Corona de humo 38 El golpe final
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38 El golpe final

Hasta que lo vi negarlo, yo seguía creyendo en nosotros.

MARLOWE

La puerta se abre de un solo impacto. Metal contra roca. El sonido que produce retumba como un mal presagio. La oscuridad que me ha envuelto por días es enfrentada por una luz hiriente. Parpadeo, me cuesta enfocar. La realidad llega de golpe.

—Ustedes dos. ¡Arriba! —grita un guardia.

Lo hago, me levanto sin resistencia alguna. Atan mis manos con la frialdad de la costumbre. Luego, una capa negra me cubre los hombros y también la cabeza, como si ya estuviera muerta —quizá pronto lo esté—. Sé a dónde nos llevan.

—¡No! Ella ni siquiera ha recibido sentencia.

La voz de Nero es más un grito desesperado. Lo silencia un golpe seco, seguido de un quejido que me corta el aliento.

—Pero tú sí. Son órdenes del Rey; dejarás de ser un gasto inútil. Camina.

¡Llegó la hora!

Nos empujan entre la multitud. Bajo la mirada, me concentro en las baldosas del suelo. El miedo me cierra la garganta, nunca antes había sentido algo tan asfixiante.

Nero, en cambio, se resiste, lucha como si aún pudiera cambiar su destino; sin embargo, ya ninguno de los dos puede.

¿La horca? ¿La hoguera? ¿Una espada cruzando mi garganta? Tuve muchas noches para imaginarlo. ¿Tengo miedo? —Sí—. Estoy aterrada. Solo pido que el Rey sea piadoso. Pero es Cassius el Sanguinario. Buscará una manera larga y dolorosa de acabar conmigo.

La escalinata de madera rechina a nuestros pies; cada crujido se vuelve la cuenta regresiva.

Al llegar al templete, nos descubren. El sol me golpea de lleno, cegándome por un instante.

Es la primera vez en semanas que siento su calor.

Mi cabello cae libre, desordenado, revoloteando con la suave brisa de la mañana.

El verdugo me gira bruscamente, me obliga a mirar hacia el castillo. Se escucha la música, los cánticos que siempre me erizan la piel. El murmullo de una fiesta, como si se celebrara algo. Como si la muerte fuera digna de un brindis.

Y justo ahí, contemplado desde el balcón central, se encuentran todos aquellos que comencé a sentir como una nueva familia. ¿Merezco esto? Lo sé en cuanto veo los ojos tristes de Daphne. Me lo he ganado, pero ellos no tendrían que ser testigos.

Él; de pie, aferrado a la baranda. Como si esa piedra pudiera sostenernos. Tal vez incrédulo, tal vez roto. Mi maldito príncipe, con su esposa aferrada a su brazo.

¿Se puede odiar y amar a la misma persona? —Sí—. Y duele más que cualquier castigo.

Desvío la mirada, quiero arrancármelo. No puedo morir llevándolo tan clavado en el corazón.

—¡Queridos Endellioneses…!

El Rey alza los brazos como un profeta de la muerte. Los aplausos no tardan. No por júbilo, sino por miedo.

—Hoy es un gran día. Hoy se hace justicia. ¡Somos la nación que no perdona! —proclama.

—¡Por los Fitzgerald! ¡Por nuestro gran Rey!

Entonan los soldados, alentando al público a corearlos. Lo siguen los verdugos a nuestras espaldas, su orden de mercenarios y la plaza entera. Que ahora vibra con ese coro macabro.

El consejo llega corriendo al balcón. Sus rostros hablan más que sus labios; esto no estaba planeado. Cassius está improvisando. Uno más de sus tantos caprichos de sangre.

—Marlowe Lili Woodrow.

El Rey retoma su discurso. Escucho mi nombre y ya no estoy en mi cuerpo. Me he convertido en algo quieto. Algo frágil.

—Por tus faltas reiteradas contra la corona, por desobedecer al príncipe, por tomar justicia por tu propia mano. Serás castigada.

—Padre, no. Por favor, lo hizo para salvarme…

La voz dulce de Daphne es apenas un susurro. Me siento en paz; ella no me odia y con eso me basta.

El Rey la abofetea frente a todos. El silencio se vuelve inmediato y es tan denso que corta la respiración.

—Soy un hombre de sangre, pero también de justicia. He sufrido una gran pérdida, pero debo hacer cumplir la ley. Por eso tú…

Nero me ofrece su mano. La tomo. No importa el enojo, ya no. Él entrelaza nuestros dedos con fuerza.

—Marlowe Lili Woodrow…

Y ahí está de nuevo, el corazón en mi garganta, el estómago haciéndoseme pequeño tras mi nombre.

—Tomaste la vida de mi hermano por salvar a mi hija. Se te absuelve del delito de homicidio, pero no de tus otras faltas. Serás castigada con veinte azotes.

Azotes.

Recuerdo los juegos con Lucien. ¿Acaso es una forma de burlarse de nosotros? Piensa exhibirme, humillarme ante la multitud.

Lo soportaré.

—Y tú, Nero Callahan. ¡Has mentido, desobedecido y mancillado tu juramento real! Te sentencio a la horca por la traición cometida. Hoy recibirás la muerte que mereces.

Siento su mano temblar entre la mía. Intentan separarnos. Él forcejea, lucha por mantenerse junto a mí. No puede, los verdugos lo someten.

Lo arrastran hasta el banquillo, le colocan la soga alrededor de su cuello, tensándola.

Por primera vez desde que me sacaron de esa celda, lucho, y no es por mí sino por él. Nadie más debe morir por culpa de Vlad. Nadie debe dejar este mundo sintiendo tanto miedo.

—Verdugos, empiecen por la chica.

—Sí, Su Majestad.

Uno de los ayudantes me somete. Un golpe seco al estómago me roba el aliento.

Me contengo. Hay mucho que salvaguardar y que tiene más valor que mi propia vida.

Me quedo ahí, de rodillas. Rompen mi blusa, exponiéndome con crueldad.

Dos correas sobre mis muñecas, una a cada lado, tensadas con fuerza a un par de postes.

—¡Ahora! —ordena el Rey.

—Disfrútalo, dulzura —susurra el verdugo—. Uno —anuncia.

El dolor es inmediato, como brasas quemándome la piel. Aprieto los labios: no gritaré.

—Dos.

Otra oleada de fuego, vuelvo a estremecerme.

—Tres.

El dolor me roba las lágrimas, mas no un gemido. Y no lo hará.

—Cuatro.

Mi carne se abre ante el castigo. Hilos de sangre corren por mis costados.

—Cinco.

La llaga rodea mi cadera. Me arde hasta los huesos.

—Seis.

Mi vista se nubla. Mis dientes rechinan.

—Siete.

Pierdo la cuenta. Mis sentidos colapsan, solo sé que sigo viva.

—Ocho.

¡No voy a gritar! ¡No voy a gritar!… No. El Rey no se llevará ese gusto.

—Nueve.

Nero se revuelve como una fiera. Haría lo que fuera por salvarme, y tanta rabia me da fuerza. Arriba, en el gran balcón, la desesperación de los príncipes es evidente.

—Diez…

La sangre se acumula sobre la madera alrededor de mis piernas. Todo se desvanece.

—¡Verdugo! —¡Es suficiente! ¡Desátenla! —grita el Rey.

Un sonido apenas audible para mí. Su voz es lejana, diluida en el aire…

—El príncipe Lucien tomará su lugar.

¿Qué ha dicho?

Intento levantarme, no lo consigo. El dolor me encadena. Siento la piel desprenderse de mi columna, me cuesta respirar. Mis brazos se desploman sin fuerza apenas los sueltan.

El verdugo que custodiaba a Nero toma su látigo, salta de la tarima y se encamina hacia el castillo.

—Lucien… no —susurro.

Me obligo a encontrar su mirada. Sé que puede leer mis labios. Sus ojos no se apartan de los míos.

—¡ Te amo !

Niega con la cabeza. No me dice nada, o tal vez… lo dijo todo.

Me rindo.