Corona de humo 12 No abras la puerta #2
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12 No abras la puerta #2

Termino de acomodar el tocador y me voy a la cama. Las confortables sábanas hoy no me hacen perderme. Hay tantas cosas en mi cabeza que me impiden dormir. O quizá fue la exagerada dosis de azúcar, que no debí comer.

Dormito, girando de un lado a otro sobre la cama. La fiesta privada del rey —como la he llamado— parece estar en pleno apogeo. —¡Absurdo!— Sé que debiera contenerme, mas no puedo; mi curiosidad acumulada es tanta y las princesas no han ayudado.

No debiera ir en contra de las órdenes explícitas de Lucien. Sin embargo, él debe estar perdido en profundo sueño como para siquiera notar que dejaré la habitación por un instante.

Salgo sigilosa, descalza, para evitar hacer ruido. Los guardias suelen quedarse al inicio del pasillo y al pie de la escalera. Nunca custodian las entradas hasta que las concubinas se han marchado, por lo que puedo moverme con libertad. Brincoteo sobre mis dedos.

Entre más cerca estoy, los sonidos se vuelven más definidos.

Pego la oreja contra la puerta de la habitación del rey, tratando de imaginar lo que pasa dentro.

¡Imposible! No logro descifrarlo. El ruido comienza a ceder y yo suplico que sigan. ¡No lo hacen!

La puerta se abre de golpe.

Apenas me ha dado tiempo de enderezarme. Palidezco; es el mismísimo rey de Endellion. Lleva su bata de pieles anudada a la cintura y un pequeño vaso en la mano. La sorpresa en sus ojos se vuelve furia.

—¿Qué carajos haces aquí? —grita.

—Lo siento, Su Majestad —hago una reverencia, temblando de miedo.

Se escuchan las botas de los guardias que corren hacia nosotros.

—¿Te hice una pregunta?

Aprieta mis mejillas con su mano, haciéndome levantar el rostro. Sus ojos son oscuros, impasibles.

—Padre, me disculpo. No queríamos importunarte.

¡Ay no, el príncipe! Tiemblo aún más. El escándalo debió alertarlo. Siento su imponente figura detrás de mí.

Ahora sí va a matarme…

—¿Qué hace esta mujer husmeando tan cerca de mí?

—Obedecía mis órdenes. De pronto sentí tantas ganas de follar con ella en el pasillo.

—Es solo un juego, Majestad —explicó—. Me disculpo.

Vuelvo a agachar la cabeza en señal de respeto.

—Ya veo.

Sus ojos oscuros esta vez están atravesando mi escote; es desagradable.

—No se repetirá, padre.

—¡Tú! Sirve de algo, tráeme más licor.

Ordena el rey a uno de los guardias antes de desaparecer azotando su puerta.

El príncipe es ágil. En apenas un par de movimientos me alza en brazos, llevándome a su habitación. Agradezco que ya no estamos donde el rey.

Pero enfrentarlo a él quizá sea mucho peor.

La orden de “Cassius el Sanguinario” es lo último que escucho antes de sentirme caer con brutal ímpetu.

El príncipe me arroja sobre uno de sus sofás. ¡Está furioso!

—¿Qué fue lo que te dije? —Camina de un lado a otro por la estancia. Esta vez parece realmente molesto.

—Perdón.

—¿Perdón?

Una mujer semidesnuda sale del cuarto de baño, asoma la cabeza y me contempla con desdén por escasos segundos.

Ahora que lo noto, él también lleva el torso descubierto, solo con su bata borgoña anudada a la cintura.

—Su Alteza, la tina está lista —anuncia.

—Regresa ahí dentro y cúbrete, por favor —se aprieta el tabique nasal, frustrado.

—Como ordené.

La mujer hace una reverencia y desaparece. El príncipe vuelve a enfocarme, no menos furioso que antes. Sigue esperando respuestas.

—Los ruidos en ese lugar. Las mujeres gritaban y se oían golpes —explico nerviosa.

—¡Golpes! ¿Te atreviste a desobedecer mis órdenes por golpes? ¿Qué planeabas, rescatarlas?

—Yo solo… sentí curiosidad.

—Lilibeth.

Me extiende la mano. Dudo antes de tomarla. Lo hago, no quiero molestarlo más.

Apenas me levanto, me gira sin esperarlo. Me recuesta sobre el brazo del sofá y me da una nalgada.

Me quedo atónita, tanto por el acto como por el dolor. No sé cómo reaccionar ante el castigo.

—Lilibeth, cuando doy una orden, espero que esta sea obedecida. ¿Entiendes?

—Sí, Su Alte…

No da tiempo a completar la frase. Arremete con otra nalgada, esta vez más fuerte que la anterior. Gimo.

—Que sea la última vez que me desobedeces.

Una tercera nalgada me vuelve a estremecer. Trato de cubrirme. Me lo impide tomando mis manos con la suya, justo por detrás de la espalda.

Cuatro; gimo.

—No volveré a hacerlo —pataleo.

Cinco; gimo.

—Eso espero. No me gusta reprenderte.

Siento cómo va aflojando el agarre. Me incorporo con dificultad, con las piernas aún temblando.

—¿Lo ves? Algunos golpes no son tan malos, Lilibeth.

Sus labios tan cerca de mi oído me alteran hasta el último de los sentidos.

—Ahórrate la curiosidad. No siempre los gritos son de auxilio ni todas las mujeres quieren ser salvadas.

—Sí —mi confusión es palpable.

La mujer vuelve a salir, esta vez con la bata cayéndole sobre la cintura, dejando al descubierto sus pechos.

—El agua se enfría, Su Alteza.

—¡Ya voy, carajo!

Grita sin importarle romper mi tímpano; aún sigue tan cerca de mí.

—Traiga a su niña, si le apetece.

Desaparece una vez más. Su niña … las cosquillas en mi estómago regresan.

—Lilibeth —susurra—. Mi padre debió dejar a sus guardias postrados en la entrada. No podrás irte hasta que esto acabe. Te aseguro que la curiosidad del rey ahora es más grande que la propia. Si la tuya es peligrosa, la de él mata.

Extiende su mano una vez más. No voy a tomarla de nuevo. No después de haber confiado en él y terminar recostada sobre el sofá recibiendo castigo.

Entiende mi miedo. Solo hace un gesto para invitarme a seguirlo hacia la habitación contigua, donde se encuentra la ducha.

Al centro de la amplia estancia yace una tina de mármol con herrajes dorados. El agua se desborda por los laterales hacia las canaletas en el suelo pulido. El lugar se encuentra a media luz y es bastante íntimo.

La mujer que lo llamó con insistencia se muestra ante él en completa desnudez, mientras coloca aceites en el agua.

Palidezco. El príncipe comienza a desanudar su bata y esta cae a sus pies. Cierro los ojos. No voy a mirar.

—¿Qué pasa, Lilibeth? ¿Acaso tu curiosidad se esfumó tan pronto?

Su risa ronca inunda el lugar…