37 Sin debilidad #2
—Cuando la descubriste, me escondió para evitar arrastrarme a tu ira.
Nos supimos traicionadas en el momento que apareciste con Cressida a tu lado.
Alguien había puesto el cerrojo a la puerta para que no pudiéramos salir, y ella era la única que conocía el plan.
Me dejaron ahí y comprendí que mi oportunidad se había esfumado.
No imaginé lo que vendría. Entraron por el balcón… Iban a matarme.
Golpeo la pared. No puedo creer que mi propia esposa hubiese tramado algo tan ruin. Es ella quien merece estar en esa celda lúgubre.
—Voy a hacerla pagar. Se lo cobraré muy despacio, durante cada maldito día de su vida. Te lo prometo.
—No va a costarte. Eres tan parecido a nuestro padre que su vida ya debe ser un infierno, solo por despertar a tu lado.
Es la afirmación más cruel y realista sobre mí que podrían asegurar. Fui educado para hacer el mal —«Los reinos se construyen de sangre y miedo»—; al menos eso es lo que siempre vi de mi padre, y yo ya no puedo contenerme. No sé hacer las cosas de otro modo.
De pronto, la última pieza del rompecabezas encaja: tiemblo.
—¡Mi padre lo sabía! —Es por eso que actuó tan calmo—. Arvo se entrevistó con él esa mañana. Dijo que tenía una petición.
—Un intercambio…
—Entregó a Vlad ¿A cambio de qué?
—De ti. Tú caerías con ella. Van a destronarte.
—¡Imposible! Mi padre no me haría eso.
—Mi padre haría lo que fuera por asegurar que sus métodos sigan siendo las bases de esta monarquía. Él te considera débil y manipulable.
—¿Débil? ¡Soy una maldita bestia!
—No es suficiente. Lleva mucho tiempo poniéndote a prueba.
Está seguro de que tu debilidad siempre será una mujer.
¡Inadmisible para una tierra en la que las mujeres no tenemos voz ni voto!
Y donde él mismo te ha enseñado a vernos solo como objetos.
Me queda muy claro que lo has aprendido bien.
Sin embargo, podrás ser sanguinario, violento y despiadado en tus formas, pero tú jamás me harías daño directo a mí o a Verena.
Nunca matarías a Marlowe con tus propias manos.
Él lo sabe, porque aún conservas algo de mamá en ti.
Lo comprobó cuando intentaste salvar a Lady Aria.
Y con cada acto desesperado por proteger a Mar, solo se lo confirmaste.
—¡Nadie va a quitarme mi corona! —Rabeo—. ¡Menos ese bastardo!
—Arvo está seguro de la decisión que tomará nuestro padre. Él le dio lo que quiso aquella noche… tú no. Tu método fue mediar y proteger; el de nuestro primo, matar y torturar, sin importar a quién. Fue una trampa para todos. Una en la que nosotros perdimos.
—¿Quiere muerte? Es justo lo que voy a darle.
Recorro colérico los pasillos. Necesito hablar con mi padre. Es demasiado temprano para el almuerzo; seguro sigue en sus aposentos. Y no me importa si está con sus amantes.
Golpeó la puerta con rabia. Ningún guardia se atreve a detenerme, no viéndome así. El más mínimo intento terminaría con su sangre en las paredes, y lo saben.
—¿Qué es este escándalo? Cressida ha salido tras de mí.
—Vuelve a tu habitación y deja de meterte en lo que no te importa —Gruñó sin detenerme—. Ya nos arreglaremos tú y yo después.
Mi desprecio por ella es absoluto; jamás olvidaré lo que hizo.
—¡Lucien!
Mi padre finalmente abre. Lleva su bata de terciopelo atada a la cintura, una copa en la mano y esa sonrisa endemoniada.
—Una mala mañana —afirma con burla.
—Necesitamos hablar.
—Hazlo rápido. Tengo cosas importantes esperando.
Miro detrás de él. Dos mujeres lo esperan como si decoraran la estancia. No es de extrañar.
—¡Fuera! —ordeno.
No se mueven ni lo más mínimo, y no me sorprende. Solo obedecen a su rey.
—Es un asunto de Estado. Haz que se larguen.
—Ya escucharon a nuestro príncipe: «asunto de Estado» —Escupe su sarcasmo—. Vayan a divertirse… ustedes que aún pueden.
Llena su copa mientras ellas se visten a desgano y desaparecen.
—Habla ya. Tu mediocre presencia me agota.
—¿Eso piensas de mí ahora, padre?
—¿Ahora? No. Siempre lo he pensado. Eres tan blando como tu madre. Antes tenía fe en ti; hoy ya no espero nada.
—¿Así que es cierto?
—Muchas cosas han ocurrido en estos días.
—Sabes a qué me refiero. El futuro de la corona está en juego.
—Te equivocas; como siempre. El futuro de la corona nunca ha estado más seguro —grita.
—¿Abdicarás en favor de Arvo?
—Abdicaré en favor de quien me plazca. Cualquier bastardo haría un mejor papel que tú. Incluso una mujer tendría más agallas que este remiendo de heredero que me dejó tu madre.
—No voy a permitirlo —digo, acariciando mi espada. No me arrebatará la corona. Y no volverá a ensuciar la memoria de mi madre.
Tomo la empuñadura con rabia. No la desenvaino. No puedo…
¡Es mi padre!
—¿De verdad, Lucien? —Me provoca—. Te falta hombría para atreverte a tanto. ¿Quieres la corona? Demuéstrame que tienes lo que se necesita para convertirte en un rey digno de sucederme.
Sale al pasillo con paso firme. Implacable.
—Su Majestad, no puede hacer esto —interviene Cressida—; le prometió a mi padre que yo sería reina de es…
—¡Cállate, mujer!
La bofetada es seca, cruel. Ni siquiera la deja terminar. Se lo buscó. Por oír tras la puerta y por desobedecerme.
Le tiendo la mano por mera cortesía y nada más; no quiero ni tocarla.
Caminamos tras él. Mi padre parece saber exactamente qué está haciendo. Yo no.
—Soldados.
Se detiene junto a dos de ellos. Les habla casi en susurros, tan bajo que no alcanzo a oír la orden, mas ellos salen corriendo ante la urgencia. Mi padre sigue su camino. Cruzando pasillos, subiendo escaleras. Llegando a nuestro destino.
Apenas entramos, el servicio se mueve rápido.
Preparan todo para recibirnos. El gran balcón central da hacia la Plaza de los Caídos: una explanada que sirve para ferias e infundir miedo.
Miro hacia abajo. Más soldados se han movilizado.
Los instrumentos de viento suenan, es el llamado a la tragedia y la gente comienza a aglomerarse poco a poco alrededor de la tarima.
—Tomen asiento —ordena mi padre con una sonrisa que anuncia el espectáculo que está por venir.
—Tú también, Cressida. Puede que esto hasta lo disfrutes.
Obedece. Lleva la mejilla aún enrojecida. Yo permanezco en pie, estoy demasiado ocupado tratando de entender.
Mis hermanas llegan, el Rey Rhodes las acompaña. Mi padre sale de nuevo, sigue dando instrucciones. Todo va demasiado rápido.
—¿Qué está pasando? —pregunto a Verena apenas la siento a mi lado; hay nerviosismo en mi voz.
—No lo sé. Nos arrancaron el desayuno de la boca y nos trajeron aquí por orden de nuestro padre.
—¡Ay no, carajo! —Golpeó la baranda.
Abajo, dos verdugos han hecho su entrada, seguidos de sus ayudantes. Revisan sus herramientas con ese cálculo que solo tiene quien ya ha hecho rodar muchas cabezas y se preparan para una más.
No tenemos tantos presos en espera de ejecución. El piso bajo mis pies se desmorona. Tengo un mal presentimiento…