32 Que nadie la toque
Porque yo podr é lastimarla mil veces, pero si otro siquiera lo intenta, faltará tierra en este reino para enterrarlos.
LUCIEN
El anillo en su dedo me escuece la piel. ¡Voy a arrancárselo! Lo tengo decidido. Pero en estos momentos su calor es mucho más ardiente que mi ira. Sus labios se mezclan con el exquisito y dulce aroma de su piel. Mi lengua y la suya se reconocen al instante.
Castigaré a todo aquel que se haya atrevido a tocarla, y también a ella, por siquiera pensar en darle a otros lo que me pertenece. La tengo recostada debajo de mí y mis ganas de poseerla son tantas que no me hago esperar.
Le tomo las manos por encima de su cabeza. La contemplo embelesado. Es adorable.
He aprendido que me dejará ser una bestia si así lo deseo, mas siempre sucumbe cuando lo hago lento. La complazco. Cada suave movimiento es por todo el agónico tiempo que he pasado sin ella.
Su vocecita me deleita. Esos gestos apenados de placer me embriagan. Gime bajito, a mi oído, volviéndome loco. Nadie lo hace como ella, nadie sabe cómo ella.
—Alteza, por favor…
—Lo sé. Disfrútalo, pequeña.
—Lucien —Se encorva.
—Dime, preciosa.
—Por favor, detente —gime.
—¿De verdad?
Su cuerpo pidiéndome más y lo que lucha por ahogar se fusionan. Es tan intenso que mis ganas de complacerla casi terminan conmigo también. Mis brazos la contienen, su cuerpo tiembla después de haber caído al abismo. Le sonrío al oído.
Es hora de reprenderla un poco. Le ofrezco mi mano y la hago bajar de la cama, colocándola de rodillas frente a mí. Así es cómo debiera estar siempre, respetando mi superioridad.
—Daphne… —Duda.
—Al carajo, que espere allá afuera.
—Sí, Alteza.
La miro atarse el cabello en una coleta alta.
Con afición declarada: el peinado que más me gusta.
Amo su cuello al descubierto; el palpitar de su yugular me llama cual depredador hambriento.
Es muy bonita, con esas mejillas sonrojadas; debo apurarme.
No la dejaré ahí tanto tiempo. Por mucho que me plazca, me doy cuenta de que la quiero a mi altura. Lo merece y voy a concedérselo.
—Abre la boca —ordeno, y tras un gesto de desagrado, obedece.
Demasiado bien para alguien sin experiencia.
¡Enfurezco!
Comienzo a moverla con una necesidad que me consume. Siento sus arcadas y no puedo prolongar más el placer. Verla así, sometida a mis pies. Estallo, aprisionándola para que no pudiera apartarse.
—¡Eres toda mía! No hay espacio en ti que no me haya pertenecido —Limpio sus labios.
Debiera tomar mis cosas y salir de aquí. Pero algo me frena. Como si sintiera el miedo de volver a perderla. La atraigo hasta mis labios. Mis brazos la alzan, sus piernas se aferran a mi cintura. Y por primera vez, tenerla colgada de mi cuello no me molesta.
Acaricio su espalda con una dulzura que me consume. Yo no soy así… no puedo permitírmelo.
—Lili —me tiembla la voz. ¿Por qué?
El calor de su pecho fundido al mío. Sus delicados brazos apretándome con fuerza. Me está desarmando.
—Lili… —repito. Esta vez, frío. Controlando todo rastro de emoción. Aniquilándolo.
—¿Sí, Alteza?
—Date un baño y limpia este desorden —Vuelvo a dejarla sobre sus pies. Mis puños se aprietan.
¡Qué ganas de rozarle los labios y acariciar sus mejillas! Debilidad maldita.
—Siempre serás mi favorita. No te irás de aquí. Me perteneces. Y esta vez para siempre —Abro la puerta—. Ah, y quítate ese anillo, si no quieres perder el dedo.
—Pero…
Mis ojos sentencian. Ni siquiera se atreve a continuar.
—Conservarlo —concedo—. Siempre y cuando no vuelva a verlo.
Debe ser tan especial como para no arriesgarse a verme cumplir mi amenaza, o quizá solo valore cada una de sus falanges. La miro obedecer sin replicar, sintiendo un gran placer al salirme siempre con la mía.
Con ella aquí nada me falta. Me complementa de formas inimaginables y ya no voy a reprimirlo.
Tengo una esposa para guardar las apariencias y una mujer para vivir mi vida a mi antojo.
Se me borra la sonrisa apenas cierro su puerta.
Miro a Cressida con fastidio. A mi padre con rabia.
Y a Cai con sentida pena. De los tres es quizá el único que me importa.
Y, evidentemente, verme salir de la habitación de Lilibeth, triunfante y con el cabello alborotado, no requiere mayor explicación.
—¿Y bien?
—Es lo que pregunto.
Cressida usa ese tonito de niña dramática que tanto me enerva.
—No te cuestionaba a ti, regresa a tus asuntos, mujer.
—Lucien, estás cruzando todos los límites.
—Sorpresa, yo no los tengo. —No por ti.
Aprieto la mandíbula. La detesto. No sé cómo engendraremos un heredero. Respiro. Mi padre ni siquiera se ha inmutado, sus ojos analíticos me contemplan y eso no es bueno.
—¿Qué? Detesto los actos protocolarios innecesarios —explicó.
—El Rey Adolf está aquí, un poco de interés por tu parte habría valido —Me enfrenta—. Después de todo, eres tú el que no quiere el derramamiento de sangre sino la paz entre reinos.
—Da igual mi presencia, es un ensayo. ¿Acaso va a casarse conmigo? —lo reto con ironía.
Es mi padre, ya debiera saber que mi paciencia es tan limitada como la suya.
—¡Que se acostumbre! Esta unión es más una consecuencia que un acuerdo.
Espero le quede claro que él y yo no somos iguales.
Que ni siquiera piense que desposar a Daphne hará que lo vea como un verdadero aliado.
Mi rigor será tan exigente como lo ha sido el tuyo, padre.
A la menor provocación castigaré a su pueblo por cada lágrima que él le cause a mi hermana.
—Ya.
Se truena los dedos y yo lo odio aún más. Ese tono de desprecio que usa, como si se burlara o mis palabras estuvieran vacías.
—¡Comandante! —No quiero perder más mi tiempo. Necesito saber qué hacen aquí.
—Su Alteza —responde Cai con solemnidad—. Vlad está en la ciudad, su rastro nos llevó a la taberna. Tengo fuera ya un escuadrón de búsqueda.
—Muy bien, comandante. Esas son buenas noticias.
—Fenomenales —agrega mi esposa.
Y yo rabeo al instante.
—¿Querido suegro, sabe lo que eso significa?
Toma del brazo a mi padre, con esa sonrisa que celebra una victoria.
—Justicia por su desobediencia.
—Y un dolor de cabeza menos para mí.
Me observa altiva, con toda la seguridad que le brinda ser la elegida del Rey.
—Dile a tu amante que vaya empacando sus cosas. Mis damas pueden ayudarla.
Su mirada intimidante me resulta patética, está desesperada. Típico de una mujer enardecida por los celos. Me reiría en su cara, pero no lo haré. Sería una pérdida de tiempo. Y yo no lo tengo.
—Comandante, gracias por las buenas nuevas —agrega ella—. ¿Ahora quién toca a su puerta para avisarle? No necesitamos a un mensajero real para esto. ¿O sí?
Es oficial. Mi esposa está escribiendo su sentencia. Mis propias manos serán el verdugo. Se detiene. No la dejaré dar un paso más. Mis ojos son una amenaza latente.
—¿No se irá, verdad? —afirma complacida—. Te ha hechizado.
De inmediato entiendo su juego. Cualquier respuesta mía recaerá sobre la seguridad de Lilibeth. ¡Muy astuta! Más de lo que debiera. Las posibilidades solo juegan a su favor. Mi silencio no puede ser más largo.
—Quiero ver en los ojos de esa maldita bruja —exige el Rey.
—Es innecesario, padre. No caigamos en falsas acusaciones de nuevo. La señorita Woodrow se irá cuando me haya aburrido de ella. Es mi amante y puedo disponer de sus caricias mientras esté aquí. Nunca hemos sido hombres que nos neguemos al placer.
—¡Vaya! ¿Quién lo creería? Quizá la proclame como mía apenas te aburras, siempre lo haces. Mira que tú dejando de lado las responsabilidades para encontrarte con ella, me despierta verdadera curiosidad.
Juro por mi vida que si no fuera mi padre ya lo habría atravesado con la espada. Es una blasfemia que siquiera se atreva a fantasear con ella.
—La echaré apenas Vlad sea ejecutado —me tiembla la voz.
—Vamos, hijo mío. Podemos quedarnos con esa dulzura. Tus hermanas han hecho un gran trabajo en ella. Viéndola bien ya no me resulta para nada desagradable. Si teniéndola cerca tú y yo podemos entablar una conversación medianamente decente, quizás hasta la haga miembro de la corte.
—¡Su Majestad, no!
Cressida lo suelta, parece que nuestro Rey ha caído de su gracia.
—Me lo pensaré. Pero deberás prometerme que si acepto ella estará a salvo.
—Si vale tanto como para no querer que se vaya, te aseguro que mi deseo hacia ella hará que la proteja hasta de mí mismo.
—¡Hecho!
—Su Majestad, Alteza…
Caiseth interrumpe con evidente malestar. Por un momento olvidé que hablábamos de una mujer importante para él también. Probablemente sea él quien en estos momentos nos estaría rebanando las gargantas.
—Debo retirarme —anuncia ante nuestro silencio.
—Si me disculpan, tengo que planear la emboscada con mi comandante. Ya hablaremos de esto después, padre —Hago una reverencia y me pongo en marcha.
—Lucien, te exijo una explicación.
—Cierra la boca, mujer, tú a mí no me exiges nada.
Continúo con mi camino hasta alcanzar a Caiseth. Este matrimonio no va a funcionar, cada día la tolero menos.
Darme cuenta de que me preocupa más lo que piense el comandante que mi esposa debe ser el augurio al fracaso que se nos avecina.
—Comandante —ordeno.
Se ha detenido por respeto, mas puedo sentir su frustración. Quisiera agarrarme a golpes y lo merezco. ¡Vaya que sí!
—Alteza.
—Lucien. ¡Carajo! Estamos solos —Me llevó las manos al cabello con frustración.
—Discúlpeme, Alteza.
—Soy muy cabrón, ¿no?
—Jamás oirá tal afirmación salir de mi boca.
—Que no lo digas no significa que no lo pienses. Sé que he tocado temas sensibles en tu presencia.
—Ha tocado más que solo temas.
—Lo sé… —Sonrío ante los recuerdos que vienen a mi mente. Me llevo los dedos a la nariz. «Apesto a Lilibeth». —Las princesas debieran tener el cuerpo de cualquier plebeya, ¿no lo crees? Es como si la vida se empeñara en hacer caer a los nobles ante lo indigno.
—Alteza, no soy quien para reprocharle nada, pero se trata de ella; nuestra Mar.
—¿Por «nuestra» te refieres a tu familia? ¿No es así? —Recobró la compostura.
—Alteza, ella es importante y un deber honroso protegerla. Se lo prometí a mis padres.
—Ella está bien. A mi modo.
—Ninguna mujer podría estar bien con usted. No a su modo.
—Odio que me conozcas tanto.
—¿Confírmeme si se ha enamorado?
—¿Ella o yo?
—No diga más… —Inhala insatisfecho—. Si me disculpa.
—Cai.
Vuelve a detenerse. La misma frustración que yo siento se hace cada vez más palpable en él.
—Hay un sentimiento, sí. ¿Pero amor? ¡Eso nunca! Ella me ama pese a lo despiadado que he sido y yo la aprecio por eso.
—Ya lo sé. Usted solo es capaz de amarse a sí mismo. Y me duele, porque va a romperle el corazón.
—Ya lo hice y de una forma cruel. Coherente con lo que he sido siempre. Lo estrujaría con mis propias manos de ser necesario. Y no me arrepiento, porque se lo advertí. Así que no puede quejarse.
Aprieta mi hombro resignado, dolido. No puedo evitarlo. Este es el monstruo en el que me he convertido.
—Pienso que su obsesión hacia ella es más grande incluso que su afán de poder.
—¿Obsesión?
—Si hay algo cierto, es que lo conozco bien.
Está entregándosela a su propio padre con tal de retenerla para sí mismo.
Tiene razón: no hay amor en tal pacto. Y no pretendamos engañarnos con la idea de que la está protegiendo.
Solo muestra un inmenso deseo de poseerla a cualquier costo.
Un trato que no le costará a usted, por supuesto, y ya no hay forma de evitarlo.
No dejaré de ser su comandante. No puedo.
Mi juramento y honorabilidad así me lo exigen.
Solo recuerde que Mar es parte de mi familia.
Y mi amor por ella no solo es grande, es real.
—Cai…
—Su Alteza, tengo a los buscadores esperando por mí. Si me disculpa.
Esta vez sigue su camino sin mirar atrás. Esto me llena de impotencia. Somos amigos y crucé una línea que debía ser inviolable. No hay cómo enmendarlo. Y no me arrepiento.
Soy el futuro rey. No hay cabida en mí para mezquinos remordimientos. Caiseth podrá conocerme, mas esta vez se equivoca. Primero desaparezco este maldito reino antes de dejar que mi padre le ponga un dedo encima…