14 El espectáculo de las sombras #2
Es hipnótico. El vaivén de sus caderas. La tensión de los músculos de sus antebrazos. Sus gemidos roncos, más crudos con cada embestida. El placer en su rostro… absoluto. Instintivo. Salvaje.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, robándole ese momento.
No sé en qué punto dejé de respirar. Podría jurar que casi lo he sentido.
Y entonces lo recuerdo. Su vista periférica está entrenada…
Quizá nunca estuve tan oculta como creí.
Tal vez él siempre supo que yo estaba aquí.
Sus ojos se encuentran con los míos. No hay sorpresa. ¡Él lo sabía!
Comienza a vestirse con esa calma envenenada que precede al castigo.
El gesto en su rostro lo dice todo: va a venir a por mí.
Salto por el balcón. No hay tiempo para sutilezas.
Esta vez, cada segundo de cautela puede ser el último.
Corro por la saliente, sin pensar, sin mirar.
Un paso en falso y estaré muerta. Pero lo logro.
Caigo sobre mi propio balcón, jadeando. Estoy viva…
aunque no por mucho. Porque esto va a traer consecuencias.
—¡Lilibeth! —Su grito es feroz.
Me arde el pecho, tiemblo de miedo. Quizá debí arrojarme al vacío. Aún puedo hacerlo.
—¡Lilibeth!, sal al maldito balcón. ¡Es una orden!
Siento el corazón salirse de mi pecho. Hay un guardia al otro lado de mi puerta, no tengo adónde ir.
—Lilibeth, no me hagas repetirlo. Si no sales iré por ti y esta vez conocerás lo que es un verdadero castigo.
No dudo ni un poquito de su palabra. Sé que lo hará y lo que vendrá después será mucho peor. Debo enfrentarlo.
—Alteza —Hago una pequeña reverencia, sé que eso le gusta; tal vez logre calmar su furia.
—¿Me puedes decir qué hacías en mi balcón?
—Nada, Alteza.
—¿Recuerdas lo que te ordené?
—Sí. —«¿Por qué estoy tan nerviosa?»
—¿Y bien, qué hacías en mi balcón?
—No he ido en contra de su deseo explícito. Me prohibió merodear por los pasillos sin su consentimiento y no lo he hecho.
—Ya.
Esconde una leve sonrisa, lo que le resta un poco de tensión. Técnicamente tengo razón.
—¿Qué viste?
—Nada.
—Me pareció que estuviste ahí de pie mucho más tiempo.
—Si sabía que estaba ahí, ¿por qué no se detuvo?
—¿Y dejar que tu insistente curiosidad me arruinara la noche?
—Me disculpo. Nunca fue esa mi intención.
—¿Estabas ahí por mí o por ella?
—Su Alteza, suplico perdone mi intromisión. Por favor, no me haga ese tipo de preguntas tan inapropiadas.
—¿Acabas de verme follar y lo inapropiado son mis cuestionamientos? Responde.
—No.
—¡Lilibeth!…
—Dije no. Y me llamo Marlowe.
—¿Tantas ganas tienes de ser una mujer? Compórtate como una. Responde mi pregunta —Vuelve a alzar la voz.
—No.
«¡Ay no!» Brinca al otro lado de la barandilla de su balcón. Está viniendo hacia mí. Entro en pánico.
—¡Deténgase!
—¿O qué?
Cada vez está más cerca. No tengo oportunidad alguna contra él.
—Fue por usted —confieso.
Suelto mi respuesta, pero él no se detiene. Con un ágil movimiento nos encontramos en el mismo espacio. Trato de correr al interior, pero me toma del brazo con fuerza y me devuelve.
Me acorrala contra la barandilla. Puedo ver el vacío y sentirlo a él tras mío, presionándose contra mí.
—¿Sabes, Lilibeth?
Enreda mi cabello en una coleta alrededor de su muñeca y tira de mi cabeza hacia él. Siento sus labios rozarme el oído. Por un segundo, un escalofrío me recorre por completo. Intenso, capaz de opacar al miedo.
—Que me desobedezcas está agotando mi paciencia.
—Lo siento —Agarro su mano para evitar que tire más fuerte.
Sollozo. Es porque estoy asustada —sí—, aunque mi cuerpo insista en contradecirme.
Se cuentan muchas cosas terribles sobre su familia.
Desde que llegué aquí no he dejado de escucharlas.
Él ha sido bueno conmigo; sin embargo, a veces deja ver destellos de su verdadera personalidad.
La de un hombre caprichoso, egocéntrico, con cero tolerancia a la frustración y arranques irracionales de ira.
Si esas voces son ciertas, podría ocasionarme todo el daño que quisiera.
El miedo gana.
—Por favor, no lo haga —suplico.
Mis hermanas se han colado en mis pensamientos, implorando con exactitud lo mismo que yo. Mis lágrimas brotan con más fuerza.
—¿No es esto lo que querías?
—No, no así.
—No así —ríe—. Ya veo. ¡Creías que era un príncipe! Y lo soy. Pero no de esos que viven en las fantasías de las doncellas. Yo soy más como una pesadilla.
—No obedeceré a mi curiosidad nunca más, se lo prometo.
—Yo no soy el patético de tu noviecito, que no ha sabido cómo complacerte. O quizá solo sea que no encuentra nada en ti que lo haga desearte. Y no lo culpo. Siento pena por él, pero más por ti, Lilibeth.
—Nero es un buen hombre; no haría nada que me deshonrara. Por eso me esperará hasta el matrimonio, porque me ama.
—¿Estás segura? Porque, con sinceridad profunda, a mí me parece un niñato al que no le produces nada; tú no enciendes su deseo. Por eso sientes curiosidad por mí. Yo sí soy un hombre.
Por fin me suelta.
—Quizá él solo siga contigo por esa absurda promesa que se hicieron siendo niños. Debe tenerte tanta lástima para dejarte de lado y hacer su vida. Es solo pena, como te la tienen todos. Con honestidad, no sé por qué carajos te salvé la vida.
Sigo ahí de pie, recargada en la barandilla, mirando al vacío. Sin entender. No tenía por qué ser tan cruel.
—Te mandaría con él a comprobar por ti misma qué tan fuertes son sus sentimientos.
Los buenos y los insanos. Dejaría que te hiciera su mujer más allá de las palabras, pero me perteneces.
Eres mía y voy a complacer tu curiosidad.
A partir de mañana te quiero cada noche en mi habitación.
¡Felicidades, Lilibeth! Acabas de ganarte un asiento de primera fila en mi retorcida vida.
Sale de mi habitación azotando la puerta. Me lo merezco por no haberme mantenido alejada. Esta vez no me reprendió físicamente. No obstante, sus palabras han dolido mucho más que sus manos.
Entro desesperada. Busco las últimas cartas de Nero.
¿Cómo es que no lo noté antes?: «Saludos cordiales», «con gran afecto», «con la debida consideración», «sin más por el momento»… Una tras otra.
Hace meses que sus despedidas se volvieron formales, llenas de solemnidad, sin nada de sentimiento implícito.
Ya no encuentro la calidez en sus palabras.
Ajena a todo, lo atribuí al estrés que le causa estar lejos del campo de batalla.
Por mi culpa fue condenado a custodiar a Vlad por tiempo indeterminado, y debe estar odiándome por ello.
Necesito verlo. Pedirle perdón y recuperar lo nuestro.
Tomo todas las sábanas que encuentro en los armarios y las anudo con la fuerza de quien se le va la vida en ello. Las aseguro de un extremo a la baranda del balcón y pido a los cielos me protejan antes de empezar a descender.
Prefiero perder la vida que esta duda que el príncipe ha sembrado en mí. Necesito respuestas y no llegarán si no las busco.
—¡Lilibeth!
El grito del príncipe me hace levantar la vista. Faltan solo algunos metros para tocar el suelo.
Debiera estar ya dormido. Esperé un tiempo considerable para que así fuera. Tal vez sus demonios esta noche le hayan impedido conciliar el sueño. Ha salido a refrescarse con un trago en la mano, el cual —claro— suelta apenas me descubre.
Lo miro cruzar a toda velocidad hacia mi balcón.
No va a detenerme. —Pues parece que sí—.
Comienza a jalar las sábanas hacia él, y a mí solo me quedan dos opciones: llegar al final y esperar a que él baje por la improvisada soga hasta alcanzarme, o soltarme al vacío y rezar por sobrevivir.
Es fuerte y tenaz; las sábanas suben más rápido de lo que yo bajo.
Dejo de dudar. Comienzo a desatar el nudo más cercano. Al caer, el sobrante de tela le impedirá bajar en mi búsqueda.
—¡Lilibeth, detente! ¡Es una orden!
Su desesperación no me hará cambiar de opinión. Suelto el resto de la sábana, precipitándome en caída libre por algunos metros.
Un dolor punzante me atraviesa el tobillo. Me quedo ahí tirada, inmóvil. Tratando de recobrar el aliento…