8 Y entonces me miró #3
Un cuarteto de cuerdas en una esquina elevada toca melodías suaves, elegantes, arrogantes en su perfección.
Los asistentes lucen vestidos tan recargados que parecen construcciones arquitectónicas.
Trajes tan impecables que uno se pregunta si esos hombres alguna vez sudan.
Conversan sin levantar la voz. Ríen con moderación medida al milímetro y alaban cosas que yo no entiendo: arte, poesía, política.
Lo que realmente impone no es lo que hay, sino lo que representa. Esa carpa no es un refugio. Es una declaración. Un recordatorio de que, aun en la feria del pueblo, la nobleza no se mezcla con la plebe.
—¡Lilibeth!
El tono firme del príncipe me regresa a la realidad. Con sutileza ha comenzado a llamarme con la mano. Camino hacia él.
—Al fin apareces, cariño.
Una mujer se acerca. Noble, por supuesto. Su vestido verde oscuro, con ribetes bordados en plata y un recatado escote cuadrado. ¡Es precioso! Estoy a punto de soltar un improperio, mas me contengo.
—Veo que te has estado divirtiendo, Lucien —Su mirada se posa sobre mí. Me contempla con escrutinio.
—Su Majestad, sabe que no.
«¿Majestad? ¡Es una reina!» Ocho de los nueve aliados son hombres, dejando como única posibilidad precisamente a la anfitriona de esta feria. Ella debe ser Domna, reina de Linden.
—Su Majestad —Hago una reverencia anticipada. No necesito esperar a que nos presenten.
—¿Qué se supone que es eso? —pregunta.
—Tartas —responde el príncipe—. Ella las prepara.
—¿Trajiste a mi carpa comida de plebeyos?
—¿De esto se trata esta feria, no? —Toma una pequeña porción y se la lleva a la boca—. Es buena, deberías probarla —Se chupa los dedos con una lentitud abrumadora. Su mirada tan fija en la mía que me enciende las mejillas.
—Lucien, me sorprendes… por imbécil. Podría estar envenenada. Además, tú no comes dulces —Acaricia su mejilla.
Está demasiado cerca de él, mucho más de lo que es apropiado para una mujer casada.
Es irritante, y aun así siento algo de pena por ella.
Su padre concertó su unión con el rey de estas tierras.
Un hombre mayor. El enlace les trajo riqueza y poder.
Ahora ella comparte parte del estrecho marítimo que es vital para la vida comercial de Endellion.
—Acércate, querida —ordena—. Muéstrame esos extraños ojos.
Obedezco. Odio la forma en que me mira, mas ya debiera estar acostumbrada.
—¡Lucien! No me sorprende que hayas quedado prendado.
—No digas estupideces, Domna.
Es tan espontáneo e irrespetuoso, que me hace creer que realmente son amigos. La reina suelta una carcajada mostrando una personalidad mucho más relajada.
—Diviértete, pueblerina, y bienvenida a Linden.
—Gracias, Su Majestad —Agacho la cabeza ante su retirada. No le agradé, eso es evidente. Huyó de mí cual si fuera la peste.
—Ya puedes levantarte.
—¿Qué le pareció la tarta, Alteza?
—Asquerosa —limpia sus dedos en la manga de mi vestido.
Sonrío complacida. Su actitud arisca me recuerda los berrinches de Alys cuando mamá la obligaba a comer vegetales.
—Por fin, pensé que esa insufrible no se iría jamás.
Una joven de piel canela y cabello rizado llega hasta nosotros. Se aferra al príncipe. Viéndolos juntos puedo notar el gran parecido. Solo alguien cercano a él tendría permitido tales roces.
—Lilibeth. Ella es Verena, la mayor de mis hermanas.
—Marlowe… Me llamo Marlowe —corrijo.
—No tolero que me cambie el nombre a su antojo, Su Alteza —Hago una reverencia a su hermana antes de que el príncipe pueda discutirle—. Es un gusto conocerla.
—El gusto es mío, Marlowe —recalca para el irritante de su hermano, y él aprieta la mandíbula frustrado—. He escuchado mucho sobre ti.
—Espero que hayan sido amables conmigo.
—En palacio se cuentan leyendas sobre mujeres como tú. Tan hermosas como peligrosas, poseedoras de magia antigua.
—Puedo asegurarle que, si tuviera algo de poder en la sangre, mis hermanas seguirían conmigo. No he logrado ni ser valiente.
—De eso nada. Mar, eres la mujer más valiente del reino. Nadie va a Sora y regresa con vida. Al menos ninguna mujer. Lamento muchísimo tu pérdida —Aprieta mi mano.
—Se lo agradezco, Alteza.
—Llámame Verena. Yo no soy la heredera al trono de Endellion. No requieres formalismos conmigo; de hecho, lo odio.
—Lo tendré presente.
—Sebes, Mar… Yo también pienso que Vlad debería morir. Es un demente.
—Very, te estás extralimitando.
El príncipe se zafa de su agarre. Su expresión se torna peligrosa.
—Padre no está aquí. Déjame ser libre y decir lo que pienso.
—Eres princesa de Endellion. Ni eres libre ni puedes expresar lo que te plazca ante el pueblo. Vlad es nuestro tío.
—Vlad no es nada mío. Lo repudio. Y si sigues con esos pensamientos, también te despreciaré a ti, hermanito.
La princesa ha traído a Vlad de regreso a mis pensamientos. Con cada mención, mis ansias crecen. Tengo que poner a salvo a mi madre.
—Si me permiten, Altezas, debo retirarme.
Ellos siguen discutiendo. Pareciera que no terminarán pronto. Abandono la carpa y corro hasta donde se encontraba mi pequeño puestecillo. Todo está listo en la carreta, incluyendo a mis hermanas.
Me despido de los Callahan antes de emprender el regreso a casa. Ya he perdido demasiado tiempo. La simple idea de que ese hombre pudiera hacerle algo a mamá me llena de angustia.
Necesito llegar a casa ¡ ya !