Corona de humo 8 Y entonces me miró #2
22%

8 Y entonces me miró #2

—Al fin alguien con buenos modales — Su voz ronca sale en forma de carcajada.

Por un momento parece humano. Incluso lindo.

Apenas lo saludan ambas regresan a sus lugares. Siento un poco de tristeza. Sin importar cuánto tiempo haya pasado, Emel parece alejarse cada día más de las personas a su alrededor .

—¿Cómo están?

El príncipe es perspicaz. Con la seguridad que me demuestran sus habilidades, ha notado mi cambio de ánimo.

—Lo intentan. Mamá tiene días buenos y otros no tanto. Debo esforzarme y ayudarla lo más posible. Emel, en cambio, es como si viviera en su propio mundo. Temo que nunca vuelva a ser la misma.

—Siento escucharlo. Vlad cumplió sentencia, un poco de justicia al menos.

—¿Justicia? —me burlo. Ya no con ira, con desgano—.

El rey mandó a su hermano a un destierro en su propiedad costera.

¿Debe resultarle insoportable tal castigo?

Con esas olas a sus pies. Mientras mi madre se despierta llorando por las noches y mi hermana vive aislada, con miedo a que el infierno se repita.

Sin mencionar que yo debo partirme en mil para lograr llevar dinero a casa sin dejar de cuidar de ellas.

Perdóneme, Alteza, yo no encuentro la justicia de la que me habla.

—Un exilio de tres años, completamente solo. Dos de mis mejores hombres lo custodiaban día y noche; te aseguro que para alguien como Vlad, el estar en completo aislamiento, sin nadie que atendiera sus necesidades más primitivas, fue un verdadero suplicio.

—Genial. Tres años de celibato y dos guardias reales. ¡Vaya! Ya puedo estar en paz.

—¿ Insinúas que tu rey se equivoca?

—Sí —contestó, sin dudar—. Lo que ese hombre hizo es aberrante y las vidas de mis hermanas no valen tan poco. Así que sí, «su Rey» es un completo…

—¡Mar, no te atrevas! —advierte Caiseth, interponiéndose entre el heredero y yo.

—Apártese, soldado, déjela continuar. ¿Acaso no es nuestro deber oír al pueblo?

—Mi familia sufrió a manos de un tirano. Y «su Rey» no ha hecho más que reírse en nuestras caras con su indulgencia.

—¡Nuestro Rey, Lilibeth! —corrige—. No sé cómo no he hecho rodar tu cabeza —Se aprieta el puente nasal—. ¿Qué harías tú por tus hermanas?

—Daría mi vida.

—Lo imaginaba —responde más bajo, sin amenaza—. Resulta que tu verdugo es el hermano del rey. ¿Te es difícil entender que mi padre también haría cualquier cosa para protegerlo?

Su argumento suena convincente, mas no válido. No para mí.

—Es el rey. Debe ser justo e imparcial.

—Cassius «El Sanguinario» siempre será de todo menos justo. Gobernará con miedo y arbitrariedad para aquellos que no considere dignos de sus privilegios.

Nuestra discusión ha comenzado a llamar la atención alrededor.

—¿Y usted? ¿Qué clase de rey será? —suavizo mi tono ante las miradas indiscretas.

—Despiadado, de ser necesario.

—Entonces alguien tendrá que tomarse la justicia por propia mano.

—¿Es una amenaza, plebeya?

—No para usted, «Su Alteza». Vlad pagará algún día. Más allá del exilio en una insufrible casa de playa, condena que debe estar próxima a terminar.

—Ya terminó. Regresó hace tres lunas.

El alma me abandona.

—¿Tres días? —Mis manos tiemblan involuntarias, la angustia se apodera de mí—. Emel, ayúdame a recoger todo. ¡Nos vamos!

—¡Lilibeth, vuelve aquí! No hemos terminado —exige.

—Tendrá que disculparme, Alteza. Debo volver cuanto antes. Mamá está sola en casa.

—Vlad no va a acercarse a ella; lo tiene prohibido. Y tú necesitas el dinero.

—Ya tengo suficiente.

—¡Lilibeth, es una orden!

Exhalo frustrada.

—Alteza —Giro hacia él, con mala cara.

—Acompáñame. Y trae contigo esas tartas. Caiseth, Nero, ayuden a las pequeñas a recoger el resto.

—Sí, Su Alteza —responden al unísono.

Camino tras él. Me cuesta seguirlo. Un paso suyo requiere dos míos. Sus hombros anchos tapan mi vista. Llegamos hasta la carpa. Se detiene. Tan inesperado que me quedo a nada de chocar contra su espalda. Se gira de golpe. Está muy cerca. Demasiado.

—Lilibeth. Dentro están los gobernantes de los nueve reinos. Te ordeno controlar tu bocota y mostrar buenos modales.

—Sí, Alteza —Finjo docilidad, junto a una reverencia para nada agraciada.

Pone los ojos en blanco, pero su sonrisa se curva. Pareciera disfrutar mi insolencia. Y quizá yo también.

Por fin, corre la cortina. Y no es cualquier carpa. Al menos no de esas que huelen a azúcar quemada y tierra húmeda. Esta es distinta. Una burbuja de privilegio en medio del caos colorido de la feria. Una burla exquisita al polvo del pueblo.

Los mástiles están forrados en terciopelo verde —los colores de Linden— y tensados con cuerdas trenzadas en hilos plateados.

La tela que la recubre no es una lona cualquiera.

Es un tapiz grueso, grisáceo con reflejos de perla, bordado con hilos metálicos que dibujan espirales.

Emblemas de casas antiguas y constelaciones que solo los nobles podrían comprender.

Las entradas están vigiladas por la Guardia de Linden.

Hombres de uniforme impecable —verde oscuro con ornamentos en plata— que no sonríen ni se mueven más de lo necesario.

Solo bajan la mirada para confirmar si quienes cruzan el umbral son de sangre azul, o lo suficientemente ricos para fingirlo.

Me miran con desprecio, recordando mi insignificancia.

Acelero el paso para alcanzar al príncipe.

Dentro, el aire es más denso. Huele a perfume caro, vino especiado y secretos.

El suelo está cubierto con alfombras traídas de tierras lejanas.

Cortinas de satén color esmeralda separan pequeños salones privados.

Lámparas de cristal tallado cuelgan desde el techo, alimentadas por velas de cera pura.