17 El poder de una mentira #2
—Tus tropas no son más que unos soldaditos de juguete que siguen tus órdenes, creyendo con fidelidad absoluta en la grandeza de mi predecesor. Si voy a la guerra será con mis Mercenarios, animales de batalla, dispuestos a acabar con todo sin importar si son ancianos, mujeres o niños.
—Padre, tuve una madre y aún conservo dos hermanas; los tiempos cambian. ¿Sabes qué harán los aliados si cometemos más masacres?
—Los mataremos también. Acabaremos con todo aquel que ose desafiarnos. Nos haremos con los ocho reinos, así tengamos que quemarlos a todos.
Exhalo. Es imposible. Mi padre no entiende nada de diplomacia o nuevas políticas. Para ser sincero, no sé cómo sigue ocupando ese lugar.
—Me haré cargo de los acuerdos. Tú solo preséntate a la negociación lo más sobrio que te sea posible.
Me levanto y arrojo la servilleta sobre la mesa. He perdido el apetito.
—¡Lucien! —brama furioso.
No me quedaré escuchándolo ni un segundo más.
Soy tan despiadado como mi padre y, a la vez, más cauto.
No me levantaré en armas por placer como él lo ha hecho durante la mayor parte de su reinado.
Nuestros aliados, aunque pequeños, son poderosos.
Bastaría la más mínima amenaza para que se unieran en nuestra contra.
Más que las vidas que se perderían en una batalla, están los intereses comerciales.
Si ellos cierran sus rutas de intercambio, perderemos millones en ingresos.
Si sus Mercenarios caen, arrastrarán mi corona con ellos. Y no hay nada que desee más que cualquier otra cosa en el mundo que sentarme en ese trono, con todos a mis pies.
—¿Por qué carajos huele tan dulce?
—Porque es mi habitación y yo como lo que se me da la gana.
—¡Cállate, plebeya! —chillo.
Sí; he venido a desquitarme con ella como el cabrón que soy. Cada vez que mi padre me hace perder la cordura, es ella la que paga los platos rotos.
—Usted preguntó, Alteza.
Hace una falsa reverencia desde la cama antes de dejarse caer sobre las almohadas. Se gira hacia el ventanal para no verme a la cara. ¿Cómo se atreve?
—Lilibeth, nunca vuelvas a darle la espalda a tus monarcas; te lo he pedido miles de veces.
La giro con fuerza para que me brinde el respeto que merezco, sin considerar que quedaría casi sobre ella. Me mira. No parece asustada, sus ojos lilas se han vuelto de un color intenso.
—¿Oíste? —trago antes de levantarme.
—Sí, Alteza. ¿Feliz?
—Complacido, sí.
Me deslizo por un costado de la cama hasta quedar sentado en el suelo. Una mezcla de ira y agobio se mezcla en mi estómago. Su brazo comienza a balancearse a mi lado. Intuyo que se ha colocado boca abajo. Y yo aquí, a sus pies.
¡Soy patético!
Me llevo las manos al cabello, frustrado. Los encuentros con mi padre siempre terminan por dejarme hecho mierda. Aguantándole más de lo que debería, por ser nuestro rey. ¡Ojalá él hubiese perecido en aquel ataque y no mi madre! Todo sería tan diferente. Yo lo sería.
Su delicada mano aprieta mi hombro haciéndome volver de mis pensamientos. La atraigo hacia mi mejilla para sentir el contacto de su suave piel. Contemplo sus uñas, las lleva arregladas.
Daphs la ha cambiado tanto, que no sé qué pensar; quizá debería alborotar su cabello y devolverla a aquellos sencillos vestidos con los que la conocí.
La alejó de golpe. Es mi corazón el que se defiende por instinto. Su brazo comienza a mecerse repetidamente. A ella ni siquiera parece importarle mi repentino rechazo.
—No vuelvas a tocarme si no te lo pido, plebeya.
—Como ordené. —Se gira una vez más, llevándose consigo su cercanía.
La detesto. De verdad lo hago. La odio por hacerme necesitarla tanto. Llevo días terminando aquí, con ella. Y aunque apenas nos hablamos, solo con saberla cerca de mí me basta.
—¿Cómo sigue tu tobillo?
Me pongo de pie.
—¿Acaso le importa? ¿Tan mal estuvo el almuerzo con su padre como para no tener algo mejor que hacer?
La contemplo, perplejo. Impulsivo. Vuelvo a estar casi sobre ella, obligándola a mirarme a los ojos. ¿Qué carajos acaba de decirme? «¡No!» ¿Cómo es que siquiera se atrevió a hablarme así? ¡A mí, futuro rey de Endellion!
—Regocíjese con mi miseria si no tiene nada mejor que hacer esta mañana.
—Te advertí lo que podía pasar si tratabas de escapar…
Aprieto sus mejillas con mis dedos. No estoy enojado, lo cual es extraño. Sino sorprendido, lo cual es aún más extraño. Nada que venga de una mujer me hace sentir así.
—Espero te hayas dado cuenta de que no hay mejor lugar para ti que este castillo.
La veo intentar darme la espalda una vez más. No voy a permitirlo.
—¡Lilibeth!
Se contiene, frustrada. Su enfado me produce un placer que aviva mis deseos.
—¿Cómo está tu tobillo? —repito la pregunta.
—Mejor.
Responde forzada, y yo por fin la suelto.
—El sanador ha indicado que ya puedo apoyarlo.
—¡Maravilloso!
La alzo en brazos y todo mi ser grita que es indebido, que esto no es digno de un heredero. Pero ya nada me importa. Hoy ella es mía, para cumplir su castigo. Mía porque asi la siento, aunque el mundo entero lo niegue. No puedo concederle más tiempo. No debo permitirme más debilidad.