Corona de humo 10 Así se aprende a odiar
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10 Así se aprende a odiar

Sin embargo, sigo respirando entre lo que ardió.

MARLOWE

Días atrás…

Miro al cielo; si queremos llegar al poblado más próximo antes del anochecer, debemos apresurarnos. Aprieto el paso. —Lo siento. Sé que estás cansado —Acaricio la crin de nuestro caballo. Al menos, con todo lo vendido, vamos un poco más ligeras.

Escucho los bostezos constantes de Emel al entonar mis canciones.

Este no ha sido para nada el viaje divertido que le prometí.

En cambio, Freya sí que parece de otro mundo.

Ella juega a adivinar qué estamos viendo, con esas palabras mal pronunciadas que la hacen aún más adorable.

A decir verdad, en un camino en mitad de un bosque de pinos y encinos, no hay mucho que observar.

Necesito permitirle al caballo descansar y darle de beber. Me detengo a orillas del sendero. A lo lejos, se oye el correr de un arroyo.

Emel se recuesta en la carreta y se cubre con una manta, mientras yo ayudo a la pequeña a ponerse cómoda. Es hora de arroparla, pues pronto bajará la temperatura. Se oye un relinchar, seguido de su galope, cada vez más cercano.

—Es hora de irnos —informo.

Estoy por tomar las riendas cuando aquella inconfundible carcajada que se apoderó de todas mis pesadillas me paraliza. Sé que la mayor de mis hermanas debe estar aterrada.

No me lo imaginaba: él está ahí, a un lado del camino, su capa ondeando al viento como una amenaza. Regreso a la parte trasera con ellas.

—¡Vaya! El destino me tiene un regalo.

Vlad se detiene a escasos metros de nosotras y baja de su caballo.

—No te atrevas a dar un paso más —amenazo, mientras pongo a las niñas detrás de mí.

—¿O qué?

—Corran al bosque —Me giro hacia Emel y dejo a nuestra hermana pequeña en sus brazos. Sus ojitos, llenos de pánico, niegan en silencio.

—Sé que estás asustada, pero no dejaré que vuelva a lastimarte. Te lo prometo.

Las manos de Vlad me jalan del cabello, haciéndome retroceder. Mi tiara de flores cae al suelo.

— ¡Corre! —le ordeno en un grito que la saca del espasmo.

Las miro alejarse del camino y entrar al bosque. Araño a mi captor con tanta fuerza que me suelta entre maldiciones. Trato de correr hacia la parte trasera de la carreta, donde guardo la espada, pero no lo consigo.

Pese a los meses de entrenamiento, la variable «sorpresa» no me permite pensar con rapidez. Vlad es mucho más fuerte que yo. Me arroja hacia el camino y se abalanza sobre la misma espada con la que yo pretendía defenderme.

¡Va a matarme!

Agradezco al cielo su evidente estado etílico. Su estocada, lejos de ser certera, ha ido a parar contra una de las ruedas, partiéndola. El arma queda atascada entre la madera. Forcejea para recuperarla. No tendré otra oportunidad. Tomo el cuchillo de pan y, apenas se gira, se lo clavo en el rostro.

Su grito es feroz. La sangre comienza a brotar. Trata con desesperación de sacarse el cuchillo de la mejilla. —Morirás, pero no de una forma tan fácil —chilla—. Primero voy a volverte parte de mis horrores.

Como si no lo hubiera hecho ya. Su ojo parecía que va a salírsele de su cuenca en cualquier momento. Es aterrador. Parece no haberse dado cuenta de la gravedad de la herida. Saca el cuchillo de un tirón. La sangre se desborda.

Se tambalea.

Es mi oportunidad. Lo aviento y echo a correr. Él no debiera perder tiempo intentando ir tras de mí, pero, en todo caso, daré pelea.

Sigo corriendo hasta la brecha que llega al arroyo. Solo me he detenido un par de veces para recuperar el aliento.

Hace rato que me alcanzó la noche, sumiéndome en completa oscuridad. Mi única compañía son los sonidos propios de la fauna nocturna y el correr del agua.

—¡Emel, Freya! —Trato de no alzar mucho la voz—. Si Vlad me sigue los pasos, yo misma lo habré alertado. —¡Emel, Freya! —insisto a cada paso.

Un ligero lloriqueo me hace localizarlas. Ellas están ahí, escondidas detrás de una roca, consolándose mutuamente.

Me echo a su lado y las atraigo a mis brazos. Las aprieto con fuerza contra mi pecho. Han sido muy valientes. El lugar está en penumbras; y acaban de toparse con el demonio.

Poco a poco comienzan a calmarse, y yo con ellas. Les permito sentir mi calor.

Ha pasado suficiente tiempo para saber que él no siguió nuestro rastro. Debemos continuar. La temperatura ha bajado y apenas estamos cubiertas. Volvemos al camino. La luna ilumina un poco el lugar. Reviso la carreta. — ¡Qué frustración! — Ha quedado inservible.

Al menos, el caballo de los Callahan sigue aquí, comiendo hierba, como si nada hubiera pasado. Debemos irnos: mamá aún podría estar en peligro. Las subo a la silla y yo camino a su lado.

El recorrido que debía habernos puesto a salvo en casa al anochecer nos hace llegar al alba.

Estoy exhausta y llena de adrenalina.

—¿Madre? —grito apenas llegamos a la entrada.

—¿Niñas?

Respiro aliviada al verla saliendo del huerto. Luce tranquila. Me duele en el alma perturbar esa paz que tanto le ha costado.

—Tenemos que irnos —La tomo de la mano y la hago regresar al interior, sumida en confusión y nerviosismo.

Emel ha comenzado a guardar sus cosas a una velocidad impresionante. Ni siquiera parece interesada en revisar la necesidad de todo lo que lleva. Se mueve en automático, de cajón en cajón.

—¿Qué está pasando?

—¡Vlad ha vuelto! Nos atacó en el bosque. Lo herí. No le será suficiente. En cuanto se recupere, vendrá por nosotras.

—Ese hombre no nos dejará nunca en paz —Sus ojos se inundan—. No deberíamos huir de nuestro hogar. No por él. Los recuerdos de nuestros seres amados están aquí, pero sé que debemos irnos.

—Hablaré con el príncipe. Sé que nos concederá su permiso para salir de estas tierras.

—No. Ya lo hice una vez. Es mejor mantenernos alejadas de cualquier Fitzgerald.

El príncipe heredero no es tan diferente a su padre.

Jamás les hemos importado. No harán nada por nosotras —Limpia sus lágrimas.

Comienza a hacer las maletas—. Ninguno de los reinos aliados nos brindará protección.

Las llevaré a las montañas. Cruzaremos por el estrecho hacia tierras altas.

Tu padre decía que al otro lado hay asentamientos que prometen paz y prosperidad.

—Tierras altas… ¿hablas de los reinos de nieve?

—Lugares de asombrosa belleza. Protegidos por murallas naturales. Y custodiadas por los mismos dioses. Son solo mitos, lo sé. La travesía será peligrosa, pero debo ponerlas a salvo.

He escuchado muchas leyendas de muerte sobre los gigantes de ventisca gélida que impiden el paso a cualquier extraño.

¡No importa ya! Si en algo tiene razón mi madre, es en que no tenemos alternativa.

Nadie irá en contra del hermano del rey más poderoso y sanguinario.

No por defender a cuatro pueblerinas repudiadas por los errores de mi padre.

Comienzo a empacar lo más indispensable.

Nos preparamos para partir trazando la ruta en el viejo mapa de mi padre.

Antes de la deuda que nos condenó, él era un explorador real; y no uno cualquiera.

Mi padre fue uno de los pocos conocidos en ir más allá de nuestras fronteras.

Más allá del continente Meridional. Él fue el hombre de quien aprendimos tantas historias.

Si partimos al caer la noche, podremos cruzar la frontera del extremo sur antes del amanecer.

Es la más cercana y poco custodiada por los soldados.

Más allá existen pocos poblados y nadie se atreve a vivir tan cerca de las zonas inclementes.

Los guardias de esa frontera conocen los peligros, al igual que su gente.

Son contados los que se aventuran a ir más allá. Lo que les permite relajar sus rondines. Todo se resume a quedar congelado sin llegar demasiado lejos.

Nos abrigamos lo mejor posible. Armamos bolsos con provisiones, en su mayoría alimentos que nos permitan saciarnos con facilidad.

El sol ha caído. Le doy a mamá el tiempo que necesita para despedirse de mis hermanas y mi padre. Con seguridad no volverá a rezarles a esas tumbas que ella volvió su todo.

Camino hacia la casa de los Callahan casi arrastrando los pies. Como si me rehusara a irme, pero con la certeza de que debo hacerlo.

No les diré a dónde iremos por su propia seguridad. Sé que nos cubrirían ante cualquier cuestionamiento, y eso podría costarles la vida.

Sería más fácil solo desaparecer, pero no quiero huir sin decir adiós a ellos que se convirtieron en una familia cuando la mía se derrumbó en pedazos.

Les cuento lo que pasó en el bosque, lo mínimo. Ellos no preguntan, no necesitan hacerlo. Jamás dudarían de mí. Sus ojos se entristecen porque saben que no pueden detenernos.

Hay despedidas en silencio que lo gritan todo. Esta es una de ellas.

Los brazos de Beirne me rodean. Esos que parecen una armadura capaz de protegerme de cualquier ataque me aprietan con fuerza.

Doris prepara remedios, llena frascos, envuelve hierbas en papel encerado. Nos está alistando para un camino que sabe que será difícil. Aún no enfermamos y ella ya ha previsto una cura.

Sollozo ante su preocupación, ante el cariño… ante las ganas inmensas de quedarme con ellos. Su ternura me deshace.

Beirne acaricia mis mejillas, arrastrando las lágrimas con sus pulgares. Con esa dulzura que solo un padre podría tener. Y es justo en lo que él se convirtió para nosotras. Ellos son un hogar, y voy a extrañarlos más de lo que quisiera admitir.

La despedida se empaña ante el repentino bullicio del exterior. Botas, caballos, metales.

Beirne me suelta y corre la cortina. Palidece.

Salimos al reconocer los banderines de Endellion ondeando en la oscuridad.

—¡Por los dioses! —musita—. El mismísimo Rey Cassius —Se quita el gorro de lana en señal de respeto—. ¡Su Majestad! —Inclina la cabeza.

Sigo su ejemplo. Aunque su brazo protector me mantiene a sus espaldas.

El Rey no mira. No saluda. Pasa de largo cual si nadie existiera en su camino. Su caballo se detiene a un par de metros.

Detrás de él, al menos una docena de soldados le siguen el paso. Algunos más se han quedado junto al carruaje de quien reconozco enseguida.

Tiemblo. Vlad baja tambaleándose. Lleva un parche en el ojo. La herida que infligí fue certera, lo ha perdido.

—¿Te das cuenta, hermano? —escupe con rabia—. La mujer que me atacó pretendía huir de su castigo. Es peligrosa y debe morir. Nuestra familia nunca estará a salvo de su maldición mientras siga con vida.

—¡Fuiste tú quien nos atacó en el bosque! —Lo enfrento impulsiva, sin pensarlo.

—¡Mentirosa! —Se abalanza y atranca la puerta.

Mi madre y mis hermanas siguen adentro.

—¡Ellas son mías! —ruge—. Había un trato con su padre.

Parece desesperado. Buscando cualquier excusa para condenarnos. Y la encuentra. Me quita el mapa enrollado en mi cinto.

—¡Las tierras altas! —sonríe, con victoria en los labios—. Huirían sin tu consentimiento y sin consecuencias por intentar matarme.

—Solo me defendía. Debía protegerlas. ¡Lo juro! —Vuelve a mí el arrebato, como si no hubiese aprendido nada.

El Rey baja de su caballo, convirtiéndose en sombra. Los pasos firmes, dictando sentencia. Lo veo acercarse. Me rodea. Su mirada cae sobre mí, oscura y fría.

No da tiempo a sentir miedo. La bofetada me manda al suelo, borrándome de la realidad, o quizá arrastrándome más a ella.

—¡Cállate, traidora! ¿Es esta la rúbrica de tu padre?

Me lanza un papel al rostro.

Lo tomo. Es su letra. La firma y el sello de la familia Woodrow se vuelven condena. Mentir me enviaría a la horca.

—Sí, Su Majestad.

—Tenemos leyes. Haz que se cumplan, Cassius —exige su hermano ante mi resignación.

—Bien. Vlad, esas mujeres te pertenecen. Haz con ellas lo que quieras.

—¡No! ¡Por favor, Majestad! —Mi voz es un gemido suplicante—. ¡No lo haga!

—Los errores del padre pasan al hijo —expresa Cassius, cansado—. Vlad… termina con esto.

—¡No! —Grito desesperada al ver a Vlad correr hacia la casa.

Las antorchas en sus manos ondean. Los soldados rocían un líquido oscuro en las paredes.

El fuego comienza a devorarlo todo, como un demonio hambriento.

—¡Mi madre, mis hermanas! ¡Ayúdenlas por favor!

Nadie se mueve. Los gritos dentro son alcanzados por las llamas.

Corro hasta la puerta para intentar derribarla. El pomo está al rojo vivo. Destroza mis manos. No importa. Nada lo hace. El llanto agónico de Freya es lo único en mi cabeza… ¡Mi hermanita!

—¡Mar, no!

Beirne me agarra por la cintura.

—Déjame, por favor. ¡Por favor! —Lucho. Me retuerzo.

Nada. Sigue siendo más fuerte. Me aleja con el tiempo justo.

El techo colapsa. Se desploma frente a nuestros ojos. Aprieto las manos en un puño de tierra.

El dolor físico no me distrae. Debo estar llorando, desgarrándome en gritos . Los de ellas se han apagado dentro. El fuego sigue arrasando con todo.

Hace rato que dejé de escuchar los gritos. No queda nada moviéndose detrás de las ventanas reventadas. Las llamas cesan. Se convierten en brasas que no reflejan ni la mitad del infierno que se ha clavado en mi pecho. Los minutos pasan, volviéndose irreparables.

Vlad observa su obra complacido. Con esa sonrisa retorcida que quema más que el fuego.

¡Todo ha acabado!

Mis brazos caen abatidos, y mi alma los sigue. Sigo ahí, de rodillas. Suplicando que sea una pesadilla o que tengan misericordia y acaben con mi vida.

El Rey, que nunca siente, afirma ante la culminación de su sentencia. Parpadea lo mínimo, como si estuviese tratando de grabar la escena en su siniestra memoria.

—El trato ha sido saldado —agrega desalmado. Sin rastro de humanidad. —Y tú…

La punta de su espada marca la tierra frente a mí, poniendo nombre a mi tumba. Y yo deseo que así sea.

Ya ni siquiera respiro. Mi pecho se contrae incontrolable. El doloroso remanente del llanto. Como si mi propio cuerpo tratara de apartarnos de este mundo.

¡Que lo haga! Que esto que siento me mate.

—Por tu traición y por haber agredido a Vlad, Gobernante de Sora, te condeno a la muerte.

No lloro. No grito. Más bien lo imploro. La sentencia del Rey es quizá la verdadera justicia.

La espada se eleva. El filo desaparece de mi vista. Pido que sea rápido. Necesito que me deje ir tras ellas.

Pero entonces… mi mundo no se detiene.

—¡Alto!

Grita el Príncipe Heredero.