Corona de humo 9 No pude apartar la mirada
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9 No pude apartar la mirada

No hizo falta hablar y yo ya estaba recordando cosas que aún no vivíamos.

LUCIEN

Lilibet! La miro correr y algo de mí me impulsa a seguirla, como si el destino me obligara a ir en su dirección. Quisiera detenerla, pero no puedo. No ante la mirada de todos.

Mi hermana se me planta enfrente, y la discusión se torna incómoda. Nunca lograré entender esa empatía que muestra ante los demás. Sin importar su estatus, siempre prioriza ayudar. Es como si los castigos que le impone mi padre fueran insuficientes ante su insurrección. Al carajo.

Sucumbo a mi necesidad más imperativa.

Salgo de la carpa furioso y sintiendo que estoy desperdiciando explicaciones con quien no debo. Camino a grandes zancadas hasta donde dejé a mis guardias. Ellos reposan bajo un árbol. Se levantan apenas me ven.

Es una pena: el lugar donde estaba la de ojos lilas yace vacío… Se ha ido. Y todos alrededor parecen no haberlo notado, siguen de fiesta. Para ser honesto, estoy que me lleva el demonio.

Odio los eventos sociales. Odio que me obligaron a venir a relacionarme con los aliados. Odio el pedazo de tarta que me forcé a comer. «Y la odio a ella». Por haberse marchado sin despedirse como debía de su futuro Rey.

Maldigo el no poder frenarla. Es imprudente, irrespetuosa y bastante «curiosa». Las ondas de su cabello caoba danzan salvajes, hechizándolo todo a su paso. Cuando habla, el poder de sus ojos atrapa cualquier mirada, cualquier pensamiento, cualquier… deseo.

¡Qué estupidez!

—¡Guardias! Me voy a mis aposentos. Que nadie me moleste hasta que esta irritante verbena termine.

—Como ordene, Alteza.

La feria comercial y gastronómica concluye cuatro tortuosas lunas después.

No sé cómo resistí a estos insulsos. No merecen ni sus títulos.

Ninguno de ellos. Mucho menos «la Reina» Domna.

Buscando en todo momento la más mínima oportunidad para posar sus manos sobre mí.

Parece no entender que mi luto por Lady Aria sigue.

Pero ella no pierde el tiempo; sabe que podría ser viuda en cualquier momento, lo que la convertiría en la primera a elegir como mi futura esposa en la patética lista de mi padre. Y eso sí me hace hervir la sangre.

—…Mar, es la más hermosa de todo el reino. ¿Vieron lo linda que es su sonrisa? Amo la forma en que arruga su naricita cuando algo le desagrada. Y ese olor a caramelo en su piel… Me mata.

Escucho a lo lejos al menor de los Callahan. Lleva todo el camino hablando de su «prometida». Ansío el momento de llegar a palacio, bajarme de este horrendo carruaje y encerrarme en mis aposentos hasta el final de mis días. Así de tortuoso ha sido escuchar a Nero.

Mi hermana está sentada frente a mí con una sonrisa de oreja a oreja.

Ya nadie afuera siquiera le responde al soldado.

¡Nos tiene fastidiados a todos! Excepto a Verena, claro.

Ella trata de escuchar atenta. «A mí también me mata».

Es tan empalagosa que se torna nauseabunda.

¿Qué carajos hace para oler así? ¿Quemará azúcar y se la embarrará por el cuerpo?

—…Es preciosa. Sus ojos reflejan la belleza de las flores. Esos cabellos que se le pegan a la frente con el sudor me alteran de sobremanera.

Pongo los ojos en blanco. ¿Le es muy difícil mantenerse callado como el resto de la caravana? Mi hermana vuelve a carcajear y yo detesto ese sonido.

—…Y sus «tetas» son incluso mejores que las de mi madre.

El calor se me sube al rostro. Trago.

—¿Qué fue lo que dijo, soldado? —reprendo.

—Sus tartas, Alteza. Son deliciosas. Mi casa estará llena. No conozco nada más exquisito. Todo de ella parece tan mágico.

«Tartas», ¡esas malditas bombas de azúcar!

—Tiene razón —confirma mi hermana.

—Ay, ya. ¡Por favor! —Estiro las piernas—. Paren este suplicio —suplico.

—Discúlpelo, Alteza.

Caiseth se repliega del resto y cabalga a la altura de mi ventana.

—Siempre que la ve, dura días hablando de ella.

—Es lo bonito de estar tan enamorado —agrega mi hermana.

—Caiseth, nunca te enamores —ordeno frustrado.

—Intentaré no hacerlo, Alteza.

El carruaje se frena de golpe, sobresaltándonos. Pongo atención a los sonidos del exterior. Pareciera que un par de caballos se alejan.

—¿Qué sucede? —pregunto en tono firme.

Nadie me responde. Tomo la empuñadura de mi espada antes de descender. —Quédate aquí —ordeno a mi hermana.

Ella desenfunda su daga. Por supuesto, no es el tipo de mujer que siga órdenes, menos las mías. Bajo sigiloso. Analizo la escena con cautela. Quizá sea un incidente con desertores. Las tierras entre reinos suelen quedar desprovistas de seguridad.

—¡Carajo!

Es el rastro de Lilibeth. Siento un vacío en el pecho. Su caballo no está y no hay marcas en el camino que indiquen que se fueron hace poco. «¿Pero qué estoy pensando?». Se marcharon de esa maldita feria cuatro días antes que nosotros.

Nero parece haber palidecido. Lo veo recorrer angustiado la zona circundante. —Ellas no están aquí —algo me lo dice. Me agacho para tomar un poco de lo que parece arcilla oscurecida.

La llevo hasta mi nariz, solo para confirmarlo —es sangre seca—, demasiada para una herida menor, pero no la suficiente para que alguien muriera en el lugar. Debajo de la rueda partida está la tiara de flores marchitas que adornaba su cabeza.

—Quizá las atacó un animal salvaje.

—No hay huellas cerca —Caiseth regresa galopando.

—Fue Vlad —Mi hermana afirma con seguridad.

—Te dije que te quedaras en el carruaje.

Su desobediencia me enferma y me molesta.

—Fue Vlad —repite.

—¡Ya te oí, carajo! —Sé lo que dijo.

Me niego a creerlo. Miro hacia donde sus dedos apuntan. Justo entre los amarres, un trozo de tela rasgada ondea con el viento —el emblema oficial de Isla Sora—, morado con bordados en oro. Una parte de la capa de mi tío. La reconocería en cualquier lugar.

Tiemblo de rabia, pero más aún de impotencia. Ella lo presentía; sabía que ese desgraciado vendría tras ellas. Y yo lo único que hice fue obstruir su camino, asegurándole que él se mantendría lejos. Fallé.

—Tengo que ir a mi provincia, Su Alteza. Es imperativo que me permita hacerlo.

La desesperación de Nero es palpable. No menos que la mía.

—Por supuesto —Envaino mi espada—. Caiseth, Hayes, acompañaremos al soldado. El resto, lleven a la Princesa Verena al castillo y pónganla a salvo.

Monto uno de los caballos y emprendemos el recorrido a todo galope. A la velocidad que llevamos, calculo que estaremos llegando en poco más de tres horas. Solo espero encontrarla bien. Ella, su madre y sus hermanas pequeñas deben estarlo.