Corona de humo 18 Por un momento fuimos dos #2
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18 Por un momento fuimos dos #2

—Creo que me he ganado una ronda de preguntas yo también.

Ni siquiera abre los ojos. Está ahí, como si nada importara. Reposando contra el respaldo de la bañera, con los brazos extendidos a los lados. Completamente relajado. Yo, en cambio, me apoyo contra la pared opuesta. Tratando de mantener la distancia. Lejos de su alcance, pero más de la tentación.

—¿Qué podría querer saber de mí, Alteza? Soy una pueblerina sin nada por contar.

—Son solo curiosidades. Yo también las tengo.

—Sabe que soy la cuarta de siete hermanas.

Hija de Burke Woodrow; el Explorador Real y Shiloh Woodrow.

Crecí a las afueras, en una de las provincias lejanas al sur de Endellion.

Ayudaba a mamá con sus cultivos en la granja.

Mis extraños ojos me exiliaron de la comunidad.

Los niños y sus padres me temían; creencias oscuras me perseguían, así que no tuve muchos amigos.

No pude ir a tutorías como el resto de mis hermanas; mi madre se encargó de educarme en casa.

Soy la única sobreviviente del trato entre mi padre y su tío.

Despreciada por Vlad, despreciada por Nero, despreciada por el mismísimo príncipe Lucien de Endellion…

—suspiró—. ¿Lo ve, Alteza? No hay mucho que no sepa ya de mí.

—Acércate.

Obedezco. Me siento a su lado, en el filo de la bañera.

—Antes de seguir tu destino, cuando eras solo una niña pequeña, ¿tuviste algún sueño?

—Por supuesto. ¿Qué niño no los tiene? Quizá no sea tan grande como lo que sueña un heredero, pero supongo que para una campesina como yo puede resultar suficiente.

—Vamos, cuéntamelo.

—Antes de que mi familia cayera en desgracia, mi madre tuvo un negocio productivo.

Sus cultivos de frutos eran codiciados en todo Endellion.

La Reina, su madre, era nuestra principal compradora.

Se dice que esas tierras estaban hechizadas, al igual que sus hijas.

Pero la Reina no le temía a las habladurías —explicó—.

Mi padre solía traer semillas de sus exploraciones y cada vez que de ellas crecían nuevos frutos, mi madre los atesoraba.

Llegó a irnos tan bien que no nos dábamos abasto con las producciones.

Los ingresos del cultivo se volvieron suficientes, tanto que mi padre comenzó a tener problemas con la bebida y el juego.

Así es como todo empezó a desmoronarse. El día que la corona simplemente nos dio la espalda.

—Mi madre pereció en uno de los tantos viajes que hacíamos con mi padre.

Fuimos emboscados por desertores. El Rey estaba demasiado alcoholizado como para pensar más allá de sí mismo.

Aunque sobrio, igual no habría hecho mucho por ella.

La tarea de sus soldados era protegerlo a él y a su heredero. Y así lo hicieron.

Hace una pausa. Parece perderse en aquel amargo recuerdo cual si lo estuviera reviviendo.

—Nunca les perdoné que ni siquiera intentaran salvaguardarla a ella.

Fue una masacre. Vi lo que le hicieron pasar frente a mis ojos.

Quise ayudarla, pero me sacaron de ahí, me llevaron lejos.

El único que volvió por ella fue el comandante Callahan.

Hizo todo lo que pudo. Más allá, incluso, de su propia seguridad; no lo logró.

Él perdió una pierna. Yo perdí a mi madre.

—¡Lo siento! —Aprieto su hombro.

—No importa ya; tenía once años cuando pasó. Bloqueé el recuerdo y seguí con mi vida. No sin prometerle que haría sufrir a cualquiera que volviese a atentar contra algún Fitzgerald.

—Ver la sangre correr también es placer, Lilibeth.

Tragó saliva. Él vuelve a recostarse.

—Tras su muerte, el Rey nos quitó su gracia —sigo—.

Habíamos perdido a nuestro principal comprador.

Los problemas de mi padre con el juego y la bebida empeoraron, y la economía familiar lo resintió.

Nos fuimos a la bancarrota. Muchos de los cultivos de mamá murieron junto con la Reina.

Para ese entonces yo era solo una niña pequeña.

En medio de la crisis financiera apareció Vlad, y mi padre consideró que había otros frutos con los cuales aún podía negociar.

Años después su tío comenzó a llevarse a mis hermanas para que trabajaran en la isla Sora.

—Tu sueño, Lilibeth. ¿Cuál es?

—Perdón, yo… —Tiene razón, he llevado esta conversación a temas sensibles y él odia la debilidad. De vuelta a su pregunta. —No se burle, ¿lo promete?

—Ya veremos.

—Quería convertir las frutas de mi madre en tartas, pasteles, dulces.

Los mismos que amaba la Reina. Deseaba algún día poder venir aquí, a la ciudad principal, y abrir la panadería más grande de todo el reino.

Soñaba con vender lo suficiente para volver a ver prosperar las tierras de mi madre.

Tanto como para pagarle a Vlad la deuda de mi padre.

Que bastase como para ver a mis hermanas libres.

—Lilibeth…

—Hoy no queda nada. Ni huertos de los que cuidar, ni una madre a quien hacer sonreír, ni hermanas a las cuales salvar. Mis sueños, mi libertad, todo se fue con ellas.