11 Te reclamé en medio del infierno #3
—Eres tan Reina de esas tierras como Vlad de su isla.
—A veces te odio, Lucien.
—¿Ah, sí? Pues yo…
—Mar despertó —interrumpe la menor de nosotros.
Sonrío. ¡Ella sí es una princesa! Dulce y entregada a sus deberes. ¡La adoro!
Sabe cuál es su lugar en esta monarquía y lo cumple. Me basta con verla para que se me pase la ira.
Si todas las mujeres en este reino fueran como mi encantadora hermana menor no habría tantos problemas.
La noticia me complace. La sigo dentro. Lilibeth está ahí, con la mirada perdida. Apenas se percata de mi presencia, se gira.
—¿Qué le pasa? —No esperaba una reverencia, la cual está obligada a darme, pero tampoco tal falta de respeto.
—Mar, hermosa —Verena se acerca y la toca—. No tienes fiebre, tómate esto.
Pone una taza en sus manos. Lilibeth arruga la nariz y la aparta con desagrado.
—Yo tampoco confiaría en nada que venga de sus manos.
Mi comentario no causa gracia. Llego hasta la cama. Sigue sin mirarme.
—Reverénciame, Lilibeth —le exijo.
¿Por qué lo hago? No lo sé. Es estúpida mi forma de querer llamar su atención. Solo quiero que me vea.
—Marlowe… Me llamo Marlowe.
Es apenas un susurro frustrado. Sonrío. Con muy poco de ella me basta. Hasta con su maldito enojo me llena.
Pensarlo me asusta.
—¡He dicho que me reverencies! —repito más firme.
—¡Basta! —Verena se interpone—. Sal de mis aposentos.
—¿Disculpa?
—Ya me oíste.
—Verena, no toleraré más insolencias de ninguna de las dos —advierto.
—Entonces lléveme al calabozo.
Lilibeth sale de la cama. Las flores caen a sus pies. Se planta frente a mí con los brazos extendidos.
—¿Me estás desafiando?
¡Es inaudito! Enfurezco. Claro que la metería en una celda. Me contengo. Observo. Sus manos aún lucen muy lastimadas.
—Al parecer mi nueva adquisición ya se siente mejor. ¡Nos vamos! —La miro fijamente, yo también puedo confrontarla—. Lleven sus cosas a la habitación contigua a la mía —indico a los guardias.
Obedecen. Su subordinación inmediata me serena. Pocas cosas me causan tanto placer como verlos movilizarse ante mis órdenes.
—No dejaré que la metas ahí.
—Soy su dueño.
—Lucien, estás actuando como un cretino. Mar se quedará donde pueda protegerla.
Pongo los ojos en blanco. No pienso discutir más.
—¡Guardia!
Entra y toma a la plebeya del brazo para hacerla salir. Aunque camina de mala gana, no pone resistencia.
—¿Sé bueno con ella, quieres?
Daphs me toca el brazo antes de cruzar la puerta. Con ella me muestro paciente. Solo soy mayor por tres años, pero siempre se ha sentido tan frágil. Acaricio su mejilla con los nudillos, como lo hacía mamá. No digo nada. En el fondo, se sabe mi consentida.
Los guardias me esperan, y luego los adelanto. Caminamos en silencio por los pasillos del ala este. Mi terreno.
Todo aquí dentro sigue los gustos oscuros de mi padre. Mobiliario negro azabache, tapicería roja. Retratos en las paredes que revelan nuestra magnificencia. Un exquisito derroche de oro y velas. Con ese aroma a poder y maldición.
Ordené que mis amantes fueran reubicadas. Una decisión que sorprendió al personal, incluso más que a ellas mismas. Pero soy tan caprichoso como cualquier príncipe heredero. Lilibeth es mía y la quiero cerca. Quiero que me orbite como una luna, así como mis pensamientos giran en torno a ella.
—¡Guardia! —gruño.
¿Cómo se atreve a mirarla de esa manera?
—Discúlpeme, Su Alteza.
Endereza la cabeza y concentra su vista al frente.
¡Es preciosa! Con ese camisón negro y el cabello caoba cayéndole en ondas, luce como una reina.
—Cúbrete —murmuro, lanzando mi capa sobre sus hombros.
Que lo haga antes de que mate a alguien. Ella ni se inmuta. Aprieta la fina tela contra su cuerpo. Cabizbaja y… ¿llorando?
Resoplo. Por supuesto.
Un par de lágrimas recorren sus mejillas y siento algo bastante inusual. Pena. ¡Imposible! Me concentro para no volver los ojos hacia ella de nuevo.
Llegamos a la maldita habitación. Vacía, porque yo ordené que echaran a todos.
—De ahora en adelante, dormirás aquí. No podrás salir sin mi permiso. Si por alguna razón te encuentras con mi padre, deberás hacerle todos los honores. No es alguien condescendiente. Buscará cualquier pretexto para…
—¿Cortarme la cabeza? —interrumpe.
Me llenaría de placer hacerlo yo mismo si vuelve a hablar sin mi consentimiento.
—No. Escúchame bien, Lilibeth. No vas a salirte con la tuya. Tu vida es mía y solo yo decido cuándo termina. Mi padre no te matará por mí. Pero no esperes piedad de sus castigos. Te he salvado, así que agradece.
—Nadie le pidió que lo hiciera. Y exijo que me llame por mi nombre… Marlowe.
¿Exige? La alzo sobre mi hombro. Apenas puedo, la arrojo sobre la cama. Un movimiento brusco que la asusta. Bien. Que aprenda.
Me sorprendo de lo liviana que resulta ante mi fuerza. Esa fragilidad la vuelve dulce. Maldita sea, y es mía.
Salgo furioso. Midiéndome la lengua. Sintiendo culpa. Odiando las ganas terribles de hacer lo correcto que me despierta.
No llevo ni una maldita hora a su lado y ya he querido pedirle perdón tres veces. Soy su amo. No un maldito sirviente enamorado.
Azoto la puerta y grito en silencio.