Corona de humo 37 Sin debilidad
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37 Sin debilidad

Fui programado para rei nar, no para sentir.

LUCIEN

Ya era hora! ¿Por qué las mujeres son tan lentas para todo?

No me deje convencer, precisamente porque me interesará que mi hermana hable con Lilibeth. Soy yo quien necesita saber de ella.

—¿Cómo está? —pregunto apenas aparece.

—Tenemos que sacarla de ahí.

—Estoy tratando.

—Pues ponle más empeño, se volverá loca ahí dentro.

—¡Ya lo sé!

—¿Dónde está Arvo?

—Con mi padre, tal vez. Desde la muerte de su familia, lleva llorando en su regazo. Como si le importara lo que pasó.

—¿Piensas que en verdad está llorando? —ironiza—.

Necesito a mi hermano el estratega, el suspicaz; el que huele una mentira a kilómetros.

Lo viste en esa habitación. Se movió entre nosotros con una determinación que no le conocía.

Decapitó a su padre frente a todos, mutiló a su único hermano sin pena alguna.

Enorgulleció al rey como ninguno de sus propios hijos lo han hecho.

—Es un Fitzgerald, la maldad corre en nuestras venas. Creció junto a un monstruo, él no es tan diferente a todos nosotros.

—Fue capaz de seducir a otro hombre. Tú y yo sabemos que siempre había estado enamorado de tu esposa. Puedo asegurarte que hay muchas cosas que tú no harías, ni siquiera para conservar la corona sobre tu cabeza. Arvo es peligroso, mucho más que el mismo Vlad.

—Hablaré de tus miedos con mi comandante. Él se encargará de develar la verdad.

Me dirijo hacia el patio de tiro. Cai es alguien madrugador, ya debe estar entrenando a sus hombres.

—Lucien…

Me detiene.

—¿Cómo descubriste que Mar planeaba huir?

—Cressida me lo dijo.

—¡Cressida!

—Sí, lo escuchó por casualidad.

—¿Casualidad? Tú no crees en esas cosas.

—Subió a cambiarse de zapatos y la descubrió. No se hizo esperar para correr a contármelo.

—¿La escuchó? ¡Qué idiota eres! Entiendo que en ese momento tus impulsos te cegaran, pero piénsalo con frialdad calculada. ¿Si la escuchó es porque…?

—Estaba hablando con alguien más… —interrumpo—. ¡Sabía que Daphne huiría también!

—Las cosas no son como las cuenta, era parte del plan. Debemos creer en Mar.

—¡La traicionó!

—Tu desgastada esposa y Arvo siempre han sido muy unidos.

—El ataque no era para Daphs. Encerraron a Mar en su habitación. —Lo sé porque lo vi.

El enojo me arde en la garganta como fuego no escupido.

—No esperaban que yo la sacara de ahí tan pronto. No hasta que Vlad hubiera cobrado su venganza.

—Debemos liberarla de esa celda —Aprieta mi mano—. Sabes a la perfección lo que eso significa, y lo que tendrás que guardar para dolor personal.

Mi hermana tiene razón. He sido un completo idiota. La idea de saber que Lili estaba en ese calabozo me tenía muy ansioso, incapaz de ser yo mismo. Pero ahora lo veo. Todo empieza a encajar.

Necesito hablar con Daphne. Lleva días encerrada en su habitación, alejada de todos. Su mediocre esposo regresó a Ashford. Vi su caravana partir esta mañana. Se sació de ella para desecharla después, como el cobarde que es.

Este será el primer asunto que resolveré apenas sea rey. Quemaré su maldito castillo con todos dentro. Llevaré a mi hermana hasta allá. Los torturaré para su deleite, dejaré que sea ella quien inicie el fuego y me sentaré a su lado a verlo arder. Un placer que sin duda nos merecemos.

—Daphs.

Golpeo a su puerta con delicadeza. No hay respuesta.

—Sé que no quieres ver a nadie, pero te prometo que es importante.

Sigue sin responder y yo no puedo esperar.

Abro la puerta. Está ahí, sentada frente al tocador cepillándose el cabello.

Nunca la había visto tan desmejorada, pálida, dos manchas moradas tiñen la delicada piel bajo los ojos, los labios partidos.

Es evidente que no ha comido ni bebido nada y, de dormir, mejor ni hablamos.

Dudo que alguien desde esa noche haya conseguido hacerlo. Su imagen me estruja el corazón.

—Daphs…

Tomo su mano para hacerla detenerse. Está tirando de su cabello con fuerza, como si el cepillo fuera a sanar su pena.

Por fin me mira.

—Necesito hablar contigo.

Me alejo. Le doy ese espacio que debe estar necesitando. Me siento en la orilla de la cama y nos contemplamos a través del espejo.

—¿Cómo estás?

En un ataque de ira arroja el cepillo al espejo y este estalla estruendosamente; ahí tengo mi respuesta. Ni me inmuto, merece destruir todo a su paso. Yo lo habría hecho.

Extiendo mis manos y por fin viene a mí. Soy pésimo consolando, pero sentirla temblar entre mis brazos me desarma. La aprieto con fuerza.

—Lo siento —susurro, con mis labios en su sien, sin dejar de consolarla—. No pude salvarte.

—Nadie lo habría hecho. Mi destino estaba sellado desde que nací en esta familia.

Fui yo la que no quiso entenderlo. Un castigo divino a mi desobediencia.

Deseaba con todas mis fuerzas huir de aquella responsabilidad, porque falté a mi promesa real, a mi deber.

Le fallé a la corona, a mi familia y a mí misma. Ya no valgo nada y lo merezco.

—No digas tonterías. Lo que pasó esa noche…

Lleva sus dedos a mis labios, para hacerme callar. La detengo.

—Sé que duele, pero debemos hablar —Me levanto ansioso—. Mar está en un calabozo. Su sentencia podría ser grave si no contamos la verdad.

—¿La verdad?

—Sí. Nadie le creerá ni una palabra, pero tú eres una princesa.

—¿Desde cuándo eso cambia las cosas? Soy una mujer.

—Vamos, cuéntame cuál era su plan. Necesito saberlo. Hazlo por ella o la juzgarán injustamente.

—Lo hago por ella, porque la condenarán de igual forma.

—¡Podría morir! —Me desespero.

—Bendecida será.

—Daphs, te lo pido. Hazlo por mí.

—¿Para qué? Volverás a someterla a tus caprichos.

¿De verdad estás tan seguro siempre de lo que desea?

Haces con ella lo que quieres, porque le pides permiso y te lo concede, sin embargo no hay nada real que lo justifique.

Ella no se niega porque no puede, su corazón no la deja.

Y tú sigues creyendo que la tienes, pero date cuenta…

¡Quería huir de ti! Te aseguro que la muerte le será menos amarga que continuar a tu lado.

Eres un monstruo, no muy diferente al que murió en esa habitación.

—Daphs, detente.

—¿Detenerme? ¿Acaso tú lo hiciste? Porque sí, Lucien. Hay daños físicos que sanan, pero lo que provocaste es irreparable y, aun así, ella no salió corriendo, volvió por mí. Su sacrificio es mío también y voy a corresponderle; así sea con la muerte. Nuestra ansiada libertad.

—No digas eso. Te lo suplico… Y yo no lo hago.

Quisiera tragarme mis palabras. Lo que estoy a punto de decir me cuesta la vida; más que suplicar, más que pedir perdón.

—La dejaré ir. ¡Lo juro! Tienes que ayudarme. No soportaría verla morir.

—¿Por qué?

Me quedo callado, apretando los puños.

—Dímelo. ¡Admite por una vez en la vida que no eres una maldita piedra!

—Yo…

«¿Por qué me cuesta tanto?»

Tiemblo.

—Tú la condenaste. Morirá y encontrará la libertad que le quitaste. Vete de mi habitación, ahora —Se levanta con determinación.

—Daphs, por favor.

—No, Lucien. Ella podría haberse ido, pero regresó por mí. Intentó salvarme pese a que eso significaba perder la única oportunidad que tendría de ser libre.

Abre la puerta, está echándome.

—Ella no abandona a los que ama. ¡Tú sí! Tenías el poder en las manos no solo para dejarla ir, sino también para liberarme a mí, y no lo hiciste. Es tanto tu narcisismo y tu deseo de poder que haces daño. Tienes tanto que aprender. Esta lección es para ti.

—Lo sé, lo sé, perdón. —Me muevo ansioso.

—Morirá; esa será mi forma de liberarla. La acusaré yo misma si es necesario.

—No puedes… Por favor .

—Y cuando lo haga, yo también me iré con ella.

—¡Daphs, basta!

—No. Quiero hacerlo.

—Estás siendo tan egoísta como yo lo he sido. Ella tiene derecho a decidir.

—¿Y vas a permitírselo?

—Esta vez sí, lo haré —estoy suplicando.

¡Qué bajo he caído! Si después de todo quiere abandonarme, no me opondré, me tragaré mi orgullo y la dejaré ir.

—¡Dímelo, Lucien! Sé que ella jamás lo oirá de tus labios, por mucho que te lo pida, pero dímelo a mí. Regálanos al menos esa paz.

—No.

—¡Lucien! ¡Admite que la amas! Solo así podrás salvarla. Si un sentimiento positivo es lo que te impulsa, te ayudaré. Su vida está en tus manos; siempre ha sido así. Yo le prometí que sería libre y esta vez no voy a fallarle. No tengo forma de liberar su cuerpo; al menos haré que se vaya su alma.

—¡Ya! Está bien. Tus ganas… Lo admito…

—¿Qué admites?

—Mis sentimientos.

—Eres patético, hermano. Planeas gobernar el reino más poderoso y ni siquiera puedes abrir tu corazón. Son solo dos palabras.

—Yo… —Estoy rabiando—. Yo…

¡Maldita Lilibeth!

—¡ La amo ! —Respiro.

No fue tan difícil; mi hermana ganó. Estoy enamorado de ella. Más de lo que debería, con la furia de algo que no puede ser.

—Bien —Palmea mi hombro—. ¿Lo ves? No era complicado.

La alejó, molesto. «No soy su perro. Ya lo dije, ahora que hablé». La miró, amenazante.

—Pon atención, que solo lo contaré una vez.

Regresa al filo de la cama; yo, por el contrario, prefiero mantenerme de pie.

—La tarde que tus necesidades hicieron que dejaras plantados a todos en medio de los preparativos, Cressida te confrontó y te negaste a dar respuestas.

Así que fue a buscarlas al único lugar donde podría encontrarlas.

La peor humillación que una mujer puede recibir, y te aseguro que al menos una de ellas no lo merecía.

Mar quería desaparecer y Cressida le ofreció su ayuda. El plan era de tu esposa.

—¿Cómo entra Vlad en todo esto?

—Cressida aseguró que el mejor momento sería tras el banquete, con los guardias ocupados cuidando de nuestros «distinguidos» invitados. Solo faltaba distraerte a ti, ¿y qué mejor manera que entregando a Vlad? Parecía el plan perfecto, pero no era más que una trampa.

Confirmar mis sospechas me revuelve el estómago. Necesito tomar una vida en este preciso momento.

—Vlad iba por ella y se encontró contigo —afirmo ya sin ninguna duda.