Corona de humo 21 Ya lo sabía
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21 Ya lo sabía

Lo suy o no era culpa, era amor. Y lo odié por sentirlo antes que yo.

LUCIEN

Lucien… Mi nombre en sus labios, como si solo ella pudiera pronunciarlo de esa manera. Como si lo dijera acariciándome el alma. Y temblé. Un vacío en mi estómago se apoderó de mí.

Yo mismo —en uno de mis tantos arrebatos— le concedí que me llamara así en la intimidad. Pero no pensé que lo haría. No imaginé que ese sonido me desnudaría más allá del cuerpo.

Y después… me besó.

—¿Qué carajos hago aquí todavía?

No supe qué decir. Ni cómo ella, con su descaro tierno, sin pedir permiso, ordenó que me quedara. Y yo… el príncipe heredero, el futuro rey, obedeciendo a una mujer sin corona.

—Solo un ratito —dijo—, y lo peor es que yo la abracé. Se acurrucó contra mi pecho. Y su aliento, dulce, cálido —nauseabundo como el caramelo que odio—, se convirtió en mi único escudo contra el frío de esta habitación.

—Descansa, Lili —murmuré sin querer, con los labios perdidos en su cabello.

Y lo hizo. Lo hizo como si confiar en mí no fuera una locura. Como si al acurrucarse contra el diablo, yo no fuera a consumirla.

Despierto sobresaltado. No es mi cama, no soy yo. Busco mi espada… instinto maldito. Tardo un segundo en recordar. Y ahí está ella. Dándome la espalda: desnuda, dormida. Convirtiéndome en guerra.

Mi mirada recorre su piel. Los surcos que dejé; mis dedos acarician una de las líneas rojizas en su trasero. Fui cuidadoso. Lo sé. Pero aun así marqué su cuerpo, en un cruel acto de posesión.

Ahora me arde la culpa, como si yo fuera el esclavo. ¿Por qué me duele tocarla si es mía? ¿Por qué la retengo si siempre quise que huyera?

Me inclino sobre ella. Mi pecho se aprieta; su respiración es calma. Y yo soy la tormenta que no sabe si besarla o desaparecerla. La volteo con torpeza, con esa brutalidad que aún me define.

—Alteza.

—Buenos días, Lili.

Le tapo la boca. No tengo ánimo de escucharla.

Me exaspera su absurda forma de hacerme ceder.

¡Yo no duermo con mis amantes!

Los rayos del sol me recuerdan el error que he cometido. Inadmisible. Necesito liberarme de mis demonios, pero ella frota su nariz con la mía y lo estoy disfrutando.

Es mía; solo mía. Y yo… yo jamás seré suyo. Ni en sombra, ni en luz. Ni en suspiros que no pronuncio. —Eso digo—. Lo intento, pero me arde el pecho como si ya lo fuera.

La miro furioso, por dentro desarmado. Aun así lo hago, por recordarme a mí mismo que soy el poder.

Para convencerme de que todavía puedo tenerla sin amarla.

Y sé que estoy mintiéndome, porque desde que dijo mi nombre, Lucien ya no fue el príncipe.

Fue solo un hombre perdido entre los brazos de quien nunca debió quedarse. Enfurezco.

—Limpia todo este desorden —ordeno mientras me levanto.

—Sí, Alteza —responde, con esa carita que debería odiar.

¡Con un carajo!

Quería reprenderla, necesitaba marcar distancia; pero me lanza la sonrisa adorable de siempre.

Y sus ojos… esos malditos ojos aún brillan con una inocencia que yo mismo estoy destrozando.

La atraigo, la abrazo. Como quien roza la culpa sin atreverse a nombrarla.

Acaricio su cabello con una ternura que no me pertenece.

Estoy jodido. Debería entregarle mis sentimientos tal como ella me los ha dado: sin defensas, sin medida. Pero no lo hago, ni lo haré.

—¿Por qué no puede ser tan simple? —susurro con los labios en su sien.

Ah, sí; porque soy el futuro rey. Y porque ya estoy comprometido con otra mujer.

Mi respiración se agita. Entonces el filo de mis actos deliberados resurge. Hace meses que lo sé y aun así, la mantuve cerca, la arrastré al infierno para verla arder.

Porque, para destruir algo tan puro, primero hay que hacerlo sentir amado. Pero sobre todo… Porque nadie escapa de mí ileso.

—Te espero en mi habitación al caer la noche.

Vuelvo a tratarla con desprecio. Apartándola con frialdad. Como si cada segundo en sus brazos me cobrara un precio que no quiero pagar. Dejando ver un resquicio de realidad, de esa que advertí. Con la que apagaré las llamas cuando todo se haya consumido.

Ella no dice nada, solo asiente. Cierro la puerta con discreción. Aún me arde el cuerpo.

Y ahí está él, esperando… Caiseth.

—Soldado.

—Su Alteza —Me entrega unos pergaminos—. Debe revisarlos. El rey requiere su valoración. Aprobó parte de sus sugerencias. No todas, claro… ya sabe. A Su Majestad hay cosas que no se le cuestionan. No se presentó al almuerzo y…

—¿Qué hora es?

—Tarde, Alteza.

Me acerco al ventanal más próximo. El sol brilla en lo alto. Me froto el cabello, sintiendo un sudor seco en la nuca.

—¡Carajo! —Golpeo la pared. No por rabia. Es la incomodidad de saberme observado, por haberme olvidado del mundo.

—Te veo en el campo de tiro. Me daré una ducha rápida e iré con el rey. Puedes retirarte.

Tomo los pergaminos. No lo miro, pero lo siento. Demasiado estático, demasiado cerca.

—Sí, Alteza —responde.

Cuando pasa junto a la puerta de Lilibeth, disminuye el paso, lo noto. Antes de que me consuma el impulso, hablo:

—Ella está bien, soldado —digo con una firmeza que me gustaría sentir.

Él no agrega nada, solo asiente. Un gesto breve, duro. Traga y sigue caminando sin mirar atrás, como si supiera que mirar dolería más.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Escuchó mi risa, la suya?

¿Y si no solo lo escuchó él? ¿Y si mi padre también lo sabe?

El nudo se aprieta en mi estómago. No por el riesgo.

Por la traición. Caiseth jamás me gritó lo que sentía.

Y yo nunca quise preguntarlo. Ahora me mira con esa lealtad agrietada, esa que huele a decepción.

Maldita seas, Lilibeth. Ahora mi único amigo debe pensar que lo traicioné. Y lo peor es que tiene razón.

Trato de concentrarme, no cabe en mí el arrepentimiento. Lo siento, pero no lo admito. No puedo.

—Buen disparo, Alteza.

Su voz es tan firme como siempre. Pero ya no es la misma.

—Solo he tenido buenos maestros. Su padre, por ejemplo.

Disparo de nuevo y acierto. Pero no se siente como una victoria. Le sigue el silencio.

Solo el sonido de la cuerda tensa, de las flechas clavándose en madera. De lo que ambos esquivamos.

—¿Hace cuánto lo sabes? —tuteó, como quien busca invocar un lazo piadoso en la amistad.

Pausa. No se gira.

—No soy ciego.

—Entonces habla.

—¿Para qué? Ya lo hiciste tú.

Suelto el arco. Lo dejo caer.

—No era el plan.

Se ríe, una sola carcajada seca.

—¿Y cuál era el plan, Lucien? ¿Esperar a que Nero muriera para no sentir culpa?

Lo miro. Por fin; necesito indulgencia. Y Caiseth, mi amigo, también se da vuelta.

Frente a frente, como el príncipe y la sombra que siempre me protege.

—Nunca quise hacerle daño.

—Pero se lo hiciste. Nos lo hiciste.

—Tengo el fin de hacer arder: hombres en la hoguera, mujeres en la cama.

Silencio otra vez, porque podré ser un cabrón con las mujeres, pero no con mi amigo. Y lo que le acabo de confirmar es la peor traición de todas. Porque si él también la desea soy yo el que lo ha acabado.

—Siempre supe que la querías. Desde aquella noche en la que declaraste tu poder sobre ella. Y aun así te seguí, porque eras mi amigo, mi futuro rey. Y porque pensé que había líneas que ni tú cruzarías.

Aprieto los puños. La voz contenida me tiembla.

—No crucé una línea. Me crucé a mí mismo.

—Y eso, Lucien… eso duele más.

Se aleja. No hay gritos, no hay golpes. Solo una herida abierta que ninguno se atreverá a curar.