5 La sangre no quiso esperar #3
Un hombre de presencia imponente y oscura.
Hombros anchos, torso firme. Es evidente que es un futuro monarca que cuida su cuerpo con disciplina absoluta.
Su entrenamiento —a ojos de cualquiera— ha sido riguroso.
Su piel tiene un tono bronceado natural, como si pasara tiempo al aire libre.
Y sus rasgos son marcados, casi esculpidos.
Mandíbula firme, pómulos altos y una nariz recta que acentúa su porte aristocrático.
Es de la realeza; no me quedan más dudas.
Solo puedo ver su perfil iluminado por el fuego. No refleja todo lo malo que me han contado. Y, aunque frío, sus gestos parecen mucho más suaves, incluso gentiles.
—El pueblo confía en nuestra protección. Si piensan que estamos permitiendo que te lleves a sus hijas, no tardarán en levantarse en protestas.
—Pues matas las rebeliones, y listo. Yo con gusto podría encargarme de eso.
—Se dice que eran niñas pequeñas.
—Mujeres, al final. Nadie las necesita. Me pertenecían; tarde o temprano habrían tenido que venir aquí. Era innecesario esperar a que fueran mayores.
—Vlad, Vlad, Vlad —El rey juguetea con su daga sobre la mejilla de su hermano—.
Ahora mismo mis tropas libran una batalla con desertores.
Es tu culpa, ¿sabes? Como siempre. Tus imprudencias están costándome soldados y el descontento del pueblo.
Entenderás que no puedo dejar impune un delito como este.
Ya perdimos a la reina en un ataque —Desliza el filo de la daga abriéndole la piel.
Su hermano no sufre. Sonríe como si lo disfrutara; incluso atrae con su lengua algo de sangre hacia sus labios.
—Lleva a esas pequeñas a su madre.
—Son mías; su padre me debe la vida.
—Devuélvelas y aprende a cerrar mejores tratos. ¡Es una orden!
—Llega tarde, «Majestad». Será un poco difícil complacer sus deseos esta vez.
—Un día de estos voy a matarte, Vlad.
—No lo harás, hermano. Me necesitas para mantener a tu pueblo a raya.
—Padre, un corte más en el rostro no refleja la justicia que la gente pide.
—Lucien, no interfieras. Ya has hecho suficiente por esa gente —El rey regresa la daga al soporte que lleva en el cinto—. Hablando de justicia… ¡Es hora de que te vuelvas un verdadero hombre! Tus actos y palabras deben estar en sincronía, si quieres ser un digno sucesor mío—Chasca los dedos.
Los soldados se concentran tras la caravana; bajan a una chica. Es apenas un poco mayor que yo, lleva ropa de cama y el cabello alborotado. Al joven heredero se le desencaja el rostro al verla. ¡La conoce!
—Padre, no es necesario llegar a esto. Juré que me casaría con quien tú dispusieras. No iré contra tu voluntad.
—Por supuesto que no lo harás. ¿Tienes algo que decir, dulzura?
Le baja la mordaza de un solo movimiento; está empapada en lágrimas.
—Su Majestad. ¡ Se lo prometo ! Si me deja ir, saldré de Endellion y no volverán a saber de mí.
—Demasiado tarde.
—Padre.
Al príncipe le cuesta contenerse. Sus puños apretados son señal de que está a punto de desatar el caos.
El rey comienza a desenrollar un pergamino.
—Lady Aria de Elora, acusada del uso de las artes oscuras…
—¡No, padre! —intenta detenerlo. Los soldados lo contienen.
No sé mucho sobre leyes, pero el uso de magia negra —sin beneficios para la corona— es uno de los motivos más perseguidos.
Nadie escapa a la muerte, no bajo ese cargo.
—Lady Aria de Elora… —El rey retoma su discurso—. Por haber recurrido a la brujería para seducir al príncipe heredero, en beneficio propio. Su conducta es una ofensa grave a nuestras leyes y a su legado. Se le declara culpable de los más altos cargos y es condenada a muerte.
Un verdugo la arrastra hacia la hoguera. El príncipe ha caído de rodillas. Ambos suplican el perdón. «¡No lo hará!» Es imposible que el rey se atreva a lastimar así a su propio hijo. No por haberse enamorado.
Si lanzo mi daga podría acabar con la vida del verdugo. Pero no es suficiente; quedaré descubierta y me superan en número.
Vlad se ha puesto en pie, limpia la sangre que aún escurre por su mejilla y sonríe con malicia. Disfrutando la tortura, como siempre.
Todo pasa demasiado rápido. El último grito de Aria es estremecedor.
La han arrojado a la hoguera y yo no puedo dejar de mirar cómo sus prendas y su cuerpo comienzan a arder.
Sé que debiera girarme, pero algo más fuerte mantiene mi vista al frente.
Ella intenta salir de las llamas, una y otra vez, hasta que su ser y su voz se rinden.
Son necesarios más soldados para detener al príncipe. Por fin, me volteo, aterrada, aún con el fuego centellándome en los ojos.
El tabernero tenía razón: debí huir de aquí cuando me fue posible.
Sigo abrazada a mis piernas, tratando de borrar los horrores que ahora llevaré grabados en mis recuerdos.
La imagen de esa chica consumiéndose en el fuego abrazador, sus últimos gritos sofocados, los espasmos involuntarios de su cuerpo desintegrándose. Se repiten en mi cabeza una y otra vez.
El silencio se ha prolongado; hace un rato que todo quedó en calma. Cual si no hubiera pasado nada. Todos se han ido, dejando un ambiente de desolación. Al príncipe tuvieron que llevárselo a rastras, abatido.
El frío de la noche se mezcla con el olor a sangre y cenizas. Limpio los restos de mis lágrimas y me atrevo a ponerme en pie.
Debo seguir…