Corona de humo 34 Me defendí #2
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34 Me defendí #2

La princesa está en el suelo. Golpeada, pero aún consciente. Arvo observa desde la pared del fondo, indiferente; siendo él mismo. No necesito ver el rostro de los otros dos. Sé quiénes son. Vlad y su hijo mayor.

—Plebeya —expresa Arvo— Nos encontramos de nuevo.

Su voz ya no es la del chico tímido de la cabaña; ahora es fría y calculada. Se atreve incluso a sonreír.

—Tendrías que haber sido tú —añade—. Ya conoces a mi padre; venía por sangre. Demasiado tarde para detenerlo.

—Aléjense de ella.

—¿O qué? —reta—. Vamos, cariño. Disfruta el espectáculo. Mereces la primera fila.

Vlad por fin me mira. Ese único ojo… oscuro, profundo. El otro, cubierto por el parche, permite ver parte de la cicatriz que le dejé.

—Ojos lilas —murmura, con esa voz ronca.

Se levanta con dificultad, sacudiéndose la ropa. Algo en él luce diferente, más bestial.

—Salúdame como se debe —Camina hacia mí.

—No te atrevas a dar un paso más.

Alzo la espada, él también desenfunda la suya.

No tengo oportunidad, ni fuerza, ni técnica. Y la mía… ni siquiera es un arma real. Es una maldita decoración.

—Aléjate, Vlad, te lo advierto.

Él avanza. Yo soy su objetivo. Daphne, daño colateral.

Ataca, sin siquiera darme tiempo a defenderme.

Me hiere en la cintura, el filo arde, pero el dolor me despierta. Bloqueo el segundo golpe —a tiempo—; nuestras espadas chocan un par de veces más. Él ruge, yo resisto.

¡Maldita sea! ¡Ni ebrio puedo vencerlo! Ataca de nuevo, por suerte su espada le vuela de las manos. Lo apunto.

—Ordena a tu hijo que se aleje de ella —exijo.

—¿Padre, es en serio? —interviene Arvo. Limpia sus lentes con una calma irritante antes de volver a colocárselos—. ¿Una maldita mujer de metro y medio te ha desarmado?

Por fin. Escucho botas acercándose por el pasillo. El hijo mayor de Vlad se aparta de la princesa. Arvo da unos cuantos pasos hacia él y lo noquea de un solo golpe.

Vlad queda desconcertado. Su hijo aprovecha el descuido, lo empuja hacia mí. Todo su peso cae sobre la espada que sostengo.

Siento el crujir de la carne desgarrándose. Su aliento ahogándose en un quejido… está muriendo.

Los soldados irrumpen, una veintena, al menos. Tras ellos Lucien y el Rey. La sangre se acumula a mis pies. Tiemblo.

—Lilibeth, ¿qué has hecho?

Lucien parece incrédulo, vacila.

«¡No lo sé!» «Estoy asustada.»

—Tío… atacaron a Daphne —tartamudea Arvo—. No llegué a tiempo.

La voz es otra vez suave, dudosa. «¡Mentira!» «Él permitió que ocurriera.»

El peso de Vlad me aplasta. Caigo de rodillas y por fin suelto la espada. Él se desploma a mi lado.

«¡Está muerto!»

Miro mis manos horrorizada. «Yo sostenía el arma… pero no lo maté. ¡Lo juro!»

—¡Daphs!

Verena entra corriendo. Toma a su hermana entre sus brazos. La princesa sigue ida, empapada en lágrimas, llena de esa culpa que es mía.

—¡Alejen a esta asesina del cuerpo de mi hermano! —ordena el Rey.

Su voz es tan tranquila que asusta. Y entonces lo sé: «Arvo acaba de condenarme.»

Un par de soldados me sujetan con fuerza, pero no hace falta. Mi cabeza ya me ha encerrado lo suficiente. El juicio ha comenzado y yo soy la única que no tiene derecho a hablar.

—Padre, por favor…

—¿Por favor qué, Lucien? ¿Acaso vas a defenderla de esto también?

—Es una asesina —escupe Cressida con una sonrisa mordaz.

«¡Esa traidora!» Su voz me atraviesa. «Lo planeó todo, aun cuando sabía que me habría ido sin volver jamás. ¿Por qué?»

—¿Qué está pasando aquí?

La pregunta irrumpe como un latigazo. Un hombre de cabello oscuro, ropas finas y un aire de asco permanente nos contempla cual si fuéramos una escena de teatro grotesca. No hace falta que digan su nombre; ese debe ser el Rey Adolf de Ashford.

—¿Así que por eso desapareció mi esposa? ¡Increíble, Cassius! Este bastardo ha arruinado nuestro gran día. Al menos alguien tuvo los pantalones de partirlo en dos.

—¡Cállate, Adolf! —ruge el Rey Cassius.

Se lanza hasta sus hijas. Toma a la menor por el brazo y la sacude para obligarla a incorporarse. Ella apenas puede mantenerse en pie. Golpeada, arrastrada hasta el límite. «Llegué a tiempo, lo sé. Pero no lo suficiente.»

—Si te das prisa aun puedes disfrutar de su tan ansiada noche de bodas —El Rey la lanza como un saco a los brazos de su esposo—. Estás tan enfermo que seguro disfrutarás igual. Ella ya no es problema de Endellion.

—No en este estado —masculla Adolf con desdén—. Supongo que los acuerdos tendrán que esperar.

«Daphs es solo una moneda. Un cuerpo sin derecho a doler.»

—Querías una Reina Endellionesa… —interrumpe Arvo, cortando el aire como un cuchillo. Se agacha, toma la espada del suelo, la misma que yo usé, la que me incrimina—. O la cabeza de mi padre.

Y sin más, levanta por el cabello el cuerpo inerte de Vlad. Lo decapita. El crujido del cuello rompiéndose es una entonación despiadada. La cabeza rueda hasta los pies de Adolf.

Todos quedan inmóviles.

—Ahora tienes ambas. Haz con ellas lo que quieras.

Como si no fuera suficiente, gira hacia su hermano. Se lanza sobre él y mutila sus manos, las mismas que se alzaron contra Daphne. La habitación se ha vuelto una pintura carmesí. Sangre en las paredes, en los rostros, en las memorias.

—¿Arvo, qué carajos es todo esto? —cuestiona Lucien.

—Lo que tú debiste hacer, primo. Claro, si tan solo fueses el heredero que Endellion merece —escupe—.

Soy Arvo Fitzgerald. Hijo de un demente, hermano de un enfermo.

Pero sobrino de Cassius El Sanguinario, el Rey más magnífico y monstruoso que este trono ha parido.

Hoy y siempre… ¡Por nuestro sangriento legado!

Levanta la espada ensangrentada. Yo sigo ahí, con la mirada perdida.

—¡Por los Fitzgerald!

—¡Por los Fitzgerald! —responde Cassius, con orgullo enfermo. Aprieta el hombro de Arvo como si acabara de consagrarlo Rey.

—¡Por los Fitzgerald! —repiten los soldados, embriagados de honor y obediencia.

Y entonces el dedo del Rey apunta hacia mí.

—Y tú… asesina.

—Padre— intenta Lucien detenerlo.

—¡Ya sé, Lucien! Conozco las leyes.

Mira a su hijo con desprecio atroz y a mí con la misma indiferencia con la que se aplasta un insecto. Se acerca y me aprieta la mandíbula con sus dedos callosos.

—Mataste a mi hermano por salvar a mi hija. No tomaré tu vida. Pero ya pensaré muy bien qué haré contigo.

Me suelta como se suelta un despojo.

—¡Yo no perdono! —sentencia—. Llévenla a los calabozos.