Corona de humo 30 La lenta ausencia
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30 La lenta ausencia

No me dobla , pero me rompe.

LUCIEN

Gruño contenido ante la impaciencia. ¿Cómo se atreven a hacerme esperar a mí? ¡Cual si fuera servidumbre! ¿Qué carajos hacen todos ahí dentro? La traje solo para mí. Estaba deseoso de encontrarla y hacerla volver. Hay tantos pendientes entre nosotros, y me rehúso a seguir aguardando.

La última vez que la vi, iba a rastras de la mano de mi hermana. La destruí, y ella aún se aferraba a quedarse. Me lo gritaban sus ojos. ¡Si tan solo la hubiera detenido! Pero no, ambos teníamos que seguir por su bien…

Me aferré a la idea de que la mujer frente a mí podría hacerme sentir mejor.

Era la primera vez que me encontraba con la princesa Cressida en mucho tiempo, y lucía preciosa.

Tan diferente a las ocasiones en que, siendo niños, nos obligaron a relacionarnos.

Con lamento atroz, admito que no tardé en arrepentirme de haber dejado ir a mi Lili.

Mi futura reina no intentó ocultar su petulante personalidad.

Esa en la que cree ser el centro del universo, volviendo cada acción un drama de emociones sobresaltadas.

Tan vacía por dentro. Es solo la niñita mimada de papá, a la que nunca le hizo falta nada, ni siquiera pensar.

Navega en una falsa inocencia, ganando sonrisas por cortesía, cuando en realidad nadie tolera ni su molesto tono de voz.

Hace que me duela la cabeza. Pero si quiero mi corona, tengo que aguantar.

Aunque ahora, con Lili aquí, puedo resistir lo que sea.

Cressida será la reina de Endellion porque no me queda más remedio.

Su mano trae consigo tierras vastas en riquezas y, sobre todo, fuerza.

Su territorio no es tan grande como el que habría representado Linden; no obstante, sus guerreros son conocidos por su extrema violencia.

Eso hace que los demás aliados les teman.

Seguirán sometidos ante nuestra fuerza por mucho tiempo.

Se han percatado de mi presencia. Soy en exceso superior a cualquier persona que haya pisado estas tierras, pero Rhodes es un rey y yo un príncipe. Me veo obligado a respetar su título por encima del mío.

—Majestad…

Hago una reverencia que me envenena. Lo aceptamos aquí por mi hermana. Sin embargo, no debería pasearse en mi presencia ni recorrer nuestro palacio a su antojo.

Apenas sea rey de Endellion, haré una ley en la que cualquier gobernante de naciones insignificantes, como la suya, me deba pleitesía. Así será él quien tenga que ponerse de rodillas a mi paso.

La llegada de mi sobrino —aunque sea un Eldenhart— es lo único que me detiene a no querer cortarle la cabeza.

Escucho a Daphne acercarse nuevamente. Sus damas cargan algunas pertenencias. Voy a matar a alguien. ¡Lo juro!

Azoto la puerta apenas entro a mi habitación. Cressida se sobresalta. Mi día no puede empeorar más.

—¿Qué haces en mi cama? Tu lugar es el sofá.

—¿Disculpa?

—No comparto mi cama con nadie.

—Lo hubieras pensado antes. ¡Soy una princesa! Futura reina de estas tierras y madre de tus futuros hijos. No pretendas querer tratarme como a tus amantes. Si no sabes dormir con una mujer de verdad, más te vale ir buscando algo que te acomode: el suelo, por ejemplo.

—¿Cómo te atreves?

—¿Cómo te atreves tú? La has traído a este castillo. La obligarás a dormir en mi habitación, y probablemente tengas ya una lista de retorcidos planes. Así que cállate y no pretendas que, mientras ella duerme en mi cama, yo ocupe tu sofá.

—No pienso explicarte nada. Solo enfócate en darme un heredero. Lo que yo haga o deje de hacer con mi amante no es tu problema.

—No voy a permitirlo. ¿Me oyes? Esa mujer se irá, así tenga que pedir la ayuda de los soldados de mi padre. Vamos a encontrar a Vlad, y entonces no tendrás más pretextos para tenerla bajo nuestro techo.

Sonrió. Me importa un carajo si mi tío aparece. Lilibeth es mía.

Palidece; debe estar intuyendo lo que mi silencio anuncia.

—Lucien, ¿la amas?

—Cállate, no quiero oírte más. Yo no soy el padre que cumplía todos tus deseos.

—Te hice una pregunta.

—¡Y yo te di una maldita orden!

Me siento agobiado; pierdo los estribos. En un movimiento involuntario me quedo a nada de abofetearla. Para sorpresa de ambos, me detengo a escasos centímetros de su piel. Podré ser muchas cosas más, pero no un golpeador de mujeres; no de este tipo, no sin placer de por medio.

Agradezco no haber cruzado la línea, pero la odio por llevarme a perder lo poco de integridad que aún me queda.

Me relajo enseguida. Al menos ahora su boca se mantiene cerrada. Espero que sea la última vez que se atreve a dirigirme la palabra.

Sirvo una copa y salgo al balcón. Han cerrado la puerta y corrido las cortinas. No puedo escuchar nada y siento un deseo inmenso de colarme al otro lado. Con toda certeza, mis hermanas y ese rey de pacotilla siguen ahí cotilleando.

Cierro los ojos, frustrado. Por los recuerdos, pero más por las ganas de vivirlos de nuevo.

Mi Lili siempre trataba de llamar mi atención.

Solía salir a su balcón y bailar bajo la luna, con el cabello alborotado y los pies descalzos.

Sonreía de una forma tan genuina e inocente que simplemente no podía dejar de mirarla.

Su olor a caramelo llegaba hasta mi baranda y yo la contemplaba hipnotizado.

Odio reconocer que la extraño. Esa forma en que daba saltitos emocionada cuando le extendía la mano para invitarla a cruzar a mi lado.

El que no parara de hablar ni siquiera cuando se lo pedía.

Tiene la voz más dulce de todo el maldito reino, es como si escucharas cantar a las sirenas.

Y luego la paz. Esa que me encontré buscando entre sus sábanas.

Cuando era yo el que entraba en su cama de madrugada; pero no para poseerla, sino para perderme con ella.

Juro por mi madre que nunca dormí mejor que cuando se acurrucaba en mis brazos. Y yo lo permití, por lunas enteras.

Aprieto el puño con fuerza. Ella ya tendría que estar aquí, con toda su dulzura sobre mí, rozando su nariz con la mía, mientras yo le digo cuánto la detesto. Arrojo mi copa con furia al horizonte. Regreso al interior con mi esposa; con la que no es ella. Siento rabia de solo recordarlo.

Cressida parece seguir indignada. Sus damas preparan una improvisada cama en el sofá. ¡Bien! Me obedece y nada me causa más placer. Bueno, una cosa sí. Ordeno a ese par que se retire de mi presencia y de paso me envíen más vino.

Ya intentaremos poner un heredero en el vientre de la futura reina otro día.

Una noche más ha caído. La mayoría en este castillo deben estar dormidos. Nada me calma; nada me complace.

He tenido que lavarme solo. Lili una vez más se ha colado en mis recuerdos. Tal vez nunca se fue.

Me froto con la misma delicadeza con la que ella lo hacía.

Sus ojitos lilas están aquí, viéndome con curiosidad.

Mis manos se han vuelto las suyas. Fantaseo.

La deseo como jamás imaginé desear a una mujer.

Puedo verla sentada en el filo de la tina con esa coleta alta, exhausta y limpiándose el sudor de la frente.

Las pequeñas gotitas que recorrían su cuello y se acumulaban en su escote.

Gruño. Me corro con ella como musa, pero no es suficiente. No es lo mismo.

Nada sin ella se siente igual, porque la necesito, incluso, la extraño. Por todo lo que era, pero más por lo que me hacía sentir. Calma, paz, la despreocupación de reírme a carcajadas ante sus absurdos. No está aquí y yo me siento vacío.

Salto fuera de la tina y despierto a Cressida. Voy a tomarla y no pone resistencia. Desea tanto un hijo y yo, de paso, apagar mi cabeza.

Golpeo la pared antes de continuar; le he pedido que gima, pero en ella suena impuro, falso. No estoy consiguiendo nada.

Necesito a mi Lili, aquí. ¡Ahora!