28 Culpable lo suficiente
No mo rirá por la traición, sino por amar a quien me pertenece.
LUCIEN
Apenas puse un pie fuera del carruaje, mis pulmones se inundaron con el olor a humo de la ciudad. Todo estaba silencioso, en demasiada paz. No por mucho.
—Alejen a esta vulgar amante de mi vista —ordena mi padre.
Yo sonrío. Es solo Marlowe, siendo ella misma.
Fue una escena desagradable, lo admito. Pero la tranquilidad que sentía era absoluta: había vuelto.
La busqué durante semanas enteras con la firme convicción de protegerla, pero también de volver a ser su dueño.
Me hierve la sangre al ver a ese soldado cargándola en sus brazos.
Lo habría hecho yo mismo, pero no podía.
Tenía que tragarme mis malditas ganas de arrancarle la cabeza por siquiera atreverse a tocarla.
—¿Su Alteza, qué hacemos con ella?
Cai me regresa al presente; no necesito responder. Ella despierta y de un salto baja furiosa de los brazos del soldado que la sostiene.
—No se atreva a poner sus manos sobre mí nunca más.
Lo abofeteo, dejando a todos atónitos. Por mucho que yo estuviera disfrutando el caótico momento, veo la rabia acumulada en el rostro de mi padre. Tengo que intervenir antes de que la situación se descontrolara.
—Soldado, escóltela a sus aposentos. Y no la toque, si no quiere verla hecha una furia.
¡Y claro, verme a mí convertido en un monstruo por ella! No lo expresé, pero mi sonrisa filosa ya debió habérselo gritado.
—Esa habitación ahora está ocupada por su esposa, Su Alteza.
Mar se tambalea, y no sé si es por el malestar o la revelación.
¡Sorpresa! El futuro rey ha elegido a su reina.
—Informen a mi mujer que a partir de hoy dormirá conmigo. La plebeya ocupará su antigua habitación.
¿Por qué soy así? No debierá causarme tanto placer cada orden ni las consecuencias de mis palabras. Mira esa carita, esos ojos bien abiertos. ¿Dolió, Lili? Eso es bueno, quiere decir que aún le importo.
—Sí, Su Alteza.
El soldado trata de tomarla del brazo para escoltarla; ella se zafa y lo apunta con su dedo.
Se lo advertí.
¡Ancestros míos, cómo la amo!
Tras los formalismos ante nuestro rey, desaparecen. Mis soldados pudieron haberla traído antes, pero en el momento en que fui informado de su ubicación, quise ser yo mismo quien la arrastrara de vuelta. ¡Ha sido una buena cacería, sin duda! Siento incluso excitación.
—No quiero tener de nuevo a esa mujer paseándose por mi castillo, Lucien.
—No, padre. Vlad vendrá tras ella; apenas lo atrapemos, la echaré de aquí. Lo prometo.
Miento. ¡Ella es mía! Le arrancare ese estúpido anillo que ahora llevaba en el dedo, así tenga que cortárselo.
La imagen del hermano de mi comandante entre sus brazos me perturba.
Pensar en las posibilidades se apodera de mis emociones.
Estuvieron semanas solos en esa casa. Retomaron su compromiso y quién sabe cuántas cosas más.
—Quiero la vida del traidor que ha puesto a mi familia en peligro —escupo con ira.
Y supe que era precipitado. No resistía más, soy un hombre intolerante. Si él había posado sus manos sobre ella, lo quería muerto.
—¡Que así sea! —celebra el rey.
—Comandante, infórmele al condenado el veredicto real. Su grave falta lo condena a la pena máxima.
Cai palidece. Era mentira que no le importara.
Un hermano no dejaba de serlo por decisión propia; no era tan fácil.
Supe por sus historias que eran muy unidos, como toda su familia.
Sin embargo, mi comandante es tan honorable y leal a la corona que lo habría matado él mismo si yo se lo hubiera pedido.
—Sí, Su Majestad. —Hace una reverencia y se encamina hacia los calabozos con el resto de los soldados.
Me llenó de orgullo; sabía que no me defraudaría. Miro hacia los ventanales superiores. Mi Lili ya debe estar en su habitación. Ansiaba encontrarme a solas con ella. Quería verla con una necesidad que se me desbordaba del alma.