8 Y entonces me miró
Ahí estaba él, entre colores, risas y ruido.
MARLOWE
Quizá mamá nunca vuelva a ser la misma. Tal vez jamás encuentre consuelo.
Y está bien para una madre que ama tanto como ella lo hace.
Es ya costumbre verla derramar lágrimas mientras barre, al doblar las mantas o al cocinar comida que no tiene intención de probar.
Su cuerpo, tan delgado. En pie, de un lado para otro, en su afán de mantenerse ocupada.
Su alma, aún más consumida, siempre sentada junto a las tumbas.
Sin ánimo ha retomado sus deberes. No por ganas. Por instinto. Por nosotras.
Ahora que papá ya no está, la responsabilidad recae en ella. Y no es que él aportaba demasiado. Acostumbraba quedarse con buena parte del dinero que recibía en el pueblo. Pero aun así, su ausencia pesa. Porque hay vacíos que no se extrañan, pero se sienten.
La casa por fin respira paz, o lo que parece serlo. Un eco constante de lo que solíamos ser. Demasiado silenciosa para parecerse a nuestro antiguo hogar.
Mi hermanita murió, y con ella… todo. La pequeñita que jamás paraba.
La vocecita que saturaba el ambiente con preguntas, y esa peculiar forma de inventarse canciones sobre nuestros defectos.
El chillido molesto de sus zapatos que no sabían mantenerse quietos nunca.
Hasta su forma de discutirnos por todo. Hoy me hacen extrañarla tanto.
Y Emel… Siempre fue la más callada, sí. Pero su quietud tenía vida, era música silenciosa. Desde aquel día apenas abre la boca. Apagaron su infancia.
Toda nuestra alegría se fue con Alys. Mi flama se redujo como la de una vela bajo la tormenta. No hubo suficiente duelo. Solo la orden muda que nos obligó a crecer. A endurecernos. Nos forzaron a hacerlo. Las flores que un día embellecieron el jardín de mamá ahora somos solo ramas con espinas.
Mis hermanas, las que inventaban juegos, las que convertían todo en momentos dignos de reírse… ya no ríen. Una de ellas ya ni siquiera puede. Y yo no soy más que la sombra de la hermana mayor que falló.
Freya dejó de ser una bebé en los brazos de los Callahan. Mientras mi madre se deshacía por dentro, los padres de Nero cuidaron de ella como si fuera propia.
Jamás tendré cómo pagarles todo lo que han hecho por nosotras.
Han pasado tres años desde entonces…
Tres ciclos completos, con sus tristes lunas y sombríos amaneceres. Alys dejó de doler en carne viva para convertirse en algo mucho más profundo. Una presencia que me acompaña a todas partes, recordándome cada día la consecuencia del error que cometí.
Por eso he entrenado sin descanso con el ex comandante. Luzco mucho más fuerte y me he vuelto bastante hábil. Ya no soy la niña torpe que una vez se dejó devorar por el mundo y se escondía por miedo a ser diferente. Ahora mis manos saben empuñar un arma. Moldeada a golpes, sudor y disciplina.
Doris, por su parte, no solo me ha formado en el uso de la herbolaria.
Con ella descubrí mi verdadera pasión. Mi corazón se cura poco a poco mientras mezclo harinas, azúcares y frutos.
Como si el resultado pudiera sanar con solo un bocado.
Nunca pensé que la repostería me salvaría, pero lo hizo.
Entre tartas y dulces, por primera vez, sentí que mis manos eran capaces de crear algo que no fuera dolor.
Los Callahan me dieron un hogar cuando el mío se redujo a nada. Hoy contribuyo con lo poco —o mucho— que puedo. Más que un pago, es gratitud.
Acudo a ferias y mercados a las afueras de la ciudad principal.
Vender nuestras tartas se ha vuelto una fuente de ingresos que me permite ayudar a mamá con los gastos.
Y si me va bien, comprar semillas nuevas para su huerto.
Al menos cuando cuida sus plantas parece asomarse una ligera sombra de la mujer alegre que algún día fue.
Este año no será la excepción. Una feria de arte se celebra en la frontera con Linden, el reino vecino. Nuestros aliados más antiguos.
Durante siete lunas abren sus puertas al resto de tierras aliadas del continente Meridional. Una mezcla de cultura, olores, colores y música que pintan al territorio entero de fiesta.
Yo espero vender mucho. Por mi madre, mis hermanas y por recuperar un poco de la vida que nos arrebataron.
Tengo un puesto pequeño en el andén gastronómico. El aire está saturado de especias, carne asada, dulces confitados y pan recién horneado. Hay gente de todos los tamaños y colores.
Tan solo al cerrar los ojos y respirar un poco, es fácil saber que estás en una fiesta, con todos esos sabores del mundo.
La gente va y viene entre los toldos. Ropas multicolor, pieles de todos los tonos, peinados imposibles y risas que brotan por todo y nada.
Aquí mis ojos lilas dejan de sentirse extraños.
Podría fundirme con la multitud y nadie notaría que vengo de un lugar donde ser diferente casi me cuesta la vida. Y por eso sonrío.
La música suena alto. Los actores, acróbatas y bailarines han dejado el escenario y desfilan entre los puestos. Incluso los soldados celebran. La gente se les une sin miedo, tocando tambores, ondeando banderines.
Uno de los hombres en zancos se detiene frente a mí.
Se inclina sonriendo con gracia y me coloca una corona de flores sobre el cabello.
Como si creyera que alguien tan simple mereciera ser coronada.
Quizá mi cabello esté hecho un desastre por el calor, con mechones sueltos pegándose al rostro. No me importa, estoy disfrutando.
Hacía tanto que no me sentía así, tan ligera, tan viva, tan yo. Fuera de la cocina de Doris o entrenando hasta el límite con Beirne.
Miro a mis hermanas. Emel no habla con nadie, pero al menos sonríe al verme bailar para ella.
Y Freya, tan pequeña aún. Está cubierta de caramelo de pies a cabeza.
Pegajosa y risueña, tratando de imitar mis pasos.
Ríe tan fuerte que me parte el alma de alegría.
Con sus rizos dorados y sus grandes cachetes batidos de nata.
La más afortunada en su inocencia, ajena a nuestro pasado.
Y así tiene que quedarse. Entre colores, risas y ruido.
Dejo de jugar. Me acerco a la carreta para reponer lo que se ha terminado. Antes de regresar acaricio un poco a nuestro caballo. La travesía no debió resultar fácil para él . Una vez que he saciado su sed, regreso a nuestro sitio.
—¡Mar!
Dejo la tarta en la mesa. Reconozco esa alegre voz entre la música . Mi adorado y escandaloso Nero.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sin esconder la emoción de verlo después de tantos meses.
—Trabajo de última hora. El rey decidió delegar la tarea social al príncipe Lucien.
—Ya veo.
Y ahí está él. No recordaba que fuera tan alto. El negro y dorado que viste lo hacen lucir aún más inalcanzable —suspiro—. Su cabello sigue siendo rebelde. Demasiado para un noble. Y se ha dejado la barba. — Esa maldita barba — que le queda demasiado bien.
Caiseth se mantiene a su lado, mucho más maduro ahora. —«¿Qué diablos hacen en palacio?»— El cabello castaño un poco más largo, peinado hacia atrás. Ambos parecen moldeados para intimidar.
—Ven acá.
Nero me alza sin previo aviso, haciéndome girar por los aires. Río . Él siempre ha sido demasiado adorable.
—¡Soldado, compórtese! —ordena el príncipe sin siquiera mirarnos—. No está aquí para divertirse. A decir verdad, nadie lo está —expresa frustrado.
Sus ojos me examinan. No como antes. No con desdén. Se sienten como un atardecer de otoño. Ese color ámbar, cálido. Enmarcado por largas pestañas oscuras. Una mirada hipnotizante; casi depredadora. Baja. Se detiene donde no debiera. Y a mí, se me corta la respiración.
Agacho la cabeza, avergonzada por haberlo contemplado de más. Pero podría jurar que ha ahogado una sonrisa, al igual que yo.
Se mueve con elegancia. Con esa arrogancia que le caracteriza. Y aun molesto, me resulta irritante y perfecto.
—Discúlpeme, Su Alteza —dice Nero, bajándome con cuidado—. ¡Es imposible contenerse! ¡Solo mírela ! ¿Acaso no tengo a la prometida más hermosa de todo el reino?
—Lo hago, soldado. ¡Vaya que sí! ¿Y sabe qué noto? Que aún no hay un anillo en esa mano.
El príncipe es objetivo. Tiene razón.
—Pero lo habrá —respondo—. Pronto… espero.
Lucien ladea la cabeza, su expresión se suaviza.
—Lilibeth, veo que has crecido —dice con una sonrisa que no le había visto.
—Usted también —respondo, balanceando los talones como una niña pequeña.
Mi vestido se mueve al ritmo de mis movimientos. Y él lo sigue con la mirada.
¡ Sí , lo sigue!
Este vestido color crema, ligero como el merengue de lima.
Ha llamado su atención. Lo sé porque intenta mirar hacia otro lado y no puede.
Si supiera que era de mi madre. Cuando aún llevaba con orgullo el título de esposa de un «Explorador Real» y los nobles le ofrecían una cortesía fingida.
No es ostentoso, pero tiene esa elegancia que el tiempo no logra borrar.
Las mangas de gasa caen por los brazos, dejando los hombros al descubierto.
El bustier — demasiado generoso, a decir verdad— enmarca el pecho y estrecha la cintura con un cuidado casi íntimo.
No es lo más apropiado para una feria, lo sé …
pero mamá insistió. Como si, al usarlo, pudiera recordarle quién fue ella alguna vez. O quizá, recordármelo a mí.
—Mar, ¡es Su Alteza! —me corrige Cai.
—Perdón… ¡Alteza! — Hago una reverencia exagerada que casi me hace perder mi tiara de flores.
Lucien la atrapa antes de que caiga. Sus dedos rozan los míos. Su tacto suave. Peligroso.
—Mar… —gruñe Nero.
Es verdad, «al príncipe no se le toca». Me aparto de inmediato, avergonzada.
—Mis hermanas vinieron conmigo —informó, para distraerme de mis propias tonterías.
—No. ¿Emel Daisy? — Lucien se relaja un poco, su sonrisa se vuelve aún más sincera—. Y esa pequeñita debe ser Freya Tulip.
— Sí —afirmo orgullosa de que las recuerde tan bien. Las llamo con la mano.
La mayor hace una mueca de desagrado, mas es demasiado educada para dejar plantado al príncipe .
—¡Su Alteza!
Las chicas hacen una reverencia solemne.