Corona de humo 17 El poder de una mentira
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17 El poder de una mentira

La traición la dejó libre, y yo le puse mis cadenas.

LUCIEN

Las lágrimas de Lilibeth —cuando no las provoco yo— me encienden en una peligrosa ira. De no ser porque Caiseth está a mi lado y ese muchachito es su hermano, ya le habría lanzado una daga directa al entrecejo.

¿Cómo se atreve a lastimar algo que es mío? Lo veo retroceder un par de pasos ante mi orden.

—Lilibeth, ven aquí.

Le extiendo la mano. Ella ni siquiera me mira, sigue ahí, omitiéndome como siempre.

—Ve por ella —ordeno resignado, y mi soldado obedece.

—Mar, vámonos.

Caiseth es mucho más gentil en sus modos. Acaricia su brazo, y yo vuelvo a sentir esas inmensas ganas de quemarlo todo.

—No —Se aleja de él—, ¿fue por lástima que te quedaste conmigo?

Encara a su prometido. Ella necesita respuestas. Y yo, sacarla de aquí.

—¡Jamás, lo juro! La lástima es un sentimiento muy negativo. Es solo que no encontré el momento oportuno; te habías quedado tan sola y yo no podía dejarte así.

—Soldado, eso es lástima —aclaro con una obviedad que resulta evidente.

Lili retrocede abrumada hasta chocar con el pecho de Caiseth.

—Eres un idiota.

Agrega el mayor de los hermanos. Yo también lo pienso. «No es digno de estar entre nuestras tropas.»

—Lo siento, Cai; de verdad no era mi intención lastimarla.

—Ya lo hablaremos después.

—No hay nada que hablar, no contigo.

—¡Soldado!

Ambos voltean a verme. Lo que estoy a punto de hacer sé que dolerá —no a mí, por supuesto—. Y no lo estoy disfrutando —tanto—. Pero la curiosidad me intriga, me corroe por dentro. Y sé que a ella también.

—¿Quién es su amante?

Siento verdadera intriga. Las mujeres en Sora quedaron prohibidas, y estoy casi seguro de que la silueta que la luz tenue dibuja ahí dentro delata lo obvio. El más joven de ellos no responde.

«Lo suponía.»

—Soldado.

Esta vez la orden es para Cai. Quiero ver su rostro; es importante. Romperé a Lili en pedazos; lo sé. Pero si alguna vez vuelvo a sentir estas ganas de matar, sabré exactamente por quién comenzar.

—No es necesario.

La voz desde las sombras detiene a mi soldado.

Me congela; lo reconozco enseguida. Sabía que no era una mujer. Conocer su identidad es mucho peor.

«¡Un Fitzgerald!»

Mi primo sale de su escondite, acomodándose los lentes con la calma que precede a cualquier tormenta. «¡Pobre plebeya!» Pero aún más pena siento por mi soldado. Cai aprieta los puños con fuerza.

En Endellion, los placeres solo son permitidos para los hombres, por lo que este tipo de relación no representa una condena.

Aunque es bien sabido que para muchas familias puede resultar una ofensa.

Algo antinatural. Ahora sé por qué Lilibeth luce tan dolida.

Ella se dio cuenta mucho antes que nosotros.

No hay más tiempo para reacción alguna. Caiseth, con un solo puñetazo, lanza por los suelos a su hermano. El joven ni siquiera ha metido las manos.

Lo dejo desahogarse. Por él, por ella y por mi propio placer. Quisiera que fuesen mis puños los que arremetieran contra ese escuálido cuerpo, pero no me rebajaría a tanto.

—Cai, no más.

Me sorprende que sea la ofendida quien intenta detenerlo. Si estuviéramos solos, yo lo habría dejado terminar su obra. Ya estaría ordenando que cavasen un agujero. Es lo menos que el infeliz merece, pero no; esto no es decisión solo mía.

—Cai, basta. ¡Vas a matarlo!

Lilibeth insiste, y mi soldado por fin se detiene. Veo, perplejo, a mi primo caminar y tomar a su amante por las axilas para arrastrarlo lejos de la trifulca.

Esa sí ha sido una sorpresa.

De los dos hijos de Vlad, el menor siempre fue el más reservado.

Demasiado tímido para ser un Fitzgerald.

Nunca participó en las manías de su padre, y ahora entiendo por qué —él tenía las suyas propias—.

Su vida no es mi problema; lo respeto por lo que un día fue.

Mi compañero de juegos, mi aliado de estrategias.

No sé cómo se tomará la noticia su padre.

Y no me interesa quedarme a averiguarlo.

—Caiseth, Lilibeth. Nos vamos.

—Sí, Alteza.

Mi soldado se limpia la sangre de los nudillos antes de enfocarse una vez más en ella. Apenas llegamos, me percaté del improvisado vendaje que lleva en el tobillo. Fue una caída considerable; a estas alturas debe serle imposible siquiera apoyarlo.

—Hermano, por favor, perdóname. No se lo digas a mis padres; permite que sea yo quien hable con ellos.

—No vuelvas a llamarme así. Lo único que les diré es que has muerto. Para ellos y para mí, tú no existes; eres una vergüenza para los Callahan.

—Cai, por favor…

—Quédate en esta maldita isla.

Alza en brazos a mi Lilibeth. El menor de los Callahan se queda ahí, empezando a recibir las consecuencias de sus decisiones.

Cai camina tras de mí como si nada. Cual si fuera normal sostener entre sus brazos lo que es mío, lo que nunca debió tocar.

Sigue a mi paso, y lo oigo, lo siento… su respiración, la de ella.

El maldito latido de ambos, acompasado. Tan cerca que quisiera volverme y romperles el momento con mis propias manos.

Y yo maldigo. Comienzo a sentir ese sabor amargo que no sé si es satisfacción, porque ella al fin se liberó de ese absurdo compromiso, o furia porque no es a mí a quien busca. Ni siquiera en su dolor.

Cada paso es un insulto. Cada segundo que la sostiene, un puñal. Y lo peor es que él lo sabe… tiene que saberlo. Y aun así, la mantiene pegada a su pecho. Tan natural e íntimo. Fingiendo que lo hace por ella, cuando en realidad lo hace por él. Porque la desea.

Igual que yo.

Cabalgamos a paso lento, bajo la luz de la luna y de esas malditas farolas que iluminan más de lo que quiero mirar.

Su cercanía; su maldito silencio cómplice.

No les quito los ojos de encima, aunque finjo.

Me revienta la forma en que la lleva, cómo la envuelve.

¿Quién se cree que es para sostenerla así?

Como si le perteneciera. Aunque sea para traerla de vuelta, aunque sea por obligación. No tiene derecho. Nadie lo tiene.

Ella llora en silencio, y con cada lágrima que cae, mi soldado la abraza más fuerte.

Me quema. Un hierro candente se me clava en el pecho. Se apoya tanto en él que me resulta obsceno. Y él lo permite, lo acepta, pretendiendo que ese sea su lugar.

Como si yo no existiera.

Y entonces lo hace: le besa la mejilla. Mi estómago se revuelve, la visión se me nubla, y lo único que me detiene es la conciencia. Ella sonríe, apenas una línea. Y yo… yo quisiera borrársela a los dos de un golpe. ¡Maldito Caiseth! ¿Quién le dio ese poder?

Quiero matarlos a ambos.

Respiro. Me repito, como un necio, que seré indulgente, que no cometeré una locura. Pero no sirve. No con esa imagen grabada en la cabeza. Y la certeza asquerosa de que ese cabrón siente lo mismo que yo. Se muere por ella igual que yo. De que quisiera ser yo.

—Andando —escupo. Porque, si no hago algo, reviento. Los adelanto lo justo. Necesito quitársela de encima; la quiero lejos de él. Lejos de cualquiera.

—Es tarde —añado con desprecio—. Y tu osadía por huir ya me ha quitado horas de valioso sueño.

Los cascos de su caballo acelerando el paso me alivian tanto como me envenenan. Ya ni el tobillo de Lilibeth me importa. Solo quiero encerrarla. Ponerla donde nadie la mire, donde nadie respire su aire. Donde solo yo la tenga.

Porque es mía.

En cuanto cruzo la puerta del castillo, me permito fingir calma.

Ordeno que la atiendan. Al menos el dolor físico puedo quitárselo.

Eso sí es mío: su alivio. No voy a consolarla.

No gastaré mi tiempo en caricias vacías.

Nunca me rebajaré al tipo de hombre que ella pudiera mirar con cariño.

La traje de vuelta y no hay castigo. Eso debería bastarles.

Dejo que los sanadores se encarguen de su cuerpo. Yo tengo asuntos más urgentes: papeles, informes, lo que sea para no pensar en lo que acabo de ver, en lo que no quiero admitir, en lo que me arde por dentro y no sé cómo esconder.

Me reúno con mi padre para el almuerzo; su semblante no luce mucho mejor que el mío.

Lo pongo al tanto de las negociaciones y los asuntos importantes antes de contarle lo acontecido con su adorado sobrino en la isla Sora.

Parece no importarle un ápice. Si yo fuera él, hace tiempo los habría mandado a la horca a todos: la parte incómoda de la familia.

Pero yo no soy el rey —no aún—. Y él no ha hecho más que causarnos problemas con otros reinos por su indulgencia. Los odio, a cada uno de ellos.

La última «audacia» de mi tío pone a mi hermana pequeña —la única mujer que sí me importa— como una tregua…

no, como un maldito sacrificio— para los ashfordanos.

Y mientras ella sufrirá casándose con ese asqueroso e insignificante rey vecino, mi padre, lejos de querer poner soluciones reales a nuestros conflictos, está más preocupado por curar sus malditas resacas y no engendrar ningún bastardo en el vientre de sus amantes.

—Deberías beber menos. Los miembros del consejo se preguntan si haremos un buen papel en las próximas asambleas de paz. Tendrías que considerar enviarme a mí en tu representación.

—Lo que tienes que hacer es cerrar la maldita boca de una vez por todas —grita como si la vida se le fuera en ello.

Pero aquí ya nadie se exalta, ya nadie se estremece. Yo solo lo contemplo, con la misma rabia contenida que me produce siempre.

—Soy Cassius «El Sanguinario», rey de Endellion, la nación más poderosa y temible de todo el continente.

Me importa un carajo lo que piensen los malditos miembros del consejo, o los gobernantes de cuarta que quieren negociar la paz conmigo.

Los reinos se vuelven más fuertes con sangre, no con apretones de mano.

—Bueno, entonces ahorrémonos estos innecesarios y absurdos discursos y declarémosles la guerra. Así, sin más. Mis tropas están preparadas para tomar Ashford mañana mismo.