35 Una duda maldita
Si es inocente, yo la traicioné. Y si no lo es, ya no sé a quién proteger.
LUCIEN
Me muevo por la estancia como un león enjaulado. El aire es irrespirable. La sangre se ha convertido en fantasmas que impregnan las paredes y anidan el suelo.
Cada paso mío retumba con la furia de lo que no hice, de lo que debí hacer. Miro de reojo; el personal me espera para poner orden. No aún; necesito entender.
Nada ha salido bien esta noche. Se la han llevado esposada y no he movido un maldito dedo para evitarlo.
O tal vez hice más de lo que quiero aceptar.
De no haber estado presente, mi padre la habría ejecutado.
Sin miramientos, sin juicio, sin piedad.
Frente a todos, por un crimen que no cometió, estoy casi seguro de eso. Quiero estarlo… necesito estarlo.
Lilibeth no es capaz de tal proeza. Es débil, torpe; tiembla cuando alzan la voz. La he puesto a prueba en el campo de entrenamiento, muestra poca habilidad con la espada. Con todo, en realidad… «¿Matar a mi tío? No con esa hoja de exhibición.» «No pudo… ¿verdad?»
La imagen no deja de repetirse en mi cabeza. La sangre de Vlad escurriéndole encima. El cuerpo que apenas sostenía, su rostro pálido por la sorpresa. Y lo que vino después… pesadas esposas cerrándose con un clic que me partió el alma. Mientras yo la miraba, callado, cobarde.
«¿Qué me estoy perdiendo? ¿Qué no estoy viendo? ¡Maldita sea! Necesito entender que todo esto tiene sentido. Saber que no ha sido ella. Porque si lo fue, no sé qué haré con el peso de haberlo permitido.»
«Pero no, no ahora.»
Algo más pasó en esa habitación, algo que el infeliz de Arvo oculta. Y voy a descubrirlo.
Me apresuro para alcanzar la guardia que la escolta hasta los calabozos.
Parece agobiada, la mirada perdida, el cuerpo que apenas la mantiene en pie.
«¡No fue ella!» Me hierve la sangre. Quisiera detenerlos, alejarlos a todos.
Llevarla conmigo y pedirle perdón. Disculparme por todo el daño que los Fitzgerald le hemos causado. Pero no puedo; no lo haré.
—¿Mar?
Pregunta uno de los presos. Reconozco su voz. «¡Nero! Había olvidado que teníamos a este imbécil aquí.» Por suerte para él, Lili no responde.
—Llévenla a la última celda —indico.
La quiero lo más lejos posible de él y de todos. Los guardias obedecen. Son personas de total confianza para mi padre; no enviaría a otros. No puedo permanecer más tiempo con ella, eso terminaría de condenarla. Me aseguraré de procurarle todas las comodidades, pero por ahora deberá quedarse aquí.
La sientan sobre el catre. Ella ni siquiera los mira, no mira a nadie. Ni a mí. Sigue inerte. Debió haber sido demasiado brutal para alguien de su edad. Se contempla las manos, enrojecidas por la sangre de la vida —que a ojos de todos— ella arrancó.
—Tráiganle un balde de agua y ropa limpia.
Es mi última orden antes de desaparecer. Vlad lo merecía, Lilibeth no. Debí haber sido yo. Debió haber sido cualquier otro.
No lo dudo. Llegó hasta la cámara de sanación. Hago a un lado al sanador y a sus asistentes. Nadie tratará las heridas del infeliz que golpeó a mi hermana.
Arrastro el cuerpo de mi primo hasta la plaza central. Lo exhibo ante todos como la basura que es.
—¿Quién lo hizo?
Se queda callado.
—¿Quién lo hizo? —repito, esta vez no solo con palabras. Mi puño encuentra su rostro.
—Ella… —escupe sangre y mentiras.
—No te creo.
—No me interesa si me crees. Ni tu esposa es tan buena, ni tu amante tan débil. ¿A quién vas a castigar?
—¡A ti!
Sonríe. Y yo no puedo contenerme más. Le doy una paliza, sin piedad; hasta cansarme. Tal cual él lo hizo con mi hermana. Asesto golpe tras golpe y su rostro se vuelve irreconocible. Ya ni siquiera se mueve. No me importa, sigo. Por Daphs, por Lili, por mí. Siento sus huesos rotos bajo los nudillos.
Termino arrojándolo a la hoguera. De cualquier forma, había perdido mucha sangre —moriría tarde o temprano—.
Así justifico una culpa que no debiera sentir.
Mi padre ama la violencia mucho más que a su familia.
Ahí está mi aportación. En cuanto al cuerpo de mi tío, lo enviaré a Sora.
Que lo devoren los cuervos. No merece otra cosa.
Que sus almas se pudran en el infierno.
Ni el derramamiento de más sangre me traerá paz.
No sabiendo que podía haberlo evitado: si la hubiera dejado huir, si le hubiese permitido llevar a cabo su malévolo deseo de irse de mi lado.
¡Pero no! Enloquecí apenas Cressida abrió la boca.
Lili no podía abandonarme, ella me ama, nos pertenecemos.
Soy cruel, lo sé, ¿pero por qué querría irse?
¿Acaso su amor propio es mayor al que siente por mí?
¡Imposible! Lo tiene prohibido. Nadie puede amarla más que yo. ¡Ni siquiera ella misma!
Mi afán de retenerla nos ha condenado a los dos y, de paso, a Daphs, mi tesoro más grande.
Escucho el rechinar de la cama al pasar fuera de su habitación nupcial.
Ese infeliz se atrevió a consumar el matrimonio.
¡Voy a matarlo, hermanita! Te juro que serás viuda pronto.
Te daré a ti la libertad que mereces. Ningún hombre volverá a hacerte daño.
Aprieto los puños, rechino los dientes. Impotente. Por ahora, no puedo hacer nada. Continúo mi camino.
—¿Sigues aquí? —expreso, con una frustración cada vez más incontenible.
—¿A dónde se supone que iría?
—Tu habitación ya está libre. No me fastidies más.
—Lucien, basta. Gente murió en ese lugar.
—Ya debieron haberlo limpiado todo.
—No puedes estar hablando en serio —se cruza de brazos—. Ni siquiera estoy segura de querer permanecer aquí. No puedes tratarme así. Estoy de tu lado.
—¡La condenaste!
—¡Quería huir! ¿Lo habrías soportado?
—Lo que no resisto es seguir a tu lado.
Tomo una cobija. Tiene razón, no puedo forzarla a dormir en lo que convirtieron un mar de sangre. Me voy, me quedaré en mi sala de planeación.
Paso junto a la habitación contigua. Me detengo. Noto el pomo de la puerta desprendido. Reconozco las marcas, son de mi espada de exhibición. Lilibeth la forzó desde afuera. ¿Por qué?
«Ni tu esposa es tan buena, ni tu amante tan débil.»
Las últimas palabras de mi primo se repiten una y otra vez en mi cabeza. Cierro la puerta. El olor a muerte no es algo que en este momento pueda disfrutar. No hasta saber qué es lo que realmente pasó.