Corona de humo 18 Por un momento fuimos dos
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18 Por un momento fuimos dos

No quiso tocarme, solo escucharme, y eso es peor.

MARLOWE

Me tumbo sobre mi cama. ¡No volveré a dormir en paz! Apenas el príncipe sació las ganas con su amante, se sirvió una copa y se recostó conmigo aún presente. Sin siquiera mirarme, sin decir nada. Cual si yo no existiera, y lo que pasó no fuera importante.

Y yo, que no soy conocida precisamente por mantener mi curiosidad a raya, debo admitir que recorrí cada detalle de su anatomía una y otra vez. Como quien trata de memorizar un mapa. Uno de piel bronceada, cabello oscuro y ojos ámbar.

Se dio cuenta. Y me sonrió; estoy segura de que lo hizo. Aunque al instante siguiente ya estaba tan molesto como de costumbre, trayéndome de vuelta a mi habitación.

Hemos generado una morbosa rutina. Desde hace algunas semanas, viene por mí antes de medianoche, me lleva a verlo intimar con sus amantes, sin pudor alguno, para luego devolverme al confinamiento.

No me quejo. He comenzado a disfrutar del castigo y de paso aprendo tanto sobre él: cada gesto, cada sonido, cada detalle que hay en su cuerpo. Este momento de complicidad cuando su mirada se cruza con la mía.

Mi tobillo ha sanado por completo, no hay necesidad alguna de que me siga asistiendo.

Pero esos pocos minutos en los que me alza en sus brazos se han convertido en mi placer secreto.

Es lo más cerca que podemos estar el uno del otro.

Y lo sabemos. Siento la fuerza con la que clava sus dedos en mi piel. Tan necesitado de mí como yo de él.

Envolverme en su calor es lo que anhelo cada día.

Perderme en su aroma a sándalo y tabaco, que aspiro como si pudiera quedarme a vivir allí, en el hueco de su cuello.

Ese olor cálido y masculino, que permanece en el aire incluso cuando ya no está.

Una fragancia que es tan él. Y que ya me huele a hogar.

Ya no aguanto.

Esta noche cambiaré las reglas: es tarde y no quiero esperar más. Soy yo quien llega hasta su puerta. Toco indecisa, deseando que mi impaciencia no lo haga estallar en cólera.

—Lilibeth, ¿ansiosa? —Se hace a un lado para que pueda pasar.

—Solo cumplo con mi castigo.

—Temo decirte que esta noche hemos prescindido de tu presencia.

Me enfoco en su amante. Está poniéndose su bata, el acto ha terminado. Algo en mi pecho se estruja, decepcionada.

¿Por qué me molesta tanto?

—Entiendo, me retiro entonces.

—Espera. —Enfoca a la mujer que lo acompaña esta noche—. Lilibeth se encargará de mi ducha, puedes irte.

—Como ordené, Su Alteza.

La amante toma sus cosas y desaparece. El príncipe ha cerrado la puerta tras ella. Dudo un poco; en los últimos días he visto a sus mujeres atenderlo en la tina, no debería resultarme tan complicada la tarea.

Entro al baño sin que me lo pida y me cercioro de que esté a la temperatura a la que a él le gusta.

Los sirvientes ya la han llenado con el agua que hervía en los hornos.

Agrego ramitas de romero para purificarla.

Le muestro los aceites y elige el de lavanda.

Coloco un poco, concentrándome solo en mi trabajo.

Llega hasta aquí y se desnuda frente a mí. Ya no me incomoda; comienzo a acostumbrarme a verlo compartir su intimidad conmigo. Sonrío para mis adentros, porque el que me guste tanto es algo que él no debe saber.

Se desliza dentro haciendo que el agua se desborde. Le acerco su copa antes de comenzar a limpiarlo de manera delicada con un paño.

Nos mantenemos en silencio; yo sigo con lo mío, él dentro de sus pensamientos.

Detiene mi recorrido con sus dedos, justo entre la clavícula y su hombro.

Recuesta su mejilla sobre el dorso de mi mano.

Es el acto más necesitado que le he visto hasta ahora.

No debería hablar sin su consentimiento, lo tengo claro. Pero no tendría por qué sorprenderse.

—¿Un mal día?

—Pésimo, Lilibeth —suspira—. Mi padre viajó a Ashford. Si todo sale bien, mi hermana y el Rey Adolf estarán casados para el fin de esta temporada.

Siento un gran pesar. Daphne ha sufrido tanto con ese compromiso. Y algunas semanas resultan muy poco.

—¿No existe otra forma de asegurar la paz?

—La cabeza de Vlad.

—Hágalo.

—No mientras mi padre siga siendo el Rey. Me acusarían de traición. Su hermano vale mucho más que cualquier mujer de este reino.

—Lo haré yo entonces.

—¿Tú?

Lo miro contener su risa. Resoplo en silencio.

—¿Pretendes emboscar a mi tío con tus habilidades?

—¿Duda acaso de que sea capaz de enfrentarlo?

—Dudo siquiera que puedas llegar hasta él sin que tu torpeza te delate. Eso, o sin duda tu olor a caramelo le hará saber que estás cerca. Apestas, Lilibeth.

—Mi aroma es la debilidad de muchos.

Le es inevitable contenerse más; ríe con fuerza.

—Sabes que no.

Pongo los ojos en blanco ante tal revelación.

—Aunque podría estar equivocado. ¿Te parece que le preguntemos a Nero? —sonríe, canalla.

—Debemos salvar a Daphs. —Me concentro en lo importante, no caeré en sus provocaciones.

—Es una princesa, no hay nada que podamos hacer. Es su destino, todos tenemos uno. Ella ha aceptado el suyo. Y yo también.

—Es absurdo. No voy a permitirlo.

—¿De verdad matarías a Vlad por mi hermana?

—Prendería fuego al reino entero de ser necesario. Ya perdí a las mías por miedo, no voy a perderla a ella también.

—Solo buscas venganza. ¡Supéralo!

—¿Superarlo? —Imposible—. ¿Sabe qué día es hoy?

—Ilumíname.

—Hoy se cumplen siete años desde que nos conocimos.

Siete años de aquella noche en la que encontré a Alys muerta en una tina.

Siete años desde que sentí por primera vez el odio más grande hacia un ser humano acumularse en mis entrañas.

Siete años en los que fui quedándome sin nada.

Siete años esperando justicia. ¡Siete años, Alteza!

Y cuatro de haber sentido el infierno con la masacre que terminó de arrancármelo todo.

¿De verdad cree que no me atrevería a matar a su tío?

—¿Ha pasado tanto tiempo?

Afirmó con la seguridad de alguien que ha llevado la cuenta día a día. Con el dolor de esa pequeña que tenía catorce y hoy veintiuno.

—¡Vaya!

Parece que le cuesta creer que hayan sido ya tantas lunas. Trato de recuperar mi mano; ha comenzado a juguetear con mis dedos.

—Son tan suaves. —La aprieta contra su pecho.

Sé que justo ahora Lady Aria debe haberse colado en sus recuerdos.

Hoy también se cumple el mismo tiempo desde que él perdió, quizá, a la única mujer que fue capaz de adueñarse de su corazón. Debería respetar su memoria y no sentir deseo de continuar acariciándolo. No en este preciso momento.

—Alteza, he terminado —anunció—. Si me lo permite, lo dejaré descansar.

Me pongo de pie y me alejo lo más posible de él. Su tacto ha sido electrizante. Un cosquilleo en mi vientre se dispara. Y no son mariposas, estoy casi segura de ello.

—¡Por favor que me deje ir!

Asiente con la cabeza y yo respiro aliviada. Corro a mi habitación, a lavarme las manos. Necesito olvidar lo que me ha hecho sentir. ¡Por qué no debo desearlo… y lo hago!

Otra noche más que llegó tarde, nuevamente ninguna de sus amantes lo acompaña.

Ya son muchas lunas sin ver entrar o salir a nadie —a excepción mía—.

Solo me encargo de la ducha nocturna del príncipe y regreso a mi habitación en silencio.

Las semanas se acumulan en esta nueva rutina, él apenas y me habla.

Sigue distante y yo no encuentro razones para importunar sus silencios.

Sé que algo le pasa y, aunque muero por averiguarlo, notarlo tan pensativo me hace querer respetar sus deseos.

—¿En qué piensas, Lilibeth?

—Nada en particular, Alteza —Deslizó con ternura el paño húmedo por todo su pecho—. Me concentro en su ducha.

Suspira ante mi cortante respuesta.

—¿Eres feliz?

—Tengo un techo y comida.

—¿Lilibeth, eres feliz? —repite.

—No, y dudo que algún día pueda serlo.

—Yo tampoco —agrega resignado.

—Porque hay mucha presión sobre sus hombros —Los limpió con suma dulzura—. Debe tratar de relajarse, al menos un poco.

—Lo hago, justo ahora.

—¿Más lavanda?

Afirma y yo obedezco. Volvemos al silencio, no por mucho. Y él debería verlo venir.

—¿Alteza, puedo hacerle una pregunta?

—Ya la estás haciendo.

—¿Qué ha pasado con sus amantes? Hace semanas que no coincidimos ni siquiera por los pasillos. Es como si hubiesen desaparecido.

—¿Sigues de curiosa? Pensé que ya habías tenido suficiente.

—No me malentienda —El color se me sube a las mejillas—. No es mi intención seguir inmiscuyéndome en su intimidad; solo que…

—Sí, sigues de curiosa —interrumpe risueño. Al menos ahora sí parece relajado de verdad. —¿Vamos, pregunta?

—¿Qué se siente cuando lo íntimo lo hace explotar?

—¿Lo íntimo? —sonríe—. ¡Ay, Lilibeth! ¿Qué voy a hacer con tu inocencia?

—Vamos, no se burle así de mí y dígame qué se siente.

—Dejas de estar en la tierra por unos segundos.

—¿Siempre es igual de intenso?

—No, a veces un incentivo puede causarte mayor placer.

—¿Tiene alguna preferida?

—La tuve alguna vez, pero no ahora. Son solo amantes.

—¿Por qué sus mujeres no son tan escandalosas como las del Rey?

—Lo tiene prohibido.

—¿Por qué?

—¡Lilibeth!

—Perdón…

Vuelvo a cerrar la boca. Han sido demasiadas preguntas. Muchas más de las que suele contestar. Sigo limpiándolo en sepulcral silencio. Solo se escucha el repicar del agua cuando exprimo el paño.

—En mi cama el placer es solo para mí —agrega poco después, como si creyera que me merezco esa explicación—. Complacerme es su trabajo, no el mío.

—¿Pero sienten lo mismo que usted?

—No lo sé, y no me importa. Sus orgasmos no son mi problema.

—¿Así es como se le llama? ¡Orgasmo! —repito para mí apenas en un susurro.

—Sí, Lilibeth. Y son los mejores segundos que vivirás en la vida.

—Bien, terminé —anunció.

Devuelvo cada cosa a su lugar. He descubierto que es sumamente obsesivo y el desorden lo enloquece.

El príncipe suele salir de la tina apenas acabamos. Esta vez parece no querer hacerlo. Acercó su bata al perchero por si llegara a necesitarla pronto. Atenuó la luz de las lámparas para darle un ambiente más íntimo.

—Que descanse, Alteza —me despido.

—Lilibeth.

—¿Sí?