11 Te reclamé en medio del infierno
Y no supe si era para salvarte, o por lo que hiciste temblar en mí cuando todo ardía.
LUCIEN
Galopamos al límite. Nero ya no respira. Nadie puede hacerlo. El cielo en el horizonte arde desde hace kilómetros. Una torre de humo se alza desde nuestro destino: la casa de Lilibeth. Un vacío me muerde el estómago.
Juro que mataré a alguien si no llego a tiempo.
El bullicio se disuelve en murmullos a medida que nos acercamos. Rostros pálidos y en pena advierten lo peor. Nadie nota mi presencia. Y está bien, soy insignificante ante lo que tenemos enfrente. Trago.
Mi caballo no ha parado del todo, y yo ya he saltado de él.
—… ¡Padre, por favor, detente! —insisto.
Lo hace. Apenas me mira.
—¿Qué han hecho?
Lili, ahí, de rodillas. Con una espada al cuello. El rostro empapado en lágrimas y ceniza. Llena de un dolor tan brutal que su cuerpo apenas puede contenerlo.
El corazón me palpita cual si quisiera salírseme del pecho.
Las risas de los soldados celebrando la tragedia me hacen hervir la sangre.
Me contengo por instinto. Porque yo también sé de maldad.
Ella no necesita mi rabia… necesita que piense.
Y no puedo, porque he estado de ambos lados, y puedo imaginar lo que está sintiendo con el crujido de la carne al ser chamuscada. Le robaron todo, pedazo a pedazo.
Detrás, la casa con todo lo que amó ya no existe. La puerta atrancada confirma lo evidente: nadie escapó a la masacre.
La risa de Freya se instala en mi cabeza.
Su vocecita. Sus pies chiquitos. Hace apenas unos días la vi disfrutando en su inocencia.
Bailando junto a su hermana mayor. Lilibeth no lo sabe, pero yo estaba ahí.
Contemplándolas como un imbécil. Esa pequeña se ha ido junto a los suyos.
Y la que habría dado su vida por ellas está muriendo frente a mí sin que pueda detenerla.
Aunque lejos de las llamas, se consume en carne viva.
No ha visto los cuerpos, pero los sintió. Y me parte hasta la puta alma.
La última canción de Emel, esa que no volverá a ser entonada. La mano pequeña de Freya, jalándole las enaguas entre risas. La caricia de amor de su madre, consumida entre las cenizas. Y el silencio… Ese silencio lleno de cosas que ya no podremos devolverle.
—¿Qué han hecho? —repito.
Y me lo pregunto también. Es mi sangre, mi apellido, el reino podrido que hemos construido.
—Me hago cargo de esta traidora, y Vlad cobra el resto de su pago —responde mi padre con simpleza. Como si no acabara de arrasar a una familia entera. Tan seguro de sus decisiones, las que pareciera no conllevan ninguna consecuencia.
Miro a mi padre. Miro a Vlad. Mi linaje. Contemplando la masacre como si fuera un cuadro digno de adornar nuestras paredes.
—Padre, por favor —Me acerco, agarro su mano, lo obligo a detenerse—. No sigas —susurro, contenido.
Sé que no puedo discutirle en público. A la corona no se le cuestiona su actuar. Ante los súbditos debemos seguir pareciendo inquebrantables. El Rey, siempre y sin importar nada, «debe tener la razón». Aunque eso signifique ir contra la moral.
—Intentó matar a mi hermano para después huir como la asquerosa traidora que es. Soy el Rey y hago cumplir las leyes de Endellion.
Hace cumplir lo que se le dé la gana. Su poder es un asco. Y entonces lo impensable. La plegaria de quien no desea vivir.
—Continúe, Su Majestad… se lo suplico .
La miro a ella. Solo a ella. ¿Qué es lo que ha dicho? Su dulce voz desgarrada. Rota como un cristal que no termina de quebrarse. Me atraviesa. Hay un hilo de vida en sus palabras, pero no por esperanza, sino porque aún no se ha permitido morir. Está pidiendo que alguien lo haga por ella.
¿Y yo?
No puedo permitirlo.
No debería estar aquí. No debería sentir esto.
Pero la forma en que se aferra a su miseria, a su pena; como si fuera lo último que le queda.
Me arrastra. Sus ojos están fijos en el suelo, la ceniza aún en su piel, sus labios agrietados por el humo.
Tiembla, pero no por miedo. Es solo el vacío de haberlo perdido todo.
La imagino intentando entrar a la casa en llamas.
Gritando los nombres de sus hermanas como si con eso pudiera traerlas de vuelta.
Todos murieron implorando. Pero fue cuando sus dedos se desgarraron contra la puerta cerrada —la que mi familia ordenó clausurar— y escuchó el llanto final de su hermana bebé… que algo en ella se rompió.
Las vio morir.
Y está suplicando ser la siguiente, que la empujen al mismo abismo donde cayeron todos los suyos. No pide la muerte, la exige . Pero yo no puedo dársela. No después de lo que he visto. No después de desear lo mismo hace tres años y haber sido salvado, sin saberlo. Por ella.
Voy a devolverle el favor. Aunque tenga que condenarla a una vida de cadenas, aunque deba arrancarla a la fuerza de los brazos de la muerte. Será mía, no por posesión. Por misericordia.
—¡No! ¡Se lo ruego, Su Majestad, no lo haga! —Nero grita desesperado.
Lo veo correr y a su hermano tratar de contenerlo sin éxito.
Llega hasta ella y la cubre con su ceurpo, la abraza, la protege. Mi padre observa molesto, pero no hace nada, no los separa.
—Justificas esta masacre en nombre de un acuerdo que firmó su padre con Vlad. ¿Tanto valor le das a esas palabras? Basta con observar el derramamiento de sangre inocente que han causado.
—Conoces las leyes, Lucien. Un trato es un trato, y la vida solo se perdona si esta fue tomada para salvar a un tercero.
Conozco las malditas leyes como la palma de mi mano. Arcaicas y violentas, no deberían llamarse de ese modo.
La crueldad pesa, el pueblo mira, y el ambiente es de luto. Uno que quizá perdure en sus memorias como una sentencia.
Llevarla conmigo la pondrá en riesgo. Dejarla aquí será una condena de muerte. Me trago mis miedos. Aniquilo cada duda.
Lo hago.
—Reclamo a esta joven como esclava personal. Yo, príncipe heredero.
Y así… la salvé. O la condené.
Todavía no lo sé.
—¿Qué dijiste? —La sorpresa se dibuja en los ojos de mi padre.
—Me ofreció su vida a cambio de traer a sus hermanas a casa. Lo hice, así que es mía.
—¿Es cierto eso? ¿Hay algún testigo de tan aberrante trato?
—Sí, Su Majestad. Estuve ahí. Presencié aquel pacto casi sagrado.
Caiseth da el golpe final. Ese hombre no miente. Nadie se atrevería a dudar de la palabra de un Callahan.
Quizá me negué a aceptarlo en ese momento, pero hoy más que nunca deseo hacerla cumplir su palabra. Voy a salvarla cueste lo que cueste.
—Eres más estúpido de lo que creía. ¡Mira que hacer un trato con esta gentuza!
—Yo me encargaré de castigar sus faltas, padre —afirmó con determinación.
Con delicadeza casi imperceptible le muestro el pedazo de capa.
—Lo encontramos junto a su carreta, en el paso a Linden.
Existe una duda plausible entre ambas versiones —explico casi en un susurro—.
Los pecados del padre pasarán al hijo. Y aquí, nuestra gente contempló este baño de sangre, el cual se arrastrará hasta mi reinado.
Démosle un mejor final a todo esto. Te lo pido.
Por la corona, por el futuro de Endellion.
—Ya veo.
Nadie tiene más palabra que un Fitzgerald. Mi padre, el que nunca retrocede, lo hace. Ve el caos, las lágrimas en sus súbditos, el desastre político que un error así conlleva. Enfunda su espada. Porque no es tonto. Y porque si alguien protegería la corona incluso más que yo, ese es él.
—¡No! ¿Pero qué pasa? —Vlad balbucea desesperado—. Termina tu castigo, hermano; ella intentó matarme.
—Elegiste cómo cobrarte su deuda. La plebeya ahora es propiedad de mi hijo. Él sabrá qué hacer con ella.
—Es injusto.
—Tienes razón, una injusticia. Por eso, a ti, Vlad, te confino a Isla Sora hasta tu muerte. ¡Llévenselo! —ordena.
—Imposible, tú no puedes hacerme eso.
—¡Soy tu Rey!
Un gesto y el guardia a su lado lo hace caer de rodillas ante él.
—Te quedarás en esa isla porque así lo he decidido. ¡Es una orden! —termina de dictar sentencia—. Y agradece que no te haya cortado la cabeza.
El pueblo se regocija ante la sentencia. Su cabeza es lo que Lilibeth merece.
—Ustedes dos… —pasa de largo, señalando a Nero y a otro de sus soldados de bajo rango—. Custodiarán los muelles.
Aun a su edad, mi padre sigue mostrando destreza. Monta su caballo en apenas un par de movimientos. El espectáculo ha acabado.
—Envíen un decreto real a Sora. Todas las mujeres y sus familias tienen cinco días para abandonar la isla.
—Sí, Su Majestad.
—Tú… —Sus dedos me apuntan con un desprecio cada vez más creciente—. Toma a tu nueva adquisición.
Sé que esto tendrá consecuencias, pero Lilibeth está viva y es lo único que importa.
—Nos vamos —Todos sus soldados se ponen en marcha.
Llevan a mi tío a rastras. La comitiva desaparece y la multitud se dispersa.
Los padres de mis soldados lloran desconsolados. Sé que cuidaron de esas niñas como si fueran propias. Hoy solo les queda una sobreviviente.
Lilibeth sigue en el suelo. Sin luz, sin alma. No puedo mirar a sus ojos. Su larga cabellera la cubre entera, cual velo sagrado. Sus manos parecen quemadas. Pero es evidente que el dolor que lleva dentro es mucho más intenso.
Nero afirma. Una mezcla de pena y gratitud es lo que veo en sus ojos. Me la está entregando. Sin rabia, sin lucha. Sabe lo que tenía que hacer. Y debe amarla tanto como para preferir que la reclamara como mía antes que verla morir.
Le doy un asentimiento, puede confiar en mí. —¡Su futuro Rey! —Y en esta promesa que le hago en silencio.
Necesita seguir. La orden del Rey fue clara. Mi padre lo ha elegido por la cercanía que se evidenció entre ellos. No habrá nada que Vlad pueda hacer para corromperlo.
—Nos vamos —ordeno, suave. En el lugar quedamos pocos.
—Su Alteza, por favor, cuide de ella. Ya ha sufrido demasiado —Beirne se limpia las lágrimas con el puño de su camisa.
La preocupación del excomandante Callahan me resulta genuina. Solo puedo apretar su hombro. No tengo forma de asegurarle que la vida en palacio no dañe de alguna manera a su pequeña.
Esto es Endellion. Y nuestro castillo, una extensión del infierno.