Corona de humo 31 No quiero escucharlo amar
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31 No quiero escucharlo amar

Porqu e ya no es mi boca la que calma su guerra.

MARLOWE

Daphne parece un ángel entre las sábanas, con esa piel bronceada y ojos felinos. Sus facciones delicadas reflejan la gracia de su linaje, en contraste con ese largo y oscuro cabello rizado que le da un aire indomable.

Ella duerme como si no faltaran pocos días para su trágico matrimonio. Respira con la calma de una niña que se sabe al cuidado de su madre. Yo velo su sueño a falta del propio.

Tengo miedo a la reacción de Lucien. Esa calma anormal. No he salido de esta habitación para no tener que encontrarlo. Pero sé que tarde o temprano, él dejará de ser paciente y querrá imponer su voluntad sobre mí.

Y pienso mucho en Nero, quisiera poder bajar a las celdas a consolarlo. Decirle que todo estará bien, que los reyes de Chrysanth ya están intercediendo ante el rey. Pero no puedo mentirle. Duele demasiado saber que podrían ejecutarlo sin que yo haya hecho nada para evitarlo.

Una noche más y los sonidos que provienen de la habitación del príncipe son mi peor castigo. Cada gemido. El crujir de la cama, un puñal que no deja de abrir más y más la herida.

Me levanto descalza, perdida. Apoyo la frente contra la pared que separa nuestras habitaciones. La acaricio como si al otro lado pudiera alcanzarlo. Deseando atravesarla. Como si al tocarla pudiera sentirlos… a él y a su esposa, entregados. Divirtiéndose mientras yo me quiebro en silencio.

El eco de sus jadeos, el murmullo de su placer compartido.

Me destrozan. ¡Todo fue mentira! Cada palabra que me susurró, las caricias que me robó, esa noche en que se quedó conmigo hasta el alba, haciéndome creer que era solo mío.

Era una farsa y no debí creerle. Esa risa suya, la que antes nunca le nacía y que comenzó a regalarme. No era por mí.

Recuerdo con pesar aquella mañana en la que la ilusión pareció perfecta.

Nos quedamos dormidos hasta tarde, como tantas veces.

Esa deliciosa costumbre de sentirnos seguros y no querer salir al mundo.

Enredados, porque allá afuera nada más existía.

Un criado entró, dispuesto a arreglarle el cabello y rasurar su barba.

Pero él no me apartó como antes, no esta vez.

Me dejó quedarme, a su lado, mientras se reía de mis tonterías con un brillo en los ojos que nunca le había visto.

El criado, frustrado, alzó la voz:

—Su Alteza, si no se está quieto voy a lastimarlo.

Y Lucien, entre carcajadas que ya no intentaba disimular, solo respondió:

—Más te vale que no. Tu vida depende de ello.

Estallamos en risa de nuevo. El hombre dejó todo sobre la charola.

Salió indignado y yo tomé su lugar. Lucien cerró los ojos, confiando en mí, en mi suave rozar de la navaja sobre su piel.

Le besé la frente, la nariz, los labios.

Me devoró despacio, como si el tiempo pudiera detenerse solo para ese instante.

Me deslizo rota. Ante el campo minado que se ha vuelto cada recuerdo, sintiendo el frío de esta pared que ahora nos separa.

Abrazo mis piernas queriendo contener un alma hecha trizas.

Sus manos ya no buscan las mías, su boca ya no es refugio.

Solo escucho cómo se entrega a otra y mi corazón se desangra a mis pies.

—¡Mar! ¿Qué haces ahí?

—Perdón —limpio mis lágrimas—. No quería despertarte.

—En realidad, lo hizo mi hermano.

—¡Es un enfermo! Había olvidado la razón por la que Very y yo nos cambiamos a la otra ala.

Ha llegado hasta mí y me extiende la mano. Yo vuelvo a esconder la cabeza en mis piernas, sollozando.

—Mar, lo siento.

—No debes sentir pena por mí, eres una princesa y yo una campesina cualquiera. Ni siquiera yo debiera sentirme así. Como si no supiera en qué acabaría todo esto.

—¿Tanto lo amas?

—Quiero irme de aquí, necesito hacerlo.

—Y lo harás, lo prometo. Anda, volvamos a la cama.

Su mano sigue ahí y esta vez no la desprecio.

La tomo para ponerme en pie e ir con ella.

Sentirla recostarse detrás de mí y abrazarme me quiebra por completo.

El príncipe advirtió que enamorarme de él dolería, también que sería brutal.

Pero no imaginé que su amenaza de matarme lentamente se cumpliría.

Daphs me abraza en silencio hasta que logro conciliar el sueño.

La ansiedad me hace querer entrar ahí y pedirle una explicación a gritos —no lo haré—. Sé que debo mantenerme tan lejos de él como me sea posible. Su mirada me ha retado de manera fría. No lo ha dicho, pero estoy segura de que planea retenerme aquí. Y esta vez contra mi voluntad.

Tras el almuerzo, todos los miembros de la familia real han sido convocados al salón de la modista. Los preparativos para la boda de Daphne están en pleno apogeo. Las caravanas con los invitados a la celebración comenzarán a llegar en un par de días y para entonces ya todo debe estar resuelto.

Es la primera vez que paso tanto tiempo sola desde mi llegada. Me concentro en lo importante: maquinar la forma de liberar a Nero.

Con la fuga de Vlad, la seguridad se ha redoblado. Conozco muy bien el castillo. Solo necesito encontrar algún pretexto, por mínimo que sea, para poder acercarme lo suficiente a los calabozos.

La puerta de mi habitación se cierra. Me sobresalto. Es demasiado pronto para que la prueba de vestido de la princesa haya terminado.

Contengo la respiración. Su aroma ha inundado por completo la estancia. Acompañado de una imponente presencia, que es como fuego contenido. Esa aura oscura que lo paraliza todo. Donde Lucien entra, el aire se vuelve denso. Y yo tengo que apretarme el pecho para que el corazón no se me salga.

—Su Alteza —Soy cautelosa, tratando de esconder mis emociones. Hago una ligera reverencia para mantenerlo en calma. —¿No debería estar con la modista? —Es una pregunta trivial, necesito conocer su estado de ánimo.

—Odio esas parafernalias, lo sabes. Las citas comunitarias no son lo mío. Acudí a ella a primera hora. No tenía ganas de socializar con mi familia, mucho menos recibir sus innecesarias opiniones.

—Entiendo. ¿La princesa Cressida…?

No me permite continuar. Se acerca hasta romper la distancia que nos separaba.

—No he venido aquí a hablar de mi esposa.

¡Su esposa!

Acaricia mi mejilla con los nudillos. —«¡No te rindas, por favor!» —me exijo a mí misma. Detengo sus manos con las mías.

—¿Qué sucede?

¿De verdad no lo sabe? Viene aquí, pretendiendo que nada ha pasado, que nada se ha roto. Y me rompe mucho más. Aun cuando ya no había nada que destrozar, él hace que el dolor se sienta más profundo.

Le muestro mi anillo de compromiso. No me importa si piensa que no es real. Después de haber encontrado a mi prometido con su primo, pareciera poco creíble. Apelaré a sus principios, a esos que demostró cuando me sabía comprometida con otro, manteniéndose alejado por respeto.

—Ya veo.

Parece pensativo, contenido. Está intentando no perder el control.

Sigue frente a mí, mirándome desde lo alto.

Está tan cerca que puedo sentir su agitado palpitar, ese calor que nos envuelve.

Me atrae hacia su pecho, acaricia mi cabello y no puedo resistirlo más.

Me aferro a su cintura; me ilusiona pensar que pudiera ser diferente esta vez. Su ternura dura menos que un suspiro.

Me equivoqué. Fue una trampa y él pierde su autocontrol.

—¡Quítatelo! —ordena.

—No.

—Eres mía.

Siento sus dedos alrededor de mi cuello. No me lastima, no me aprieta. Está luchando contra sí mismo.

—No lo soy.

—Lo resolveremos.

Su ansiedad es palpable. Y me asusta. No porque esté sintiendo, sino porque él no sabe cómo hacerlo.

—No hay una solución. No para esto.

—Para todo la hay. Tú me amas.

—Pero tú a mí no.

—Te dije que lo resolveremos.

Lleva sus labios hasta los míos con desesperación. Quiero alejarlo y, a la vez, demostrar que puede ser tan mío como lo es de otras. Me alza y yo enredo mis piernas en su cintura.

¡Soy muy estúpida!

Por no detenerlo a tiempo. Sus experimentadas manos se deshacen de nuestra ropa sin necesidad de soltarme. Me arrastra hasta la cama.

Y no voy a engañarme.

No quiero que pase…, pero tampoco voy a detenerlo.