Corona de humo 6 La promesa y el crimen
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6 La promesa y el crimen

No todos los que vuelven lo hacen con vida.

MARLOWE

Una de las manos de Lady Aria se mantiene fuera de la hoguera, casi intacta. La alejo con un palo y la envuelvo en una manta. Es lo único que ha quedado de su cuerpo. Alzo al cielo una plegaria pidiendo por el perdón de su alma y continúo mi camino hacia el castillo.

El tabernero mencionó un cobertizo. Lo veo ahí, a un costado, en la parte más oscura del terreno. Una fuerte cadena rodea la cerradura.

Busco algo. Clavada en los leños yace un hacha; es demasiado pesada, mas no me rendiré. Si mis hermanas están dentro, deben tener frío y hambre. Golpeo una y otra vez la cerradura hasta que la cadena cae a mis pies. Debo ser rápida, el ruido podría alertar a los guardias.

El lugar es oscuro y húmedo. Solo se cuela un poco de luz de luna entre las tejas podridas del techo, deterioradas por el tiempo, como todo en este sitio.

Camino sin hacer ruido, soy sigilosa. Podría haber alguien dentro. Apenas veo más allá de un par de pasos. Un quejido, sutil… doloroso. Detrás de unos montones de paja y leños, la escucho. ¡Es ella!

—¡Emel! —Corro, dejándome caer a su lado—. —Mírame, ya estoy aquí.

Sus brazos están atados, extendidos hacia los extremos. Crucificada en abandono. No lo dudo, corto las cuerdas. Caen, pesados, como si el dolor ya no le diera permiso de resistir.

Su cuerpo frágil se desploma, rendido. Apenas puedo sostenerla.

—¿Qué te hicieron? —susurro, con mis labios en su frente.

No responde. Solo se queja; cada toque de mis manos es una punzada de dolor que le arranco. Busco heridas… Su carita está completamente cubierta de sangre seca. El velo de algo que no debió suceder. Su batita también está manchada de sangre y lodo. No insisto, no quiero hacer más daño.

—¿Dónde está Alys?

Emel señala hacia la pileta de madera. Una piernita cuelga del borde. Siento un golpe en el pecho, el aire se vuelve espeso.

No… Camino temblando. No grito, no respiro. No quiero que la muerte me escuche. Regreso la vista a Emel; necesito que me diga qué hacer. Se ha hecho un ovillo en el suelo. Tengo que ser fuerte.

Quito la paja con una caricia, como si aún pudiera protegerla. Como si no fuera ya demasiado tarde. Los ojos de mi Alys siguen abiertos, cristalinos, perdidos.

Me cubro la boca con las manos para no gritar. Mi cuerpo se rompe en desesperación. La saco de ahí, la abrazo, la mezo. Quisiera despertarla, deseosa de que mis caricias ansiosas sirvieran de algo, a pesar de que la vida ya se había ido.

Fallé. —¡Te fallé! —Mi voz se quiebra. No sé si lo grito o solo lo pienso, duele igual. Si tan solo hubiera llegado antes. Si no hubiera tenido tanto miedo.

Alys también está cubierta de sangre. Tiene un golpe brutal en la cabeza. No me atrevo a ver más. No quiero saber cuántas veces la golpearon. Cuántas veces lloró su nombre, o el mío. Suplicando que la dejaran. Deseando verme llegar a salvarla.

Pido perdón en silencio. Mis hermanas son mi todo y hoy una de ellas, la más pequeña… ya no respira.

Emel, temblando, se arrastra hasta mí y me abraza. Y yo las sostengo a las dos. Con todo lo que tengo, con todo lo que me queda. —Voy a sacarlas de aquí —les juro. Aunque ya solo una de ellas puede oírme.

Rasgo las telas que cubren los leños. Envuelvo a Alys con cuidado, para protegerla de un frío que ya no puede hacerle daño. Mis lágrimas se acumulan con cada roce. Ya no está. Se ha ido.

Trato de enfocarme. Emel sigue aquí, me necesita.

Con el resto de tela hago tiras. Las amarro, improviso.

Subo a Emel sobre mi espalda; ella apenas puede sostenerse.

Pero yo sí lo haré, yo voy a sostenernos a ambas.

No sé cómo, no sé si podré, pero las sacaré de aquí. Así tenga que entregarme a la muerte.

Cruzo la plaza, atenta a no tropezar. Siento el tembloroso cuerpo de mi hermana en la espalda. No sé si es por frío, dolor o miedo. Quisiera poder ir más despacio, no quiero lastimarla. Sin embargo, si no nos movemos, nos alcanzará el alba.

Me detengo al verlo. El príncipe ha regresado a la hoguera. Está ahí, de rodillas, sosteniendo lo que ha quedado de su amada. Sé que debiera esconderme o seguir. Mas me cuesta dejar de observarlo. Aun abatido, tiene una personalidad muy fuerte.

—Sal de las sombras —ordena—. Su voz, a pesar de ser dura, suena afligida. Tiene una buena vista periférica; entrenada. Ni siquiera se ha girado; él sigue en lo suyo.

Obedezco.

—Marlowe Lili Woodrow. ¿Qué carajos estás haciendo aquí?

Siento un poco de alivio al reconocer a Caiseth. No parece haber más guardias cerca. Solo están el príncipe y él.

—¿La conoces?

Por fin, la mirada del heredero se cruza con la mía.

No se parece a nada que haya visto antes.

Lo estudio. Tiene un rostro simétrico y definido, con una estructura fuerte y masculina, tan semejante a las esculturas que decoran la ciudad principal.

Su cabello es castaño oscuro, como madera en una mañana de rocío.

Apenas ondulado, peinado descuidadamente, con esa intención evidente.

Sus ojos almendrados, de un tono ámbar, son el centro de su rostro y contrastan en inquietante armonía con sus cejas oscuras, densas y bien delineadas.

La forma de mirar. Envuelve secretos, tormentas internas y decisiones que han dejado cicatrices invisibles.

Es fría, intensa… penetrante —jamás había visto tal mirada—.

Desciendo la vista. Una ligera pelusilla bien cuidada enmarca su boca de labios carnosos que rara vez parecieran sonreír.

Su expresión es seria y firme, proyectando un exceso de confianza, fuerza y cierta aura de misterio.

—Es mi vecina, Su Alteza.

Dejo de mirar al futuro Rey, incómoda. Me concentro solo en Cai, un rostro más que conocido.

—¿Mar, qué haces aquí? —insiste.

—Vine por mis hermanas.

—¡Las niñas que robó Vlad! —afirma el príncipe sin dudar. Su mirada se pasea por el par de bultos que cargo conmigo—. ¿Ellas están bien?

Niego con la cabeza. Ha sido una pregunta por mera cortesía. El príncipe debe conocer mejor que nadie lo que pasa en esta isla.

Dirige su vista al cuerpecito que llevo en brazos.

—Alys Rose, no… —Se me corta la voz; no puedo pronunciarlo. Y no es necesario, ellos lo saben.

—Ay, Mar, lo siento.

El hermano de Nero nunca cruza muchas palabras conmigo.

A decir verdad, no hablábamos en absoluto.

Sin embargo, supongo que la convivencia le ha hecho sentir algo de afecto genuino por nosotras.

Mis hermanas —al menos la menor— solía entrar en casa de sus padres, con esa forma de ser tan traviesa que la caracterizaba.

Sus ojos cristalinos son una daga. No llores, Cai, o me harás flaquear. Y no puedo.

—¿Tú hiciste esto?

El príncipe se ha dado cuenta, no le permitirá un momento de debilidad. Y yo sé que se refiere a la mano de su amada envuelta en manta.

—De haberla dejado en el fuego, no habría quedado nada de ella.

Parece dudar, ha vuelto a darme la espalda. Su silueta solo es iluminada por el remanente de las suaves llamas que aún destellan en la hoguera.

—Gracias —expresa sin más, mirándome con sutileza por encima de su hombro.

Hago una reverencia en señal de respeto. Nuestra pena es casi palpable. Ambos hemos perdido a alguien a quien amábamos en esta isla.

—Eres valiente al venir aquí sola para rescatarlas a ellas.

—Les prometí que estarían a salvo. Debía devolvérselas a mi madre. Ella enloqueció cuando Vlad se las arrebató. No podía verla mal un día más. Ahora no sé qué pasará cuando ponga el cuerpo de una de ellas en sus brazos.

—No tienes idea de lo que pasaría contigo si mi padre te encuentra aquí, profanando nuestras tierras, niña de ojos lilas. He oído todo tipo de leyendas que se han creado en torno a tu extraña apariencia. No deberías estar tan cerca de palacio, blasfemándonos con tu presencia.

—Esa nunca ha sido mi intención.

—Lo sé. No obstante, sería mi deber condenarte por esas creencias. Pero tienes suerte, hoy no tengo cabeza para insignificancias. Seré benevolente y las dejaré ir.

Se gira una vez más para quedar de lleno frente a la hoguera.

—Gracias —En un arrebato le tomo la mano—. Siento mucho su pérdida.

—¡Mar, no! —Caiseth me hace señas desde su posición para que me aleje.

No lo hago y el príncipe tampoco se quita. Contempla mi mano sosteniendo la suya por unos segundos, antes de eliminar por completo la distancia entre nosotros. Se levanta cual si levitara, tan rápido que ni siquiera pude reaccionar.

—Yo también siento la tuya.

Pone su mano sobre mi hermana, justo a la altura de su frente. Cierra los ojos. Sé que está pidiendo por ella, como yo lo hice por su amada.

—Vete a casa, Lilibeth.

—Gracias. Y es Lili, solo Lili.

Miro a Cai, sigue haciendo señas. ¡Ah, sí!, respeto y solemnidad.

—Alteza —Doy un par de pasos antes de volverme hacia él—. ¿Puedo pedirle un favor?

—No, no puedes. Yo no los hago.

—Se lo pediré de cualquier forma. Necesito encontrar a mis hermanas mayores y regresarlas a casa.

—Ya he investigado sobre ellas. Cuando tu madre envió esa misiva, me dediqué a atender su petición.

No sé dónde están y no tengo tiempo para perderlo en una búsqueda infructuosa.

Agradece que te estoy dejando marchar con estas dos.

No llegarás a casa con las manos vacías.

Y eso ya es demasiado. Ahora desaparece de mi vista antes de que pierda la paciencia.

—Si las lleva de vuelta a mi hogar, yo seré su esclava. Se lo prometo. Palabra de Woodrow.

Sonríe. No por la ofrenda.

—¿Cómo la de tu padre? —Vuelve a mirarme con esos ojos que lo estudian todo—. Lilibeth, no lo ordenaré de nuevo. ¡Vete! Caiseth, llévala al otro lado y regresa aquí a ayudarme con esto —Deja de ponerme atención una vez más.

—Su Alteza, la hoguera terminará de consumirse hasta el amanecer.

—La sacaré de ahí yo solo, así sea con mis propias manos. ¿Entiendes?

—Disculpe, no tardo. Ya me encargaré yo a mi regreso. ¡Mar, vámonos! —Se acerca y toma a Alys en sus brazos.

—Pero…

—Dije: «¡Vámonos!» —Esta vez su tono es autoritario y su mirada, furiosa.