22 La herida que no sangra
No necesitó mentirme, solo dejar fuera la parte que más dolía.
MARLOWE
Cada noche, durante las últimas semanas, acudo puntual a la cita impuesta por el príncipe.
He tenido que ingeniármelas para echar a la princesa antes de lo acostumbrado.
No estoy lista aún para contarle lo que sucede con su hermano, cuya actitud en público sigue siendo la de alguien que me desprecia.
Si supiera lo que hicimos esta mañana cuando no resistía más y volvió a cruzar a mi balcón. Él ha condenado mi alma de todas las formas posibles.
Apenas terminó de saciarse, se marchó. Y me ha pedido que le lleve el almuerzo a la terraza de la torre norte.
No parecía de muy buen ánimo para sentarse en el comedor real —ni para nada en realidad—.
Él y su padre discutieron y eso siempre lo hace perder la cabeza.
Antes de emprender su viaje, el rey, con esa rabia contenida que apenas disimulaba, le lanzó sus dagas enmascaradas de palabras afiladas.
Esas que siempre duelen. No me lo dijo, pero es evidente que algo no anda bien.
No es raro verlos discutir así, pero sí es la primera vez en mucho tiempo que Lucien luce tan fuera de sí tras su acalorado encuentro.
No debatiré su decisión de aislarse; es lo mejor para todos.
Preparo una bandeja con diversos alimentos que podrían agradarle. La cocinera ha sido amable al hablarme de sus hábitos, los cuales, a mi parecer, son demasiado estrictos. No le vendría mal un poco de zumo en lugar de su amargo té.
Me apresuro para que todo llegue caliente a su destino. Apenas entro en la terraza, lo visualizo: está pensativo, mirando a través del ventanal. Es un día bonito, y él no debería estar de tan mal genio. El rey ya se ha ido.
Comienzo a acomodar todo en la pequeña mesa.
—¿Qué carajos es eso? —Se aprieta el tabique nasal.
—Pan de frutos —explicó.
—Ya. —Debes vivir fascinada; el mundo en tu cabeza es un lugar tan simple.
—Hay muchas otras cosas, solo pensé…
—Tienes el don de hacer complicado lo que para otros es sencillo, cómo pensar —interrumpe—. Lilibeth, tú no piensas; tú obedeces y punto.
Su voz es tan fuerte que las pequeñas aves que suelen colarse a refrescarse entre las flores salen volando.
—Traje demasiada comida para los dos… —Me ha puesto nerviosa; mis palabras tiemblan mucho más que mis manos—. Esperaba que al estar solo me permitiera acompañarlo.
—¿Con qué derecho decides tú con quién debo compartir mi tiempo? —Manotea sobre la vajilla, haciendo volar platos y tazas por los aires—. ¡No vuelvas a atreverte a llenar de esta basura mi mesa!
En segundos, todo comienza a estrellarse contra el suelo. Es evidente: su actitud me asusta.
—Tan solo eres una más de mis amantes. ¿Acaso has visto a alguna compartir la mesa conmigo? Estoy harto de que quieras tomar un lugar que no te corresponde, y jamás lo hará.
—Lo siento.
Mis ojos se nublan. Comenzaba a sentir que teníamos algo especial. Me niego a aceptar que la forma en que me trata —tan diferente al resto— no signifique nada. Me agacho a recoger los trozos de cristal esparcidos por el suelo, en un intento por contener el llanto.
—Levántate y mírame cuando te hablo —exige.
Es tan brusco al tomarme por el brazo que me hace daño. Ha arrebatado un fragmento de vaso astillado de mi mano. La sangre comienza a fluir. Gotas caen y se acumulan en el suelo, paralizándolo. Tomo una servilleta de la mesa y presiono con fuerza, intentando detener el sangrado.
—Lili, yo, yo… —reacciona—. Fue un accidente.
—Lo sé, Alteza. Descuide, enseguida enviaré a limpiar todo esto. —Cierro los ojos por un segundo; la sangre siempre ha sido mi debilidad. Respiro. —Discúlpeme por arruinar su almuerzo.
Hago una reverencia y echo a correr, cargando una culpa que no me pertenece.
Él se queda ahí, mirando a la nada. Y yo no voy a voltear a comprobar si ha dejado de ser el príncipe desalmado.
Entender a Lucien a veces es difícil. Se comporta como si dos personas habitaran el mismo cuerpo, y nunca sabré con certeza cuál es el que domina el momento.
Solo pretendía regalarle un instante agradable, y lo hemos arruinado…
Estoy molesta y dolida a partes iguales.
Él no sabe amar sin dominar, con un filo en la lengua que no perdona.
Esa necesidad suya de imponerse incluso cuando nadie lo está desafiando, transformando cualquier conversación en un campo de batalla.
Pero esta vez cruzó la línea, y no hablo solo de la forma en que su coraje lo hizo herirme, sino de sus crueles palabras.
Juro por mis hermanas que cuando lo tengo en mis brazos siento mucho más de él de lo que quiere mostrar.
Miente al decir que no soy nada. Quiero… —no— necesito ser su todo.
Hacía mucho que no iba contra su voluntad. Hoy me atrevo a desobedecerlo: no quiero verlo. ¿Deseaba su propio espacio?
Ahí lo tiene.
Acepto la invitación de la princesa, aun sabiendo que no presentarme a nuestro encuentro lo pondrá peor. Que se desquite con quien quiera, porque esta tarde estoy muy lejos de su alcance.
Daphne, a pesar de estar rodeada de riquezas, es muy sencilla. Suele preferir una manta bajo algún árbol antes que los comedores reales.
El calor es abrumador, señal de que le seguirá un frío intenso. Se ha recostado en mis piernas, satisfecha. Y esta vez soy yo la que acaricia su cabello, enredando sus rizos en mis dedos.
—¿Extrañas a Verena?
Hace un par de meses partió hacia su castillo en Chrysanth.
Como cada vez que termina el invierno, el rey Rhodes en persona viene por ella para escoltarla de vuelta.
Me ha parecido un hombre en demasía amable, incluso gentil.
Pese a que su cabello se ha llenado de canas, sé que no es mucho mayor que ella.
Y luce como alguien jovial, lleno de vida y con un sentido del humor excepcional.
Ahora entiendo por qué ella se arregló con tanto esmero para su encuentro.
—Imposible no hacerlo; es la persona más cuerda en esta familia. Odio cuando se va, y cuento con ansias la llegada del invierno para tenerla de vuelta. Es mi mejor amiga, mi confidente —suspira resignada—. El próximo año será muy diferente.
—Ashford queda muy cerca de Endellion. —Quizá el rey Adolf sea condescendiente y te permita venir aquí. —Además serás una reina para entonces.
—Adolf es muy diferente a Rhodes. —aprieta los labios—.
Mi padre casó a mi hermana como un castigo a sus faltas, sin saber que su bondad sería recompensada.
Ese hombre es lo mejor que le pudo pasar.
Y se aman de verdad, como una pareja normal.
Tal cual lo harían dos personas con la libertad de elegir.
Son almas que se encontraron la una a la otra.
Se levanta para quedar sentada frente mío.
—En cambio, el rey de Ashford es un asqueroso declarado. Nada con él podría salir bien. Soy un objeto de comercio y nada más. Él nunca me verá como a su reina. Y quizá sea lo único que podré agradecer. Si él se enfoca en sus concubinas, yo no tendré que aguantarlo cada noche.
Pienso en Lucien, en nuestras noches. A mí no me parece que él sea un monstruo. No uno al que haya que temerle siempre.
Contemplo mi improvisado vendaje.
—¿Obra de mi hermano?
—Fue un accidente. —Recuperó mi mano.
—¿Es lo que te hizo creer?
—De verdad lo fue. —Soy tan culpable como él.
—Mar…
Mi nombre en sus labios suena a frustración, a decepción contenida.
—Deja ya de justificarle todo.
—No lo estoy justificando, de verdad él no quería.
—¿No quería?
—No lo entenderías.
—Tienes razón, no lo haría. Jamás vuelvas a permitirlo o juro que no volverás a verme.
No se aleja, pero la incomodidad entre nosotras se hace presente.
—Eres lo único por lo que valdría la pena volver a Endellion. Pero no, si sigues siendo la mujer en la que él te está convirtiendo.
—Tú no puedes hacerme eso, eres mi única amiga.
—Sí puedo. Lo he visto mentir, manipular, desgarrar.
Suena a dolor, pero también a sinceridad, a cansancio. A esas verdades que una amiga no puede ocultar. Una resignación aquietada, la pérdida de fe en alguien que sabes no va a cambiar.
—Aléjate de él.
—Le pertenezco.
—En cuerpo, al menos. No soy ilusa y sé que tú tampoco.
—¡Vamos, Mar!, ¿de verdad pensaste que él iba a elegirte de manera libre?
—No necesita hacerlo. —Me tiembla la voz—. Entre nosotros no está pasando nada.
—Deja de mentir. ¿Crees que no me he dado cuenta?
—Yo… yo.
—Como si nadie más lo hubiera hecho ya —expresa resignada.
Tiemblo. Es tan vergonzoso que no me atrevo a mirarla. ¿Con qué cara?
—¿Desde hace cuánto lo sabes?
—Desde que él comenzó a mirarte como si de verdad ya fueras suya. Hay silencios que gritan verdades. Él te besa como si no pudiera respirar sin ti. Se mete en tu habitación en plena noche para discutir… política.
—Lo siento.
—Yo lo siento aún más por ti. Lucien no va a elegir a alguien sin corona. En su mundo, el amor no pesa tanto como el linaje. Y aunque duela, él sabe que las decisiones de un futuro rey no se escriben con el corazón, sino con sangre y poder.
Aprieta mi mano cual si se disculpara. Ella no es cruel, es directa. Quiere salvarme, pero ya es tarde.
—Lo amo.
Su mirada horrorizada me atraviesa. Debo convencerla a ella, a él. Al maldito reino entero si es necesario.
—Hay cosas que no se pueden evitar —murmuro—. Siguen su curso. No se revierten.
—Él va a casarse.
Suelta, sin anestesia. No suena a mentira, sabe a verdad. Esa que lleva demasiado tiempo encerrada. Un secreto bien guardado que disfruta la libertad, sin maquillaje, doloroso.
—Perdón.
Lo dice como quien se flagela a sí misma ante la herida causada. Por la revelación del final de la obra, antes siquiera de abrir el telón. Pero con la certeza cruel de haber querido arruinar la escena.
La miro al borde de un precipicio. —¡Miente! —Sé que no…, pero me aferro. Porque estoy rota. Y ya lo he perdido todo, menos a él.
El miedo me oprime el pecho. Me arrastro a los recuerdos que tengo con él. A las palabras de amor. A sus mentiras.
—El viaje diplomático de mi padre termina trayendo a la prometida de Lucien. Llegarán en un par de días. Su atracción mal contenida exige esta unión anticipada. Mi hermano no irá en contra de las decisiones del rey. No puede.
«¡No quiere!», grita mi alma.
—Dime que lo entiendes.
—¡Muy bien, princesa, lo entiendo! —lo intento.
—¡Mar!
Ya lo sé, usar su título real es levantar un muro. No estoy enojada, no con ella. Pero necesito recordar cuál es mi lugar.
—Debo retirarme. —Me alejo, dolida, con los pedazos de mi corazón en las manos.
Y si Lucien no va a elegirme…, ¡entonces que no me mire como si ya lo hubiera hecho!