46 Corona de humo
Heredero al trono y al vacío.
LUCIEN
Los tenues rayos del sol se cuelan por mi ventana. La cabeza martilla, el estómago se me revuelve. Aparto el vaso de licor con un gesto brusco, asqueado. No sé si por el sabor o por mí mismo.
Camino hasta el baño.
Me inclino sobre el lavamanos, conteniendo el malestar. Dejo que el líquido me golpee el rostro unos segundos. Respiro hondo. No ayuda, ya nada puede hacerlo.
Entiendo al comandante. Quizá yo tampoco debería seguir bebiendo. —Exhalo—. ¿A quién engaño? Llevo días diciéndome lo mismo y aquí estoy.
Entonces lo noto. Un reflejo, algo sobre mi mesa. La luz del sol se filtra por una rendija y, al tocar las piedras preciosas, se disparan destellos multicolores por toda la habitación.
Parpadeo, me froto los ojos. Debo estar alucinando. Ese reflejo en el espejo es casi como un sueño. Giro hacia ella. La corona real. Majestuosa… perfecta.
¿Qué diablos hace aquí? ¿Acaso mi padre entró en razón?
Me apresuro, abro de golpe las cortinas. La luz la baña por completo. Resplandece como una promesa.
Pasó los dedos por su contorno. Y entonces, como un rayo, mi segundo más grande anhelo: Con sus dedos en mi mejilla y sus labios, suaves, apenas rozándome la piel.
Un escalofrío me recorre la espalda. Es el recuerdo: ese «perdóname» como sentencia y un «te amo» aún más maldito.
Sacudo la cabeza con violencia. —¡No! —Imposible. Noto los pergaminos junto a la corona. Manchados de sangre. No me atrevo a tocarlos.
No es un recuerdo; es un presagio.
Mi corazón golpea. Tomo uno, leo apenas las primeras líneas y cae al suelo.
Me limpio las manos como si me escurriera la sangre de entre los dedos, pero está seca, demasiado.
Salgo al pasillo. Silencioso, anormalmente quieto.
—¡Guardias! —grito, y el eco retumba en las paredes.
—Su Alteza.
—¿Han enviado el servicio a mi padre?
—No lo ha solicitado —responde uno, dudando.
Conocen el itinerario real, yo también.
—¿Dónde está su escolta personal?
Silencio. No responden, no saben.
—¿Alguna amante? —Me tiembla la voz—. ¿Alguien con él?
—No... no ha llamado a nadie.
—Dame tu espada —ordeno.
Entramos.
Ellos detrás, yo al frente. El cuarto está a oscuras, las cortinas cerradas como si hubiesen sido obligadas a ocultar algo más que el amanecer.
La cama está intacta, demasiado limpia. Por favor… es mi padre.
Ese olor; ese maldito olor que ya me sé de memoria.
El hedor de la muerte. Camino hasta la ventana.
Corro las cortinas y la luz revela la verdad.
Los soldados se congelan. Yo pierdo el aliento.
Entramos dispuestos al combate, pero ya es tarde.
El silencio lo dice todo. El autor de esta escena ya no está, se ha ido.
Solo un camino espeso, oscuro, que conduce hacia la ducha.
—¿Nadie se atreverá a entrar? —¡bufo! —Lo haré yo.
Avanzo. Las pisadas detrás de mí son lentas, cautelosas. Como si tuvieran miedo de confirmar lo que ya sospechan.
En el centro del salón, dos cuerpos. Mi padre y su guardia, apilados como una ofrenda grotesca. Los arrastraron hasta aquí; alejados de puertas, de ventanas. Para que nadie oliera, para que nadie lo notara.
—¿Llamó a los sanadores, Su Alteza?
Lo miro con ironía, con frustración.
—¿Te parece que los necesitamos?
No siento nada, o quizá siento demasiado. No lo sé, pero me acerco. Quiero mirarlo a los ojos, ver si queda algo.
Por un instante, una punzada en mi corazón. Una maldita esperanza. —¡Era mi padre! —Con todos sus pecados, su poder podrido, su dureza. Aquel que me torturó durante años yace sin vida. Hay paz, pero también ira. Porque él era mío y nadie tenía por qué quitármelo.
Aprieto los puños, la mandíbula. Me agacho y tomo su mano. Está rígida, fría. Se ha ido.
—Su Alteza…
—¡Cállate! Estoy pensando.
No fue casual. Quien se atrevió a esto sabía exactamente lo que hacía. Sabía cuándo, cómo y por qué. No fue el consejo, no fue mi hermana, mucho menos su Rey.
Entonces… la corona, los documentos —Una ofrenda— ¿Por qué a mí?
«¡No, por favor…!»
Y lo sé; lo sé antes de que nadie lo diga.
—¡Su Alteza!
Un tercer guardia entra sofocado, su grito nos pone alertas. Me levanto.
—La prisionera… escapó.
El mundo se detiene, mi corazón ruge. Por mi padre, pero más por ella.
—Durmió a tres guardias —balbucea el soldado, con náuseas—. No hay rastro de ella.
—¡Lilibeth! —grito. Y la voz me sale como un disparo. Furioso, desconsolado.
—No hay forma de que haya cruzado las murallas, no sola —agrega.
—Quemen cada maldita casa si es necesario. ¡Encuéntrenla! Maten a todo el que se atreva a ayudarla.
«Y tráiganla ante mí.»