26 La libertad que me dio
F ue la herida que más dolió.
MARLOWE
Las sogas se tensan ante mi propio peso, despertándome de un sobresalto. Aunque no sé si realmente la debilidad me hace dormir o he comenzado a morir. Los hombros me matan de tanto aguantar, señal de que sigo aquí, pero no del todo. Soy solo un cuerpo vacío lo que él ha dejado.
Estas telas que fueron cobijo, testigos de nuestras pasiones más carnales y de todas las risas, son las que me mantienen arriba, pero también me aprisionan.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Si el mundo allá afuera aún existe.
Porque el mío se acabó al cerrarse esa puerta.
Cuando me escupió a la cara que yo no era nada.
Él se fue llevándose mi vida en sus manos, y pesa más la culpa que el desengaño.
Estúpida al pensar que con mi corazón bastaría para los dos.
Porque lo amé como se ama algo que va a destruirte y aun así te lanzas a sus brazos.
Por fe, por creer que el amor puede salvarlo todo. Pero él no quería ser salvado.
Las lágrimas ya no salen. Me arden los ojos. Mis labios secos y agrietados son lo que queda de su condena. Esa que enterró bajo mi piel con palabras crueles, con verdades que matan.
Y entonces la escucho… una voz lejana. Estoy tan débil que me cuesta no perder la batalla. Debe ser un sueño y lo que quedaba de mí se ha ido. Daphne solo es el ángel que me ayudará a cruzar.
—Guardia, hágase a un lado.
Mi ángel exige, pero quien sea que esté custodiando esa puerta pareciera no haber escuchado.
Yo sí, quizá…
—Voy a entrar—ordena.
—Lo siento, Su Alteza. No puede hacerlo.
—Llevo dos días sin poder verla. Dos lunas completas, de guardias que me niegan el paso.
Dos nuevos amaneceres arrastrando esta culpa, porque fui yo quien la empujó a esto.
La animé a romper sus reglas, a cruzar las líneas que jamás debió cruzar.
No es justo que la aísle así. Si quiere reprenderla, tomaré la parte del castigo que me corresponde.
Hayes, por favor, te lo pido en nombre de la confianza que te tiene mi hermana.
—Princesa Daphne, de verdad no puedo.
—Su Alteza, el príncipe fue muy claro—. Otro soldado se une a la conversación.
—Pues vayan por ese cabrón y tráiganlo aquí. Que se atreva él mismo a impedirme el paso.
—¿Disculpa?
—¡Lucien!
Estoy segura. Quisiera poder sonreír ante el eco de su voz, pero no. No voy a traicionarme más. El silencio que sobreviene a su pregunta es señal de que ha tomado a todos por sorpresa. Pero no conoce a Daphs, ya no. Ella no va a huir del monstruo.
—¡Apestas, Lucien!
—¿Y a ti qué carajos te importa?
—Nada en absoluto, solo pienso que no parecerte tanto a nuestro padre te haría menos miserable. No estoy aquí por ti, sino por ella, y voy a entrar.
—Marlowe, debe haberse ido ya.
Afirma con brutal certeza. Y yo quiero gritar que no, que no es así . Y no por falta de habilidad, sino porque para poder hacerlo tenía que matar toda esperanza.
El silencio vuelve a hacerse presente. Los guardias deben haberse quedado sin respiración; testigos de que nadie ha salido de esta habitación.
—Ella sigue ahí dentro, ¿no es así? —La angustia en la voz de Daphs se vuelve palpable.
—¡Contesten, carajo!
Lucien muestra un ligero desespero. No el suficiente. No uno que pueda salvarnos.
—Sí, Su Alteza. La plebeya sigue en el mismo lugar donde usted la dejó.
Y entonces, el milagro. La puerta cruje y con ella la luz, vestida de princesa. No, de ángel. El mundo se detiene, porque lo escucho a él entrar detrás. Apenas logró enfocarlos con la poca fuerza que me queda.
—¡Vaya! Le tenía más fe.
—Eres un maldito enfermo.
El golpe sale solo. Daphs ni siquiera lo duda, por ella, pero más por mí. Su mano surca la cara del heredero con fuerza.
Lucien se acomoda la mandíbula tras la bofetada, con la sonrisa de alguien que disfruta el castigo, mostrando una vez más al sádico que es. Los guardias avanzan, pero él los detiene con un simple gesto. Porque, aunque no lo admita, sabe que su hermana menor es lo único real que aún conserva.
La misma mano que sentenció a su hermano ahora acaricia mi rostro, mis hombros, mis brazos. Su mirada lo dice todo. Y no es un «te lo advertí», sino un «estoy aquí, para ti».
Sus manos firmes desatan los nudos. Mis brazos caen como plomo. Apenas logran sostenerme.
—¡Fuera todos! —Su voz es látigo.
Cubre mi cuerpo con las sábanas, debo estar helada. Quiero vomitar, pero no llevo más nada dentro.
—Afuera, tú también, Lucien. Esto es humillación, esto es tortura. Has cruzado todos los límites.
—Ella lo quiso así.
—Me das miedo. Mi madre estaría decepcionada de ti, tanto como lo estoy yo.
Silencio, porque lo que calla es su condena.
—Ahora vete. Sal a recibir a tu futura esposa. Tu castigo debe haber llegado. Y espero que te haga arder en tu propio infierno.
Se va. Como el cobarde que es. Ni siquiera se atreve a mirarme por última vez, y lo agradezco. Haberlo amado tanto será su castigo, no el mío.
La princesa me acerca un poco de agua y yo bebo.
—Debemos sacarte de aquí.
—¿Vienes conmigo? —suplico. No voy a dejarla atrás.
—Te alcanzaré, lo juro.
Aprieta mi mano con fuerza, con una determinación por querer huir tan grande como la mía.
—Si huyo ahora, mi gente lo pagará. Ashford es débil, pero no está solo. Me acusarán de traición, y no habrá lugar donde esconderme. Jamás dejaría que este pueblo sufriera las consecuencias de mis actos. Pero tú, debes irte lo más lejos que puedas.
Llena mis manos de joyas y monedas; está desesperada, y yo también. Me guía. Robando comida a nuestro paso y guardándola en una bolsa de manta. No hay tiempo para más, lo sabemos.
El camino más seguro es cruzar la entrada principal. Aunque eso signifique enfrentar a los fantasmas que me destruyeron.
Y ahí está él. Besando la mano de su princesa. Mirando con grata sorpresa en los ojos de la que será su Reina.
Termina de matarme. Rompiéndome en lugares que creía ya destrozados. Como un cristal. Siento el crujir en mi interior, pedazo a pedazo.
Daphs me sostiene, me obliga a seguir. Pasamos a su lado. Saludando por cortesía, por costumbre, por sobrevivir.
Y cuando estamos fuera, me abraza como si pudiera salvarme de todo. No me deja rendirme, empujándome hacia la libertad, aunque con eso ella también se quiebre.
—Corre, Mar. Cruza la frontera y no mires atrás.
Me suelta… y con ella muere lo poco que me ataba a este lugar.
La noche cae, o quizá soy yo la que tropieza en ella. Camino sin rumbo, porque al detenerme, muero. Y si él me encuentra, mata.
El aire es frío. Las sombras de las edificaciones se alargarán como brazos que intentan detenerme, como si incluso la oscuridad quisiera evitar que siga huyendo.
Ya no corro, no tengo fuerzas. Esto es una ciudad fantasma, tan muerta como mi alma.
Mis piernas se arrastran, mi cuerpo duele en sitios que no sabía que podían doler.
La taberna es la única luz en kilómetros de oscuridad, una promesa de calor en medio de la nada. Me detengo frente a la puerta. El sonido de las risas, de los vasos chocando, de los músicos tocando. Podría entrar, buscar calor, pedir ayuda.
No lo hago. Sé lo que encontraré ahí dentro: hombres que miran, mujeres que preguntan, voces que juzgan y manos que querrán tocar lo que ya no es mío.
Me contengo en el umbral, con el calor de la taberna rozándome la piel y la noche devorándome la espalda.
Entre luz y sombra… como siempre. Respiro hondo; el aire huele a madera vieja, a licor y pan caliente.
Doy un paso atrás, dispuesta a que la noche me trague de nuevo.
—Vete de aquí, muchacho.
El tabernero lanza a un joven fuera del establecimiento.
Parece ebrio, ni siquiera puede mantener el equilibrio y cae de rodillas en el fango.
La sangre en su labio es señal de que ha peleado recientemente.
Su barba ya no es prolija como solía serlo, su apariencia es descuidada en demasía.
Reconocería ese cuerpo delgado y esos ojos verdes —herencia de su madre— en cualquier sitio.
—¿Nero?
—¡Mar!
Si llegué a sentir algún resquicio de duda, él lo disipa enseguida. Se arrastra hasta mí con dificultad.
—¿Por qué no estás en isla Sora?
—Muchas cosas han pasado desde entonces.
Me observa con detalle. No debo lucir mucho mejor que él, y entonces se da cuenta.
—¿Qué fue lo que te hizo? —escupe con rabia.
Agacho la cabeza avergonzada. Mis ojos se llenan de lágrimas. Lucien me quitó más de lo que debía. «No». Yo se lo entregué a voluntad. Cada día, cada noche. Y ahora Nero lo sabe, porque lo conoce a él, pero mucho más a mí.
Se acerca, recoge mis lágrimas. No va a juzgarme, no después de lo que hizo.
—Debo sacarte de aquí. Endellion no es seguro para ti en estos momentos.
Lo miro confundida, la sorpresa parece haberle bajado la borrachera.
—¿Vlad escapó? Y es mi culpa; su hijo solo estaba utilizándome. Fingió que teníamos algo para distraerme. Todo fue una mentira, un sucio plan. Me hizo sentir que era real, pero no lo fue. Mar, perdóname, por favor. Fui un imbécil.
—Dime que la Guardia Real se hará cargo.
—Por supuesto que lo hará. De él y de mí, apenas me encuentren.
—¿Y qué harán contigo? —Me tiembla la voz.
—Lo que hacen con todo aquel que falta a una orden del Rey. Era mi deber mantener a su hermano confinado en esa isla. Fallé. Ya no importa que pase conmigo. Mar, lo merezco.
—No digas eso; el príncipe no es tan malo, entenderá. Me habló de los talentos de su primo. Es un hombre inteligente y táctico, solo movía sus piezas. Fuiste parte de su estrategia. No pueden condenarte por eso.
—¿Defiendes al heredero o a mí?
—No eres el único al que usaron para después desecharlo.
Me atrae a sus brazos, con una fuerza que reconozco.
Una sensación de hogar, teñida de nostalgia, me invade. Me quiebro. Él, quien fue mi lugar seguro, hoy sufre las consecuencias de sus actos, esos mismos que nos condenaron a ambos.
—Es mi culpa. El príncipe es despiadado; a pesar de ello, aún conserva algo de honorabilidad. De no romper mi compromiso contigo, él jamás habría cruzado esa línea.
—Yo lo amaba mucho antes de que terminaras conmigo. Éramos inevitables.
—Nadie puede amar a ese hombre; yo te arrojé a hacerlo.
—Nadie, en su sano juicio. Pero yo estoy loca. Lo estaba… por él.
—Mar…
—Nada de esto ha sido solo culpa tuya. —Aprieto su mano; él también tiene mucho que perdonarme.
—Vamos a casa de mis padres. Lleva demasiado tiempo abandonada; no obstante, nos brindará cobijo.
No quisiera regresar a ese lugar lleno de recuerdos, pero necesitamos refugiarnos del frío y de lo que viene. El caballo, que le asigno la Guardia Real, está cerca; será la forma más rápida de llegar a nuestra provincia.
El camino se ha sentido como una eternidad. A pesar de haber comido, mi cuerpo aún no se repone del todo. Apenas llegamos, resguardamos el caballo en el antiguo cobertizo de semillas de mi madre. Nadie debe verlo, o sabrán que estamos aquí.
La melancolía me invade a cada paso. La propiedad está en ruinas, reducida a cenizas.
Ha sido consumida por la naturaleza y el tiempo.
Muchos de los árboles frutales ya no están, pero otros han extendido su majestuosidad, fundiéndose con el bosque.
Las enredaderas se enraizaron entre las ocho tumbas que representan a mi familia y se extienden más allá de la casa de Nero.
Todo ha sido absorbido por la flora. Como si el resto de los habitantes hubiera permitido que las últimas dos casas del pueblo se sumieran en el olvido. El camino que conducía hasta ellas ha desaparecido. Y el agua del pequeño riachuelo cercano se escucha correr con fuerza.
No estaba lista para enfrentarme al peso de mi pasado, ni a nada en realidad.
Nero tiene que recurrir a la fuerza para abrir la puerta. Dentro, todo huele a humedad. Las ramas de los árboles han desprendido parte del tejado. Exhalo. Es temporal; apenas podamos, deberemos huir. No voy a dejarlo atrás.