7 No hay descanso
Sin prometer justicia.
MARLOWE
Suspiro al mirar el patio de los Callhan. Es una noche cálida. Una rutina que solía estar cargada de las risas de mis hermanas, hoy se siente un simple ritual vacío.
Contemplo el cuadro incompleto. Beirne aviva el fuego en silencio. Doris arrulla a Freya para hacerla dormir. Y Emel, mi dulce niña, solo contempla el crepitar de las llamas, perdida en la amargura que ahora carga. No hay cuentos que contar, ni batallas que recordar.
Llego hasta ellos apoyándome en una rama de encino. Cojeando y sin ganas.
—Parece que el té por fin surtió efecto.
Mamá ha logrado quedarse dormida.
—Esas hierbas también eran para ti, cariño —agrega Doris con una sonrisa gentil.
—No las merezco, yo no puedo descansar. Necesito al menos sentir la condena del insomnio —digo, mientras me pierdo en las mismas llamas que tienen inerte a mi hermana.
—Ven.
La mano de Beirne me hace volver. Me atrae hasta el tronco de roble que yace en el suelo, dejándome sentar a su lado. Su brazo me rodea con cariño.
—Nada ganarás cargando la culpa. Todos pudimos haber hecho algo diferente aquel día. Yo más que nadie.
—Ya hiciste suficiente —Mis ojos se llenan de lágrimas ante sus palabras.
Hay dolor, pero también gratitud. Este hombre ha hecho más por nosotras de lo que nunca hizo mi padre.
Lo he visto tomar un lugar que no le corresponde. Nos ha cobijado, alimentado y protegido. Y ahora, se vuelve consuelo.
—Apenas una noche antes les había prometido que Vlad no les haría daño…
Les fallé. A ellas y a mí misma. Era mi deber mantenerlas a salvo —No logro continuar.
Me quiebro una vez más. Y el calor de Beirne no alcanza.
Su abrazo me hace sentir miserable —Soy la peor hija y la peor hermana.
Vlad debió tomar mi vida. No la de Alys —Mi respiración se corta. Su pérdida me consume.
—Vlad no la mató. Ninguno de ellos lo hizo.
La vocecita llorosa de Emel me golpea. Desde que volvimos no había querido hablar conmigo. Pensé que era parte de su enojo. Pero la veo tan rota, tan llena de culpa.
—No quería ser la más débil…
No da tiempo a cuestionamientos. Sale corriendo hacia el establo. La veo colarse dentro con dificultad y cerrar tras ella la gran puerta de madera. Beirne y Doris parecen afligidos, mas no sorprendidos.
¿Acaso saben algo que yo no?
—Debes ir con ella, tu hermana te necesita —insiste Beirne —Anda. Y no seas tan dura contigo misma —Besa mi frente.
—Freya se quedará con nosotros esta noche —anuncia Doris, apretando mi mano antes de dejarme seguir con mi camino.
La puerta del establo rechina, anunciando mi llegada. Un poco de luz se cuela entre las uniones de la madera. Los animales dormitan, absortos de nuestra presencia. En el fondo, junto a una pila de paja, solloza mi hermana.
Ni las cabras, siempre escandalosas, se atreven a balar. Me acerco con cautela, sin decir nada. Con pura presencia, como lo haría mamá.
La dejo llorar hasta desahogarse. Y cuando por fin creo que se ha calmado, se echa a mis brazos, tomándome por sorpresa.
—Lo siento —Acaricio su cabello.
—No era mi intención…
—¿Quieres contarme?
Niega.
No insisto. Puede tomarse el tiempo necesario. Estoy aquí, fundiéndola contra mi pecho. Y no voy a dejarla.
Sigo despertando con la sensación de que todo ha sido un invento de mi cabeza.
La sangre. Los cuerpos en la hoguera. El hombre en la jaula, deslizando el hueso de su brazo por los barrotes.
La piernita de mi hermana colgando por el borde de una tina.
Una mano envuelta en manta con una pequeña flor encima.
El príncipe Lucien.
Necesito despertar de esta pesadilla…
—¡No! —grito de nuevo. ¿Por cuántas noches más?
—Tranquila, Mar.
¿Nero?
Busco su silueta, aún confundida.
—Tranquila —repite—. Respira —Toma mi mano entre las suyas.
—Volviste.
—Me han permitido venir a traer… —No se atreve a terminar. No necesita hacerlo.
Me siento aún muy adormilada, como si mi cuerpo no me perteneciera. Deben ser los brebajes de su madre. Poco a poco comienzo a enfocar mejor. A cobrar conciencia. Lo miro. Está nervioso, afligido.
—El príncipe vino conmigo. Ha traído a su sanador y…
Ahí está. La duda otra vez.
—¿A mis hermanas?
—Ay, Mar…
Sé lo que ese tono significa. Aprieto los párpados con fuerza para contener el llanto.
—Llévame con ellas.
—Te has esguinzado el tobillo. Recomiendan que dejes de apoyarlo por algún tiempo.
Me ayuda a sentarme. Sabe que, de igual forma, saldré de la cama. Me acerca una muleta de madera y la coloca justo para que pueda ponerme en pie.
Caminamos juntos, a paso lento. No quiero acostumbrarme a esto. Veo a mi hermana dormida en su cama y no puedo evitar sonreír. ¡Ella está viva! Se pondrá bien. Yo la ayudaré a dejar todo atrás. Algún día solo será un recuerdo amargo.
Mis lágrimas se guardan. Quizá no me queden más de ellas. Al encontrar a Emel y Alys nunca fue más claro el destino que habían corrido mis demás hermanas. Hoy solo lo confirmo.
Llego hasta las lápidas. Ahora, en la parte trasera de mi casa, yacen cinco tumbas cubiertas de flores frescas. Son lirios y lavandas, las favoritas de mamá. Las que le recuerdan a mis ojos.
Frente a ellas se encuentra el príncipe Lucien, contemplando. Bajo los árboles, un par de soldados lo custodian.
—Lilibeth.
No se gira para verme. Con franqueza absoluta, su vista periférica es la mejor que yo haya presenciado.
—Despertaste.
—Pensé que no hacía favores.
Nero, que se ha quedado a una distancia prudente, carraspea la garganta. Yo pongo los ojos en blanco.
—Alteza —agrego.
—No los hago, este es más un acto de justicia.
—Está lejos de parecérnoslo. Pero se lo agradezco.
—Nuestro antiguo comandante y vecino tuyo, mandó una misiva para informarnos del delito que había cometido contra la vida de tu padre.
—¿Él…?
—Descuida, tiene la indulgencia del Rey. Vlad cruzó la línea esta vez.
—Fue mucho más que eso. Ese hombre debería estar muerto —exijo.
—Lilibeth, basta. No quiero escuchar más —ordena con tranquilidad.
Su tono, demasiado conciliador ante la desesperación que siento.
—No, Alteza. Y tendrá que hacerlo. Tiene que saber lo que pasó esa noche.
Su mirada furtiva me atiende por unos segundos. Parece que tengo su atención.
—Vlad ha contado su versión. Es la palabra del hermano del Rey. Nadie va a creerles, así te envuelvas en furia para exigir justicia —bufa.
—¿Y usted me creería?
Se toma más tiempo del que debiera. Parece estudiarme.
—Vaya a descansar, plebeya. Intente olvidar lo sucedido —Su vista regresa a las lápidas.
Suspiro resignada. Olvidar es imposible. Tanto como pretender que un Fitzgerald nos dé la verdadera justicia.
Le agradezco que trajera a mis hermanas, aunque eso no apague el fuego que siento por dentro.
El príncipe avanza hacia su caballo. Su capa, ondeando con el viento suave, se siente como una despedida silenciosa.
—Su tío puso a mis hermanas a pelear una contra la otra —Mi voz es apenas un susurro audible. Sin embargo, lo hacen detenerse—. Fueron un grotesco espectáculo para ellos —continúo—. Obligaron a Emel a matar a nuestra hermanita para salvar su propia vida.
Niega con la cabeza y sigue su camino. Que no quiera escucharme no significa que voy a callarme. Lo sigo.
—¡Ella no quería hacerlo! —Alzo la voz. Sé que no debo, pero no puedo contenerme. Necesita saberlo—. ¿Y todo para qué? Si no iban a liberarla. La abandonaron ahí. Atada. Contemplando el cuerpo de Alys mientras suplicaba por su propia muerte.
Su mirada ahora es una mezcla de ira y frustración. Y no estoy segura si es por lo que está escuchando… o porque quisiera silenciarme.
—«Emel no habla desde entonces. Mi hermana está sufriendo y yo…»
—Tú no tienes que hacer nada más, Lilibeth —el príncipe me interrumpe—. Los autores de este atroz crimen son parte de mi familia. Sus actos recaen sobre nuestro apellido, y te aseguro que mi padre ya ha tomado medidas.
Lo miro incrédula. Es bien sabido que el Rey siempre ha protegido a su hermano. No habrá justicia; al menos no una que me llene.
—Siento no haber podido traerlas con vida.
—Las devolvió a casa. Mi madre tiene un lugar para rezarles… e intentar seguir.
—El sanador real las ha atendido. Por suerte, la esposa del ex comandante es buena con la herbolaria. —Podrá seguir asistiéndolas —Acomoda la solapa de su capa—. Ya he traído a tus hermanas, como lo solicitaste. Mi trabajo aquí terminó.
Su tono ha vuelto a endurecerse. Lo miro alejarse.
—Supongo que ahora le pertenezco.
Gira y vuelve apenas unos pasos. Aprieta mi hombro.
—No. No me debes nada. Enfócate en sanar también. Y cuida de la familia que te queda, Lilibeth —Sigue su camino.
—¡Marlowe!, mi nombre es Marlowe —grito.
Sus guardias me miran atónitos antes de ir tras él. Nero solo mueve la cabeza, frustrado.
—¿Qué?
—Te enviarán a la horca —afirma, sin rastro de ironía.
—Él no es como su padre. Fui testigo de su momento más vulnerable. Ya somos amigos, supongo.
—Es el heredero. Futuro Rey de Endellion. Él no tiene amigos. No lo conoces.
—Tú tampoco.
—¡Mar!
—Nero.
—Ven acá —Me cobija con sus brazos, resignado.
Se siente bien, pero no es suficiente. Quisiera poder sentir la paz que intenta transmitirme.
—No puedo hacerlo esperar más. Prométeme que te mantendrás lejos de la ciudad principal.
No respondo. Pienso en todo lo que me queda por cumplirme a mí misma antes de intentar sanar.
—Mar, promételo.
—Solo si tú prometes volver a salvo.
—Soy el mejor guerrero que ha existido. Mejor incluso que el engreído de mi hermano.
—Suenas exactamente igual a él —Le pico las costillas.
—Nada malo va a pasarme, bonita —Me retira el cabello del rostro.
—Te creo.
—Mandaré cartas. Tantas como pueda. Eso también te lo prometo.
—Y yo las esperaré ansiosa. Cada una de ellas.
Se aleja hacia la caravana real. Permitirme acompañarlo es algo más que tendré que agradecerle al futuro Rey.
Me quedo un poco más frente a las tumbas, pidiendo por mis hermanas. «No pudo traerlas con vida.» «Y no descansaré.» «Algún día les traeré la justicia.»