23 Nunca fui el bueno
Y a un así, me sorprende que me creyera.
LUCIEN
Anocheció y no ha venido. La vela encendida junto a la puerta se ha consumido entera. La habitación huele a cera vieja y a espera. Me sirvieron dos copas. Una sigue llena… la suya.
Volteo el reloj de arena otra vez. «Lo ha hecho antes», me digo, como si eso fuera a cambiar las cosas. Siempre llega tarde, le gusta que la esperen. Pero no esta vez. Camino de un extremo a otro, descalzo, sin camisa. Como si el ritual de su presencia me faltara en la piel.
Ahí está mi vista en el horizonte, una vez más.
No vino, no dejó una nota, «no pidió permiso».
Y no es solo desobediencia, es una declaración.
Cierro la puerta con fuerza. No por rabia, sino por no tener que seguir mirándola abierta para nadie.
No quiero seguir esperando. Me cuesta admitir que su ausencia me dolió.
Ella ha faltado y lo sabrá. Todo el castillo lo sabrá. Lo que venga apenas la encuentren no será olvidado; lo convertiré en lección.
He dado vueltas por los pasillos. Furioso, frustrado. Una…, diez —las que fueran— haciéndome creer que al doblar la esquina, ella aparecería de pronto frente a mí. Se fue con Daphne: sin avisar, sin mi consentimiento, «¡sin mí!».
No lo voy a tolerar. ¿Quién demonios se cree mi hermana para llevársela así? ¿Como si no supiera que ella me pertenece?
Necesitaba redimirme por lo que hice esta mañana y, como un completo idiota…, pensé incluso en pedir perdón. ¡Qué débil soy! La sangre me hierve.
Por fin, alguien cruza la escalinata principal. Me apresuro. Es Daphne… ¿sola? Un desquicio de preocupación me cruza el pecho, fugaz como relámpago.
—¿Dónde está Li…? ¿Marlowe?
—Si tanto te preocupa —dice sin mirarme—, sal a buscarla tú mismo.
Trata de esquivarme. ¡Ni hablar! Le tomo el brazo con fuerza.
—Y no vuelvas a mandar a tu servidumbre a arruinarme la noche. —Se zafa, con el veneno justo. Está enojada conmigo; lo noto en sus ojos.
—¡Carajo, Daphs! ¡Apestas!
No es digno de una princesa: hablar así de mis soldados, salir a beber, atreverse a retarme en público.
Respiro. En ese estado no lograré sacarle nada si la trato como debiera.
—¿Dónde está Mar? Es tarde; afuera es peligroso.
—Discutimos.
Por un momento su máscara parece aflojarse. La mía, en cambio, se tensa. ¿Eso fue todo? ¿Una pelea de mujeres?
—¿Se puede saber el motivo? —le hablo con ese tono que solía usar cuando era una niña, el que siempre funciona.
—Claro que se puede —responde afilada—. ¡Mi hermano es un estúpido! ¡Ese fue nuestro gran problema!
—Daphne, te prohíbo que vuelvas a hablarme así.
—No eres mi padre.
—No. Pero seré tu rey y exigiré tu respeto, así sea por la fuerza.
—¡Muy bien, Su Alteza! —dice, haciendo una reverencia teatral.
La burla me enerva. He tenido días caóticos, uno tras otro. Y ella siempre agrega «mierda» a la letrina. Estallo.
—Eres un fastidio, no sabes cómo deseo que dejen de aplazar tu matrimonio con Adolf y deshacerme de una buena vez de ti. —Soy cruel, lo sé; lo merece.
Ella es fuerte. Resistirá. Incito a Mar a la desobediencia y no saldrá ilesa de esto.
—Ahora entiendo por qué mi padre hace lo que hace —agregó. Porque para filos, ninguno como el de mi daga.
—¡Felicidades, hermanito! —Me enfrenta—. Tus deseos se cumplirán pronto. Mi padre es sabio en sus decisiones. Al menos yo me iré, pero tú también vas a casarte y te quedarás aquí. Con tu corona, en este infierno. Para siempre.
La frase me atraviesa. Soy víctima de mis propias decisiones. No necesitaba que me lo recordara con una verdad tan cruda. Nunca mi herencia me había pesado tanto.
—No renunciaré a mi corona y, si para conservarla, debo casarme con la princesa Cressida, lo haré con gusto. Si Endellion es el infierno, yo seré su demonio.
—¡Muy bien, hermanito! —Aplaude sin alegría—. ¿Ves? Aceptarlo no era tan difícil.
Y entonces sonríe. No por la victoria, sino por haber esperado con ansias este momento.
Extiende la mano hacia la entrada. La veo, y tiemblo.
¡Lili…!
—Llegas tarde.
Me acerco a ella, la analizo. Está empapada de pies a cabeza, pero no ha llovido. ¿Dónde estaba? Su aroma a caramelo, intacto. No se paseó por las tabernas, eso es seguro. Sus ojos… ha estado llorando, lo sé, la conozco. Sigue ahí de pie, silenciosa, sin una sola palabra en los labios.
Sin sorpresa, como si ya lo supiera.
Miro a mi hermana una vez más, con rabia. No la misma que sentía hace unos minutos. No, esta es peor.