33 La otra también sangra
No hay ene migas entre mujeres lastimadas, solo heridas que se reconocen.
MARLOWE
Me paralizó, siento mis lágrimas acumularse.
Él es cruel y no para de apuñalarme. La sangre escurre de mi corazón a la misma velocidad que el llanto me recorre las mejillas.
Cada vez lo odio más y detesto este sentimiento.
No puede ser tan malvado. Está acabando conmigo, en una destrucción anunciada para la que no tengo armas, sobre todo cuando viene aquí y me envuelve con sus brazos.
Y lo peor es que lo sé. Me doy cuenta, y no encuentro la forma de salir de él.
Busca su paz en mis caricias, mientras clava una daga en lo más profundo de mi ser. Lo he escuchado todo.
«¡Me ha ofrecido a su padre!»
Soy capaz de entender la rabia y ansiedad que siente Daphne por el futuro que se le avecina. El rey Cassius no dudará ni un segundo en cumplir su nuevo trato. No puedo quedarme aquí un minuto más.
La puerta se abre. Empaco desesperada, sin siquiera mirarla. Daphne tiene que enterarse.
—Debo huir. ¡Esta noche! Y que me perdone Nero.
—No pensé que estaría más de acuerdo contigo.
Giró sobresaltada. No es Daphne la que ha entrado a nuestra habitación.
—Su Alteza, yo…
Hago una reverencia a Cressida, mientras seco mis lágrimas.
—Basta de formalismos hipócritas. No debería haberlos si compartimos al mismo hombre.
Exhalo. Pese a la frialdad en sus palabras, luce dolida. Su semblante tan triste, como el mío.
—Perdone. Yo… le juro que no quería.
—¿Acostarte con mi marido? No es con exactitud lo que se escuchaba allá afuera.
—De verdad lo siento.
—Marlowe. Supongo que puedo llamarte así.
Afirmo.
—¿Sabes qué es lo triste en todo esto? Más allá de lo humillante, claro.
Que hombres narcisistas como Lucien no son capaces de amar a nadie más que a sí mismos.
¿Entiendes eso, verdad? Él nunca va a ser tuyo y, por desgracia, mío tampoco.
Yo cumplo un deber real, y con él la promesa de convertirme en la reina de la nación más poderosa de todo el continente.
¿Pero tú? ¿Qué te ofrece a ti? ¿Acaso Lucien vale tanto para que nos hagas este daño?
—Nunca ha sido mi intención lastimar a nadie. Le juro que me he visto forzada a venir aquí.
Se acerca y levanta el anillo que ahora cuelga de una pequeña cadena en mi cuello.
—¡El emblema de los Callahan! ¿Eres la prometida del comandante? Eso explicaría tantas cosas.
—De su hermano. Lo fui alguna vez.
—Entonces puedes entenderme. Lucien y yo éramos un compromiso pactado desde antaño. Siempre estuve enamorada de él.
Se sienta resignada en la orilla de la cama. Quisiera echarla. «¿Con qué cara?», pienso. Después de lo que era evidente.
—Tenía esperanza de que esto sería un cuento de hadas, de esos con los que toda princesa sueña.
¡Un vil engaño! Para eso Lucien es realmente bueno.
Al menos mientras crecíamos me hizo sentir que era feliz conmigo.
Éramos muy unidos. Dejé incluso que me deshonrara, porque sabía que tarde o temprano sería su esposa.
¡Fui una estúpida! Por eso, y por amarlo como lo amo.
—Perdón.
Mis disculpas no podrían ser más sinceras. Todas estas noches creyendo que era ella la que me lastimaba. Cuando soy yo la que le provoca las heridas más profundas.
—No pidas perdón si no estás dispuesta a no meterlo en tu cama. Él solo está conmigo porque quiere un heredero con linaje, pero eres tú la dueña de sus fantasías. No tienes ni idea de lo que se siente escuchar cómo entre jadeos se le escapa tu nombre de los labios. ¡Es humillante!
—Alteza…
Quizá no sea lo mismo, pero puedo entender su desesperación. Él también me usa, porque Lucien simplemente no sabe amar. No quiero esto, no quiero ser la mujer que lastima a otra.
—Siento mucho el daño que he causado. Espero que algún día pueda perdonarme. Le suplico su intervención para ayudarme a huir.
—¿Serías capaz de encender la ira de nuestro despiadado Lucien con un acto como ese?
Parece sorprendida, no debiera. Ambas ganamos.
—Sus emociones no son algo que yo contenga. Voy a irme, así tenga que cruzar el infierno por mi libertad.
—La boda real es en tres días. Apenas comiencen a llegar los invitados, la seguridad entera se abocará a su protección.
Durante las celebraciones, a nadie le importará la amante del heredero.
Todos estarán de fiesta. No hay mejor oportunidad para intentarlo.
Y si acaso necesitáramos un distractor mayor que solo una centena de nobles borrachos, hablaré con Arvo. Él puede entregarnos a su padre.
—¿Tienes tal relación con el hijo de Vlad?
—Es un gran amigo. El desagrado que le producía la vida en Sora lo hizo pasar grandes temporadas con mi familia. Es un mezquino, capaz de traicionar a su propio padre por algún beneficio. Con Vlad capturado, no será una huida a traición, sino el final de tu retención.
—¡Tres días!
Mi libertad se vislumbra cercana; real.
Se levanta de la cama. Tenemos un trato pactado en silencio. La miro alejarse con elegancia. Su semblante es mucho más animado ahora, supongo que el mío también.
—Mar, ¿cómo entra Lucien a tu habitación sin que los guardias del Rey se enteren?
—¡Ah, por el balcón! Hay una pequeña saliente que los conecta.
—Entiendo. Apenas te vayas, pediré la renovación de la fachada.
«Da igual, yo estaré lejos y ella volverá a su habitación. Será la Reina de esta nación. Puede hacer las reformas que considere adecuadas.»
Espero ansiosa la llegada de la princesa Daphs. Siento nostalgia por abandonar al príncipe y una alegría inmensa por mí misma. No había tenido tan claro como hoy lo que debo hacer.
Shiloh Woodrow siempre quiso que fuera una mujer valiente y decidida. Sé que estaría muy decepcionada de ver la alfombra en la que el heredero me ha convertido. Es quizá lo que más pesa: la forma en que le permito usarme sin piedad alguna, lo humillante de sus actos y sus palabras.
¡Esta va por ti, madre!
Dondequiera que te encuentres.
La princesa regresa cuando la oscuridad de la noche es tan densa que consume. Me encuentra metida en las cobijas, ansiosa por contárselo todo. Parece abatida, más cansada que de costumbre; ha sido un día largo para ella.
—¿Todo bien con el ensayo?
Suspira. Ni siquiera responde, solo comienza a ponerse su bata.
La atraigo a la cama para ayudarla con el peinado.
Se ha sentado entre mis piernas. La abrazo por la espalda y beso su mejilla.
Un acercamiento afectuoso siempre funcionaba cuando mis hermanas estaban cabizbajas.
Ella ahora es mi familia, la única que me queda.
—Nos iremos de aquí el fin de semana —sentenció sin titubear.
Vendrá conmigo, así sea a la fuerza.
—¿De qué hablas? —Se gira intrigada.
—Tengo un trato con la princesa Cressida. Me ayudará a escapar. Usaremos tu boda como distracción. Y entregará a Vlad ese mismo día. Está segura de que su hijo menor va a ayudarla con ello.
—¿Qué has dicho?
—Que nos vamos de aquí.
—Mar, sí. Hagámoslo.
—¿En serio?
No esperaba su afirmación con tanta seguridad, no cuando se desgastaba en pretextos para complacer a la corona.
—Necesito hacerlo; ya no me importa la furia de mi padre. Prefiero la muerte a irme con el Rey Adolf a Ashford. Siento asco solo de tomarle la mano, de la forma lasciva en que me mira. No quiero esa vida.
—Nos iremos entonces. No importa lo imposible que parezca, nos protegeremos la una a la otra —La hago girar para cepillarle el cabello—. No será fácil. Aún no tengo un plan más allá de esa noche, pero ya lo resolveremos.
—Hay un guardia, Hayes. Era la persona de confianza de mi hermana. Sigue siendo su espía en el reino. No dudará en ayudarnos. Estoy segura de que encontrará la forma de hacer que envíen por nosotras.
—Chrysanth es el primer lugar en el que buscarán.
—Sora, entonces.
—Claro —Pienso—. Es una isla fantasma . Podremos ocultarnos en su ciudad y vivir por algún tiempo de las provisiones olvidadas.
—Nadie sospecharía que estaríamos tan cerca. Apenas podamos, emprenderemos la verdadera huida.
—No será seguro ir a las tierras de tu hermana, pero podemos aceptar su ayuda para cruzar alguna de las fronteras.
—La familia Eldenhart gobierna al sur, más allá de las montañas heladas. Hay un estrecho entre Chrysanth y Aethoria. Te aseguro que el mismísimo Rey Rhodes nos ayudaría a cruzarlo. Esos caminos lo devoran todo. Ni mi propio hermano se atrevería a poner un pie ahí.
—Lo haremos —No dudo más.
Las Tierras Altas siempre han gritado como destino. Quizá algo más fuerte quiere atraerme hasta ellas, y ya no pienso tenerles miedo.
—Por ahora, nos esconderemos en Sora. Nos iremos tras el banquete, cuando nadie lo espere.
—Daphs, eso implica que deberás casarte. Si abandonas a tu para entonces esposo, serás acusada de traición en ambos reinos.
—Me colgaré yo misma si me atrapan.
Se gira para verme, toma mis manos entre las suyas.
—Adolf jamás va a tenerme como su mujer.
La única forma de que yo vaya a Ashford es en una caja.
¡Te lo juro! Después de esta tarde me di cuenta de que jamás habrá un vínculo entre nosotros.
Realmente lo deseaba. Al ser un hombre no mucho mayor que yo, confiaba en que quizá podría funcionar.
Pero él solo quiere una cosa: poder. Y no voy a ser el arma que use para conseguirlo.
Yo misma terminaré con mi vida si me obligan a consumar ese matrimonio.
—Acabas de aniquilar todos mis miedos. ¡Por tu vida!
—Y por la tuya también.
Acaricia la mordida en mi clavícula. No duele, es solo una marca. Un recordatorio cruel.
—Eres lo mejor que le ha pasado a esta familia. Será demasiado tarde cuando mi hermano por fin lo entienda.
Me cubro, es incómodo. Ya no necesito que Lucien se dé cuenta. Solo quiero que me deje en paz.
—No debemos confiarnos de Cressida; me parece que nunca ha sido lo que aparenta. Es la mujer ideal para alguien como mi hermano.
—A mí su intención me resulta convincente.
—¿Qué mujer en su sano juicio ayudaría a la amante de su esposo?
—Una muy desesperada. Lo ama y hará lo que sea por quedarse con él.
—Yo no le creería. ¿Si tiene los medios para llegar a Vlad, por qué no lo ha entregado?
—Quizá no es una batalla que ella deba librar. No estamos seguras de que Arvo vaya a colaborar.
—Mi primo es un hombre indescifrable. Ha demostrado que no es de fiar. Es muy inteligente. Ahora mismo, no encuentro una razón que le beneficie al entregarnos a su padre, pero podría haberla. Tal vez pretenda intercambiarlo con el Rey por algo aún mayor.
—O podría ser solo un hijo desesperado por salir del yugo de su padre. Como tú o como yo.
—Finjamos que puede ser cierto. Sus intenciones podrían ser las correctas; después de todo, Cressida siempre ha estado enamorada de mi hermano.
Considerando lo vivido aquí en los últimos días, Lucien se volvió un león enjaulado a las pocas horas de dejarte partir.
Nunca lo había visto tan furioso, y eso es algo casi imposible de ver.
Se ha desquitado con ella de manera injusta.
Solo te pido no confiar demasiado en ellos.
—No sigas, por favor. —Me agobia—. ¿Cómo pude hacerle esto a otra mujer?
—Deja de culparte por las acciones de ese idiota.
¿De verdad crees que esta tarde habrías podido negarle algo y salir ilesa?
Mi hermano puede hacer más daño con la lengua que con fuerza.
Sus deseos quedaron más que claros y todos en el castillo hablan de ello.
Lucien desapareció de un deber real. ¿Adónde más se supone que iría con tal urgencia?
—¿Él me necesita?
—Sí, pero no de la forma que tú mereces. No seas ilusa, no te ilusiones con tan poco. Si te quedas aquí, él terminará por consumirte. Tomaremos la ayuda de Cressida, pero trazaremos nuestro propio plan. Uno que solo tú y yo conozcamos.
—Bien.
Respondo con mucho menos ánimo. Pensar una vez más en que Lucien podría cambiar y el daño que le causaría si me voy, me hace dudar. No quiero lastimarlo.
—Tu sola presencia tiene un poder grandísimo sobre él. ¡Úsalo! Como él lo hace contigo. ¡Es una orden!
—Sí, princesa.