19 Despacio
Y me tem bló hasta el alma.
LUCIEN
Lili, no! Su voz se ha quebrado. La conozco y sé lo que sigue. Sus lágrimas están a punto de brotar. No es un sueño lo que comparte conmigo. Es un recuerdo. Uno que mi familia convirtió en tragedia. Una pesadilla. Su propio infierno.
Aprieto su mano. Sigo contemplándola con una devoción que ya no sé disimular.
A ella y su frágil figura en ese camisón que apenas la cubre.
¿Cómo puede ser que yo, el demonio, haya contenido este deseo durante tanto tiempo?
Ella dejó de ser la jovencita que traje a palacio, se convirtió en mujer frente a mis ojos.
Cuatro malditos años reprimiéndomelo todo.
Haciéndola mía solo en pensamiento. Disfrutando de su dulce compañía, esa que siempre me salva con una sonrisa.
Ella sigue aquí, a mi lado. Y no parece tener ganas de dejarme.
Lleva una coleta alta, desordenada por el vapor que aún flota desde la tina.
Gotitas recorriéndole la frente y cabellos necios que se escapan de su agarre le enmarcan el rostro —la miro en cámara lenta—.
Limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, la desliza hasta su cuello.
¡Está acalorada! ¿Sentirá lo mismo que yo?
Ese calor que se extiende por mi piel como brasa ardiente.
¡Carajo! Está perfecta.
Sus labios rozados, sus mejillas encendidas y sus ojos… esos malditos ojos, lila y furia, dulzura y abismo. No puedo resistir ni un minuto más, la atraigo hacia mí.
La beso…
Mi mano rodea su cuello, firme, posesiva. No se aparta, sus manos tiemblan en mis antebrazos. Su lengua se entrega a la mía con una dulzura que me desarma. Sabe a azúcar y me vuelve adicto.
Ella me corresponde. Me besa, no con experiencia, con hambre. Con todo lo que ha callado. Y yo… yo me dejo consumir. Solo con ella lo hago. Porque con ella quiero arder de esta manera.
Se queda quieta. Los labios entreabiertos, los ojos sorprendidos. Su pecho sube y baja con fuerza. El corazón se le desboca; puedo sentirlo en su yugular.
—Alteza, por favor, perdóneme —se apresura a decir, con miedo en la voz.
¿Se está disculpando? Limpio lo que quedó de sus lágrimas con los pulgares. Sus manos se aferran a las mías como si fueran su única salvación.
—La noche que huiste. ¿Qué pretendías, Lilibeth?
—Yo…
Tiembla; y me excita, me enternece, me jode.
—Necesitaba de Nero. Discúlpame por lo que estaba haciendo.
—¿Qué estabas haciendo?
Yo lo sé. Resulta evidente. Es tan inocente. Tan sincera y espontánea en sus actos, que se vuelve un libro abierto. Pero quiero que me lo diga, que lo grite. Necesito oírlo de sus labios.
—Deseando a otro hombre.
—¿A quién?
La empujo con la voz. No con violencia, con urgencia. Con esa necesidad de saberme suyo en pensamiento.
Silencio. Está abrumada.
—¿A quién, Lilibeth? —repito más bajo, más firme, con mi frente pegada a la suya.
—A usted, Alteza.
Lo confiesa y yo me convierto en bestia. Un animal hambriento, tentado por sus palabras.
La beso de nuevo y esta vez la arrastro conmigo hasta la tina.
Cae sobre mí, a horcajadas. La deseo tanto que me arde.
La acomodo, con una delicadeza que no tengo con nadie.
Que no tendré jamás. Porque ella es la única que merece ser colocada así: en el centro de mi locura.
Para pretender que es mi todo. Para creer yo mismo que puedo ser bueno con alguien.
Mis amantes jamás me han tocado a su antojo. Nunca las dejé. Pero a ella le permito todo: explorar, reconocer cada centímetro de mi ser, que ahora le pertenece.
Sus dedos en mi cabello, mis manos en su cintura. La aprieto con deseo inverosímil. Nos fundimos. Se mueve, se frota contra mí. Sus dedos bajan, exploran mi pecho.
Un gemido se le escapa y yo me muero por dentro.
—Lilibeth… si no quieres esto, detente.
¿Le estoy dando elección? ¿Desde cuándo?
No responde, pero me abraza. Se queda, es su forma de decir «sí».
—Lili… —murmuro, mientras le acaricio la espalda.
Ella aparta el camisón con un gesto tan simple y al mismo tiempo tan definitivo, que el aire entre nosotros se corta.
Se acomoda sobre mí, tan cerca, tan cálida, volviéndome parte de este momento que no quisiera que acabase nunca.
La siento temblar, el latido desbocado de su pecho contra el mío.
No hay prisa, no hay urgencia. Ese instante suspendido en el tiempo, donde todo lo que fuimos hasta ahora deja de importar.
Somos solo mis manos y su cuerpo frágil.
Tan malditamente hecho para caber en mis brazos.
Se detiene al inicio. Sus caderas vacilan; no por miedo, sino porque está sintiendo de verdad.
Porque cada milímetro de ese primer roce es un descubrimiento.
Yo también lo siento. Es el vértigo de lo que está a punto de volverse irreversible.
Sus manos me buscan, se aferran a mí como quien se lanza al abismo confiando en que será sostenida.
Y cuando finalmente cede, cuando nos une en ese instante que ya no tiene vuelta atrás, es cuando lo entiendo todo.
Este es su primer umbral, el límite que nunca antes le había permitido a nadie cruzar.
Y yo soy el primero que lo hace. El primero que la siente así: deseando, entregada.
Temblando entre la necesidad y la ternura.
La miro a los ojos, en ellos caben todas las palabras que no nos atrevemos a decir. Este incendio lento, reverente, que nos consume a los dos. Mientras por fin nos encontramos de verdad.
—Sé que duele… tranquila. Va a pasar —La atraigo hacia mí.
Su rostro se esconde en mi cuello.
«Avergonzada». «Adorable».
Su cuerpo tiembla, suave. La guio. La hago mía por completo, pero de a poco. Su primer dolor, mi primera redención. Gime. Se aferra a mí y no puedo más que sostenerla con fuerza.
—Despacio —le muestro cómo.
Asiente. Me obedece. Por primera vez, sin preguntas. Vamos a su ritmo, no al mío.
—¿Mejor?
Asiente de nuevo. Sus ojos están cerrados.
—Mírame.
Lo hace. Y entonces lo sé: «Estoy perdido».
¿Quién es la presa y quién el cazador? Me estremezco ante la posibilidad; ante la idea de saberla mi debilidad. Porque un Fitzgerald no debe tenerlas.
—Ahora le pertenezco por completo, Alteza.
—Llámame, Lucien —se lo concedo. Ella es mía, toda mía.
Bajo su camisón, mi boca busca sus pechos.
Sabe a locura… a mi locura. Sonrió al ver su lunar, ese que tiene cerquita en uno de sus senos.
El mismo que vislumbré en aquella feria, donde su escote era demasiado para ser mirada por cualquiera.
Lo muerdo, es solo mío. Su cuerpo se estremece, se contrae.
La acompaño. Más fuerte. Más profundo. Más real.
—Vamos, Lili… —le susurro.
Ella gime. Se rompe. Y yo con ella…
Se deja caer sobre mi pecho. La abrazo. No a cualquiera; a ella, sin restricciones. La he escuchado, la he sentido. La he hecho mía. Ser artífice de su placer me hace sentir poderoso. Soy su dueño; en toda regla. Y no hay marcha atrás. No después de esto. No para ninguno de los dos.
—¿Lili… sigues viva?
Me golpea el pecho. Rio. «¡Maldita sea!». ¿Cómo puede hacerme reír en este estado? El agua se ha enfriado. El cuerpo aún me tiembla. La tomo en brazos. Sus piernas se aferran a mí. No la llevaré a mi cama, de eso nada.
—A tu habitación, Lili.
Le doy una nalgada suave, contenida, incluso dulce. Y la dejo sobre sus pies.
—Bueno.
Hace pucheros. Esos gestos adorables que odio y amo tanto.
—«Sí, Alteza» —corrijo.
—Sí, Alteza —dice, burlona.
Toma mi bata. Se la pone. Estoy perplejo ante el atrevimiento.
—Devuelve eso —ordeno.
—Mi camisón está mojado. Hay guardias fuera. ¿Prefiere que salude desnuda?
—¡Lilibeth!
Le aprieto las mejillas con desesperación, pero la beso. No puedo evitarlo.
—Desaparece.
—¿Cansado de mí?
—Al borde del colapso.
—Entiendo —sonríe.
Y esa sonrisa es fuego de hoguera.
—Me marcho, Alteza.
Balancea mi bata con una reverencia socarrona. Es tan pequeñita que la arrastra al menos medio metro. Quiero matarla. Seda de la más fina y un bordado en hilos de oro no merece este maltrato.
—No me espere mañana —anuncia.
—¿Qué dijiste?
—Descanse, Alteza. Nos vemos en algunas lunas.
Sale bailando. Retándome. Su expresión descarada es su modo de recordarme que jamás dejará de desobedecerme. Mi temperamento es una cuchilla y ella le saca filo con su lengua.
—Te quiero aquí mañana antes de la caída del sol —No lo permito. No lo tolero. Aquí mando yo, y solo yo.
—No.
Me vibra el ojo ante su respuesta.
—¡Lilibeth! —gritó.
Ella ya no está, se ha ido. Y yo… yo quiero arrancarme el corazón.