Corona de humo 13 El placer empieza en sus ojos
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13 El placer empieza en sus ojos

Y solo bastó su mirada, sosteniendo el pecado sin parpadear.

LUCIEN

Sus mejillas arden de vergüenza, y juro que ese rubor me resulta encantador. Deben tener el mismo tono que sus nalgas, aún marcadas por el castigo que le propiné minutos atrás.

Entró por completo a la tina. Ella permanecía de pie, como espectadora. Aprieta los ojos con fuerza, los puños ceñidos a ambos lados del cuerpo. Si pudiera, saldría corriendo.

Pero algo más fuerte incluso que ella misma la mantiene anclada al suelo.

—Relájate —le ordeno con voz baja.

Nada. Es una estatua de porcelana: frágil, perfecta, tallada en miedo y curiosidad.

Las velas titilan, dibujando sombras sobre su pequeña silueta.

—Abre los ojos.

Esta vez, la firmeza de mi tono surte efecto. Lo hace.

Y en cuanto me ve, resopla, tan lenta y callada. Un susurro espontáneo y aliviado. Como si el alma le regresara al cuerpo.

El agua me cubre hasta la cintura. A mi espalda, mi amante comienza a masajearme con aceites; sus dedos expertos recorren mi piel. Lilibeth me mira. Yo la observo. Nuestros ojos se encuentran en un silencio espeso, tenso, peligroso…

¿Qué estará pensando? Juro que no quise lastimarla; era necesario, mi padre tenía que escucharlo.

Pero no esperaba que reaccionaras así. Lili… no contaba con que ese gemido tuyo se me quedara grabado. Tan suave, tan contenido, tan sugerente.

—¿En qué piensas, Lilibeth?

—En nada, Alteza —murmura.

Gira apenas el rostro y fija su mirada en los grabados de mármol, huyendo de todo, menos de ella misma.

Mi amante intenta meterse en la tina, pero la detengo con una mano. No quiero asustar más a la pobre curiosa. En cambio, la hago arrodillarse a mi lado. Toma el gesto sin protesta y sus manos encuentran mi entrepierna. Eso bastará por ahora. Ella obedece, hábil como siempre.

Y yo observo a Lilibeth. Juraría que ha dado un paso hacia delante. Minúsculo, involuntario. Pero lo ha hecho, y eso me fascina.

—Cierra la boca —le digo entre risas.

Obedece sin agregar ni una palabra.

—No me digas que nunca tocaste así a tu prometido.

—¿Cómo se le ocurre? —Se cruza de brazos, indignada.

Se sonroja de nuevo, y yo me carcajeo.

—Vamos, Lili. Te hice una pregunta.

Atrevido o no, merezco una respuesta.

—No imaginaba que algo así… pudiera hacerse con esa parte de su cuerpo —responde.

Su voz denota una mezcla de incredulidad y pudor que me hace desear besarle la frente.

—Nero es muy respetuoso —agrega.

¿Con esa parte de su cuerpo? Su inocencia es tan genuina que me arranca otra risa. La veneraría si fuera de sangre noble, pero no lo es: es una plebeya. Y eso debería recordármelo más a menudo.

—Mientes.

—No —Es tajante.

—¿Sus labios jamás consumieron los tuyos? ¿Nunca devoraron tu cuello?

Ella baja la mirada. Juega con sus dedos.

—No, Alteza.

Su tono ya no está teñido de vergüenza, sino de duda.

—¿Eso es… malo?

—No lo sé —respondo con absoluta honestidad.

—Es extraño, ahora que lo pienso —dice ella, cerrando los ojos.

Está buscando en sus recuerdos algo que no encuentra.

—Lilibeth, ¿alguna vez deseaste tanto a Nero que no pudiste contener…?

—¿Las ganas de qué? —pregunta, confundida.

—De montarte sobre él y sentir su placer explotar entre tus piernas —Mi amante interrumpe.

Nos toma por sorpresa. Debería reprenderla, pero no.

La reacción de Lilibeth me provoca algo más poderoso que el enojo.

Excitación pura.

Se ha quedado inmóvil, conmocionada, tal vez, pero no se aparta.

—El acto de la procreación debe guardarse para el matrimonio —responde sin ironía.

Así lo cree; cada maldita palabra.

Dioses, no lo soporto más. Suelto una carcajada fuerte. Mi amante, frustrada por mi distracción, resopla.

Ya deben dolerle hasta los hombros. La aparto con desdén. Lo haré yo mismo; mi propia mano la reemplaza. Mientras me doy placer, ella se levanta, recoge sus cosas y se marcha.

Su contoneo es deliberado. Pretende provocarme.

«¡Ridícula!»

La despediré mañana… Pero entonces se detiene junto a Lilibeth y, sin decir una palabra, le toma el rostro y posa sus labios sobre los de ella.

Un beso apasionado y profundo. Ella no se aparta. ¡Por todos los cielos! Mi cuerpo estalla.

Nunca algo me había excitado tanto. Ese instante fue mío, aunque no debió serlo.

Cuando todo termina, Lilibeth sigue ahí, inmóvil, tocándose los labios. Está en shock . No mentía: jamás la habían besado. No con tal deseo. Y ese primer beso debió haber sido mío. «¡Maldita sea!»

Salgo furioso de la tina, desnudo, sin importarme sus ojos. Si otros se han atrevido a tocarla, yo puedo deshonrar su inocente mirada.

—Ve con tu prometido, Lilibeth. Que sea él quien sacie tus ganas —le susurro, apretando su hombro antes de alejarme.

Ella permanece allí en la ducha más tiempo del que puedo tolerar. Debe estar procesando todo, la pobre pueblerina. O Nero es un idiota o es el hombre más afortunado del mundo.

—Que descanse, Alteza —me dice con voz suave, apenas un murmullo.

La puerta se cierra tras ella. Y en mi pecho, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la culpa araña mi deseo.