Corona de humo 17 El poder de una mentira #3
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17 El poder de una mentira #3

Mi condena empieza aquí. En el instante en que mi piel roza la suya. Y sé que no quiero soltarla jamás.

—La vida sigue y tú no vas a detenerla —digo. Pero miento, y quizá solo sea a mí mismo. Lo que más deseo es detener este momento. Lo único que quiero es que no exista un segundo después de tenerla así, fundida contra mi pecho.

Su cabello huele a caramelo, empalagoso. Maldito aroma que me enreda, que me consume. Ese olor que se me clava en la lengua y me llena la boca de hambre. Su piel me quema entre los dedos. La quiero lejos y, al mismo tiempo, necesito tatuarme su calor en las manos.

—Traigan a una de mis amantes —ordeno al guardia que custodia su puerta.

—¿A cuál, Su…?

—¡A la que sea! —interrumpo ansioso. No estoy para formalismos. —Tienes dos minutos para meterla en mi alcoba. Uno, si sigues ahí de pie. Medio, si valoras tu vida.

—Sí, Su Alteza. —Corre como si el infierno le quemara los talones.

—¡Lucien!

La voz de mi padre me hace poner los ojos en blanco. Cada día me resulta más repulsiva.

—¡Ahora no! —Paso de largo—. Acabas de estropearme la mañana y, si no hago algo para enmendarlo de inmediato, terminaremos por arruinar esos malditos acuerdos.

Ni siquiera me quedo a escuchar si mi padre tiene algo que agregar. Que se baste con mi breve explicación o que se emborrache si no.

Y en el momento en que por fin cierro la puerta tras nosotros, cuando el ruido de la madera al chocar con el marco es como un trueno que anuncia mi caída… la siento. Diminuta y frágil. Ideal para lo que quiero y para lo que odio desear.

Tan pequeñita que puedo sostenerla y acercar una de las sillas hasta el centro de la habitación. Contemplo la escena. Es perfecta.

La acomodo en la silla con la precisión de un verdugo. Sus ojos, bien abiertos. Asustada, vulnerable… hermosa. Me hace querer protegerla y corromperla al mismo tiempo. El nudo en mi garganta es tan espeso como este deseo que me destruye.

Mi amante entra corriendo y yo por fin trago. Agradezco la poca ropa; cual si hubiese estado preparada para cumplir mis caprichos. Esta mujer es solo un medio, un escenario que monto para mi tortura. Es a quien tengo frente a mí a la que ansío poseer. Es ella la que me incendia.

—Su Alteza.

Hace una sutil reverencia antes de dejar caer su bata al suelo, quedando en completa desnudez para mí. «Para nosotros», corrijo.

—¿Su Alteza, ella…?

—¡Cállate! —Mi voz es un látigo. Quiero el silencio que me permita escuchar los latidos de Lilibeth, con el pecho subiendo y bajando como si ya supiera del pecado que la acecha.

Me alejo de la fuente de mi deseo. Llego hasta mi amante con desesperación. La inclino sobre la cama y comienzo a acariciar su espalda mientras me despojo de mis pantalones.

El ritual empieza. Mecánico y violento. Destinado a sacar mi veneno con otra. Y fingir que así me salvaré.

—Imagina que ella no está. —Mi ropa cae por completo al suelo—. Y no te atrevas a mirarla —amenazo.

—Su Alteza, pero si me excita sobremanera que ella esté presente.

¡Maldita sea! A mí también. Tomo la fusta de mi mesa de noche y la azoto un par de veces; recordando cuando puse mis manos sobre el trasero de Lilibeth. La misma fuerza, con el mismo deseo. Hoy la tengo aquí, contemplándonos a mi amante y a mí con esos ojos que quisieran devorarlo todo.

Y entonces sucede. Lo que nunca debió salir de mis labios. Lo que se desliza en un arrebato que me deja desnudo ante mi propio abismo:

—Curiosea todo lo que quieras, pequeña …

¿Qué carajos acabo de hacer? El silencio que sigue es más atronador que los golpes de mi fusta. Aquella palabra se queda suspendida entre nosotros; tan solo un eco de mi condena. Marcándola como ningún acto carnal podría hacerlo.

Pequeña.

La nombré, la reclamé, la quise. ¡Soy un imbécil!

Ella baja la cabeza. ¡Sonríe! Esa puta sonrisa: tímida, temblorosa, dulce. Un regalo que no merezco. Un disparo directo al alma. Sus mejillas arden en ese rosado que invita al pecado. Me mata; me entierra. Me vuelve un animal sin redención.

Embisto; furioso, desesperado. Queriendo borrar la dulzura de ese instante. Deseando arrastrarla a mi infierno y que no haya retorno. Pero mis ojos… mis ojos la buscan a ella. Solo la ven a ella.

La necesito arrastrar, la quiero conmigo. Mía. En mis brazos, bajo mi cuerpo, en mi cama. Envuelta por mis pecados.

Y en cada golpe de placer que arrebato. Con cada gemido que arranco, en cada embestida que tiñe de lujuria la mañana…

Es su nombre el que grito por dentro. Es su rostro el que marca mi perdición; su ternura, la que me condena.

Es ella la que tomo en sueños, la que hago mía en mis fantasías, la que deseo hasta la locura.

Lucho con cada movimiento por no mirar hacia esa silla. Por no perderme en esos ojos que ya no se atreven a alzar la vista, pero que sé, arden como los míos.

Sus palabras vienen a mí: las de aquella noche. Ella estaba en mi balcón por verme a mí… solo a mí.

¡Exploto ante mis fantasías!

Estoy hecho un animal. Un maldito cobarde que usa a otra para no arrancarle la pureza a esa criatura a la que quiero ensuciar.