojos ya no pueden más, ocurre lo impensable…

«¡ Te amo !». Sé que lo leí con suma claridad de sus labios.

Enfurezco.

«¿Cómo puede ser tan tonta?». Alzo la cabeza bien en alto. No pienso permitirle una humillación más.

—Dije que estoy listo.

Mi afirmación suena a exigencia. Con ella llega el primer latigazo. Se me tensan todos los músculos del cuerpo. Bien merecido, por haber permitido que una plebeya me amara.

—Dos —sentencia.

Aprieto la baranda con todas mis fuerzas.

—Tres.

Maldigo. Juro por mi vida que me pondré de pie y moleré a golpes al maldito verdugo.

—Cuatro.

Escupo. El dolor me corta la respiración. Me recupero al instante, me fuerzo a hacerlo.

—Cinco.

El látigo rodea mi hombro, salpicándome el pecho con mi propia sangre. Sonrío, debo parecer un maldito loco.

—Seis.

Me concentro en las venas de mis brazos, se han hinchado por la fuerza.

—Siete.

El ardor se hace cada vez más insoportable. «¿No me explico cómo pudo resistir tanto?». Si ella, con su delicada piel y en su fragilidad, pudo, yo también.

—Ocho.

Mi espalda está al rojo vivo, el dolor tras cada azote ya no es tolerable.

—Nueve.

Maldigo al verdugo, voy a matarlo. Siento la piel en brasas.

—Diez.

Mis brazos flaquean, caigo al suelo. No puedo permitir que me cueste sostenerme. El sudor escurre por mi frente y la sangre me empapa la espalda. Daphne regresa a mi lado, acuna mi rostro entre sus manos. Estoy jadeando.

—¡Verdugo! —grita el Rey— ¡Ahora!

Miro entre los espacios de la baranda. El verdugo en la tarima camina hasta Nero y de una patada derriba el banquillo que lo sostiene.

Cuelga de la soga. Por mucho que intente usar las manos para aferrarse, el peso tensa el nudo alrededor de su cuello.

Trato de ubicar a mi comandante entre la multitud, no lo consigo.

Pero lo que veo me hace usar las pocas fuerzas que me quedan para incorporarme.

Mi padre carcajea, incrédulo. Lili intenta con desesperación ponerse de pie.

Dejándonos estupefactos al conseguirlo. Yo respiro con dificultad.

Y ella abajo, luchando. Avanza con torpeza hacia la plancha de decapitación.

Toma la pesada hacha y, con un movimiento impecable, la lanza por los aires.

El recorrido es perfecto. Corta la cuerda que está matando a Nero y este cae al suelo.

La plaza explota en euforia. ¡Festejan! El verdugo se ha quedado inmóvil. Ella no va a detenerse, se arrastra hasta él abalanzándose sobre su pecho. Lo cubre con su propio cuerpo.

Percibo la respiración del soldado a través de su cuerpo. El público sigue celebrando. Mi padre enloquece. Yo me estremezco. La quiero lejos de él. «Ella no puede querer así a nadie más que a mí».

—¡Cinco azotes más para ella!

Puedo sentir la mirada de mi padre clavándose en mí, expectante.

—Parece que aún le quedan suficientes fuerzas —agrega—. Y que sea rápido. Quiero que ese traidor deje de respirar de una vez por todas.

Camina hasta ponerse junto a mí, quiere contemplar de cerca su obra.

—Y tú, Lucien… Aprende cómo se gobierna.

El verdugo obedece. Vuelve a azotarla. Uno tras otro. Con más fuerza, con más saña, con toda la ira de alguien que ha sido ridiculizado en público. Ella quizá actuó en un último soplo de adrenalina. Ya no se mueve.

«¡Lili, por favor!» suplico en silencio.

El verdugo la toma del brazo y la arroja lejos de Nero. Nada. Su cuerpo azota sobre las maderas, inerte. Palpo mis mejillas, no es sudor.

¡Son lágrimas!

Estoy llorando. Como solo lo había hecho por mi madre. Y tengo miedo. Vuelvo a sentirme como un niño asustado suplicando por la vida de aquella mujer que me lo dio todo. Los espectadores han hecho un silencio abrumador. Entienden el sacrificio y quizá el trágico desenlace.

—¡Es inaudito! Ya sabes por qué no eres digno de mi corona. Ahora entiendes por qué hasta una mujer puede hacerlo mejor que tú.

Mi padre me encara con lástima, con ira, con un desprecio que jamás le había visto. Y eso ya no era posible.

—Más vale que te acostumbres a estar de rodillas, porque Arvo será tu rey muy pronto.

Toma a Daphne del brazo, mostrando con cada acto que su legado de sangre y muerte está lejos de terminar.

—Mañana mismo serás puesta en un carruaje con destino a Ashford, irás a cumplir con tu esposo.

En cuanto a ustedes dos… —señala a Verena y a Rhodes—.

Quiero que vuelvan a Chrysanth y no regresen a mis tierras nunca.

Reinstalaré mi despiadada monarquía. Se acabaron los tratados diplomáticos para todos.

Ningún reino volverá a sentir que podemos ser iguales.

—Su Majestad, no podemos hacer eso —interfiere uno de los miembros del consejo.

—Lo haremos porque soy su maldito rey. ¡Es una orden! Y si quieren conservar sus cabezas, más les vale acatarla.

Se encamina a la salida, arrastrando a mi hermana menor con él.

—Ah, sí, lo olvidaba. Ningún sanador de palacio puede tocar a nuestro flamante príncipe. Mucho menos a su amante. Si sobrevive, claro —se bufa—. Si tanto se quieren entre ustedes, háganse cargo de sus heridos.

—Padre, por favor —Daphne súplica—. Te prometo que no interferiré más, pero no me envíes allá; no lo resistiré.

—Tesoro —Frota su mejilla—. Siempre fuiste la luz de mis ojos, ¿pero qué tipo de rey sería si no hago cumplir sus obligaciones a mi propia hija? No me interesan más tus deseos, tienes un deber. ¡Cúmplelo!

—Prefiero la muerte antes que ir a Ashford.

—Ahí está el verdugo. Te facilitará el trabajo.

La reta. Ella solo agacha la cabeza en silencio. No puede, nadie puede.

—¿No eres tan valiente, verdad? Dejen los tres de comportarse como los patéticos Fitzgerald que son. Esfuércense por enorgullecerme de algún modo. No me hagan arrepentirme cada día de haberlos engendrado con esa mujer a la que llamaron madre. Prepara tus cosas, te irás lo antes posible.

Por fin se marcha, llevándose con él a Daphne.

Tras ellos sale el consejo, los sigue el verdugo.

Los pocos soldados que quedan no se atreven ni a mirarnos.

Mi padre acaba de humillarnos ante ojos ajenos.

Nuestros súbditos no dejarán morir este momento en mucho tiempo.

Una mancha negativa para los Fitzgerald futuros, sin duda. La peor de todas.

—Debemos detener el sangrado. Lleven a nuestra matrona a los aposentos del príncipe.

—Ordena el rey Rhodes a un par de guardias de Chrysanth que se le concedieron como escolta personal.

—Vamos, Lucien. —Me extiende la mano.

Aceptar su ayuda me hará caer aún más bajo. Me arrastraré hasta allá yo solo, si así tengo que hacerlo.

—¡Está viva! —Mi hermana seca sus lágrimas.

¡Con un carajo!

Uso todas mis fuerzas y reprimo el dolor para lograr incorporarme lo mínimo. Miro hacia la tarima. Lili se mueve, sonrío. Mi mujer es asombrosa.

—Si quieres ayudarla, primero debemos curarte.

Insiste Cressida. La mano de Rhodes sigue extendida para mí.

¡Por Lilibeth! La tomo.

Trato de disimular el malestar que me produce hasta el más mínimo movimiento.

Pasa mi brazo por sobre su hombro para sostenerme.

Camino despacio a su lado, vamos a mi ritmo.

Paso, dolor, sudor frío. Y así, uno tras otro.

Me tiemblan las piernas, me falla la vista.

Rhodes me sostiene, me contiene. Alguien más ya nos habría abandonado, no él.

Su amor por mi hermana debe ser tan real como profesa. Y se lo agradezco.

—Alguien sáquela de ahí —ordeno con dificultad. Es como si los latigazos me hubieran llegado a los pulmones.

—Me haré cargo. — Verena toma la delantera.

Llegamos a mi habitación. Cressida acerca una de las sillas, me acomodo para poder recargar mi pecho sobre el respaldo. Al menos si no me muevo el dolor disminuye un poco.

—¡Ay, señor!

Expresa la matrona al verme. Entorno los ojos, odio que dramatice.

—Necesito agua y paños limpios.

Las damas de mi esposa obedecen. Ella se concentra en las cosas que lleva en un gran maletín. Moja uno de los paños en la solución que guardaba en un frasco oscuro y me lo ofrece.

—Ni se le ocurra.

—Lo ayudará. Si duerme, yo podré trabajar más rápido y usted sufrirá menos.

—Lucien, deja de comportarte como un niño.

Cressida ha tomado el trozo de tela y lo acerca a mi rostro.

—Viniendo de ti, menos voy a aceptarlo.

Me acomodo en la silla. —Resistiré, haga lo que considere necesario.

—Bien —Me ofrece un paño limpio— por si necesita morder algo, Alteza.

Lo tomo, mas no pienso siquiera flaquear, y nadie va a decirme qué hacer. Si ya aguanté los sádicos azotes, puedo resistir lo que sea.

—¡Ay, carajo! —gruño.

Me encorvo de forma inconsciente. Ha dejado caer un líquido sobre una de las heridas y juro que me dolió hasta el alma. Lo hizo a propósito. «¡Maldita bruja! Se ha metido en mis pensamientos y pretende hacerme caer.»

—Lucien —insiste Cressida.

—Aléjate de mí —rabeo furioso.

Obedece resignada. Y yo grito en mi interior cada vez que la matrona suelta su líquido sobre las heridas. Respiro agitado. Tengo que concentrarme para no girarme hacia ella y estrangularla por lo que me está haciendo.

—¿Cuántas son?

—Visibles diez, profundas solo cuatro. Debo asegurarme de que estén limpias antes de coser.

—¿Solo cuatro?

¿Cómo pueden doler así? Mi padre tiene razón, soy una vergüenza.

—Rhodes —Verena entra corriendo—. Necesitamos más ayuda.

—¿Qué está pasando?

Me giro, valiéndome un carajo las malditas heridas abiertas.

—Tú quédate ahí sentado —advierte.

—Verena, te juro que si no me lo dices iré a averiguarlo.

—Mar está sufriendo. Piel cuelga de sus heridas. Si no la asistimos, morirá.

Me altero. No voy a permitirlo. Ella vivirá, así tenga que tomarla en brazos y llevarla corriendo yo mismo al pueblo más cercano. Los sanadores reales no irán contra la orden del rey, pero sé que afuera alguien podría ayudarla.

—Nuestros recursos aquí se resumen a esto —explica Rhodes—. No venimos preparados para una contingencia así.

—Mi caravana está cerca; si parto ahora, regresaré con el resto del personal de asistencia en unas horas.

—No contamos con tanto tiempo —Respiró—. ¡Traigan a mi comandante! Matrona, vaya con ella, haga cuanto le sea posible y estaré en deuda con usted.

—Por supuesto, Su Alteza.

Deja lo necesario para que mi comandante pueda continuar. El resto lo guarda en su gran maletín y desaparece en compañía de mi hermana.

Mi súplica silenciosa se marcha tras ellas…