Corona de humo 15 El deseo convertido en miedo
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15 El deseo convertido en miedo

Creí que era yo el que tenía el control, hasta que mi orgullo se arrojó con ella.

LUCIEN

Maldita seas, Lilibeth! ¿Por qué me haces esto? ¿Te es muy difícil estarte quieta? Ahora sí vas a conocer de lo que soy capaz cuando alguien me desobedece.

Pero por favor… solo vive.

—¡Guardias! —grito con impotencia.

La veo ahí abajo, inerte entre las sábanas. Tiene los ojos abiertos. Hacía tanto que no sentía esta especie de miedo.

—Despierten al sanador. Lo quiero en los jardines, ahora. ¡Lilibeth ha caído del balcón!

Los guardias se miran unos a otros, saben que es una caída mortal, de haber sucedido tal como imaginan. «¡No la arrojé!» Lo habría hecho —sí— con cualquier otra que hubiese osado desafiarme, pero no a ella. Aunque no lo parezca, la protejo, a mi modo. Hasta de mí mismo.

—¡Dije ahora! —ordeno con furia.

—Su Alteza...

Uno de los guardias que aún permanece a mi lado llama mi atención.

—No hay nadie allá abajo.

Corro al balcón ante su afirmación. Sonrío. La sábana yace sobre las florecillas, mas su cuerpo no está. ¡Se ha ido!

¡La muy cabrona lo logró! «¡Lilibeth, eres increíble, y voy a reprenderte apenas te encuentre!»

—Despierta a Caiseth y preparen nuestros caballos. ¡Partimos! ¡La quiero aquí con vida!

—Sí, Su Alteza.

Mi mejor soldado y yo nos alejamos del resto. Dejamos a un grupo considerable hacerse cargo de los alrededores del castillo. Es una jovencita escuálida y con toda seguridad lastimada. No podrá llegar muy lejos, y si acaso lo hace, sé con exactitud adónde se dirige.

Galopamos los dos solos hacia isla Sora.

Si algo aprecio de Caiseth, es que nunca me hace más preguntas de las necesarias. Él solo sigue mis órdenes.

Tenía quince años y yo diecisiete en el momento en que se volvió parte de mis tropas.

Pero nuestra amistad se forjó tiempo atrás, cuando su padre aún era comandante.

Él llegó aquí siendo niños y no solo para ser mi oponente en batalla.

Me tendió su mano sincera, vio más allá del heredero.

Solo él ha estado en mis momentos de debilidad, cuando más vulnerable he sido.

A veces siento que me tiene demasiada fe. Y yo a él.

Se hizo notar enseguida por sus grandes habilidades. Y más allá de sus capacidades innatas para la guerra, es un gran estratega; incluso casi igual que yo.

Confiamos tanto el uno en el otro que puedo llamarlo amigo. Y yo de esos, ninguno. Por eso no elegiría a nadie más para cuidarme las espaldas, y él sabe que pelearía por él de ser necesario.

No debiera estar divagando en tonterías en estos momentos, pero es que Lilibeth es su cuñada. Me enerva pensar que una mujer pueda dañarnos.

—Alteza.

—Llámame Lucien; estamos solos, Cai.

—Lucien, no le des tantas vueltas. Mar es la mujer más imprudente que conozco, pero también la más fuerte. Siempre hace cosas que la ponen en riesgo vital, mas su ángel la protege. Ella estará bien.

—No estoy preocupado por la plebeya. Si voy tras ella es por su desobediencia, y nada más.

«¡Patético!» Me contempla con esos ojos que no se creen ni una palabra.

—No voy a molestarme por lo que haya pasado en esa habitación como para que decidiera saltar así del balcón. Es la prometida de mi hermano, sí, pero también te pertenece. La convivencia a veces puede arruinarlo todo.

—Cállate, Caiseth. No me molestes con eso.

—He visto cómo la miras y la forma condescendiente en que la tratas.

Eres incluso más permisivo con ella de lo que sueles serlo con cualquier otra persona.

Y te lo agradezco. Mar es importante para mi familia.

Estás en tu derecho a recriminar su insubordinación.

Solo te pido que no seas demasiado duro cuando la reprendas por lo que acaba de hacer. Ya ha pasado por tanto.

—Intentaré no serlo, Cai.

—Gracias, Lucien. Tienes mi lealtad.

—Lo sé, y tú la mía; la corona te lo debe. Siento que tus padres hayan resentido el daño que mi familia les causó.

—Las querían demasiado. No debió serles nada fácil enterrar a seis de ellas, sobre todo a la pequeña Freya. Agradezco que hayas firmado sus permisos de salida para que pudieran cruzar la frontera.

—Es lo menos que podía hacer por ellos. El ex comandante Callahan tiene la gracia real por su aportación a la corona. Si lo que requerían era irse de Endellion para sanar, yo no me habría opuesto. ¿Has sabido algo de ellos?

—No. Cada cierto tiempo, los mensajeros me hacen llegar sus cartas, donde me aseguran que se encuentran bien, mas no hay señales de su posible paradero. Quizá, cuando las negociaciones de paz terminen y el reino se encuentre un poco más calmado, puedas concederme tu permiso para ir a buscarlos.

—Cuenta con ello.

—Gracias.

—De vuelta a la plebeya… —me detengo enseguida.

Acabo de delatarme, mas no sería digno de mí retractarme. Sí, me interesa. ¿Algún problema?

¡Todos! Evidentemente.

—Su curiosidad nos ha traído hasta aquí —continuó, tratando de restarle importancia.

—¿Curiosidad?

—¿Recuerdas el incidente en la habitación del Rey? —afirma.

—Bueno, parece que ella no puede dejar de husmear donde no debe.

—De verdad lo siento muchísimo.

Cierra los ojos, apenado. Fui demasiado explícito cuando le conté lo que ella pretendía al ir a importunar al Rey. En aquel momento la reacción de mi soldado me resultó incluso cómica. No podía con su cara de vergüenza. Hoy ya no me lo parece tanto.

—Me disculpo nuevamente. Hablaré con ella, te lo prometo. Es solo una jovencita curiosa y terca, pero buscaré la manera de hacerla entender.

Cai, parece realmente abrumado. Yo cada vez estoy más ansioso.

—¿Ella y tu hermano han intimado de alguna manera?

—Lucien, considero que esa no es una pregunta apropiada. No cuando la respuesta podría manchar la reputación de una dama.

—Vamos, Caiseth, no comiences con sentimentalismos absurdos. ¿No me digas que tú no has deshonrado a ninguna damisela?

—Mis valores me prohíben andar divulgando dichos actos.

—Razonable, pero ella es mi propiedad. Es un tanto mi derecho conocer qué tipo de mujer duerme en la habitación de al lado.

—Mi hermano es un hombre tan honorable como yo. Y Mar, peca, pero de inocente. Así que no debes preocuparte.

Parece ansioso por zanjar el tema.

—¿Seguro? Sé que tu hermano te lo cuenta todo, pero quizá haya cosas que prefiriera guardarse solo para él.

—Le aseguro que no. Podría encerrar a ese par en una habitación; en completa desnudez, con un manual y aun así mi hermano se guardaría su deseo.

Sonrío aliviado ante la revelación.

—¡Vaya! No sé si admiro a tu hermano por su entereza o me da lástima por ser un niñato.

—Mar, es un tesoro al que proteger. Le aseguro que no existirá una esposa más perfecta que ella, amorosa y entregada. Con eso, mi hermano ya ganó en la vida, Alteza.

Que use mi título solo significa una cosa. Hemos llegado.

La bruma que proviene del agua nos inunda los poros con ese característico aroma a humedad. La neblina es baja y densa. Sora siempre parece un mundo aparte.

Cai asegura su caballo antes de despertar al cuidador. No disponemos de mucho tiempo para que desembarque la balsa real; lo haremos a su modo. Solo espero que esa maldita tabla vieja no se hunda a medio camino.

Los recuerdos me invaden cada vez más con el recorrer de los remos.

La última vez que estuve en esta maldita isla fue tras la muerte de Lady Aria.

Me había prometido no volver aquí, pero asimismo estaba en deuda.

Crucé con un pequeño escuadrón solo para hacerme con las hermanas Woodrow.

No esperaba que lo que traeríamos de regreso fueran solo cuerpos.

Hoy estoy aquí —como si no aprendiera— rompiendo otra vez mi promesa de no volver.

Pero deseando con fuerza que la ojitos lilas no se vuelva una víctima más de estas tierras de muerte.