20 Grita, pero no me sueltes
Castigarme era su forma de no amarme.
MARLOWE
Las mariposas siguen revoloteando dentro.
Un vacío dulce y eléctrico me aprieta el pecho cada vez que lo recuerdo.
Me cuesta creer que pasó. Si no fuera por el olor a sus aceites de ducha, que aún guarda mi cabello y porque sigo envuelta en su bata, tan suya —tan mía ahora—. Pensaría que todo lo he soñado.
Desearía tener a mis hermanas cerca. Esta es una de esas cosas que deberían compartirse con alguien que entienda, que celebre conmigo. Pero no. Me toca abrazarme sola.
Y aún así, hay un calor en mí que no se apaga.
Es difícil de entender: cómo alguien que a veces arde de ira, que se desborda en tormentas, pudo hacerme sentir así.
Y no por el acto mismo, sino por lo que vino después.
Lo he contemplado antes, tomar a sus amantes como si fuera un deber.
Frío, preciso, desalmado, sin entrega. Lo he visto ser ese hombre que complace sin quedarse. Pero esta noche fue distinto.
Esta noche lo vi sereno, lo sentí humano. Me dejó quedarme en su regazo. Me sostuvo con firmeza, me envolvió como quien no quiere soltar. Sus manos dibujaban círculos en mi espalda y en su rostro había paz. Una paz que nunca le había visto, me hizo temblar por dentro.
Suspiro y este cúmulo de emociones me consume. Quiero volver, quiero sentirlo otra vez. Pero sé que debo ser cauta. Porque en este juego… sólo yo tengo algo que perder.
Aún muriendo de ganas por verlo de nuevo. Tal cual se lo anuncié; falto a mi cita. No sólo por él. Mi madre me enseñó sobre la importancia de cumplir las promesas y yo me hice una. Debo tener palabra conmigo misma.
Verena parte mañana a Chrysanth; como cada vez que termina el invierno.
Quiero pasar tiempo con ella antes de la despedida.
Siempre hemos sabido que el Rey Cassius desaprueba que sus hijas se relacionen conmigo.
Razón por la cual me dedican muchas horas de su tiempo.
Agradezco su rebeldía. Mi vida en palacio sería solitaria de no ser por ese par.
La miro celebrar su obra frente al espejo. Si bien su matrimonio comenzó como un castigo, que se arregle tanto para la llegada de su esposo, me hace creer que ha generado cierto afecto.
El duelo por mi familia se sintió tan largo, que las temporadas anteriores me rehusé a convivir con el Rey Rhodes Eldenhart.
Y él —contrario a otros gobernantes— jamás hizo el intento por forzarme.
De hecho, sus buenos deseos me resultaron incluso lindos.
Por lo que este año, siento una gran necesidad de enmendar mi ausencia.
Las princesas dejan mi habitación mucho más tarde de lo habitual.
Verena se veía preciosa en ese vestido con corsé color granate y accesorios dorados.
Su piel canela y melena castaña rizada generan un contraste muy armonioso.
La hacen lucir salvaje. Provocadora; demasiado para una noble.
Daphs celebró con ella ante el resultado.
Adoro a este par de rebeldes. Las dejé partir no sin antes darnos un gran abrazo.
Regreso al tocador y comienzo a acomodarlo todo. Estoy sobrepensando las cosas; nos quedan algunos días. ¿Y si logro hacer que Daphne cambie de opinión y huimos juntas a Chrysanth? ¿Y si acepta renunciar aunque eso declare la guerra entre las naciones? ¿Tendré yo el valor de abandonar al príncipe?
Suelto el cepillo sobresaltada.
—Alteza. ¿Qué hace aquí? —Su reflejo en el espejo me ha tomado por sorpresa. Lo miro a través de las cortinas, recargado en la baranda de mi balcón.
—El sol se ocultó hace bastante tiempo y no estás en mi habitación.
—Era su día de descanso.
—Yo decido cuándo descansar de ti. Considero que mi orden fue clara.
Parece molesto. No debiera estarlo, no cuando le avisé que no me reuniría con él.
—¿Por qué entró por el balcón? Es irrespetuoso.
Sonríe descarado. Está tragándose su coraje, lo sé. Sus constantes arranques de ira ya lo habrían puesto a gritar.
—Con mis hermanas aquí, mi padre tiene infestados de guardias los pasillos.
—Todos quieren saber de qué hablan.
—¿Usted quería saberlo?
—No tengo intereses por sus tonterías de mujer.
—Entonces retírese, estoy cansada.
Vuelve a sonreír, solo que esta vez su mirada luce mucho más oscura.
—Lilibeth, quítate la ropa.
—No.
—¡Ahora! —Su tono se vuelve firme.
Cruza el umbral, dejándose por completo a la vista. Noto la fusta con la que juguetea. Sé lo que hará si no obedezco; lo he visto usarla con sus amantes.
Comienzo a deslizar mi camisón muy despacio, como quien quiere evitarlo.
Lo siento resbalar por mis hombros y caer a mis pies.
Es vergonzoso, confuso. Me incomoda y, a la vez, es difícil comprender la electricidad que me recorre las piernas.
Ese deseo que me produce saber que he quedado completamente desnuda frente a él.
Me contempla.
—No —pide, ante mi intento de cubrirme los pechos con las manos.
—Date la vuelta.
Acato la nueva orden. Ahora puedo vernos a los dos a través del espejo. Camina con cautela hacia mí. Siento su presencia cada vez más cercana. Lleva la camisa abierta. Su calor me inunda.
—Mírate.
—Lo hago, Alteza.
—¿A qué hora tenías que estar en mi habitación?
Sus manos presionan mi espalda para inclinarme sobre el tocador.
—Antes de que el sol cayera.
Siento la fusta azotar mi trasero. Castigándome con fuerza. Me contraigo.
—Yo no veo rastros del sol en el horizonte —Vuelve a azotarme.
—Perdón, Alteza —Trato de protegerme con las manos.
Las inmoviliza sobre mi espalda.
—Esta es la última vez que te atreves a desobedecer, Lilibeth —Un azote más.
—Sí, lo prometo.
Dos más casi seguidos y se vuelven cinco.
Me hacen lloriquear, encorvarme. Este movimiento provoca que me acerque a él.
Ahora lo siento: se ha bajado el pantalón.
El dolor desaparece ante la sorpresa. Lanza la fusta al suelo y aprieta mis mejillas con su mano, repleta de anillos.
Veo su rostro junto al mío en el reflejo.
—No me gusta ver caer tus lágrimas, Lili. Solo cumple mis órdenes. ¿Entendido?
Con su mano ahora libre, sube mi pierna derecha para apoyarla sobre el tocador.
—Sí, Alteza.
—¿Quieres?
Es tarde para esa pregunta. Afirmo en silencio, con una necesidad de él que no conocía.
Entra en mí. La delicadeza de nuestro primer encuentro ha desaparecido.
Está aquí para satisfacerse y, sin embargo, también me complace.
Necesito bajar el rostro, avergonzada, y me lo impide.
Quiere que lo vea haciéndome suya… Y es tan excitante que comienzo a gemir.
—Cállate, Libeth.
Mete un par de dedos en mi boca.
—No está ayudando, Alteza.
Gimo, cada vez más sofocada. Él incrementa la fuerza y no sé si es para castigarme o porque, de forma natural, tampoco puede contenerse.
—¡Carajo, guarda silencio!
—Es mi habitación, Alteza. Puedo gritar tan fuerte como desee.
—Si eso es lo que quieres.
Me da una nalgada que me hace alzar la voz en serio, y no de dolor. Se une a mis gemidos. El Rey debe estar temblando allá afuera. Hemos dejado de ser dos personas para convertirnos en fieras salvajes.
El príncipe suelta mi rostro para aferrarse con furia a mis caderas; es tan intenso. Ahora entiendo a lo que se refería con dejar de sentirte en la tierra.
Caigo al vacío y él lo hace poco después. Siento su respiración agitada en mi cuello. Necesitaré mucho más de una noche para recuperarme de esto.
—Te odio, Lilibeth.
—El sentimiento es mutuo, Alteza. Y me llamo Marlowe.
Me giro para quedar frente a él. Aún estoy temblando.
—Lléveme a la cama —Me cuelgo de su cuello rodeando su cintura con mis piernas.
Da un respingo sorprendido y yo no puedo ocultar mi sonrisa.
—Bájate, ahora. No soy tu maldito esclavo.
Trata de alejarme, pero me aferro a él con más fuerza.
—No.
—Lilibeth. ¡Es una orden!
—No. Lléveme a la cama si quiere deshacerse de mí.
Resopla frustrado, mas no objeta. Camina hasta llegar al filo de la cama. No le será fácil. Trata de soltarse, lo jalo conmigo.
—Lilibeth, no voy a tolerarlo más. Aleja tu sucio cuerpo de mí.
—No se veía precisamente incómodo con nuestra cercanía hace un momento. Y déjeme decirle que, si estoy sucia, es obra suya.
Intenta hacer que lo suelte sin mucho éxito. Mis piernas se aferran a su cintura con más fuerza.
—¿Sabe?, debe aprender a relajarse.
Acaricio su cabello. Sus manos han comenzado a estrujar las cobijas. Está luchando, lo sé.
—Siempre actúa como si algo lo persiguiera. Está seguro aquí conmigo, supongo. Ande, recuéstese. Le garantizo que mis almohadas son tan confortables como las suyas.
—¿Ah, sí? Mañana mismo pediré que se las cambien. Nadie puede gozar de los mismos privilegios.
Pongo los ojos en blanco ante su comentario, mas sonrío casi al instante. Está gateando sobre la cama, conmigo aún colgada de su cuerpo. Hace el suficiente espacio y por fin lo suelto. Él cede a su mal genio y se recuesta.
—¿Lo ve? No es tan difícil.
—Lilibeth, ya cállate —expresa con fastidio.
—Muy bien, Lucien… —Rozo con suavidad sus labios con los míos— Descansa.