12 No abras la puerta
Hay cosas que una mujer no debe saber, a menos que esté dispuesta a sentir.
MARLOWE
Las charolas del servicio entran y salen intactas de mi habitación. Por más que lo intento, no me cabe un bocado. Los días se apilan indiferentes. Necesito que esta inanición me consuma. Que mi vida termine de una vez. Morir, sí. Es lo que más deseo.
No salir de esta reclusión es, quizá, la única orden que me complace. La luz colándose por los ventanales es la señal que anuncia que aún existen mañanas.
Sobreviviendo contra mi voluntad. Con la misma pesadilla que se revive una y otra vez con solo cerrar los ojos.
Sus gritos que me calan el alma. Ellas ahí, entre humo y llamas.
Mirándome con una culpa que apenas puedo sostener.
Preguntándose por qué no hice nada por salvarlas. Por qué las dejé morir.
No existe tregua. El castigo no es este encierro. Mi condena es recordarlo todo.
Como consuelo, las cartas de Nero. Él y su promesa se han vuelto lo único que me queda. Guardo la última que me llegó esta semana. A veces conjuro su presencia, como si su voz fuera un bálsamo para mi alma.
Exhalo frente al espejo. No reconozco ni mi reflejo. Las princesas han sido más que atentas conmigo. Llenaron el ropero con vestidos y accesorios que jamás habría soñado. Nada se siente real. Mi cuerpo es un cascarón vacío.
Cada tarde vienen a hacerme compañía. Llegan con risas, juegos e historias que ni siquiera intento entender. Pero se marchan al anochecer. Ese presagio oscuro que llega con la puesta de sol.
—Trajimos té y dulces.
Sostengo la puerta mostrando unas ganas que no siento. Daphne entra como ventisca y tras ella una de sus damas, sosteniendo una gran charola repleta de golosinas.
—Anda, come —ordena Verena con suavidad.
Aún no sé cómo referirme a ella. Es reina por matrimonio, sí, pero en este lugar todos la tratan como si su rango fuera digno de risas.
Sé que su padre, nuestro sanguinario rey, la castigó con ese matrimonio arreglado. Impuesto ante sus constantes actos de rebeldía contra la corona. Quería alejarla.
Sinceramente, no sé por qué no se ha marchado del todo. Yo lo habría hecho. Preferiría la miseria de las tierras heladas antes que seguir viéndome reflejada en los ojos del hombre que nos gobierna.
Lo odio con cada latido. Agradezco que, en los meses transcurridos, no he tenido la desgracia de encontrármelo. No podría reverenciar al hombre que permitió la masacre de mi familia.
Quiero seguir negándome. Pero me traiciono a mí misma. Algo en esa charola huele demasiado bien.
—¿Es tarta? —Mi estómago ruge.
—El soldado Callahan fue muy amable al traerla desde su casa —responde Daphne—. La preparó su madre, especialmente para ti. Quizá, con un poco de práctica, algún día nos quede igual de perfecta.
—O podrías bajar con nosotras a la cocina y prepararla tú misma —insiste Verena—. Dicen que es casi igual de buena que esta.
—Imposible —Una sonrisa se me escapa sin permiso.
No miento. La tarta de Doris es algo que ni con práctica podría superar —suspiro—. La extraño más de lo que quisiera admitir.
—No pienso salir de esta habitación.
—Hablaré con mi hermano. Su soldado también nos dijo que te gustan las espadas.
Que entrenar con él te haría bien. ¿Y a quién no?
¡Es muy guapo! —suelta una risita apenada—.
En Endellion las mujeres no forman parte de la milicia, pero quizá pueda permitirte entrenar como un favor especial… hacia mí. Él no suele negarme nada.
No quiero salir de aquí; es un hecho. Pero ver al menos un rostro conocido —aunque sea al insufrible Cai— podría ayudarme. Y necesito saber cómo está Nero, más allá de lo que me cuenta en sus cartas.
—Gracias, Daphs. Eso sería agradable —suspiro.
Tomo un poco más de tarta. Verena, mientras tanto, juega con mi cabello. Tiene una extraña obsesión por cepillarlo. Esta noche parece más pensativa que de costumbre.
—¿Lo extrañas? —cuestiono con interés, atrapando su mirada en el espejo.
—¿A quién?
—A tu esposo.
—No puedes echar de menos a alguien que apenas conoces.
La miro confundida. Ella entiende mis dudas antes de que las exprese.
—Mar, eres afortunada —interviene Daphne—. Mi hermana fue obligada a casarse con ese rey como un castigo. Las princesas no elegimos nuestro futuro. El rey hace las alianzas como estrategias o por puro capricho.
—¿Qué fue tan grave para merecerlo?
—¡Empatía! ¿Puedes creerlo?
—Liberar prisioneros es su pasión.
—Solo a los que considero condenados de forma injusta. Pero padre no lo entiende. El rey de Chrysanth vendrá por mí apenas se deshielen los caminos.
—¿Chrysanth?
—Un reino en las faldas de las montañas del norte —explica Daphs—. Su rey le permite a mi hermana volver aquí, para no morir congelada ante el cruel invierno.
—No conozco a ese rey, pero ya me parece más gentil que el nuestro.
Chrysanth , lo grabo en mi mente. Ya tendré tiempo de investigar sobre ese lugar en la gran biblioteca.
—No todos los reinos son crueles. Más allá de las montañas existen lugares de paz, con reyes bondadosos. La naturaleza misma los protege con su gracia —recita cual leyenda.
—Hablas de lugares fantásticos. Esos que nos enseñan como mitos —agrego con pesar. Nuestro destino al sur era similar.
—Nos hacen creer que lo son, para que nadie sueñe con escapar —me responde con firmeza—. Pero existen. Mar, te lo juro. Quizá algún día podrías ir con Nero más allá de las montañas nevadas.
—¿Huir con Nero?
Ambos hemos sido condenados. Yo le pertenezco al heredero, él a Sora.
—Yo los ayudaría —suspira Verena—. Cuando vuelva a Chrysanth, podrían venir con nosotros. Es un viaje largo y peligroso, pero la comitiva del rey Rhodes está entrenada para la travesía. Con ellos, estarían a salvo.
¿Un lugar en libertad? Muero por contárselo. Deseo tanto ver a mi prometido.
—Daphs, podrías venir con nosotros —Tomo sus manos sin poder ocultar mi emoción.
Ella me mira y baja la vista.
—Nada me gustaría más. Pero no puedo. Tengo un destino que cumplir. Mi futuro ya está pactado. Ir en contra de ese trato traería la guerra a nuestro pueblo.
—Daphs está comprometida con el rey de Ashford.
Cerrarían la alianza como el noveno reino aliado.
Pero Vlad lo arruinó todo. Él, muy idiota, se obsesionó con la mujer de un lord de la corte.
Su capricho tiró años de negociaciones por la borda.
Y a mi padre no le quedó más que usar a mi hermana como ofrenda de paz.
Ahora entiendo por qué Daphs tiene los ojos llenos de tristeza. El rey de Ashford está en nuestros libros de historia, y no por ser un héroe.
—Tu padre no puede entregarte a un hombre como él.
—Un rey hace lo que debe para conservar su trono —agrega resignada—. Para esto fuimos criadas. Para ser concedidas. Por estrategia, poder o castigo —suspira—. ¿Ahora entiendes lo afortunada que eres? Mi hermano, tarde o temprano, se aburrirá de ti y te dejará libre. Tú podrás elegir. Nosotras no.
Su cercanía me ha generado un afecto muy rápido hacia ellas. Me recuerdan a mis hermanas: nuestras charlas en el granero, las risas y los sueños. Las princesas no las reemplazan, pero se sienten tan similares, que duele. Me invade la nostalgia.
Mi destino en palacio no ha resultado del todo trágico. El príncipe ha sido lo bastante amable. Sin embargo, saber que ellas también se irán me rompe un poco más.
—No nos pongamos melancólicas —Verena sonríe, apretando la mano de su hermana—. Algún día seré una reina lo bastante fuerte como para cambiarlo todo. Y si no yo, alguna de ustedes lo hará. Ninguna mujer volverá a sufrir lo que nosotras. Sin importar su título.
Confío en que así será. Lograr algún cambio por mínimo que sea se volverá una gran victoria. Tal vez, cuando el príncipe Lucien ascienda al trono, las cosas sean distintas. Al menos para Endellion.
—Daphs, debemos irnos.
Miro hacia la ventana; la noche ha caído.
—¿Qué pasa al final del pasillo que les genera tanta repulsión?
—El rey y sus concubinas. Es nuestro padre, y lo que hace es desagradable.
—¿Los ruidos que se escuchan?
—Me disculpo en su nombre. Me hace odiarlo. Mi madre sufrió tanto. A veces pienso que ella de verdad lo amaba. Murió esperando demasiado de él.
—Lo siento.
—Yo lo lamento aún más. Por ella, pero también por ti. Tener que aguantar la escandalosa y desenfrenada necesidad de los Fitzgerald.
—¿Y qué necesidad es esa?
—La misma que tienen todos los hombres. ¿Tu madre no habló de ello?
Niego con la cabeza.
—Lo haría cuando estuviera por casarme. Aunque mi curiosidad no me hubiese permitido esperar tanto. Se lo habría preguntado a mis hermanas mayores apenas volvieran. Quizá sean ustedes las que ahora deberán ilustrarme sobre aquello que las parejas requieren para procrear.
—Hablas con tal diplomacia del acto —Daphs ríe.
—El cual no es solo para procrear —agrega Verena.
Ambas princesas se burlan de mí. Arrugo la nariz y me cruzo de brazos. Odio ser esa campesina inculta.
—No sería correcto hacerte creer que la intimidad entre parejas es solo para engendrar herederos. Machista, supongo. Y es justo lo que quiero erradicar. El placer que viene con el deseo debe convertirse en algo permisible para nosotras también.
—Es un acto que va más allá de traer descendencia, aunque para los nobles suele no ser así. Por eso nos poseen como objetos, tal cual Vlad lo ha hecho con tantas mujeres. Justo como mi padre y sus incontables concubinas.
—O como Lucien y su larga lista de amantes.
Escucho con atención.
—Sigue sin quedarme claro.
—Tu inocencia es algo digno de proteger. No te corromperemos en este momento.
—Nadie quiere hacerlo. Ni el mismo príncipe.
—¿Has hablado sobre esto con mi hermano? —Verena se detiene antes de cruzar el umbral.
—No fue demasiado comunicativo al respecto. Zanjó el tema enseguida. Piensa que mi curiosidad es peligrosa y debo contenerla.
—Bueno, hazle caso. Daphs, andando.
Antes de que la puerta se cierre, noto la sombra de las mujeres que, como cada noche, recorren el pasillo hacia los aposentos del rey.