Corona de humo 34 Me defendí
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34 Me defendí

Solo sé que, cuando intentó tocarme, ya era demasiado tarde.

MARLOWE

Llevo tres lunas sin dormir. Mis sentidos deberían estar alertas; el día llegó. Y mi cabeza y corazón no hacen más que contradecirse.

Repaso el plan una vez más. Daphne luce radiante en ese vestido color crema, bordado con hilos dorados. Su peinado es sencillo y lleva la tiara favorita de su madre.

Su sonrisa deslumbrante es la que deberían tener todas las novias, pero la suya no es por casarse. Está feliz por lo que viene después: Libertad.

Nos despedimos con un abrazo en este silencio que lo dice todo. Su cortejo la escolta hacia el salón ceremonial. El rey en persona ha venido a buscarla, en su afán de evitar cualquier contratiempo. Esta unión representa demasiado para ambas naciones.

Desde mi balcón veo el derroche. Todo reluce: caminos adornados, invitados desfilando desde hace días. Cada uno con sus mejores galas. Trajes de colores vivos, joyería desbordante. El teatro de la nobleza se representaba a la perfección.

Una farsa. La comida y el vino de esta boda podrían alimentar a un pueblo por días.

Acaricio mi vestido sencillo. Desde que regresé al palacio no he vuelto a usar la ropa de noble. Esta soy yo. Y no debo olvidarlo.

Escondo la cadena con el anillo de compromiso entre mi escote. Lucien sigue ahí de pie. Observándome. No sé por qué no se ha ido con el cortejo. La boda no empezará sin su presencia.

—Es tarde, Alteza.

—¿Cómo luzco?

—Me cuesta creer que lo pregunte.

Es guapísimo. Todo de negro y dorado. El cabello alborotado y esos ojos que destellan fuego. Juro que, si fuera un poco distinto, lo amaría por siempre.

—Sé cómo me veo ante mis ojos, pero quiero saber cómo me ven los tuyos.

—Opacará al novio, no tengo dudas.

Ríe con ganas. Y por un momento, respiro. Está calmado y feliz. Sé que, en el fondo, detesta este matrimonio. Sin embargo, el que los acuerdos de paz por fin se firmen debe regalarle tranquilidad.

Me extiende su mano repleta de anillos. Dudo. Me acerco con cautela.

Esta será la última vez que lo vea. Me cuesta decirle adiós mucho más que el daño que me ha causado.

Duele aún más, porque esta vez soy yo quien se va. Él no me ha echado… o tal vez sí. Aquí ya no queda nada. No para mí.

—¿Lili, qué pasa?

—Nada, Alteza. Debe irse.

Me rindo ante la caricia de sus nudillos en mi mejilla. Su brazo libre me rodea la cintura, levantándome del suelo. Sus labios buscan los míos. El beso es suave, necesitado. No hay deseo, solo ternura. Es un roce que no sabíamos que nos debíamos.

—¡Basta! —Lo aparto.

Desde aquella noche he intentado evitarlo. Ser tan fría como él lo fue conmigo.

—Vas a decirme qué carajos te pasa. Ahora.

—Nada más que lo obvio.

—No insultes mi inteligencia, Lilibeth.

—Marlowe, Alteza. Usted ya eligió a su reina. Eso es lo que me pasa.

Le doy la espalda. Nunca me cansaré de recordárselo.

—¡Ay no, por favor! ¿Sigues con eso? —Bufa frustrado—. Jamás mi padre aceptaría a una plebeya, ni yo lo permitiría.

—Ya.

No más lágrimas por él. Me lo prohíbo.

—No tengo tiempo para niñerías.

—Lo sé, ni yo para usted. Vaya a cumplir sus deberes de adulto.

—Lili, por favor, no más. —Sus labios rozan mi cabello—. Esta noche mi hermana dormirá con su esposo. Apenas caiga la luna, vendré. Espero encontrarte con tu camisón negro, el cabello recogido… y mucho mejor ánimo. Voy a quedarme aquí contigo.

—No espere mucho de mí, Alteza. Podría decepcionarse.

—Es una orden.

Por fin se va.

Pese a la discusión, me sorprende que no haya alzado la voz. Yo llevo días evitándolo y él luchando por no perder el control.

Ha sido lindo, como nunca. Aun así, ya no hay nada que nos salve. Voy a huir por todo lo malo, pero en mi memoria guardaré lo poco bueno. Porque claro que lo hubo.

El tiempo en este castillo ha pasado rápido. Y mi historia con el príncipe está llena de matices. No todo lo volvió un infierno. En el fondo, él y yo tuvimos momentos mágicos.

La música suena y las horas se apilan una sobre otra. La princesa Daphne ya debe ser una mujer casada. Me pregunto qué estará ocurriendo ahora mismo en los grandes salones.

Debo alistarme. En cuanto el sol comience a ocultarse, ella vendrá por mí.

Hayes se encargará de distraer a los guardias al final del pasillo para que podamos salir. Nadie más —excepto él— conoce este plan. Ni siquiera Cressida sabe que la princesa vendrá conmigo. Su única tarea será mantener ocupados al rey y al príncipe, mientras yo huyo por el balcón.

Daphne se cuela al interior de la habitación. Se quita el vestido de novia con rapidez y se pone uno más cómodo.

—¡Vamos, Mar, de prisa! Nos quedan poco menos de quince minutos antes de que manden por mí. ¿Tienes todo?

Está emocionada, con los nervios pendiendo de un hilo. ¿Y quién no? Pongo sobre la cama una bolsa de manta. No es mucho. Hayes nos hará llegar más provisiones una vez estemos en la isla.

—Debemos irnos —dice, atándose el cabello antes de correr a la puerta.

La sigo.

—Está cerrada —anuncia con desesperación.

¡Imposible! La hago a un lado y sacudo la manija con fuerza.

—¡No! —Golpeo la puerta con rabia—. Es una trampa.

Su mano temblorosa detiene la mía. Se escuchan pasos al otro lado.

—Escóndete bajo la cama.

No voy a arrastrarla conmigo. Daphne toma sus artilugios matrimoniales y se desliza bajo la cama con el tiempo justo.

La puerta se abre de golpe.

Sí, visto de negro, pero no como al príncipe le gustaría. Y ahora, él está aquí. No viene solo. Cinco soldados lo escoltan.

Entra furioso. Me contempla unos segundos antes de agarrarme del brazo. Me arrastra hasta el armario: nada. Las gavetas, vacías. Su expresión se descompone al ver el amarre en el poste del balcón. Ese nudo que dejamos para simular que seguíamos el plan.

Sus ojos se oscurecen. Dolor, furia y desencanto.

—Así que era cierto —afirma, aturdido.

—No puedes retenerme más. Me liberaste.

—¡Eres mía! Para siempre —gruñe con la voz quebrada—. No vas a dejarme. Nunca.

Jamás lo había visto así; tan vulnerable. Y menos delante de su ejército. Daphne tenía razón, tengo un gran poder sobre él.

—¿Quién te está ayudando?

—Nadie —respondo sin dudar.

—¡Mientes! —grita, descontrolado—. ¡Encuentren a Daphne! ¡Saquen a Verena y a su jodido Rey de la fiesta! ¡Los quiero ante mí, ahora!

—Su Alteza…

Caiseth se abre paso entre los soldados.

—Ahora no, comandante —escupe.

—Es importante.

—¡Dije que ahora no!

Caiseth ni se inmuta. Está tan acostumbrado como yo a sus gritos.

—Vlad entró en el castillo —informa—. Lo vieron en los campos de cerezos con sus hijos. El menor de ellos ha pedido una audiencia urgente con el Rey. Ambos están en su privado ahora. Movilicé a un escuadrón para que localicen a Vlad y lo presenten ante usted.

Palidezco, tanto o más que Lucien. ¡Vlad está aquí! ¿Por qué me tiemblan las piernas? Ese era el plan.

—Sí… muy bien —balbucea Lucien—. Soldados, cambio de planes. Nadie en la fiesta debe enterarse de lo que sucede. Ayuden al comandante. —Tú —me apunta— Vienes conmigo.

Me toma del brazo con más fuerza. Intento zafarme, pero no puedo. Ha cerrado la puerta con llave; arrastrándome con él.

Llegamos a su sala privada. Mapas estratégicos sobre una mesa y montones de libros por todas partes. Es su refugio. Su rincón.

Me arroja dentro.

—Ya hablaremos cuando termine —dice, con la mano aún en el pomo—. ¿Qué carajos estabas pensando, Lili? Mi padre cree que le perteneces. ¿Sabes lo que hará si se entera que intentaste escapar?

Su voz suena distinta; no es ira… es decepción.

—¿Quién te lo dijo?

—La única que, al parecer, se preocupa por lo que pase en esta familia. Mi esposa.

Cierra la puerta con fuerza. Aún puedo escucharlo al otro lado:

—Ustedes dos. Nadie sale de aquí hasta que yo regrese.

—Sí, Su Alteza.

Me he quedado inmóvil. Necesito apoyarme en la mesa para no caer. ¡Fue ella! Daphne tenía razón. ¡Cressida me traicionó! Pero algo no cuadra. ¿Si iba a delatarme, por qué razón entregaría a Vlad?

¡Ay, no…!

Empiezo a atar cabos. Fue ella quien puso el seguro a la puerta. Insistió tanto en que le enseñara a cruzar entre balcones. ¿Y si su plan no era que yo saliera, sino que alguien más entrara?

El bullicio en el pasillo crece. Los soldados corren en todas direcciones.

—Vlad logró entrar. Lo vieron en el ala este. Está armado —grita uno de ellos.

—El príncipe nos prohibió movernos; su amante está dentro.

—La orden del Rey es clara: «Capturen al infeliz arrogante de mi hermano». Fueron esas sus palabras.

—Pero…

—Nada. Son órdenes del Rey. ¡Muévanse!

Los guardias de fuera vuelven a movilizarse. La puerta se abre.

Es Hayes.

Sigo apoyada en la mesa, sin comprender del todo lo que está sucediendo.

—Vamos, Mar. Debes irte. Sigue con el plan; te alcanzaré en cuanto pueda.

—Sí… ¿Vlad?

—Ha venido por ti. Eso le dijo su hijo al Rey. No lo dejaremos escapar. Las únicas que saldrán esta noche de aquí son la princesa Daphne y tú. Te veré en el muelle en una hora.

Salgo tras él. Lo observo alejarse para guiar a los guardias en dirección contraria.

¡Daphne!

Ahora todo tiene sentido. Debo salvarla.

Los soldados ya se han ido. Regreso a la sala del príncipe; no voy a dejarla.

Arrastro una silla hasta la pared de la que cuelga una de las espadas decorativas.

Pesa más de lo que parece, mucho más. Una pieza de exhibición, tosca, densa.

No estaba hecha para usarse y, sin embargo, no tengo otra opción.

Apenas la desengancho, cae al suelo con un estruendo. La levanto como puedo. Es más pesada que cualquier arma que haya sostenido. Pero no me importa.

Corro. Los pasillos se alargan, las escaleras no terminan. Afuera, la música sigue como si nada.

—¡Ayuda! —pido a cada guardia que encuentro en mi camino.

Nadie se detiene, ni siquiera me ven, soy invisible. Tal como el príncipe dijo que sería una mujer sin título.

Giro hacia el ala del Rey. Los gritos de Daphne retumban en el aire. Deberían ser míos. Yo era el objetivo.

Mis brazos ya no responden, pero la adrenalina me empuja. Golpeo la puerta hasta lograr abrirla. La escena me paraliza.