Corona de humo 25 Hasta que me odies
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25 Hasta que me odies

Y si vas a quedarte callada, al menos hazlo con rabia.

LUCIEN

Tengo serios problemas de ira. Nunca lo he negado, y no doy explicaciones.

Ya no lo resisto, estoy cansado incluso de mí mismo.

Una dualidad entre el deber y el querer me hizo pasar toda la tarde peleando cara a cara con mis soldados.

Ni los golpes a puño limpio me han ayudado a mitigar mi enojo.

Desde la muerte de mi madre me he vuelto una criatura incontenible.

La caravana que escolta a mi padre y, por supuesto, a la princesa Cressida, llegará muy pronto. Con ellos el futuro. Y debo afrontarlo.

Me hubiese negado a toda costa, pero habría enviado a Lili a una muerte segura.

Aún peor: la corona lejos de mi cabeza. Si digo la verdad, me destruyo.

Si miento, la destruyo a ella. ¿Por qué volvió?

Quería que lo hiciera, incluso más por ella.

¿Pero por qué lo hizo? Si ya lo sabía todo.

La escuché. Cada palabra suya. Una estocada que no esperaba.

Dicha con la voz de alguien que ya no suplica, de quien se sabe perdida y aun así se queda de pie.

Quiero decirle que no es así, que no quise.

¿Pero qué carajos? «Sí quise». Mis puños se aprietan.

Por furia, por impotencia, por no saber si hablar o dejar que este silencio nos entierre.

Ni siquiera se sobresalta ante el despliegue de furia.

Me ignora con una resignación que duele más que cualquier insulto.

Como si ya supiera que no valgo tanto ante el silencio que me lanza. Me detengo frente a la tormenta inútil.

Ella, dolida sobre su cama, tan frágil y vulnerable.

Lleva solo un delgado camisón y los pies descalzos.

Como una revelación de que ya no le queda nada.

La miro rota y, aun así, tan entera. Demasiado intacta para lo que viene.

Endellion no es tierra para corazones blandos, y ella todavía late como si pudiera salvarse.

Ya está desarmada, pero no lo suficiente. Y si voy a salvarla —a mi manera— tengo que hacerla caer un poco más. A veces, para que alguien se decida a volar primero hay que hundirlo hasta el fondo.

—Lilibeth, ven aquí —ordenó seco, con frialdad, firmando sentencia.

Hacer que me odie es el fin. Necesito que me desprecie, y si aún no lo hace es porque no la he lastimado lo suficiente.

—¡Lilibeth!

Alzo la voz, pero no se mueve. No responde y eso me envenena.

Camino hacia ella y la tomo del brazo. La arrastro de la cama con una rabia contenida que me revienta las venas.

La pongo frente a mí para obligarla a mirarme, como debe ser.

Y entonces soy yo quien la ve. Sus ojos, llenos de tristeza, ya sin preguntas, ya sin reclamos.

No brillan como antes, y lo peor es que sé, con una certeza que me asfixia, que fui yo quien apagó esa luz.

¿Y era lo que quería, o no?

Aprieto sus mejillas con una mano. Fuerte, más de lo necesario. Buscando algo en su rostro que me dé derecho a seguir gritando.

—Te odio —escupo, queriendo borrarla de mi vida con esas palabras. Como si fuese yo mismo a creérmelo.

La suelto. Ella no dice nada, no se mueve. Ni una lágrima, ni un reproche. Y su silencio, ese maldito silencio, me arranca la piel.

—¿Tienes algo que decir?

—Lo siento, Su Alteza. Si soy la causante de esto, le pido que me disculpe —Su voz es suave, dulce.

Me vuelvo una fiera. ¿Está jugando conmigo? «La mataría si pudiera». Sí, eso. Claro que lo haría.

—Si lo eres —respondo sin pensar, sin medir. Disparo primero, mi flecha sale antes que la suya.

Quisiera sentir algo más que su dolor. Debiera amarla, pero no puedo.

—Odio la maldita hora en que te salvé la vida.

Ella ahoga un suspiro. Lo ha escuchado de mi boca antes. No se defiende, no da réplica. Solo llora, y sus lágrimas le empapan el rostro incontenibles.

¡Por fin!

Y yo, en mi miseria más honda, en esta cobardía disfrazada de poder, la golpeo con la única arma que aún me queda:

—Debí dejar que mi padre te cortara la cabeza.

—Hágalo usted, Alteza. Aquí, donde tantas veces me hizo suya. Termine con esto ahora mismo. —Se abalanza sobre mí con una dignidad que creía acabada.

Desenfunda mi daga y me quedo inmóvil. La orillé a su propia desesperación; la ansiaba. Mas no me esperaba esto.

—¡Vamos, hágalo!

Ella la lleva hasta su pecho, con mis manos aún en la empuñadura. Me estremezco ante su contacto. Como si no la hubiera clavado ya.

Dudo.

Un segundo, tal vez dos. Lo justo para darme cuenta de que no podría hacerlo.

Yo, la maldad personificada. Hijo del Rey sanguinario, despiadado, el que arranca vidas sin dudarlo. Y, sin embargo, no puedo.

El filo tiembla entre mis manos. Siento el metal al contacto con su piel. Apenas un roce. Pero sé que si aprieto un poco más, si contengo la respiración un instante… ella ya no estaría.

Mi vida sería infinitamente más fácil si ella muriera ahora mismo. Sin explicaciones. No tendría que casarme, no con esa urgencia rabiosa de complacer a mi padre, con la humillación de perderla, ni la necesidad de seguir viéndola sin poder tocarla.

Pero no puedo.

Ni por bondad, ni por amor, ni por redención. Hacerlo me destruiría más que cualquier corona y apenas me quedan opciones. ¡O suelto la daga o la empujo con fuerza!

Me rindo al borde de mi propia condena, aniquilado por dentro.

Mi padre impondrá su voluntad. Tarde o temprano, esa unión se concretará y yo ya no tengo nada mío.

—Sal de mi castillo —digo al fin, enfundando la daga. Mis manos ya no la sienten. —Vete ahora que puedes, y no vuelvas.

—No.

¡No! Esa respuesta no la esperaba.

Llora hasta romperse en cada respiración, con la angustia de alguien que lo está perdiendo todo. Como si yo aún le importara.

—He sido malo. —El peor amo de todos. —Trago, ante mi propio reconocimiento—. Solo vete. Eres libre.

Mi desesperación es absoluta. Busco papel y tinta. Algo que me devuelva el control.

Revuelvo el tocador. Abro cajones como un hombre poseído. Redacto el permiso con las manos temblorosas. ¿Me duele? No sé…

Sí.

Estampo el anillo sobre la cera caliente. El escudo real queda marcado en el papel, innegable. Con eso podrá cruzar cualquier frontera y lo que pase con ella ya no será mi problema.

— Por favor , no lo haga —me suplica.

Y de pronto está abrazada a mi cintura, apretada, firme. Tratando de detener esta tormenta con ternura, como solo ella sabe, como siempre lo ha hecho.

—Lilibeth, suéltame.

—No.

Otra vez ese monosílabo maldito. De nuevo ese «no» que me obliga a odiarla, porque me hace querer quedarme.

—Dije que me sueltes. ¡Es una orden!

La aparto de mí con violencia, vuela hacia atrás y aun así…

—¡ Por favor ! —suplica una vez más.

Soy yo el que saca la valija del armario, soy yo el que arranca sus pertenencias de los cajones. Ella solo me observa, llora ante mi desesperación.

—Su Alteza, obedeceré. Haré lo que me pida, no me eche de su lado.

Su voz, cargada de una maldita necesidad, tan palpable como la mía.

—Has pagado tu deuda, cerramos este trato. Ya no me debes nada. —Estoy empujándola. A ella y a sus pertenencias fuera de mi alcance. —Solo lárgate.

Y entonces lo dice. Ese conjuro, ese veneno. Lo grita al borde del colapso.

—¡Lucien, no!

Sus labios una vez más rozan la intimidad de mi nombre, haciéndome vulnerable, llegando a un umbral peligroso. Y no se detiene…

—Eres todo lo que tengo.

—No me interesa.

Por fin reacciono. Sigo caminando, esquivando flechas. Obligándome a sobrevivir a ella.

—Lucien, yo… ¡ Te amo !

Me detengo. Solo por un segundo, no lo suficiente como para mirarla, pero sí como para quebrarme por dentro sin que ella lo note.

Los guardias en el pasillo no se mueven. No miran, no hablan. Fingir que no escucharon su confesión es el mayor acto de lealtad posible.

Pero lo sé. Ese «te amo» ha vibrado en las paredes, ha cruzado los muros… ha sacudido el reino entero.

Vuelvo a ella. Sus ojos no mienten, no lo hacen nunca. ¡Me ama! A pesar de todos mis demonios, de cada sombra que arrastro. Me ama por voluntad propia, no por miedo, no por orden, no por deuda. Sus dedos suben hasta mi rostro, acarician mi mejilla con una dulzura que no merezco. Y me rindo.

Por unos segundos… solo unos segundos. Caigo en el embrujo de su tacto.

Dejo que su aroma me llene los pulmones y que sus labios se fundan con los míos.

La abrazo, sostengo su cintura. Ella, de puntillas para alcanzarme, como siempre hace.

Y juro por mi madre que ese instante es lo mejor que ha tocado mi existencia, pero vuelvo en mí.

Justo a tiempo.

¿Cree que puede seguir así? Sosteniéndose con pedazos de fe, con ese amor estúpido que todavía me ofrece como si fuera redención. La realidad irrumpe como un trueno.

Suelto la valija, la dejo caer con violencia y azoto la puerta.

Ella se sobresalta. Sus ojos se abren, su cuerpo tiembla. Vuelve a asustarse y, en parte, lo agradezco. Porque por un momento temí que mi maldad ya no le provocara nada.

Y si eso pasara, la habría perdido del todo. Su miedo es tan mío que me regocijo en él.

—Desnúdate —ordeno.

No me tiembla la voz. Ella obedece porque aprendió a entregarse a mi voluntad antes que a la suya. Como si con eso quisiera convencerme; ya es tarde.

—Detente.

No chista. Una orden más que acata. Sonrío. Si tan solo pudiera quedarme con ella. Pero no, no después de amarme tanto.

La luz tenue de la habitación besa su inmaculada piel, desnuda hasta la cintura.

Profanada solo por mí. Fue mía, solo mía.

Cada línea, cada curva, cada maldito lunar.

Me la grabo en lo más profundo de mi ser.

Pero no como el hombre que la adora en secreto, sino como el que la necesitará cuando todo esto por fin arda en mi infierno.

—Cúbrete.

—Lucien, yo…

—Cállate, no quiero oírte. Las manos —exijo.

Sigue confundida, pero las extiende frente a mí.

—¿Puedo?

Que me diga que no. ¡Por favor! Que tome sus cosas y desaparezca.

No lo hace, afirma en silencio, concediéndome este maldito permiso sobre lo que queda de ella, aun con la esperanza colgada de sus pedazos.

Colapso ante mi propia desesperación, nacida del miedo. Pretendo con ello arrancar sus sentimientos y los míos propios.

—¿Qué fue lo que te dije?

Sus ojos, tan puros, tan incapaces de odiarme como yo quisiera, me miran confusos, desolados.

—Que no debía enamorarme de ti.

La respuesta me desgarra más de lo que debiera. La arrastro hasta la cama. No puedo permitir que su ternura me doblegue. No quiero dejar que esto siga siendo amor.

Si ella me odia, todo será más fácil.

La tiro sobre la cama. La misma que fue refugio, la que convertimos en un maldito templo. Donde tantas noches encontré la paz que no merecía.

—Mis órdenes se cumplen.

—No es algo que se elija.

—Para ti ya solo quedan dos opciones. —Mi voz es todo lo que no quiero ser.

Mis manos atan sus muñecas al dosel. Esas telas suaves, cómplices, las que nos cubrieron de gloria y fueron cobijo, ahora son cadenas que la aprisionan. Aprieto los nudos hasta que la seda marca su piel. Quiero que me odie.

Lo necesito. Y ella quiso quedarse.

—Mírame.

Levanto su rostro, ahí están esos ojos que me ven como si todavía pudieran salvarnos. Un gris lavado por el llanto, un lila que no es de este mundo.

Su cabello caoba cae rebelde y desordenado, hermoso y terrible. Aun en su miseria, toda ella sigue siendo lo más hermoso que he visto jamás.

—¿De verdad creíste que me enamoraría de ti? —«Mi risa es amarga». Mis palabras salen con fuerza, con una rabia que refleja mi propio odio—. ¡Qué ingenua eres!

Suelto sus mejillas con un desprecio que no siento.

Como si me quemaran. Lo hacen. Me arde la piel.

Mi corazón está en llamas. —¡Y no lo entiendo!

—Porque soy yo el que nos mata. Pero no voy a detenerme, porque una vez que enciendo la llama lo consumo todo.

Un cobarde que solo sabe herir para no ser herido.

—Fuiste una más. Una pueblerina que se atrevió a soñar con la corona.

¿Creíste que alcanzarías mi omnipotencia con tus miserias, con esos sentimientos baratos?

No tienes mucho que ofrecer. Nada que valga.

Y no lo tendrás nunca; por eso te desprecio.

¿Sabes por qué soporté tu presencia? Era un deber impuesto para contenerte.

Porque mi padre, el gran Cassius el Sanguinario, jamás habría permitido que algo tan insignificante contaminara estas paredes, de no ser necesario.

Su rostro se quiebra. Soy el verdugo, todo aquello que anuncié que sería.

—Te encerramos aquí para borrar nuestros errores. El tiempo suficiente para que el pueblo olvidara la masacre. Lo necesario para que los Callahan fueran testigos apagados. Hoy nadie te recuerda, ni a ti ni a tu linaje.

—Por favor… no sigas.

Su voz es un hilo, uno ya delgado, y mi daga lo corta sin pena ni gloria.

—Muestra algo de dignidad, Marlowe. Un poco de amor propio, al menos.

Sí, la estocada final. Su nombre de pila saliendo de mis labios. Sus ojos bien abiertos porque no le cabe más sorpresa. No hay espacio para más dolor en su pecho. Lanzó el sobre con el permiso real. Su libertad está ahí, a su alcance. Esa que desea y tanto aborrezco.

—Si logras soltar los amarres, eres libre. Si no, morirás aquí, atada. Como la tonta e ingenua que fuiste al pensar que esto era amor.

—¡Lucien!

Su grito me destroza y nunca nada lo hace. Mas no vuelvo.

¡Está hecho!

Ella se queda ahí luchando, mirándome partir cual ave que no entiende por qué le han roto las alas.

La dejo con las sogas improvisadas apretándose ante su desesperación, con su llanto, con su derrota. Me marcho sin mirar atrás porque si lo hago, me quedo. Y eso no está permitido.

Al salir, mi máscara se deshace. Cierro la puerta desconsolado. Camino por el pasillo con pasos firmes. Los guardias no se atreven a mirarme, ni yo a detenerme.

No me arrepiento, no puedo. Sabía lo que debía hacer y lo hice. Pero pesa y, quizá, hasta duele.

—¡Licor!—rujo al guardia más próximo—. Todo el maldito licor que encuentres.

No espero respuestas, no tolero demoras. Lo necesito más que nunca. Voy a beber hasta que sus ojos se borren de mi mente. Hasta que el fuego que solo debía consumirla deje de quemarme a mí también. Hasta que mi prometida llegue y el infierno comience de verdad.

Bienvenida, Cressida. Bienvenida a nuestra condena…

Un sutil golpeteo de puerta me tortura. Lo escucho entre sueños, me cuesta abrir los ojos. El sol se cuela por los ventanales haciéndome gruñir. La cabeza me mata, o tal vez —muy a mi pesar— sea el corazón.

—Su Alteza.

Escucho a uno de los guardias hablarme al otro lado. ¿Qué carajos quiere?

—¡Habla ya!—me desespero.

—Sí, perdón. La caravana del rey se vislumbra en el horizonte; su prometida ha llegado.

—Lárgate.

—Sí, Su Alteza.

—¡Carajo!

Llevo bebiendo mucho tiempo. Pateo las botellas vacías a mi paso. Ya no da tiempo a una ducha; además, ni que fuera tan importante. Me casaré, como mi padre pide. Mas no significa que me lo tome en serio, de eso nada. Me arreglaré un poco el cabello y bajaré a su encuentro.