Corona de humo 16 Lo que no dije ya no importa
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16 Lo que no dije ya no importa

Mi culpa llegó tarde. Su verdad, mucho antes que la mía.

MARLOWE

Minutos atrás…

—¿Cómo te atreves a volver aquí?

—¿Se acuerda de mí?

—Imposible no hacerlo, tus ojos son un mal presagio. Luces diferente, niña.

—Porque ya no lo soy, señor.

—¿A qué vienes ahora? El Rey firmó un decreto para que todas las mujeres abandonaran Sora. No iré en contra de Su Majestad llevándote allá.

—Mi prometido está en el puesto de vigilancia al otro lado. Necesito cruzar, y lo haré así sea yo sola.

—¿El joven Nero es tu prometido?

—¿Lo conoce?

—No quedan muchos al otro lado. Suele cruzar en sus descansos para ir al pueblo. No acostumbra alejarse demasiado y siempre vuelve a tiempo. No sabía que tenía una novia, pensé que él…

—¿Qué él?

—Nada, preciosa. Supongo que la soledad de Sora resulta insoportable. Toma un bote y rema por él.

—Lo haré.

Cojeo hasta la barcaza más cercana. Ha sido un día terrible.

Los brazos me duelen por el entrenamiento y el cuerpo entero por la caída.

Y aun con todo, no voy a detenerme. No después de que huí del príncipe, golpeé a un guardia y robé un caballo para llegar hasta aquí.

Es cuestión de tiempo para que los soldados del heredero me encuentren.

Saco las pocas fuerzas que me quedan y empiezo a remar.

Dejé de escuchar los ánimos del cuidador del muelle hace ya bastante tiempo. Puedo ver las luces de la fantasmagórica ciudad de Sora, parpadeando intermitentes cada vez más cerca. El puesto de vigilancia no está muy lejos del muelle. Aseguro la barcaza y empiezo la difícil caminata.

Esta vez llevo uno de los remos conmigo para usarlo de apoyo. La humedad y el frío hacen que el dolor punzante en el tobillo se vuelva insoportable. Pese a que me vendé lo mejor posible, cada vez se siente más hinchado.

La diminuta edificación que construyeron como punto de vigilancia está al frente, debe ser no más que una habitación con baño.

Siento pena, Nero tiene que pasar sus días aquí solo, custodiando al maldito de Vlad.

Ese hombre debiera estar muerto. Algún día yo misma acabaré con él.

Vengaré a mi familia y de paso liberaré a mi futuro esposo de su condena.

Celebro: las luces de las lámparas dentro me permiten saber que está despierto.

De niños creamos un silbido especial para llamarnos cuando necesitáramos el uno del otro.

Sería una linda sorpresa anunciar mi llegada con algo tan nuestro.

Comienzo a silbar, emocionada por verlo aparecer en cualquier momento.

Una sombra sobresaltada se levanta de la cama. Sonrío. Reconocería esa alta, delgada y atlética figura —es él—. Me hielo. Otra sombra se dibuja a través de la ventana.

—Mar… ¡vaya! Qué inesperada sorpresa.

Por fin aparece —¿Inesperada?—. Parece nervioso y a estas alturas yo también debo estarlo.

Llega hasta mí acomodándose el pantalón de pijama. Lleva el torso desnudo y el cabello alborotado. En cualquier otro momento ya me habría girado para no mirarle con tan poca ropa, pero no ahora. Me mantengo atenta a cada detalle.

—No debes estar aquí, es peligroso.

—No lo suficiente; si tú estuvieras vigilando.

Hay alguien acompañándolo, eso es seguro, puedo ver una sutil silueta sentada en la cama. Distingo parte de su desnudez. Los labios me tiemblan, tratando de contener lo inevitable.

—Un remordimiento enorme me impulsó a venir aquí a pedirte perdón —Limpio mis lágrimas, esas traicioneras que se escapan sin permiso—. Comenzaba a agobiarme la culpa de tu destino y los insanos pensamientos que estaba teniendo. Pero… pero .

No puedo continuar, se me quiebra la voz.

—Mar, de verdad lo siento, iba a decírtelo. ¡Lo juro!, solo que no encontraba la manera.

—Un «se acabó» habría sido menos doloroso. Nero, ¿por qué?

—No lo sé, solo paso. Llevo tanto aquí solo y él…

—¿Él? —interrumpo desesperada.

—Mar, por favor. Perdóname.

—Eres un cobarde.

«Él» como pronombre hace que cada palabra, cada gesto, cada caricia hacia mí se vuelvan falsas, como sus promesas.

—Nunca existió un «nosotros», ¿verdad?

—Fue real. Todos los planes que tenía para nosotros se hicieron añicos.

—¿Qué tenías?

Era el fin de todo, lo sabía. Debía abrazarme a mí misma y tener dignidad.

—No sé cómo explicarlo, y quizá la vida no me alcance para disculparme contigo.

No lo resisto, me quiebro. Quiero correr, mas no puedo. Debo regresar y enfrentar mi destino. No me queda nada.

—Mar, por favor, espera. No puedes irte así.

—Sí puedo.

—Mi relevo está cerca, yo te llevaré a palacio.

«¡Me entregará al príncipe! ¿Tantas ganas tiene de deshacerse de mí?» Siento una rabia creciente.

—¡Aléjate! ¡No vuelvas a tocarme! —Lo aviento.

—Mar, no.

—Soldado, ya la escucho. Aléjese de ella.

La orden del príncipe es firme. No existe nadie —a excepción mía— que se atreviera a desafiarlo cuando habla en ese tono que parecía cuchillas…