Corona de humo 27 El anillo que es escudo
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27 El anillo que es escudo

Hay amores por los que no pienso pedir permiso.

MARLOWE

La vida, desde que huimos de la ciudad principal, no ha sido fácil.

Cada mañana recorremos los alrededores en busca de frutos, hongos silvestres y algún animal que nos sirva de alimento.

Nuestra improvisada hoguera nos brinda calor, aunque a menudo resulta insuficiente.

No podemos mantenerla encendida mucho tiempo si queremos pasar desapercibidos.

A decir verdad, ya nadie se aventura hasta aquí.

El príncipe tenía razón cuando dijo: «El tiempo lo borra todo».

Y a nosotros, en nuestra pequeña provincia, pareciera que nos hubieran olvidado.

Me encargo de la comida; Nero, de la seguridad.

Es difícil determinar a ciencia cierta cuántos días llevamos aquí.

Después de veintiocho lunas, entramos en un bucle: sin reloj, sin diarios, sin nada que nos revele lo que sucede más allá de la maleza.

Hemos sido tan cuidadosos para no ser descubiertos que no solemos alejarnos mucho de las dos últimas casas, ya devoradas por la naturaleza.

Nero trazó un plan para poder cruzar la frontera. Conserva amigos en la Guardia de Linden, por lo que contemplamos la posibilidad de movernos a la nación vecina. Apenas me sienta mejor, emprenderemos el viaje.

Por ahora, debemos quedarnos aquí y soportar el inclemente clima.

No me encuentro en condiciones; hacerlo nos sumaría un riesgo, y necesitamos protegernos el uno al otro.

Nuestra limitada dieta me ha hecho enfermar; logro mantener lo mínimo en el estómago.

La carencia de nutrientes hace que tenga mareos constantes y un cansancio que apenas me deja salir de la cama.

Mi compañero, por su parte, se encuentra decaído; su tristeza es evidente. La Guardia de Endellion lo busca. Perdió todo por ese espejismo de amor. Su sacrificio le costó muy caro.

¿Y acaso a mí no?

Sabemos, por los murmullos de los pobladores, que el príncipe contrajo nupcias hace algunos días.

Ni siquiera el haberme echado de su lado logró frenar los planes que el Rey le impuso.

O quizás sea yo quien deba aceptar que fue el mismo Lucien quien deseaba hacerlo.

Los recuerdos de aquella despedida silenciosa aún me hacen llorar.

Revivo el momento una y otra vez, torturándome como si no me quedara más opción.

Y no puedo contenerlo. Las lágrimas no piden permiso.

Brotan con facilidad, calientes y amargas.

Un río tratando de arrasarlo todo, incluso la dignidad que ya no tenía.

Porque él la contemplaba como nunca me miró a mí: con asombro, con respeto, con esa ternura que soñé arrancarle y que nunca me concedió.

Ella, en su perfección, era un cuadro pintado para adornar su mundo: la sonrisa justa, el porte de reina, el linaje que yo nunca podría inventarme.

Y yo, menos que nada. La sombra que se arrastró tras él.

La tonta que se creyó especial por unas caricias robadas, fruto de la culpa y el deseo.

La vi tomar el lugar que yo había imaginado para mí.

Y a él besarle la mano, mirándola como si en sus ojos hubiera encontrado la salvación.

El alma se me hizo trizas cuando posó sus labios sobre esa mano con tanta devoción, con una delicadeza que jamás tuvo conmigo.

La acarició con los mismos dedos con los que me dejó temblando de amor y vergüenza.

Ella se atrevió a voltear hacia mí, con la afirmación de saberse la elegida.

Me sonrió como si el mundo le perteneciera.

Y, claro, le pertenece . Porque lo tiene a él.

Y yo solo soy el error que nunca debió haber ocurrido.

Trato —o al menos lo intento— de arrancarme ese recuerdo.

Él no vale mis lágrimas, pero las necias aquí están, empapando el pecho de mi compañero y fundiéndose con las suyas propias.

Nero reposa sobre mis piernas. Lo consuelo de manera maternal.

Ambos estamos abrumados. ¿Cómo es que llegamos a esto?

¿Por amor? Por un sentimiento que no vale nada.

—Somos un par de tontos. —Limpio sus lágrimas y sonrío, como si aún me quedaran motivos para hacerlo.

—Mar, nunca debí dudar; eras tú mi camino. Nada de esto estaría pasando. No habría un escuadrón de búsqueda tras Vlad ni detrás de mí. Y el príncipe jamás te habría lastimado como lo hizo.

—No, Nero, lo que hiciste va más allá de la curiosidad; es parte de ti, de lo que quieres ser. Y ahora entiendo tantas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que nunca me deseaste. Jamás sentiste la necesidad de poseer mi cuerpo… de mujer. Por eso tus labios no se atrevieron a rozar los míos. No era respeto; te estabas siendo fiel a ti mismo.

—No, Mar. Si lo hice. —Se incorpora. —Estoy seguro de mis sentimientos; sé que te quería y deseaba una vida a tu lado. Nunca me habían atraído otros hombres tanto como tú lo hacías. Fue una estupidez creer lo contrario.

—¡Hey, basta! Encontraste tu camino, tu propia naturaleza. Duele, pero debes aceptarlo. Solo estás molesto por cómo acabaron las cosas. Negártelo no lo hará más fácil.

Saca un pequeño artilugio de su bolsillo.

—Te pertenece, tómalo.

Es un anillo con el emblema de su familia grabado.

—Cai me ayudo, fue hecho especialmente para ti, pensando en cumplir mi promesa. No tuve tiempo de entregártelo. Y siempre voy a arrepentirme de ello.

Lo coloca en mi dedo con delicadeza mientras me mira a los ojos.

Me queda perfecto. Lo contemplo; es el anillo de compromiso con el que tanto soñé.

La promesa que envuelve me roba un suspiro melancólico.

Por todos esos sueños que teníamos y que él rompió: la casa, los niños; nuestra vida tranquila a las afueras… envejecer tomados de la mano.

Limpio mis lágrimas y las suyas, ante el sacrificio que ahora esa vida hubiera significado para él. Y quizá, para mí también.

—Debes sincerarte, no ir más en contra de tus necesidades. Nero, yo no te juzgo; ya no. Porque antes de ser tu prometida, fui tu amiga.

Acaricio su mejilla y él se rinde a mi tacto. Me dolió mucho lo que pasó, pero yo también me enamoré de alguien más. —No—, más bien yo me enamoré por primera vez. Nos fallamos mutuamente. Y asimismo nos hemos perdonado por todo.

—Despertaste sentimientos puros por otro hombre y te falló. Esto es lo que eres, lo que tu corazón te dicta. No hay algo malo en ti. Nada de lo que debas arrepentirte. Y tu familia tarde o temprano lo entenderá.

—¡Mar!

Se echa a mis brazos cual si fuese un niño pequeño, buscando en mi calor su mayor consuelo. Lo acaricio con ternura, con sumo aprecio. Un amor diferente, porque aún lo siento y no dejaré de hacerlo.

—Ya están aquí —susurra, perdido en mis brazos.

—Lo sé. —Tiemblo.

Este hombre que se dejó engañar por amor nunca dejará de ser un guerrero. Al igual que su padre y su hermano, tiene un oído entrenado. Capaz de detectar el más mínimo peligro.

Pese a que son muy tenues, se escuchan botas acercarse, cautelosas, pero demasiado firmes para ser pobladores indiscretos. Debe tratarse de la Guardia Real. Nos encontraron, y Nero no está siquiera intentando ir por su espada.

¡Se está rindiendo!

Y me parte el alma. Me abraza con más fuerza. Puedo sentir su miedo penetrándome la piel. Lo consuelo.

La puerta se abre de golpe. Los metales suenan y nos apuntan cual si fuéramos una amenaza. Al menos una decena de espadas nos señalan.

Me quedo helada al vislumbrar su presencia cruzando la entrada. No esperaba que el mismísimo príncipe estuviera aquí. Caiseth está de pie a su lado. Envaina su espada al ver que su hermano no está poniendo resistencia alguna.

—Aléjese de ella, soldado —ordena el heredero.

Ese tono frío que no cede. Puedo sentir la rabia en sus palabras. Nero intenta obedecer. Lo detengo, atrayéndolo aún más cerca de mí. Mis brazos lo rodean con fuerza y furia.

—¡Suéltalo, plebeya! Será enjuiciado por traición y desacato. Más le vale alejarse de él.

Ni siquiera me importa la orden del príncipe. Ya no. Tomo el rostro de Nero entre mis manos para hacerlo concentrarse solo en mí, en mis ojos, en mis labios.

—No temas, estarás bien.

—Mar… te amo.

—Yo también te amo. —No hay vacilación en mis palabras.

Es una confesión honesta, no del mismo tipo de amor que sentía por Lucien. Es más un sentimiento fraterno, de hermanos. Ambos lo sabemos, ambos lo sentimos. El anillo de compromiso visible en mi dedo se suma a la declaración.

El príncipe lo nota, yo lo sé. Lucien ya no puede esconderse de mí. Lo leo, lo intuyo. En un acto de cólera se abalanza sobre Nero y lo aleja de mí a la fuerza. Sus guardias lo inmovilizan apenas lo tienen caído.

—¡Basta! —ordeno. —¡Está desarmado, soldados! —Mi voz es firme, directa.

Lucien asiente y todos lo sueltan. Lo ayudo a ponerse de pie, sin importarme la cercanía de sus espadas. Sacudo sus ropas.

—Marlowe Woodrow, vendrá con nosotros —informa el príncipe.

—No. ¿Bajo qué cargo? —Nero me coloca con desesperación tras de sí para protegerme.

—Ninguno. —Es protocolo de seguridad. El rastro de Vlad nos ha conducido hasta aquí. ¡La está cazando a ella, y nosotros a él!

Nero aprieta mis temblorosas manos. Hemos dormido en esta casa con Vlad al acecho. Debo haber palidecido.

—Marlowe, ven a mí. —Extiende la mano.

Nero me suelta, se hace a un lado ante la petición del príncipe. No quiero hacerlo, estoy asustada. La tomo con cautela. Él solo se concentra en el anillo que llevo puesto, antes de arrojarme a los brazos de uno de sus guardias.

—¿Comandante, qué quiere hacer con él?

Se dirige al par de hermanos. Caiseth lo mira con sorpresa.

—¿Comandante, acaso no escuchó mi pregunta?

—Su Alteza, yo…

El príncipe pone los ojos en blanco, parece fastidiado.

—Sí, lo estoy ascendiendo, «comandante». Sin ceremonias. Solo porque me da la gana. Ahora dígame, ¿qué quiere hacer con el traidor de su hermano?

—Ya no… ya no… es mi hermano —responde él.

En su voz se escucha la pena, el desprecio. Esa mezcla justa entre dolor, decepción y honor.

—Desacató la orden directa que el Rey le impuso, poniendo en riesgo a la Familia Real. Se entregó al bando equivocado para que un condenado pudiera huir. Su traición debe ser castigada. Y es el Rey quien debe decidir sobre su vida.

—Buena decisión, comandante. —Llévenselo.

—¡No! —suplico.

Caiseth acaba de condenar a su propio hermano. Mi llanto fluye.

Lo atan, amordazan y suben a una carreta. Conmigo han sido condescendientes; viajaré en el carruaje real junto al príncipe.

La caravana se pone en marcha. Siento los pesados ojos de Lucien clavarse sobre mí. Yo ni siquiera me atrevo a mirarlo. Me concentro en mis manos, recibiendo cada lágrima. La cicatriz aún visible en una de ellas me recuerda que ahora viajo sentada frente al demonio.

Jamás podré verlo de la misma manera. No después de todo el daño que me hizo.

Llegamos al amanecer, entre el gélido frío y la desolación de la ciudad principal. El palacio nos recibe imponente, con sus grises y negros, invadiéndonos de ese olor a tristeza y soledad que encierran sus paredes. Cruzamos el puente y la gran muralla. El miedo se instala al instante.

Nero ya no está, debieron llevarlo a los calabozos. Bajo del carruaje sin ayuda. No pienso volver a tomar las manos del único y verdadero traidor de este reino.

Frente a nosotros el Rey Cassius nos espera. Más sobrio de lo que acostumbra, más feliz de lo que debería. Nos regala esa sonrisa malévola de quien sabe se saldrá con la suya pronto.

Veo a Cai acercarse en una reverencia para recibir su gracia ante su nuevo título: «Comandante Supremo de las fuerzas del Príncipe Lucien, futuro Rey de Endellion».

Me asquean, todos son tan despreciables. Nero no es un traidor, él no hizo nada malo. Es una víctima, como lo fui yo. Como lo han sido otros. Mi malestar es tal que vomito ahí mismo, antes de desvanecerme.