Corona de humo 14 El espectáculo de las sombras
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14 El espectáculo de las sombras

No fui invitada, pero me quedé hasta el final.

MARLOWE

El príncipe tenía razón. Camino por el pasillo colmado de guardias para refugiarme en mi habitación. No me atrevo siquiera a mirarlos a la cara. Me siento terrible; difícilmente lograré entrar en paz a la cama.

Miro en el espejo las marcas que quedaron en mi trasero; me producen una sensación extraña. No duelen, pero han quedado como un recordatorio de que tengo mucho que perder contra el heredero. Y, sin embargo, mi curiosidad es aún más acuciante.

Mis principios arremeten sin tregua. ¡Soy una mujer comprometida! Y mis ojos se han posado —con la piel necesitada de caricias— sobre otro cuerpo. Un cuerpo que no es el de Nero. Y él no lo merece.

Esto que siento… ¿Es a lo que el príncipe y su amante alguna vez llamaron deseo? Vuelvo a tocar mis labios. Fue extraño, desagradable y, a la vez, placentero. Saber que él nos observaba. Y lo que vino después.

Sus gruñidos roncos, bajos, como nacidos desde el centro de su pecho. Lo hicieron echar la cabeza hacia atrás. La mandíbula marcada. La manzana del cuello expuesta, vibrante. Un instante que no debería recordar y que no puedo olvidar.

El hormigueo me recorrió desde el bajo vientre como una amenaza que no sé combatir. Intento apartar el pensamiento. El impulso.

No puedo. Tengo que resistirme a esta necesidad absurda e irracional. A estas ganas de levantarme ahora mismo e ir a su habitación. Solo para verlo. Solo para saber si sigue respirando como entonces.

¿Qué clase de mujer soy? No es solo deseo lo que me recorre: es traición. A Nero. A lo que juré ser, a la niña que fui. No tendría por qué mirarlo así. No debería pensarlo de esta manera.

No habría de… sentir. Cada pensamiento me arde en la garganta como si fueran nombres prohibidos. Como si el placer fuera una falta y yo estuviera lista para cometerla con los ojos bien abiertos.

Siento que he hecho algo sucio, aunque no haya cruzado línea alguna.

Aunque mis manos permanecen quietas y mis labios cerrados, algo en mí ya ha sido tocado. Ya lo han deseado, y eso basta para sentirme impura.

Me cubro el rostro con ambas manos, intentando ahuyentar el temblor. Como si pudiera devolverme al cuerpo que tenía antes de pensar en él, antes de que su voz me acariciara como el filo de una daga. No es amor, es otra cosa. Más indomable, más cruel. Y aun así, duele más la culpa que el deseo.

Esta mañana, el heredero me ha sacado de mi reclusión para acompañarlo al campo de entrenamiento, tal como lo prometieron sus hermanas. No lograron convencerlo de dejarme practicar, pero verlos entrenar es algo con lo que deberé conformarme por ahora.

Me imagino ahí, sobre la arena, esquivando cada golpe y visualizando cuál sería mi próximo ataque. Simulo que estoy armada.

Mientras Caiseth y el príncipe se enfrentan, yo practico a una distancia prudente de ellos con mi oponente fantasma: el mismísimo espíritu del legendario Beirne Callahan, que ha llegado hasta aquí para seguir entrenando.

Sonrío cada vez que el príncipe cruza su mirada con la mía. De pronto, siento tantas ganas de medirme contra él. Sería un encuentro por demás interesante, siendo él tan alto, fuerte y hábil.

Caiseth cae al suelo mientras el príncipe apunta el filo de su espada contra su yugular. Admito que me asustó, pero comprendo que solo entrenan. Nadie morirá hoy.

—Deja de distraerte con la plebeya, soldado.

El príncipe argumenta con arrogancia y desvía la vista hacia mí con total sutileza.

—No, Su Alteza. Deje usted de mirarla tanto.

En un hábil movimiento, aprovechando el descuido del príncipe, Cai lo hace caer y ahora es él quien lo somete con la espada. Se contemplan en silencio, como si hubieran entablado una charla entre ellos. Una sin palabras, pero que pareciera hacerlos entenderlo todo.

Tras segundos que me parecen eternos, Cai por fin le extiende la mano para ayudarlo a levantarse; él la acepta. Estando en pie, chocan sus hombros de manera fraternal y yo respiro aliviada.

El príncipe camina hasta mí, aunque ya no me mira como lo hacía.

—Acaba con él.

Ordena mientras pasa a mi lado y sigue de largo hasta los barriles con agua, con esa agilidad que le caracteriza y que tanto me roba el aliento.

—¿Acaso eres sorda? ¡Obedece, Lilibeth!

—Sí, Alteza.

Acelero el paso hasta el centro de la arena, donde Caiseth espera a su siguiente oponente. Tomo la espada que yace en el suelo.

—Borra esa sonrisa, no podrás conmigo.

—¿Seguro? Fui entrenada por el mismísimo Beirne, el legendario guerrero.

—¿Ah, sí?

Con apenas un movimiento, hace que mi espada salga volando.

—Pues no olvides que yo soy su hijo, enana.

Maldigo. El príncipe mueve la cabeza y no sé si es por lástima o decepción. Aunque, conociéndolo, podrían ser ambas. Corro hasta donde ha caído la espada y vuelvo a tomarla solo para terminar maldiciendo de nuevo apenas un segundo después. Cai ni siquiera me ha dejado acercarme lo suficiente.

Intento tras intento, el metal retumba, pero no logro acertar ni el más mínimo golpe.

Ahora entiendo por qué, pese a ser tan joven, el futuro heredero lo ha elegido para liderar a su lado las tropas.

Ni yo misma sabía que Caiseth fuera tan bueno.

Estoy agotada, me duelen las muñecas por el peso y el retumbar de los impactos.

Por mucho que lastime, podré caer una y otra vez, pero no me quedaré en el suelo.

Pruebo mi propia resistencia durante minutos enteros.

El sol ha comenzado a caer y el resto de los soldados ha dado por terminado el entrenamiento.

Algunos ya ni siquiera siguen en el campo.

Los más condescendientes aún miran, y uno que otro trata de darme ánimos.

Es inútil, el sudor me nubla la vista, estoy exhausta y mi oponente no parece mucho más cansado que cuando empezamos.

No hay mucho más que hacer, mis brazos ya ni siquiera pueden sostener la espada.

—Se acabó —Cai me ofrece su mano.

—No, por favor —La frustración hace que me ardan los ojos.

—Enana, basta. Estás herida.

—¿Qué? —Miro con sorpresa hacia donde señala su espada—. ¡Carajo! —Tengo un pequeño corte en el brazo, ni siquiera lo sentí—. Un encuentro más —pido.

—No.

—Lilibeth, obedece al soldado. Se acabó.

El príncipe ordena y no puedo más que tragarme mi orgullo herido y soltar la espada con frustración.

Llegamos hasta él. Cai se refresca y yo me enfoco en el horizonte, desviando la vista del heredero. Se ha quitado la camisa y limpiado el sudor con ella. Hace un calor infernal, sí, pero hay una mujer presente; debiera ser un poquito más pudoroso.

—¿Puedo retirarme? —pregunto aún sin atreverme a mirarlo. ¿A quién engaño? He contemplado cada uno de sus tensos músculos a detalle.

—¿Está haciendo una rabieta, plebeya?

—No, Alteza. Solo requiero con urgencia irme a mi habitación.

—Si está acalorada, puede quitarse usted también algo de ropa para refrescarse.

Me sonrojo, eso ha sonado demasiado inapropiado. Cai carraspea la garganta, haciendo notar su presencia. El príncipe recobra la compostura. Se yergue, borrando la sonrisa de sus labios.

—Es todo por hoy. Hay que descansar, soldado.

Estrecha la mano de Caiseth con fraternidad. Analizo el sutil pero fuerte contacto, el asentimiento seguido de una breve sonrisa. Lo noto. Se han vuelto amigos; lo que aumenta mi vergüenza.

—Tú también retírate, Lilibeth.

—Sí, Alteza —Agacho la cabeza.

No los miro, camino lo más rápido que me permiten mis agotadas piernas. Caiseth es el hermano de Nero. Tengo que disculparme con él por el arrojo del príncipe y por mis indiscretas miradas.

Lo buscaré a primera hora. Si esto llega a oídos de mi prometido, podría decepcionarse de mí, y no quiero.

Asearme no ha logrado quitarme la culpa del cuerpo. Juro que nada de esto ha sido deliberado, yo solo quiero estar con Nero.

Las princesas han pasado tiempo conmigo. Estaba tan ensimismada que no podría asegurar de qué estuvieron hablando. Quizá sea el que me arreglen como ellas lo que me está transformando en alguien que no soy. Porque sí, me siento linda, con una seguridad que yo no tenía.

Debería dejar de usar los bonitos vestidos que me han obsequiado y estas batas con transparencias que apenas me cubren —si es que puede decirse que lo hacen—. Debo recordar de dónde vengo y no olvidarlo. Regresar a esas pijamas de manta y el cabello alborotado, salvaje.

Escucho a la amante del príncipe —como cada noche— entrando a su habitación.

¡Esto es tan frustrante! Miro mi cama, llamándome a hacer lo correcto.

Han pasado semanas desde aquel desafortunado encuentro.

Noches enteras en las que me he metido bajo la almohada para controlar la curiosidad que los gemidos del príncipe me producen.

Me pregunto por qué las mujeres de esa alcoba no hacen los mismos ruidos que las concubinas del rey.

¡Ya no resisto!

Desde el incidente con su padre se ordenó que un guardia permaneciera junto a mi puerta. Husmear por el pasillo ya no es una opción.

Me escabullo hacia el balcón.

La habitación del heredero colinda con la mía; nuestros balcones están separados apenas por un par de metros. Entre ellos, una estrecha saliente de piedra pulida. Abajo: nada. Solo una caída que me conduciría a la muerte. Exhalo. No puedo detenerme.

Ajusto con decisión el nudo de mi bata y me deslizo hacia el borde. Me siento sobre la saliente y empiezo a deslizarme muy despacio, sin mirar al vacío. El vértigo me muerde los tobillos. La adrenalina me empuja.

Tengo miedo y lo peor es que no sé si tendré el valor para volver por el mismo camino.

Al fin, mis dedos rozan la barandilla vecina. La piedra está fría y mis manos sudorosas. Me aferro antes de que los nervios me hagan perder el equilibrio.

Entro al balcón del príncipe. La luz temblorosa de las velas proyecta sombras danzantes a través de las cortinas. El viento las hace susurrar, como si también quisieran mirar. Me oculto tras una columna. Los contemplo, conteniendo el aliento.