6 La promesa y el crimen #2
Hace que me trague mis palabras. No me atrevo a contradecirlo. Pienso solo en Emel, debemos llegar para que le sanen sus heridas y pueda sentirse mejor.
Caminé tras él hasta el muelle. La pequeña embarcación del príncipe es mucho menos austera que la que me trajo aquí: madera pulida, amplios asientos tapizados y molduras doradas.
Cai permite que nos acomodemos antes de remar. El silencio cae sobre nosotros como un velo húmedo. Incómodo, pesado, como su respiración. Siento su mirada clavada en mí, desconsolada, casi doliente. No puedo sostenerla, me destruye.
—Debiste venir a mí, contarme tus planes. Te habría ayudado.
—Mi madre lo intentó, Caiseth, nadie la escuchó —Mis lágrimas caen—. Esto es solo culpa mía. Si hubiera llegado antes…
Él no responde, vuelve a ese silencio tan suyo, tan reflexivo e impenetrable.
La pequeña embarcación se ha detenido en medio de la nada. Escucho el crujido de la madera ante el peso de sus botas, su sombra me cubre. Y entonces, sus brazos me envuelven. Sin avisar, sin pedir permiso. No lo necesita. Y me destroza. Me desahogo llorando contra su pecho.
Emel, como puede, se cuela entre nosotros. Su pena es más grande que la mía. Caiseth no pretende consolar, pero lo hace. Con su calor, con esos brazos que sostienen lo que nadie más podría.
Cuando por fin logro respirar sin sofocarme, él vuelve a los remos. Emel se queda fundida a mí, pequeñita y exhausta, sollozando ya sin lágrimas. Acaricio su melena rubia y me pierdo en esos ojitos azules, que han visto más de lo que debieran. Es solo una niña. Y yo no pude protegerla.
—Voy a matarlo —susurró, besando su frente—. Algún día.
—¿Qué tienes en la cabeza, Marlowe?
—Caiseth, ha vuelto a ser el soldado. Su voz es firme, pero con un reproche suave.
—No eres mi padre.
—Le prometí a Nero que mantendría a salvo a su futura esposa, pero me lo estás poniendo muy difícil.
—¿Cómo sabes eso?
—No eres la única con fuertes lazos de hermandad. Nero me lo cuenta todo. No quería ir a la guerra sin hablar de sus miedos —suspira—. Y yo no puedo cumplir mi promesa si apareces aquí, lanzando amenazas que podrían costarte la vida.
—No era mi intención encontrarme con el príncipe Lucien.
—«Su Alteza», Marlowe. Es nuestro futuro rey, debes respetarlo. Viste a su padre castigar a Lady Aria. Aun siendo una noble, la consideraba inferior a ellos. No tienes idea de lo que haría contigo si descubre que estuviste aquí y que tocaste a su hijo.
—Lo siento… ¿Feliz?
—No, Mar. No lo estoy. Sabes lo que tú y tus hermanas significan para mi familia.
Esta pérdida… —traga saliva—. Es irreparable.
Y no quiero perder a ninguna otra. No puedes volver a las tierras cercanas al castillo.
Ya se rumorea lo suficiente sobre «el lado oscuro» al que tu madre recurrió para engendrar hijas tan hermosas.
Dales un motivo… uno solo, y no vivirás lo suficiente para hacer feliz a mi hermano.
—Perdón —exhalo, agotada—. Te prometo que seré prudente. Pero ese príncipe tiene que ayudarme.
—¡Marlowe!
—¿Qué estarías dispuesto a pagar por la vida de Nero?
—Te ofreciste como esclava.
—Y lo sostengo, si él cumple su parte del trato.
—Mantente lejos. Si tu seguridad depende de eso, yo intentaré convencerlo.
La embarcación roza el muelle. Caiseth salta primero y toma en brazos el cuerpo de Alys. Después vuelve por nosotras. Usa las telas para asegurar a Emel a mi espalda, con una suavidad que jamás muestra en público.
—Eres muy fuerte, pequeña —le murmura, acariciando su cabello.
Me mira por última vez.
—¿Segura que podrás hacerlo?
—Sí, tú vuelve; el príncipe te necesita.
Da un par de pasos, se detiene.
—Mar, sé que no es una prioridad, pero… ¿podrías decirles a mis padres que Nero y yo estamos bien? Deben estar angustiados por la incertidumbre.
—Por supuesto —exhaló—. Debo continuar.
Mis pasos se han vuelto torpes. El tiempo pasa sin avanzar. Los brazos ya no los siento de tanto sostener un cuerpo que no pesa, porque la vida lo ha abandonado. Se ha vuelto solo culpa… la mía.
Necesito detenerme, respirar, buscar fuerza para continuar.
No puedo caer ahora, como la cobarde que fui.
Mi vista se nubla —«Solo un paso más»—, me repito una y otra vez, pero mi tobillo hinchado se rehúsa, latiendo como una herida abierta.
Los últimos kilómetros son un suplicio que se mide en dolor y lágrimas.
El silencio del pueblo nos envuelve. Testigos mudos que nunca hicieron nada, que jamás alzaron la voz; que hoy me ven arrastrar la pena y prefieren voltear la mirada. Y ahí está ella, mi madre, con la vista en el horizonte, cargada de ese insomnio esperanzado por vernos regresar.
Me desplomo de rodillas. Ya no puedo. La veo correr hacia nosotras, como un ángel descalzo sobre la hierba —«Estamos en casa»—, me digo, aunque ya nada aquí volverá a sentirse como un hogar.
Comienza a desatar a Emel con desesperación. Su cordura no está preparada para lo que viene.
Mi hermana llora al sentir su maternal caricia.
No puedo imaginar lo que pasó por su mente ahí dentro, atada en aquel cobertizo, respirando la muerte de Alys y esperando su turno.
Sin saber en qué momento esos hombres regresarían a terminar lo que habían comenzado, pero con la única certeza de que lo harían.
Las manos de mi madre tiemblan al extenderse hacia el bulto envuelto en telas. Y entonces la realidad golpea sin piedad. Suelta un grito ahogado al sentir a Alys. Su pequeña no duerme.
¡Está muerta!
—No pude salvarla. —La voz me sale hecha trizas.
Su respiración se corta, el sollozo de un alma que se está partiendo por dentro. Nos atrae a su cobijo. Su pecho, agitado por la pena. La abrazo con todas mis fuerzas. Pero no hay consuelo, no para una madre que tendrá que besar la frente de su hija por última vez.
Se aleja lo justo, llevándola consigo. Sentada en la grava. Susurrando su nombre y arropándola como si aún pudiera darle calor. No hay ternura en sus manos, solo desesperación: la angustia de querer despertarla, esa que se desvanece entre gritos amargos y caricias que ya no se sienten.
— Perdóname, mamá … —le digo, pero ella no me mira.
La mece en sus brazos, entonando esa canción de cuna que siempre la hacía dormir. Y yo me quedo ahí, de rodillas a su lado.
—¡Por todos los cielos! —La madre de Nero llega corriendo, alertada por los gritos—. Ven conmigo, cariño. —Alza a Emel con suavidad.
Su presencia es un respiro; ella sanará lo que pueda, al menos lo físico.
—Shiloh…
Beirne aprieta el hombro de mi madre e intenta tomar el cuerpo de Alys.
—No —susurra mi madre—. Déjame estar con ella. No pude protegerla. Mi niña se ha ido.
El dolor de mi madre es un infierno, y yo ya no puedo soportarlo.
Me pongo de pie, tambaleante. Camino hacia nuestra casa, hasta el umbral del que él no se ha movido: mi padre.
—Esto es culpa tuya. —La rabia me quema la garganta—. Di algo —exijo. Necesito saber qué le duele, que esto le importa tanto como debería.
Nada, no lo hace. Solo me observa con esa frialdad que podría matar. Desenvaino la espada, decidida, y me pesa más de lo que quisiera.
—Esto es solo culpa de tu madre —responde por fin.
Y yo desearía que no lo hubiera hecho.
—Desafió a Vlad. Aquí están las consecuencias.
—¿Consecuencias? —Mi hermana pequeña, mi sol, está muerta. ¿Y para él son solo consecuencias?
Y entonces lo sé, el monstruo frente a mí no merece llamarse padre. Uso todas mis fuerzas para levantar el arma. Podría hacerlo, podría acabar con su vida. Podría, pero no…
—Ahora, yo cuidaré de ellas. —Beirne se me ha adelantado. Una estocada limpia, mortal.
Los ojos de mi padre se abren ante la sorpresa. Trata de cubrirse la herida con las manos, y es lo último que veo antes de caer. Su mirada se apaga, al igual que mi mundo.