Corona de humo 11 Te reclamé en medio del infierno #2
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11 Te reclamé en medio del infierno #2

—Caiseth, ella irá contigo.

Solo tenemos tres caballos, y él es en quien más confío.

—Como ordene, Su Alteza—. Se agacha junto a ella. —Mar, debemos irnos—. Acaricia sutilmente su espalda y la toma con delicadeza por el brazo.

Se levanta tambaleante y siento unas inmensas ganas de sostenerla. Me contengo. Pasan junto a mí, sin siquiera mirarme. —Carajo, pero si no ve a nadie—. Su cuerpo se mueve por puro instinto; ya nadie lo habita.

Caiseth la ayuda a montar el caballo y sube tras ella.

Una vez listos, iniciamos nuestro recorrido hacia el norte, al castillo de Endellion.

Los rayos del sol nos alcanzan apenas llega el alba. Los pajarillos trinan al alzar el vuelo. La fauna del bosque comienza a despertar a nuestro alrededor.

No suelo salirme de los caminos principales, ni alejarme más de lo estrictamente necesario.

Debo reconocer que las pequeñas aldeas fuera de las murallas tienen un encanto particular.

Parecen mucho más pacíficas, rodeadas de vegetación.

El aire se respira más puro. Inhalo hasta saciarme. Lo necesito.

La ciudad interior está abarrotada de casas y sonidos mucho más artificiales.

Gente cotilleando y corriendo de un lado a otro, carretas retumbando sobre el empedrado.

El aroma a leña de las hogueras. Y ni hablar de los olores fétidos del área de abastecimiento comercial.

Puedo entender por qué muchos de nuestros pobladores prefieren la vida rural.

Lilibeth hace rato que dejó de sollozar. La miro de reojo. Se ha recargado en el pecho de Caiseth y él la cubre con sus brazos, mientras sostiene las riendas. No parece quedarle más fuerzas. Sus ojos se cierran somnolientos hasta que se pierde en el sueño.

—Mar, por favor. Quédate conmigo.

La voz alarmada de mi soldado me hace detenerme a su lado.

—Sé que duele. Resiste, falta muy poco. No puedes hacerle esto a Nero.

—¿Marlowe, está bien?

—Le llamo por su nombre de pila.

Quien la sostiene es el hermano de su futuro esposo, y acaba de recordármelo. No quiero que siga pensando que mi trato hacia ella tiene tintes personales. Lo he decidido; solo usaré el nombre que le he dado cuando estemos a solas.

No lo admitiría de manera pública. Pero, al igual que su hermano, yo también adoro cómo frunce la nariz ante el desagrado que le causa.

Discutiéndome al instante. «¿Por qué lo hago?

» ¡Ah, sí! Porque soy el futuro Rey y puedo decirle cómo se me dé la gana.

Quizá debiera seguirla llamando Lilibeth enfrente de quien sea, pero lo cierto es que se ha vuelto algo muy nuestro. Y ella ahora es mía también.

—Pensé que era cansancio. Ya no reacciona.

—Está ardiendo. —Por fin me atrevo a tocarla.

No pensé que su piel fuera tan suave. Los pueblerinos trabajan durante horas bajo el brutal sol o soportando fríos implacables.

Sus mejillas se sienten tersas, como la más fina seda.

—¿Me pregunto si…? —Dejo de mirarle los labios y morderme los propios.

Aparto con brusquedad ese pensamiento de mi cabeza.

No es el momento, no es el lugar… No es la persona.

Ayudo al soldado a acomodarla. Está inconsciente. Y no sé si es por la fiebre, sus heridas o lo que esté pasando en su interior.

—A cabalgar —ordeno, frustrado. Ambos guardias me siguen.

El castillo está cerca. Esa fortaleza oscura que se alza como una maldición.

Abren las puertas apenas me reconocen. No me detengo a recibir reverencia alguna. Solo importa que la plebeya esté bien, aun en medio del caos.

—¿Qué hago con Mar?

Caiseth pregunta con urgencia. Me detengo, mas no los miro; ni siquiera yo lo sé. No había previsto qué haría con ella cuando estuviéramos en el palacio. Solo sé que la quiero cerca.

—Por todos los cielos, llévenla a mis aposentos —aparece mi hermana, gritando órdenes.

—No —me opongo.

Mis hermanas decidieron dejar el ala real para mantenerse alejadas de mi padre y de mí. Tienen sus motivos… No voy a discutirlo ahora.

—Lucien, no sé qué estabas pensando al traerla aquí, pero deja que yo me haga cargo. ¿O piensas meterla en la alcoba con el resto de tus amantes?

Pongo los ojos en blanco. Tiene razón. Lilibeth necesita una habitación tranquila, no la mía.

Solían decir que mi padre y yo éramos un par de hombres tan desagradables como Vlad. Sería desafortunado que ella se diera cuenta tan pronto de que mi tío y yo no somos muy distintos.

—Caiseth, llévala a los aposentos de la princesa Verena —concedo, resignado.

—Sí, Alteza.

Desaparecen ante mis ojos, que se resisten a dejar de verla. Mi hermana se aleja dando indicaciones. —¡Es lo mejor! —repito para mí.

Lili despertará; es vidente. ¡La vida del sanador real dependerá de ello! Y quizá, tenerla lejos me haga sentir más tranquilo.

Me retiro a mi privado. Hay cosas que debo atender. Ideas que organizar. Ha sido una semana por demás caótica. Yo también necesito tregua.

No la he visitado en una semana. Los guardias me informan cada día de su estado. Ella despertó apenas el sanador logró controlar la fiebre. Y desde entonces, mis hermanas no la han dejado sola ni un instante. Lo toleré, lo permití. Pero ya es suficiente; tengo que enmendarlo.

Mi padre comienza a sospechar. Me mira condescendiente, y lo sé; ya debería haberla arrastrado a mi control. Quizá tenga razón, es mi esclava. Si quiero mantenerla a salvo, debo volver a ser cruel. Un príncipe cuyos actos nadie cuestiona.

Aprieto los puños, frustrado.

Los acuerdos de paz deberían ser mi única prioridad, mas no. Aquí estoy. Jugando al protector, cargando con una responsabilidad que nadie pidió. Como si me faltaran malditos dolores de cabeza.

Un guardia anuncia mi llegada. Tras la puerta, Daphne me recibe. Cruzo el umbral y estallo.

—¿Qué se supone que lleva puesto?

La plebeya descansa sobre la cama. Envuelta solo por aquel ligero —casi transparente— camisón negro.

Verena ni se inmuta. Me mira por encima de su libro y sigue leyendo.

—Está de luto —responde Daphs mientras la cubre con las cobijas.

Al menos ahora sus pechos dejan de gritarme debajo de la delgada tela. Le han peinado el cabello en ondas suaves, como a una noble. Luce preciosa. Su belleza no es de este reino.

Inhalo profundamente. Ahora entiendo por qué Vlad se obsesionó con sus hermanas.

Me aclaro la garganta. Los vendajes aún cubren sus lastimadas manos. Me acerco más de lo prudente.

—¿Y las flores?

La han cubierto de pequeñas y coloridas flores. Mi estómago se revuelve.

—No está muerta —espeto, mientras retiro algunas de un manotazo.

¡Carajo! Sabía que dejarlas al mando sería un error. Están locas. Y seguro Lili no se ha dado cuenta.

—Informe —exijo.

—¿Informe? —Verena cierra su libro con un chasquido y se levanta furiosa—. ¿Qué te piensas que somos, tus soldados? —Me toma del brazo y me arrastra fuera.

—¿Quién te crees tú? —Me zafo al primer intento.

—Tu hermana mayor. Y si este reino no fuera gobernado por un retrógrada, tu futura Reina, idiota. Así que no me hables como si fuera una más de tus mujeres.

Tiene razón. Ella es la primogénita. Si nuestras leyes fueran distintas, la corona no sería mía. Me trago la rabia y mis palabras.

—Mar está bien, si es lo que te preocupa.

—No, no me preocupa en absoluto —replico, cruzado de brazos.

—El sanador la tiene con brebajes para mantenerla tranquila. Enloqueció apenas abrió los ojos.

—¿Se va a recuperar?

—Físicamente, sí. No es eso lo que debería preocuparte. Amenazó con matar a Vlad.

—Entonces tal vez deba encerrarla.

—¡No seas imbécil! Está en duelo. En una celda es donde debería estar Vlad. No entiendo cómo papá no le ha cortado la cabeza. Podríamos ir a la guerra con los Ashfordanos por la estupidez que cometió con la esposa del Lord Parck. Y nuestro «sabio» Rey sigue encubriéndole todo.

—Para el adulterio se necesitan dos. Ella se entregó a él.

—Tú y papá son un asco. Si te pusieran una daga en el cuello, entregarías hasta la corona.

—Es la palabra de esa mujer contra la de Vlad.

—¡Claro! ¿Y así queremos firmar esos acuerdos? Poniendo en duda la palabra de Lady Parck. El Lord pide su cabeza. Debiéramos entregarlo. Que en Ashford se encarguen de esa basura.

—Verena, te estás excediendo. Nadie pidió tu opinión en temas políticos.

Me enferma su bocaza. Por eso papá la ofreció en matrimonio a ese Rey de las montañas heladas. Yo también la habría mandado lejos. Pero me recuerda tanto a mi madre, así que respiro hondo. No me queda más que aguantarla.

—Es una mujer. Su palabra jamás pesará más que la de un hombre. Y la tuya, «princesa», tampoco. Así que ve a bordar sábanas o a engendrar un heredero. Qué sé yo. Algo útil.

—Eres un idiota. ¡Soy una Reina!